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El fútbol derrumba museo indígena

Oct 25 2012

Por Fabiana Frayssinet
RÍO DE JANEIRO, oct (IPS) – Entre el musgo y las raíces que avanzan sobre las ruinas del ex Museo del Indio todavía es posible «escuchar» las voces de tribus en extinción en Brasil que tratan de guardar la memoria de su cultura. Pero la piqueta fatal de la remodelación del estadio Maracaná no respetará ni ese espacio «sagrado».

«Es como si se matara a una parte nuestra, como si estuviésemos perdiendo un pedazo, porque en este lugar nuestros antepasados dejaron su memoria, su lucha», se lamenta Garapira Pataxó, de la etnia pataxó, en entrevista con IPS apenas el gobierno del estado de Río de Janeiro confirmó la decisión de demoler el lugar.

Las autoridades alegan que es necesario para la construcción de espacios «de circulación y movilidad» alrededor del Estadio Jornalista Mário Filho, más conocido por su nombre original Maracaná, donde se jugará en 2014, y por segunda vez en la historia, una final del campeonato mundial organizado por la Federación Internacional del Fútbol Asociado (FIFA).

El edificio, construido hace 147 años, fue desde 1953 la primera sede del Museo del Indio, creado por el antropólogo Darcy Ribeiro (1922- 1997), hasta que en 1978 pasó a ocupar una antigua casona del barrio de Botafogo, en el sur de la ciudad.

También albergó en su origen del Servicio de Protección al Indio, que más tarde derivó en la actual Fundación Nacional del Indio (Funai).

Abandonado desde entonces y en avanzado estado de deterioro, el edificio fue ocupado en 2006 por unos 20 indígenas de etnias diferentes como «símbolo de resistencia cultural», recuerda el líder indígena Doitiró Tukano, del pueblo amazónico tukano o tucano.

«Estamos aquí presentes para mostrar lo que tenemos de distinto en nuestra cultura, porque no es copiada sino propia. Hoy, según el Instituto Brasileño de Estadísticas, hay 305 grupos indígenas con 186 lenguas diferentes en Brasil, y eso es lo que queremos mostrar. Esa es nuestra resistencia», dijo a IPS.

Una de las versiones, no confirmadas aún, es que se construirá un centro comercial deportivo y un estacionamiento para automóviles en el antiguo museo, contiguo al histórico estadio, donde la selección de Brasil perdió la final del torneo mundial de fútbol de 1950 frente a Uruguay.

El fútbol como excusa

El gobernador del estado de Río de Janeiro, Sergio Cabral, atribuyó la necesidad de demoler el Museo del Indio a una exigencia de la FIFA, pero esa corporación lo negó.

Renato Cosentino, portavoz del Comité Popular del Mundial de Fútbol 2014 y de los Juegos Olímpicos 2016, explicó la contradicción. «Muchas veces se utiliza la excusa del deporte para desalojar personas de áreas de alto valor inmobiliario», dijo a IPS, en referencia a Río de Janeiro y a las otras 11 ciudades que serán sede del torneo mundial de FIFA.

Fueron desalojadas unas 170.000 personas en todo el país y unas 30.000 en Río de Janeiro, que también organizará los Juegos Olímpicos de 2016.

Precisamente, dos de las «favelas» (barrios hacinados) donde hubo desalojos son vecinas del estadio Maracaná, un «símbolo de todo el proceso de violación de derechos que estamos viviendo en Brasil», sentenció el representante del Comité, que reúne a afectados por los mega encuentros deportivos.

«Es una gran tristeza ver que nuestro sueño se acaba. Es una referencia que nos gustaría guardar para las futuras generaciones», reflexiona el líder indígena Tukano, tras aclarar que no está «en contra de la alegría del pueblo brasileño» por el fútbol.

«Pero, a nosotros, el mundial no nos trae nada. Claro que dará beneficios a las grandes empresas patrocinadoras», añade.

El grupo de indígenas se prepara para «resistir» la demolición de su espacio, mientras la defensoría pública apronta su contraofensiva judicial alegando el valor patrimonial histórico del edificio.

La sagrada resistencia

En el área que rodea el edificio en ruinas, los indígenas construyeron casas con materiales básicos como adobe, para vivir. Fue así como recrearon lo que llamaron Aldea Maracaná, donde reproducen sus costumbres en medio de una ciudad que avanza sobre ellos.

Entre escaleras herrumbradas y raíces entrelazándose con las paredes derruidas, los aborígenes organizan actividades culturales como bailes, ceremonias, exposiciones fotográficas, rituales, y hasta desfiles de ropa ancestral.

Antes de confirmarse la noticia de la demolición, el lugar se preparaba para un ritual de «metamorfosis de niña a mujer», para la cual vendrían adolescentes de varias aldeas del interior del país.

«Ves como al indígena le gusta comer mandioca», bromea Afonso Chamakiri, de la etnia apuriná del Amazonas, mientras almuerza con su nueva familia pescado a las brasas, aderezado con harina de ese tubérculo.

La historia de este indígena apuriná es muy particular. Llegó a Río de Janeiro con el sueño de ser actor. «Mi madre vino una vez a la ciudad y volvió a casa impresionada por una ‘caja donde adentro había gente que hablaba’», cuenta a IPS refiriéndose al «descubrimiento» de la televisión que hizo su progenitora el día que salió por primera vez de su aldea amazónica.

Chamakiri concretó su sueño al participar en varias películas. La última fue «Rojo Brasil», una coproducción de Brasil, Francia y Canadá.

Por sobre el muro levantado por la empresa a cargo de la remodelación del Maracaná, algunos obreros espían la ceremonia de los indígenas para recibir a IPS, pidiendo a sus ancestros que iluminen al gobierno y respete su «espacio sagrado».

«Contra ellos no tenemos nada. Muchos son indios como nosotros. Otros negros, pueblo como nosotros», aclara Chamakiri al referirse a los trabajadores de la obra.

A Chamakiri le gusta contar una historia que pocos recuerdan sobre el origen del nombre que bautizó primero a un río, luego al barrio carioca y después popularizó el estadio. Maracaná es un ave de la región que todavía «viene a comer el fruto de ese árbol», dice, señalando una de las tantas especies botánicas que se mantienen milagrosamente en pie en medio de la urbe.

El pájaro sobrevivió a la civilización, pero el «antiguo pueblo indígena maracaná» que «dominaba este territorio ya está extinto», explica. Por eso para Chamakiri es tan importante mantener el centro cultural, que «representa el registro de todas las culturas ancestrales que comenzaron aquí y que fueron destruidas en este espacio».

«Queremos que se convierta en un espacio indígena sagrado», resumió. (FIN/2012)

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