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Capitalistas y salvajes

Ene 13 2014

Publicado por Guillermo Medina en Acotaciones

Leopoldo Abadía suele escribir comentarios amables que incitan a la moralidad y el buen hacer de los empresarios y cuantos toman decisiones en la economía. Sin embargo, su último artículo en El Confidencial, titulado “la revolución del capitalismo decente” es de una candidez conmovedora. Según él, “no existe el capitalismo salvaje. Existen salvajes que hacen de capitalistas”.

Pues sí, señor Abadía, mal que nos pese el capitalismo salvaje existe e impera. Es salvaje porque ha hecho del capitalismo empresarial tradicional una doctrina desligada de cualquier subordinación a una ética y una moral, sin limitación alguna determinada por el interés general, la paz social y, no digamos, la solidaridad; porque impone una filosofía económica y social acorde con el interés y el enriquecimiento de un sector minoritario de la sociedad.

El capitalismo salvaje que hemos vivido durante una década o más (el neoliberalismo, es decir el liberalismo al servicio de los intereses económicos y financieros, es su expresión política) ha derribado gobiernos, arruinado estados, proletarizado a las clases medias y debilitado las conquistas sociales.

Los motores del capitalismo extremo ya no son la otrora búsqueda de un justo beneficio de la inversión creadora de riqueza sino la especulación, la voracidad y el enriquecimiento ilimitado sin consideración alguna a cualquier interés general o función social de la economía. La desregulación como sistema y la globalización han convertido la vida económica en una selva en la que los ricos cada vez son más ricos. Ante esto, Abadía, al que disgusta tanto exceso, convoca a una revolución de los capitalistas decentes, se supone que contra los que no lo son. Estos últimos deben troncharse de risa.

Citando a Neville Isdell, que fue presidente y consejero delegado de Coca-cola durante cinco años, Abadía escribe que “si el capitalismo falla, será porque nosotros, los capitalistas, hemos defraudado a la gente”. Hombre, claro, y sin pecadores no habría pecado. Y porque el sistema lo ha permitido. La sociedad, a través del Estado, regula la vida en comunidad de forma que impida, o en su caso castigue, a los depredadores. En vez de ello, aceptó el principio de que el mejor Estado es el que no existe y que cualquier regulación es un ataque a la libertad.

Frente a ello no basta con proponer una ética de la economía y los negocios. El Papa Francisco –al fin una Papa centrado en el Evangelio- en su exhortación Evangelii Gaudium, del mes de noviembre, entre los desafíos del mundo actual contra los que hay luchar expone los siguientes cuatro:

No a una economía de exclusión.

No a la nueva idolatría del dinero.

No a un dinero que gobierna en lugar de servir.

No a la inequidad que genera violencia.

El capitalismo depredador no lo es por la acción viciada de unos pocos desalmados sino porque se ha hecho ideología. Las prácticas y decisiones que se generalizaron en Wall Street nos llevaron a la crisis, pero ello no habría sucedido sin decisiones de naturaleza ideológica que lo hicieron posible: la desregulación financiera en los noventa, la negativa de la FED a poner coto al mercado hipotecario o la forzada renuncia de los estados y gobiernos a la soberanía sobre los mercados financieros, permitiendo que engañaran y robaran a los ciudadanos impunemente y saliendo después a rescatar a los ladrones.

Por eso, señor Abadía y cuantos participen de su discurso de redención personal, la solución ha de pasar por poner fin a la ideología de las no reglas y las creativas ingenierías financieras. Algo bien difícil porque en el mundo de la globalización y la desregulación el poder de los beneficiados por las mismas se extiende sobre la política, los medios de comunicación, la cultura y las ideas. Y es que, como dijo hace años el Maquiavelo del siglo XX, Henry Kissinger, “el poder está donde está el dinero”. Nunca como ahora parece tan evidente.

Ahora es la política la que está al servicio de la ideología económica, haciendo que los gobiernos no sean capaces de que el dinero barato que los bancos centrales introducen en el sistema vayan, al menos en parte, a las pequeñas y medianas empresas. Ni siquiera son capaces de obligar a las empresas a que paguen los impuestos allí donde obtuvieron los beneficios.

El proceso se ha vuelto prácticamente incontrolable y los políticos se ven incapaces de enfrentarse con eficacia a los paraísos fiscales, por ejemplo, o imponer alguna tasa a los movimientos sin control de los capitales financieros. Peor aún: la ideología del neocapitalismo libertario ha logrado que sus valores –el enriquecimiento ilimitado, la primacía del dinero sobre la política, la avaricia convertida en motor de progreso…- se hayan extendido en la sociedad. De hecho, pasados más de cinco años de la crisis financiera mundial, nada ha cambiado sustancialmente. Y cada vez más ciudadanos piensan que si todo esto sucede en democracia es que la democracia ya no sirve a sus intereses.

Termino con unas declaraciones recientes de Martin Schulz, presidente del Parlamento Europeo desde 2012 y candidato de los socialistas para presidir la Comisión después de las próximas elecciones europeas: “Comparada con los neoliberales, Margaret Thatcher era una mujer socialmente responsable. Nos han dicho que una economía social, nuestros valores democráticos, sociales, ya no son competitivos con otras regiones del mundo; han defendido que cuanto más se trabaje por menos dinero es mejor, con un mínimo de derechos democráticos en la empresa, sin derecho a la huelga, sin sindicatos. Esta propaganda ha gobernado Europa durante dos décadas y el resultado es visible: la enorme riqueza de una minoría sin precedentes; un crecimiento de la pobreza, incluso de las clases medias, sin precedentes, y una crisis institucional sin precedentes. Este sistema ha fracasado: Europa es el continente más rico del mundo, pero tiene una distribución de la riqueza muy injusta”.

*Periodista y escritor, exdirector del diario YA, exdiputado y expresidente de la Comisión de Defensa del Congreso español.

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