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Un recuerdo de Gabriel Valdés, un padre noble de América Latina

Sep 9 2011

Por Roberto Savio*

Gabriel Valdés ha muerto, en Santiago de Chile, a los 92 anos. Pocos meses antes, en IPS le habíamos brindado un homenaje, cuando realizo una “visita de despedida” — como él la llamó–a Europa y Roma, ciudad en la cual había estudiado como adolescente, cuando su padre era embajador en Italia.

Gabriel estaba como siempre: elegante, irónico, lleno de fuerza intelectual y de compromisos ideales. En su respuesta a los discursos de homenaje, recordó cómo había sido un acto de utopía la creación de IPS, y de que el problema central que él veía hoy, era la falta absoluta de una gobernabilidad mundial. Y que esto hacía todavía más necesaria la labor de IPS, sobre todo en la sociedad civil, que él consideraba el cambio más profundo ocurrido en los 50 años de vida de la agencia.

Gabriel en 1964 era Canciller del gobierno de Eduardo Frei Montalva. Entonces, asumió un riesgo considerable. Aceptó firmar un contrato con una asociación de periodistas llamada Inter Press Service, que yo había fundado pocos meses antes. El contrato era para distribuir un boletín de la cancillería chilena a sus embajadas en el mundo, a través del sistema de telecomunicaciones de IPS.

El senado lo aprobó rápidamente, ya que era muy ventajoso en términos económicos. Lo que el Senado no sabía, pero Gabriel sí, era que IPS nunca había realizado antes un trabajo similar. Por lo tanto, existía un riesgo serio. Pero el canciller Valdés, más allá del boletín de las embajadas, vio que este contrato permitía a IPS entrar en el mundo de los grandes actores informativos. Y con esto, habría existido una nueva voz, dedicada a los temas con los cuales el tenía un profundo compromiso: la justicia internacional, los procesos de desarrollo y democratización del tercer Mundo, la integración de América Latina, y una atención a los procesos del continente en Europa y Estados Unidos.

Sin este acto político de Gabriel, no sé si IPS hubiera superado su fase de nacimiento, ya que se mantenía con lo que un banco me había prestado para comprar una casa para casarme con Colette, y que habíamos desviado para la creación de la agencia. Colette y Gabriel eran grandes amigos, se jactaban de lo delicioso que es tener la arbitrariedad del signo del cáncer, y espero que ahora se junten para reírse juntos

El Canciller Valdés fue un protagonista importante del proceso de integración regional, que empezó con los acuerdos de Bogotá y luego se fue estructurando completamente durante su mandado. El hizo su tarea con mucha fuerza y una gran dignidad. Recuerdo el encuentro con su homologo Kissinger, en el apogeo de su gloria, cuando le dijo con la brutalidad que le caracterizaba, que aunque América Latina se uniera, siempre iba a tener poco peso internacional. Y Gabriel le contesto que más eran los que iban a gritar “como chanchos” frente a las arbitrariedades que no compartían, mas iban a dar dolores de cabeza a los que los ignoraban. Y que el dolor de cabeza lo sufren de igual manera los muy poderosos, tal como los demás.

El próximo paso de Gabriel, en su larga e incomparable carrera internacional, fue ser Subsecretario General de Naciones Unidas, como Administrador para América Latina del PNUD, con el mítico Brad Morse. Fue la época de oro del Programa, y en particular para América Latina. Nunca el PNUD volvió a tener el mismo peso y la misma dimensión. La sala de espera de Gabriel estaba repleta de todos los personajes de relievo de la región, ya que el financiaba todos los proyectos de cambio social, de democracia participativa, de desarrollo sostenible, frecuentemente en polémica con la visión economicista del Banco Interamericano y del Banco Mundial. Hernán Santa Cruz, otro gran personaje internacional de Chile, me dijo una vez que Gabriel era una reencarnación de Lorenzo de Medici, ya que había logrado recrear la corte del Renacimiento de Florencia en Nueva York, tarea hasta entonces inimaginable.

Pero, no quiero aquí redactar una biografía de Gabriel, de sus cargos que van desde Presidente del Senado a Embajador, y sus tantas luchas en la región para la democracia y la justicia social internacional. Lo que quiero es recordar a un hombre excepcional, que me ha ofrecido el privilegio de ser amigo su y de su familia.

Guardo recuerdos de momentos inolvidables él era canciller y vivía en su casa colonial, como cuando Golda Meier vino a tomar té y quedó muy intimada ante la madre de Gabriel, por su personalidad, cultura y espiritualidad. Y cuando Silvia –que lo ha acompañado con cariño y devoción hasta sus últimos minutos– transformaba la casa en un auditorio de ensayos de música medieval y centro de encuentros artísticos.

En el Chile tan espartano de entonces, los ministros tenían un Chevrolet negro viejísimo. Para dejar en paz al chofer del Ministerio de Relaciones Exteriores, yo llevaba a la escuela los niños, María Gracia, Juan Gabriel y Max, siempre atrasadísimos, volaba hasta dejarles en la puerta de las escuelas y regresaba para llevar Gabriel al ministerio. Un día, el chofer chocó, porque la dirección no funcionaba. Gabriel me dijo: “Menos mal que tú siempre tienes suerte, él iba a 50 km por hora y tu nunca bajas de los cien.”

Gabriel tuvo la valentía de dejar su cargo en Naciones Unidas, al apogeo de su gloria, para volver a Chile y enfrentarse con la junta militar, para defender la vuelta de la democracia. Sufrió una campaña de desprestigio brutal de la junta, que hasta le invento amantes e hijos. Incluso lo tomaron preso, para atemorizarlo. Salió más desafiante que nunca. Siempre lo he considerado como representativo de cuantas veces la política no premia siempre al mejor: Gabriel, tras un gran esfuerzo en la lucha en contra de la junta, terminó como Presidente del Senado y no como candidato de su partido a las elecciones presidenciales, pese a que había pagado un precio muy alto. (Aclaro que considero que Alwyn fue un buen presidente).

Ahora hemos perdido su honestidad intelectual, su humor irónico y alegre, su fuerza intelectual, y su búsqueda continua de una brújula para que nazca una gobernabilidad internacional. Gabriel consideraba que era una barbaridad que las finanzas se había escapado del control de la política, y más bien habían pasado a controlarla. Que un mundo en el cual cada día aumentan los pobres, no era sustentable. Y que era una tragedia que el declinar de Estados Unidos y de Europa, no permitiera que se lograran acuerdos globales, sobre el clima, los derechos humanos y la redistribución de los avances tecnológicos y científicos.

Hemos perdido una memoria de casi un siglo del camino del mundo hacia una sociedad que él quería mejor, y sobre el cual tenía vivencias y experiencias irrepetibles. Hemos perdido una capacidad original de mirar al mundo y leer sus acontecimientos como parte de un proceso entendible y positivo. Hemos perdido su capacidad de enfadarse y de reírse, especialmente cuando se daba cuenta que se había equivocado. Y hemos perdido su capacidad de ser amigo, constante y consecuente, critico y humano, a veces irreverente, pero amigo como nadie.

Con él, se va una parte de mi vida. Y esto, desgraciadamente, es lo menos grave. Lo que es más grave, es que ya no le pueda hablar más y pelearme sobre el mundo, sobre los vinos y sobre la lírica.

¿Por qué es que sólo la muerte nos enseña a darnos cuenta de cuán excepcionales e irremplazables

eran los seres queridos?

(*) Roberto Savio, fundador y presidente emérito de la agencia de noticias Inter Press Service (IPS), publisher de Other News.