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¿POR QUÉ EL PASADO SOCAVA LA PAZ Y EL DESARROLLO?

Ene 6 2014

Por Roberto Savio*

San Salvador de Bahamas, enero 2014 – A medida que el nuevo año comienza nos sentimos inclinados a adoptar una visión a largo plazo, así que vamos a ver por qué debemos tener paciencia con nuestras esperanzas para la paz mundial. Aunque el análisis adecuado de este tema requeriría un libro y no un artículo, me tomo la libertad de presentar aquí algunos bocetos muy crudos para la reflexión.

Ante todo, debemos coincidir en que estamos siendo víctimas de un ciclo de adaptaciones de la posguerra. El ciclo comenzó con el fin de la Primera Guerra Mundial, continuó con el final de la Segunda Guerra Mundial, y concluyó cuando acabó la Guerra Fría. Pero mientras al acabar la Primera Guerra Mundial nació la idea de la Sociedad de Naciones, y el final de la Segunda Guerra Mundial vio el nacimiento de las Naciones Unidas, nada similar ha surgido tras el fin de la Guerra Fría.

La Primera Guerra Mundial provocó el fin de los cuatro imperios: el Otomano, el Austro-Húngaro, el Alemán y el Ruso. Es de amplio consenso que el ajuste después de esta guerra fue la causa de muchos de los conflictos que siguieron.

Por ejemplo, las absurdas reparaciones de guerra impuestas a Alemania crearon el revanchismo que llevó a Hitler al poder. El fin del Imperio Austro-Húngaro permitió a los Balcanes convertirse en un barril de pólvora. El final del Imperio Otomano y su desmembramiento por las potencias vencedoras en nuevos Estados artificiales está mostrando sus efectos en la actualidad.

Las protestas sociales generalizadas de una Europa empobrecida después de la Primera Guerra Mundial marcó el comienzo del nazismo y del comunismo: no reyes o personas, sino por primera vez, las ideologías. Así, a diferencia de las dinastías, eran las ideas en el poder que unieron a personas de todo el mundo.

Esto hizo que la Segunda Guerra Mundial fuese muy diferente en su naturaleza y alcance de su predecesora: era una guerra entre las democracias y el nazismo. Sin embargo, el principal resultado fue dividir los ganadores en dos bloques, el capitalismo y el comunismo. La amenaza del comunismo obligó a Occidente a adoptar opciones de la justicia social, incluyendo derechos de los trabajadores, participación y valores sociales.

Mientras tanto, el resto del mundo, se manejó en medio de esta división, o trató de establecer su propio sistema – el Movimiento de los No Alineados – y la división Norte-Sur se convirtió en un importante nuevo ajuste de posguerra.

A continuación, con la caída del Muro de Berlín en 1989, llegó el fin de la Guerra Fría y de la globalización. Este ajuste de la posguerra añade elementos nuevos, adicionales a las adaptaciones anteriores inacabadas y esta vez eran de carácter global.

Con la globalización como marco de justificación, un «nuevo capitalismo» se afianzó, en el que la armonía social ya no era vital, y la búsqueda del máximo beneficio en el mercado se convirtió en el único valor, sin la «carga» de los costos sociales. El resultado fue el desmantelamiento del sistema social, una disminución de las inversiones en educación y salud, y la desaparición de sindicatos, por nombrar sólo algunos. En otras palabras, el fin de la idea de sociedades basadas en los derechos de sus ciudadanos.

La Corte Suprema de los EE.UU. dictaminó que incluso las corporaciones tienen los mismos derechos que los ciudadanos. Entramos en la era de la «nueva economía», basada en la idea de que las personas son prescindibles y que mientras menos forman parte de la producción, mejor aún. Los «nuevos» economistas argumentan que el desempleo llegó para quedarse, y que el Estado tiene poco que ver con la economía. Son los precursores de una era sin precedentes en la historia, donde el 99% del crecimiento económico va hacia el 1% de la población y el salario fijo se convierte en una cosa del pasado.

Un número creciente de jóvenes están desempleados y aquellos que trabajan, lo hacen con empleos precarios. La red de seguridad social que los abuelos y los padres todavía van proporcionando, va a desaparecer gradualmente. Las Naciones Unidas predicen que las generaciones jóvenes actuales se jubilarán con una pensión mensual de 480 euros. Sin duda un mundo nuevo y diferente.

Hoy en día, el legado que tenemos es una combinación de al menos tres de herencias que convierten en distante la gobernanza global. Las Naciones Unidas se han convertido cada vez más marginales en virtud de una globalización que funciona con dos motores: el comercio y las finanzas. Las Finanzas nunca hicieron parte las Naciones Unidas, están totalmente incontroladas y desde 1994 el comercio es controlado con la creación de la Organización Mundial del Comercio. Por lo tanto, no hay un sistema que pueda hacer frente a la situación actual.

La primera herencia que tenemos es la creación de estados artificiales. Los Estados africanos y los países árabes fueron creados en una mesa de negociaciones entre las potencias coloniales. Ningún país árabe, excepto Egipto, puede reclamar una historia ininterrumpida sobre su territorio actual y su gente. Los nuevos estados incorporan los grupos étnicos y religiosos, que no eran del todo homogéneos, y grupos homogéneos a veces se desmembraron (mirar a los kurdos que ahora están en cuatro países: Turquía, Siria, Irán e Iraq). El proceso de incorporación de las minorías en toda la democracia es muy difícil, y requiere un largo proceso de emancipación nacional y sentido de comunalidad. Las reglas de la mayoría y la minoría a menudo exacerban los conflictos.

