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África cierra página (El País) / Un hombre con ideales de justicia (Página12)

Dic 6 2013

África cierra página

EDITORIAL, EL PAÍS

Con Nelson Mandela desaparece el referente esencial de Sudáfrica y de un continente entero

Hace tiempo que los sudafricanos habían asumido que algún día tendrían que dar el adiós definitivo a Nelson Mandela, a fuerza de contemplar en sus repetidas hospitalizaciones la absoluta fragilidad física y el ensimismamiento del hombre que construyó una nación desde las cenizas del apartheid.

Con ese momento, aquel en que Madiba, al borde de los 95 años, ha ganado en paz el descanso final, ha llegado para Sudáfrica la hora crítica de aprender a vivir sin la figura paterna, sin el mentor y referente que Mandela seguía siendo, pese a llevar casi una década alejado de la vida pública, en la modesta casa de su terruño.

No se cambia la suerte de un país y se influye decisivamente en la percepción que todo un continente tiene de sí mismo sin estar hecho de una pasta especial. Los ingredientes más relevantes de la del antiguo guerrillero, que se convirtió en 1994 en el primer presidente negro de Sudáfrica después de pasar casi treinta años en prisión, fueron su magnanimidad y su paciente cultura del compromiso. Actitudes decisivas ambas para evitar el baño de sangre que todos presagiaban y hacer en su lugar un país que ha iluminado al resto del África negra. Un país donde, bajo su liderazgo, la mayoría supo esperar pacientemente el momento de asumir el lugar que le correspondía en la historia.

La Sudáfrica que despide a Mandela, sin embargo, se aleja peligrosamente del ejemplo fundacional. De sus herederos políticos han desaparecido el fulgor y la superioridad moral que acompañaron los años en que Mandela, como primer presidente de todos los sudafricanos, se dedicó a reconciliar sin agravios a una nación radicalmente dividida entre blancos y negros. En su lugar, sucesivos presidentes, dirigentes todos de un partido, el Congreso Nacional Africano (ANC), que comenzó como legendario movimiento de liberación, van camino de convertir a la República Sudafricana en un polvorín de destino incierto. Se trate de la trágica ignorancia de Thabo Mbeki, que permitió la muerte de millones de personas por considerar que el sida venía a ser una invención del colonialismo blanco; o de la probada corrupción y autoritarismo de Jacob Zuma, actual jefe del Estado, que presumiblemente logrará repetir mandato en las elecciones del año próximo.

El ANC, dominador absoluto desde las primeras elecciones multirraciales de 1994, al que la mayoría sigue viendo como el partido de Mandela y de la liberación, se ha convertido en un conglomerado de intereses e ideologías del que participan a la vez nuevos ricos, nacionalistas negros, populistas, liberales o sindicatos. Su vocación de partido único, sus luchas internas y su corrupción no difieren ya mucho de otros asentados en la dialéctica de la lucha armada que han protagonizado en África la transición a Gobiernos más o menos —generalmente menos— democráticos.

Casi veinte años después del final del apartheid existe en Sudáfrica por primera vez una clase media negra, e incluso privilegiados en la economía más desarrollada del continente. Pero la educación está en ruinas, el foso entre los que tienen y los que no es de los más acusados del mundo y el desempleo y la violencia crecen en este país de 53 millones, a la vez que la degradación de su crucial industria minera, sacudida por huelgas y enfrentamientos. Los gravísimos problemas sociales y económicos de Sudáfrica requieren un enfoque menos ramplonamente ideológico que el del ANC.

Nelson Mandela, aposentado definitivamente en el mito, se ha despedido quedamente, como vivió, tras devolver la dignidad a Sudáfrica. Corresponde al conjunto de sus compatriotas, no solo a sus supuestos herederos doctrinales, mantener su gigantesco legado e impedir el secuestro del sueño que apadrinó.

Un hombre con ideales de justicia

Por Marisa Pineau * – Página12

No sabemos si Nelson Mandela imaginó que tendría una vida tan larga. Pero seguramente desde sus primeros años en Qunu supo que seguiría sus convicciones y que sería él mismo quien elegiría su destino. Nacido en una pequeña aldea de Sudáfrica en 1918, fue el primero de su familia en ir a la escuela. Ya un joven, huyó a Johanesburgo porque no aceptó un casamiento arreglado por sus mayores. Allí empezó algo nuevo. Recibido de abogado, descubrió un nuevo mundo que nunca abandonó, el de la política. Cada vez más consciente de tantas injusticias sufridas por las mayorías, junto con otros que serían sus inseparables compañeros de ruta como Walter Sisulu, en los años de la Segunda Guerra Mundial fue fundador de la Liga de la Juventud del Congreso Nacional Africano (ANC). Poco después, tras lograr imponer sus posiciones en la organización mayor, consiguió dar un alcance nacional y de masas a su oposición contra las renovadas y más severas leyes de la segregación racial en su país. Frente a la intransigencia del gobierno del Partido Nacional a comienzos de la década de 1960, ya en la clandestinidad, Mandela pensó que había llegado la hora de dar un paso trascendental y organizó el ala armada del ANC. Viajó por Africa y por Europa buscando apoyos materiales y políticos para la causa sudafricana. Arrestado, fue juzgado y condenado a prisión perpetua.

En sus 27 años de cárcel y mientras la mayoría de la población sufría prohibiciones y represión, no bajó los brazos. No perdía oportunidad de discutir el régimen del apartheid con sus carceleros e hizo cientos de peticiones para mejorar las condiciones generales de vida de los prisioneros. Pocos conocían cómo su cara iba cambiando en prisión con el paso del tiempo, pero logró que la resistencia al apartheid se convirtiera en una lucha colectiva compartida y “Free Mandela” fue el grito que unió las voces de millones de personas en el mundo, en los más encumbrados foros políticos y en multitudinarios conciertos de rock. Cuando el gobierno le ofreció su liberación, la aceptó, pero no permitió que se le pusieran condiciones. En 1994 fue elegido, por quienes nunca antes habían podido votar, como primer presidente negro de su país y en su gobierno dio los primeros pasos para terminar con siglos de sometimiento de las mayorías. Y en sus últimos años encontró nuevas causas importantes que promover, como la de los enfermos de sida, se casó por tercera vez y, como nunca antes, se dedicó a su familia y a sus amigos.

En todos los terrenos y situaciones, sin aflojar ni en las peores circunstancias, Mandela fue un hombre fuerte y tenaz que defendió los ideales de justicia y luchó por una sociedad en la que la convivencia estuviera asegurada por el respeto y la dignidad de todos los seres humanos. No hay lugar a dudas, Mandela hizo bien su trabajo. En nuestro difícil mundo actual –en el que ya muchos sostienen que vivimos en un apartheid global, un mundo cada vez más segregado, con ciudadanos de primera y de segunda– es necesario que no se convierta a Mandela en una figura inerte. Para todos nosotros su estatura de héroe es un ejemplo a recordar y a continuar en su lucha por la defensa de la diversidad cultural y contra la desigualdad y la inequidad crecientes.

*Profesora del Departamento de Historia de la UBA, especialista en temas africanos.

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