General

Vivir sin revolución

Abr 3 2013

Por Esteban Valenti (*)

A casi todo se acostumbra el ser humano. A lo largo de la historia hemos asistido a cambios dramáticos y a la capacidad de mujeres y hombres de adaptarse, de cabalgar esos cambios, sufrirlos, aprovecharlos, incorporarlos a su propia identidad.

La historia de la humanidad ha sido precisamente esa construcción de cambios políticos, culturales, tecnológicos, científicos y su impacto en los seres humanos, en su vida material y espiritual. A todos esos cambios, los hemos llamado generosamente revoluciones. Y hemos contribuido a hacer del término y el concepto un gigantesco chicle masticable, extensible y deformable.

La revolución era para mi generación, para sus partidarios y sus enemigos – igualmente fervorosos – un cambio profundo y generalmente violento, o casi siempre violento precisamente por la profundidad de esos cambios, que se producía en una país para sustituir un poder por otro poder, una tiranía, por otra cosa, una forma de gobierno por otra diferente. A partir de allí, había muchas y diversas formas de entender los contenidos de una revolución.

Yo me voy a referir a las revoluciones del siglo XX y en particular a las revoluciones socialistas que comenzaron con la revolución rusa de octubre de 1917. No pretendo ni siquiera rozar un análisis histórico sino su reflejo en nuestras vidas y en las de millones de mujeres y hombres en todo el planeta. Vivíamos con y para la revolución. Y hay que reconocerlo, es inmoral y falso hacernos los desentendidos, los que nos distrajimos y nos embaucaron. Nos sentíamos parte de la revolución, era nuestra vida.

Como todas las cosas que ocupan un espacio tan importante en la vida, tenía una teoría, una ideología, una mística, imágenes, símbolos, referencias humanas, héroes y villanos. No hay revolución, ni nunca la habrá, sin contrarrevolución.

Confucio, decía que Donde hay satisfacción no hay revoluciones», no es muy diferente de la frase de Bertolt Brecht «Las revoluciones se producen en los callejones sin salida.» Nunca la vivimos como una fatalidad, aunque teníamos la convicción de los convencidos de que era inevitable y que nosotros éramos parteros de la historia. Pero hacer la revolución exigía una dosis de sacrificio, de entrega, de riesgo. La revolución nos hacía diferentes y nos hacía sentir diferentes.

Es cierto que la edad influye, pero era una identidad que cruzaba las generaciones, aunque la nuestra coincidió con otro momento de irrupciones, de rebeliones, como el año 68. La revolución se hace, pero sobre todo se vive. El camino, la aventura era tan importante como la meta. ¿O más?

Siempre tuve una frase de Hannah Arendt como un enorme fantasma «El revolucionario más radical se convertirá en un conservador el día después de la revolución». Era una posibilidad, en muchos casos se transformó en una tragedia. Sobre todo cuando nos transformamos en grandes conservadores ideológicos a toda prueba, capaces de explicarlo todo.

La historia demostró que algunos revolucionarios, cuando alcanzaron el poder se transformaron en usufructuarios de la revolución. Y la mataron. ¿Es obligatorio? ¿Cuáles son los remedios, las vacunas? ¿Existen?

La revolución le daba un sentido a nuestras vidas, eran una respuesta total a los males de nuestro mundo, de nuestras sociedades, a las injusticias y a una constante a lo largo de la historia, la del hombre como lobo del hombre. Y de las mujeres.

Hablábamos con el Che de la revolución y el amor, como dos conceptos inseparables, pero eso nunca nubló ni disminuyó nuestra convicción de que la revolución era hermana dilecta de la violencia, de una furia arrasadora y abrazadora, que alumbraba una nueva sociedad de justicia.

Revolución y hombre nuevo era conceptos inseparables, porque la propia revolución debía ser una escuela de altruismo, de fraternidad, de desprendimiento, de entrega. La historia a pesar de las duras y terribles lecciones nos debería haber demostrado que en todas las empresas humanas conviven las contradicciones, en toda su enorme perversidad y grandeza. Las tragedias revolucionarias, cometidas por gente que se llamaba revolucionaría, en nombre de la revolución, llenan una biblioteca.

Vivíamos en un mundo de revolución. En la política, en la literatura, en el arte, en la cultura, en nuestras vidas, en nuestras relaciones, en nuestra militancia. No importaba cuan lejos estuviera el resplandor, que en cada momento y en cada latitud era más o menos tenue o incandescente, pero allí estaba.

¿Éramos fanáticos? ¿Un poco? Yo nunca me sentí un fanático, ni siquiera mirando hacia el pasado logro ubicarme en esa categoría, pero ello no me impide observar un grado de adhesión y de convicción que iba más allá de la simple racionalidad. Aunque siempre tuvo un relato, un discurso profundamente racional y total. Una construcción ideológica, política y cultural que se sostenía en sus diversas componentes. Se apoyaba una con otra.

La lista de intelectuales, de artistas, de hombres de ciencia que adhirieron en diversos momentos a la revolución es también interminable, y alimentaba nuestra convicción. Revolución era no sentirse solos, era una gran fraternidad de lucha y de esperanzas.

Habló en pasado, porque al menos en mi caso y creo que en el de millones de seres humanos, esa forma de vivir la revolución ya no existe. Y para millones y millones de jóvenes a lo largo del mundo, la revolución no está hoy entre sus pasiones. Y tienen pasiones, otras, a veces incomprensibles para nosotros.

Desde mi experiencia, mi edad, mis fracasos y mi participación en la política voy a reconocer que es difícil vivir sin revolución. No es fácil adaptarse y aceptar que ante tan enormes injusticias, ante un mundo que crece en todo sentido, pero sobre todo en desigualdades, en explotación, en la fractura planetaria y nacional entre los que lo tienen todo y los que viven de su trabajo y los que casi no tienen nada, lo que nos queda es evolucionar. Es una confesión que necesito hacer a esta altura de mi vida.

Acepté y participo de una batalla política desde la izquierda por construir un país mucho más justo, más democrático, con mayor igualdad de oportunidades, con cambios en su estado de ánimo, rompiendo con las dinastías gobernantes tradicionales. Y valoro extraordinariamente lo que han hecho los dos gobiernos de izquierda. Lo conozco, lo comparo, lo siento en las cifras pero sobre todo en la gente. Es más, voy a reconocer que los resultados de los dos gobiernos de izquierda, son superiores, mejores a mis expectativas y que voy a seguir empujando estos cambios y voy a seguir reclamando más y mejor. Pero ello no me impide reconocer que es difícil vivir sin revolución, aceptar que el salto se ha desdibujado y que si algún día volverá a ser posible, habrá que imaginarlo, soñarlo y diseñarlo. Ahora está en la bruma, está en este esfuerzo en diversas latitudes por evitar que la derecha y el liberalismo económico, el viejo y el nuevo, se devore un trozo más de la vida de millones de seres humanos, como lo está haciendo ahora en Europa.

¿Es mejor? No hay duda que habiendo conocido la violencia, la contrarrevolución, las tiranías, y nuestras propias dictaduras, es mejor. Para el alma es muy duro consolarla o acostumbrarla a vivir sin revolución.

(*) Periodista, escritor, director de UYPRESS y BITÁCORA. Uruguay. Coordinador general de IPS entre 1978 y 1984.

admin