Si nos fijamos en el segundo legado de cómo las diferentes religiones deben coexistir, la dificultad del proceso de ajuste se vuelve más claro.

La división entre sunitas y chiíes -y más importante, entre radicales y moderados- , es el obstáculo más importante para la estabilidad entre los mil millones de musulmanes en el mundo. Sólo la modernidad elimina ese conflicto, pero la modernidad viene con el desarrollo económico, y tardará mucho tiempo antes de la modernidad llegue al vasto mundo musulmán.

La religión es también un elemento de conflicto en los mundos budista e hinduista. La etnicidad y la religión también juegan un papel importante en Asia. Myanmar, con 40 minorías y diferentes religiones, es un buen ejemplo de cómo es difícil el camino hacia la democracia. Y lo mismo ocurre en tantos otros países, como Malasia, Filipinas, Indonesia, Sri Lanka y así sucesivamente. La democracia, en términos meramente formales, no puede resolver estos problemas si es que las minorías no se sienten ellas mismas una parte real del proceso de gobernanza.

Es evidente que sólo a través de la integración regional se pueden minimizar los conflictos locales, pero la integración sigue siendo un objetivo lejano. América Latina, después de dos siglos de independencia política, sólo ha logrado producir algunos acuerdos comerciales débiles y un insignificante Parlamento Latinoamericano integrado por representantes de los congresos nacionales y no elegidos por los ciudadanos como en Europa.

África ni siquiera ha logrado eso. Al inicio del proceso de independencia, hubo un debate entre sus dos grandes padres: Jomo Kenyatta de Kenia y Julius Nyerere de Tanzania. Kenyatta buscaba la integración inmediata de África, mientras que Nyerere apeló a la integración gradual tras una fase de la evolución nacional.

El resultado es que ahora, con los parlamentos nacionales, los burócratas, los parlamentarios y no solo, la búsqueda de la unidad es muy débil. La Organización para la Unidad Africana no es más que una plataforma para reuniones de Jefes de Estado. Mientras tanto, el mundo árabe está más dividido que nunca, y no cuenta con verdaderas estructuras de inserción. Asia es tan vasta y diversa que ni siquiera intentan algo tan complejo, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), una iniciativa estadounidense para reemplazar la Organización del Tratado del Sudeste Asiático (SEATO , por sus siglas en inglés), creada por los países del sudeste asiático para formar un frente común contra el poder creciente de China, pero que es generalmente considerada como una organización sin dientes. Por lo tanto, la integración regional que podría haber reducido los conflictos nacionales, sigue siendo muy lejana.

Nuestro tercer legado es hoy la globalización. Se ha homogeneizado el mundo por el camino equivocado a través de, por ejemplo, el consumismo, el estilo de vida, entretenimiento y comida, pero ha incrementado la división entre ricos y pobres en todo el mundo. Los países ricos tienen ahora un número creciente de pobres y los países pobres tienen un número cada vez mayor de ricos, con la justicia social en decadencia, tanto internamente como internacionalmente.

Véase sólo el caso del desastre de la fábrica textil Savar de Bangladesh a principios del año pasado en el que más de 1.000 personas perdieron la vida. Ninguna clase de indemnización ha sido pagada todavía, mientras que la industria de la confección, básicamente en los Estados Unidos y Europa, continúa aumentando sus beneficios. La ausencia total de leyes sociales internacionales va de la mano con la globalización. La desigualdad social ha ido creciendo desde la caída del Muro de Berlín. La brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor en todo el mundo y la clase media se está reduciendo, sobre todo en Europa.

Por lo tanto, estamos frente a un período prolongado de inestabilidad. Los legados de las dos guerras mundiales se han derretido en la herencia del fin de la Guerra Fría. Los Estados Unidos y Europa se encuentran en declive irreversible debido a la aparición de un mundo multipolar, con nuevos países conquistando espacio y poder. Y, sin embargo, no obstante que se han definido claramente temas globales como el cambio climático, cuando estos entran en conflicto con los intereses económicos, no se camina hacia ninguna parte, pese a que hace ya mucho tiempo que han sido aprobados algunos tratados internacionales relevantes.

Se necesitará tiempo para llegar a un acuerdo con nuestros legados y encontrar la solución justa para el futuro. Pero esta no es una razón para perder la paciencia con la gobernabilidad y la paz. Deberíamos darnos cuenta de que una nueva era vendrá y que vamos a salir de la actual.

Como escribió filósofo italiano Antonio Gramsci en sus “Cuadernos de la cárcel” cuando un ciclo histórico ha terminado y el nuevo aún no ha llegado, vamos a tener que lidiar con los “monstruos”.

Así que, ¿cuando se saldrá de la inestabilidad actual? Probablemente sólo cuando una protesta global contra la injusticia social traiga un poco de comunalidad y semejanza entre acción y visión … ¡Y eso no está tan lejos!

*Roberto Savio, fundador y presidente emérito de la agencia de noticias IPS (Inter Press Service) y Publisher de Other News.

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