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El ocaso del “Modelo” pero no del capitalismo

Jul 26 2012

Boris Yopo H.* – El Mostrador, Santiago

En las últimas semanas hemos visto un debate respecto al nivel de malestar que existiría en el Chile de hoy, y si este implica y conlleva o no, el “derrumbe” del modelo económico e institucional tal cuál lo hemos conocido desde los inicios de la transición a la democracia en nuestro país.

Primero, habría que clarificar que no se trata del derrumbe del sistema capitalista global, sino de su versión más extrema, la “neoliberal”, que imperó en muchas partes hasta la crisis financiera del 2008, y cuyos supuestos básicos han sido, la primacía absoluta del mercado en todas las esferas de la vida social, las desregulaciones (llevadas hasta sus extremos), y la reducción de las funciones del Estado a un rol meramente subsidiario en los procesos de desarrollo económico y sociales. Como dice el ex Secretario Ejecutivo de la CEPAL, José Antonio Ocampo, “la visión neoliberal fue una gran equivocación en todas partes, que respondió a intereses económicos particulares fuertes, y no a una agenda social sostenible”.

Las crisis y especulación financieras, las “burbujas inmobiliarias”, y la creciente desigualdad social que vemos hoy en muchas partes, son consecuencia directa de la implementación de esta versión extrema de capitalismo que impulsaron Reagan y Thatcher en la década de los ochenta, y que fue aplicada con “fe religiosa” por los economistas de Chicago durante el período dictatorial en nuestro país. Posteriormente, la Concertación “morigeró”, a través de políticas sociales, los efectos más perversos de este modelo, pero las bases del mismo nunca fueron modificadas (el porqué es otra discusión abierta, donde algunos sostienen que no hubo la fuerza política suficiente para hacer estos cambios, mientras otros alegan que importantes sectores de la entonces coalición gobernante, a poco andar, comenzaron a encontrar “virtudes” de distinto tipo en “el modelo”).

Lo cierto es que en estas dos décadas de democracia nuestro país experimentó progresos importantes (reducción significativa de la pobreza, auge de las clases medias, acceso a múltiples bienes), pero a costa de haber consolidado un modelo de gran concentración de la riqueza y poder político en nuestra sociedad, agobio creciente de esas mismas clases medias (que en un sistema con pocas regulaciones y controles ha llevado a abusos permanentes de los grandes conglomerados económicos), y una desigualdad social inaceptable, de lo cual ahora todos se muestran “escandalizados”, sin embargo tiene relación directa con las bases conceptuales que fundaron nuestro actual modelo de desarrollo (cuando Estados Unidos, Europa y países desarrollados de Asia estaban en los US$ 15 mil per cápita, nunca tuvieron los niveles de desigualdad que hoy vemos en Chile).

Bueno, es esta versión extrema del capitalismo la que está siendo “remecida” en Chile a partir de las protestas estudiantiles del 2011, y movilizaciones sociales que hemos visto este año. Pensar que con bonos y mayor repartición de recursos se podrá “volver el reloj atrás” es ingenuo, y sólo prolongará la conflictividad social en una sociedad que parece estar lentamente “despertando” de un largo letargo (a pesar de una TV altamente funcional al modelo) que oscureció muchos de los problemas que persisten en nuestro país.

La sociedad chilena está comenzando a “repolitizarse”, no en el sentido de adhesión a partidos, pero sí respecto de cuestionar ahora abiertamente las premisas de un modelo que hacen de Chile un país esencialmente injusto. Sin explicitarlo todavía en toda su magnitud, lo que la mayoría pide es un “nuevo trato” que reorganice sobre otras bases nuestra convivencia social.

Todavía no sabemos cómo esto va a evolucionar en el próximo tiempo, pero claramente “el modelo”, tal cual lo hemos conocido hasta ahora (con sus privatizaciones sin regulación, sistema binominal, ciudadanía desmovilizada, Estado ausente y “famélico”) ya no será viable, si de lo que se trata es asegurar que Chile alcance en la próxima década la condición de país desarrollado, pero con niveles “decentes” de igualdad, que es en definitiva lo que asegura (y no la represión) la “paz social” en el largo plazo (véase el caso de los países nórdicos de Europa, cuyos altos niveles de cohesión social, explican la calidad de vida que allí existe).26 de julio de 2012

*Cientista político y ex embajador

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