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Allende: demócrata y revolucionario

Sep 11 2013

Por Roberto Pizarro*

El 11 de septiembre de 1973 se clausuró un ciclo de largas décadas de lucha y auge del movimiento popular en Chile. La clase obrera, los campesinos, los intelectuales y la gente humilde de nuestro país fueron derrotados. Los errores propios y la resistencia de los dominadores, nacionales y extranjeros, impidieron que se materializaran los anhelos de Allende: que el poder económico y político se distribuyera más equitativamente en nuestra sociedad.

La experiencia de los tres años de la Unidad Popular y la figura de Salvador Allende se han instalado de forma indeleble en la memoria colectiva de los chilenos. Nuestros hijos y nietos saben hoy día que hubo un hombre que llenó de dignidad a nuestra patria, que nos engrandeció con su lucidez política y que nos estremeció con su valentía. Los asesinatos, el exilio, la represión y el neoliberalismo no podrán borrar de nuestra historia la vida plena que alcanzaron los desamparados durante los mil días de la Unidad Popular.

Los trabajadores hablaron de igual a igual con los patrones. Los campesinos pudieron sembrar sus propias tierras. Los estudiantes obtuvieron el derecho a participar en las universidades. Los músicos cantaron a la vida nueva. Ese periodo de felicidad no será olvidado. Se lo debemos a Salvador Allende.

También los demócratas del mundo entero reconocen en Allende al líder que se propuso transformar la sociedad chilena por medios pacíficos y con respeto a las libertades públicas. El pequeño país que en el extremo del mundo quiso construir una sociedad más igualitaria se conoció en los lugares más recónditos de la tierra, gracias a la originalidad, consecuencia y valentía de un verdadero demócrata y revolucionario. Ello explica en gran parte el aislamiento internacional de Pinochet durante la dictadura y luego su debacle definitiva con la detención que sufrió en Londres. Sólo el salvavidas que le otorgó el gobierno de Frei Ruiz Tagle le permitió respirar en libertad algunos años más.

Allende trascendía el pensamiento de su época. Mientras la guerra fría dividía al mundo y las empresas norteamericanas habían expoliado nuestras riquezas básicas, el Presidente pudo comprometer a toda la clase política en la nacionalización de las minas de cobre, mediante una ley en el Parlamento. Por otra parte, mientras la revolución cubana empujaba a las juventudes latinoamericanas a adoptar la lucha armada para transformar las estructuras oligárquicas, Allende insistía en sustituir el capitalismo por el socialismo sin violencia, mediante el ejercicio pleno de las libertades democráticas y el respeto a los derechos humanos. Transformar radicalmente, pero en el marco de las instituciones vigentes: esa era su consigna y convicción.

En el Pleno Nacional del PS, el 18 de marzo de 1972, cuando los socialistas endurecen sus posturas, el Presidente Allende llama a la razón. Rechaza los conceptos leninistas ortodoxos sobre el Estado, desplegando argumentos teóricos y prácticos sobre la vía chilena al socialismo: «No está en la destrucción, en la quiebra violenta del aparato estatal el camino que la revolución chilena tiene por delante. El camino que el pueblo chileno ha abierto, a lo largo de varias generaciones de lucha, le lleva en estos momentos a aprovechar las condiciones creadas por nuestra historia para reemplazar el vigente régimen institucional, de fundamento capitalista, por otra distinto, que se adecue a la nueva realidad social de Chile.»

Allende fue perseverante en su lucha por la transformación y en defensa de la democracia. Construir una nueva sociedad en que se redistribuyera el poder, se desplegaran el pluralismo, las libertades individuales, las elecciones, pero con los mismos derechos para todos y en la que los trabajadores participasen en las decisiones del país. Por ello es que durante el gobierno de Salvador Allende la democracia y las libertades públicas se potenciaron como nunca antes había ocurrido en la historia republicana.

Lamentablemente, las transformaciones en favor de la igualdad, participación y libertad que caracterizaron el gobierno de Allende terminaron abruptamente. El golpe del 11 de septiembre fue realizado con la fuerza de las armas de los militares; pero, promovido, organizado y financiado por la derecha política y económica, así como por gran parte del Partido Demócrata Cristiano y la infaltable Central de Inteligencia Americana. El golpe no fue sólo militar, sino civil-militar, con un papel destacado de los economistas, bajo la tutela intelectual de Milton Friedman y Arnold Harberger, los que elaboraron el programa económico de gobierno de Pinochet, caracterizado por el más extremo neoliberalismo.

Así las cosas, a partir del golpe, se instauran en el país un sistema político excluyente (con la Constitución de 1980) y un modelo económico de desigualdades que han hecho retroceder a nuestro país en muchas décadas. El aumento del crecimiento no puede ocultar que durante los últimos cuarenta años, unos pocos grupos han monopolizado la riqueza que producen todos los chilenos. Las desigualdades en la salud, la educación y previsión social se manifiestan a diario en las filas de los hospitales, en el deterioro de las escuelas, en universidades que educan en la ignorancia y en una prensa que informa sólo lo que interesa a la clase dominante para su reproducción. El poder económico y político concentrado en una minoría ha convertido a nuestro país en un sistema oligárquico.

Resulta una comedia que la misma generación, comprometida con el proceso de transformaciones que impulsó Salvador Allende, haya aceptado administrar disciplinadamente el modelo económico y el régimen político que instalara el gobierno de Pinochet. Ello revela que la responsabilidad para asumir las transformaciones, que demanda la ciudadanía, se encuentra en la juventud actual, la que ya ha abierto el camino con las protestas del 2011. Allende, el demócrata y el revolucionario, lo anunció en su discurso de despedida.

*Economista de la Universidad de Chile, con estudios de post grado en la Universidad de Sussex (Reino Unido). Fue decano de la Facultad de Economía de la Universidad de Chile, ministro de Planificación y rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Integra el Grupo Nueva Economía.

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