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Un discurso europeo

Feb 17 2014

León Bendesky – La Jornada, México

Ha llamado mi atención el discurso de Bernard-Henri Levy en la plaza de Maidan de Kiev, hace unos cuantos días. No es un discurso convencional, sobre todo en esta época en la que predominan los asuntos económicos y se hacen cuentas «centaveras» junto con permanentes ajustes de los presupuestos públicos. Todo gira en torno de las monedas, los intereses, precios y recortes de los servicios para la población.

Es 2014, algo que no puede soslayarse al leer el discurso de Levy, son 100 años del comienzo de la Primera Guerra Mundial, anticipación de la segunda, iniciada sólo 20 años después, y de la brutal destrucción humana y material con la que acabó la primera mitad del siglo XX, no sólo en ese teatro, sino también en Asia.

De todo eso surgió poco a poco la actual Europa unificada, que ha pasado en relativamente poco tiempo de una triunfal visión de sí misma y de sus posibilidades, a una progresiva pérdida de confianza y la degradación en demasiados aspectos de sus sociedades. Ahí está, y muy patente, el desgaste de la economía, del empleo, los servicios de educación, salud y vivienda o las pensiones. Ahí está, igualmente, la creciente desigualdad interna y entre las naciones que la componen. Resurgen el nacionalismo, la discriminación y la marginación o, de plano, la exclusión de los extranjeros.

Resucitan también las disputas espaciales, como ocurrió con las ex Yugoslavia, Checoeslovaquia y la Unión Soviética. Esas disputas tienen hoy mismo un fuerte eco de la época de las revoluciones socialistas, y también del fascismo y el nazismo. Son demasiado fuertes esas resonancias, su origen es aún demasiado cercano y no se pueden ignorar. No deben ignorarse pues las condiciones globales no lo permiten.

Las palabras de Levy en la plaza de Maidan, en una Ucrania en rebeldía, se enmarcan en el entorno de una Rusia que busca y defiende su propio Lebensraum. Esta noción del «espacio vital» sirvió al general Haushofer para replantear las aspiraciones territoriales alemanas luego del Tratado de Versalles. Fue la base de la política de consolidación del Tercer Reich y de la guerra iniciada en 1939. Es mucho lo que se juega en Ucrania y se lo juegan los europeos, los rusos.

Levy se concibe firmemente a sí mismo como europeo y eso define su discurso de Kiev. Y lo que atrae, o debería decir lo que sorprende, es su optimismo sobre una Europa posible y que no es para él un sueño: «nada hay tan concreto como la Europa que me han descrito, cada vez, las mujeres y los hombres que habéis colocado a la cabeza de vuestro movimiento: una Europa que, para todas y para todos, significa libertad, gobierno justo, lucha contra el Estado canalla de los oligarcas, ciudadanía».

Suena extraño, hasta idealista, rememora los discursos que podrían haberse oído en varias partes de Europa en la era napoleónica inicial, o bien en la primera posguerra. Y parece raro en el marco del paulatino alejamiento que ha provocado la crisis económica de los ideales que se han propuesto en la era de las instituciones regionales: el parlamento, el consejo y la comisión europeos y la existencia de un mercado y una moneda únicos.

Europa no sólo se ha desviado de los propósitos políticos que la han alentado, sino que en ocasiones parece estar a la deriva. El papel económicamente dominante lo tiene Alemania, y de ahí se desprende una relevante influencia política que no está exenta de resentimientos. Pero los ajustes sociales han minado las bases de los acuerdos regionales. En unos casos como en los países del sur –Grecia y Portugal–, por las repercusiones negativas de los ajustes económicos, en otros por el desagrado de los extranjeros como sucede en Suiza, y de forma distinta pero aun más contundente con los desplazados africanos que intentan entrar a España o a Italia. Y las pretensiones independentistas en Cataluña y Escocia indican la tirantez en la unidad política y territorial a escala nacional. Estos elementos son muestras de grandes tensiones reales en ese continente en el que resurge el enfrentamiento con Rusia, apenas a un par de décadas del desmoronamiento de la URSS y su vasto espacio de influencia política que trata de restablecer.

Europa es un espacio político de gran relevancia global y la dinámica de lo que ahí está sucediendo es la expresión de diversos fenómenos que ocurren de modo simultáneo o, como solía decirse, de manera desigual y combinada. Esa Europa de la visión de Levy que pudo haberse recibido con júbilo en Kiev, no es la que hoy experimentan millones de ciudadanos en las fronteras de la Unión ni en la que aun definen los espacios nacionales. Las sociedades y los países no cambian de modo radical por decreto ni sólo con medidas de gobierno o creando instituciones. Las contradicciones son permanentes y su superación es conflictiva. Para ello se formulan proyectos, se construyen acuerdos y se toman decisiones; hay avances y retrocesos, y una variable esencial es el tiempo que no siempre es un aliado. En todo caso, en Ucrania se juega una carta clave para Europa y para Rusia.

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