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El Primero de Mayo: ¡Por un frente amplio!

Abr 28 2014

Nazanín Armanian*

Es un demonio de ocho tentáculos: el capitalismo mundial golpea con uno de ellos los derechos de los trabajadores en Occidente y los lanza al tenebroso agujero de la pobreza. Con otro destroza la vida de decenas de millones de personas con sus bombas y misiles. Con un tercero levanta murallas de cuchillos para enganchar los cansados cuerpos machacados de quienes tenían ilusión de ser explotados por un mercado “libre y civilizado”, y con el cuarto los ahoga en los océanos y mares hechos cementerio… le faltará brazos para sofocar la imparable disidencia de los trabajadores del mundo que –a pesar de estar desorganizados y desunidos-, le están robando el sueño.

El asesinato de 15 inmigrantes africanos en las aguas españolas, o la muerte de al menos 1.200 trabajadores inmigrados en Qatar -en su mayoría nepalíes e indias- por las obras del mundial de fútbol del 2022, y la estimación de que con este ritmo otros 4.000 perderán su vida antes de que el primer balón entre en alguna portería (ver: Qatar no es país para emigrar), son meras anécdotas. La situación de millones de inmigrantes afganos esparcidos por los países de la región, tras los interminables conflictos, es igual de trágica.

El nivel de las desigualdades sociales en el mundo ya alcanza el de finales del siglo XIX. Un Barak Obama que se presenta defensor de los débiles y ruega al Congreso que suba el sueldo mínimo de los trabajadores a 10.10 dólares la hora, paga con el bolsillo de los contribuyentes el medio millón de dólares que costaron los cinco días de vacaciones de su esposa e hija en España.

La injusticia normalizada, al igual que el ascenso “legal” de la ultraderecha en Europa, deben estar en el centro de nuestras preocupaciones. Parece increíble pero esta fuerza lleva tres décadas en el poder en varios países de Oriente Próximo y ha arrebatado no sólo los más elementales derechos conquistados por los trabajadores, sino que ha combinado la dura persecución de los activistas de los derechos de los ciudadanos con la imposición de las recetas de austeridad del Fondo Monetario, masivas privatizaciones, la falta de inversión en agricultura e industria nacional a beneficio de las compañías extranjeras, llevando a millones de personas al desempleo y al empobrecimiento de las clases media y obrera. Resultado: el aumento brusco del número de los lumpen, individuos desclasados (llamados a menudo como “desheredados”), que a cambio de un mísero sueldo se convierten matones, paramilitares, guardianes, policía del orden, etc, ejecutando el trabajo sucio de la élite gobernante. En EEUU e Europa, ingresarse en las fuerzas represivas forma parte de las escasas ofertas del trabajo del Estado.

Empleo y desempleo sexista

En los países musulmanes, uno de los principales motivos de su subdesarrollo es, sin duda, la exclusión de la mitad de la población, las mujeres, del proceso de progreso social. Este mal de los sistemas capitalistas empapados de un machismo exacerbado, se ha agravado por la reciente crisis económica: millones de mujeres han sido expulsadas de sus puestos de trabajo, perdiendo el fundamento de su independencia económica, de su emancipación y liberación.

El techo de la desigualdad se ha vuelto de cemento allí donde el fundamentalismo religioso ha querido ocultar la diferencia entre las clases sociales por las diferencias religiosas y de género: ellas son sólo el 15% del total de la fuerza laboral, comparado con el 55% de sus hermanas en Bangladesh o Indonesia. Incapaces de gestionar unas economías avanzadas con recetas medievales en la mano, los religiosos las culpan a ellas y su nuevo rol social (¡rompiendo la sagrada familia!) del paro masculino, ignorando que fue el capitalismo el que arrestó a las mujeres y niños al mercado con el fin de rebajar el sueldo de los hombres. ¿Qué dirán y qué harán ahora que los robots hacen innecesarios la fuerza de trabajo de personas de ambos géneros?

Las economías basadas en la renta del petróleo, que tienen paralizados otros sectores productivos, cuentan aún con menos presencia laboral femenina. Fenómeno que ha obligado a muchas de ellas a trabajar por cuenta propia: en Bangladesh son el 87%, en Pakistán 78%, en Indonesia el 69%, en Irán el 52% y en Turquía son la mitad de las trabajadoras; lo curioso es que estas “emprendedoras” no suelen contratar a nadie para desarrollar su negocio.

También existen millones de mujeres víctimas de las guerras – iraquíes, afganas, sirias o yemeníes- que han tenido que emigrar, y a pesar de su cualificación, aceptar indignantes condiciones de trabajo; otras miles han sido engañadas, secuestradas y violadas por las redes internacionales de trata de mujeres, y forzadas a prostituirse en burdeles de Kuwait, Qatar o Dubái.

Les acompañan a todas ellas millones de niños y niñas que, en vez de estar en el colegio o jugando, son explotados en talleres de textil, de alfombras, de construcción, o en los hogares de los ricos, haciendo de pequeños criados, expuestos a todo tipo de aberraciones que se pueda imaginar.

Ante tanto fracaso y retroceso, ha habido pequeños triunfos, como que las iraníes han conseguido ser admitidas en el sector minero: ya hay un millar, entre ingenieras o mineras de base, que patean suelos y subsuelos en busca de piedras de valor.

El Primero de Mayo existe

Aunque muchos estados del Oriente Próximo han legalizado el Día Internacional de los Trabajadores, no reconocen sus derechos, y con el fin de impedir concentraciones independientes, organizan actos gubernamentales, confundiendo a los explotados sobre sus enemigos de clase.

En Turquía, el gobierno de Erdogan medita la conveniencia de prohibir el 1 de mayo, como lo hizo el año pasado en Estambul. Entonces suspendió el transporte público en ésta urbe y mandó a atacar a los manifestantes pacíficos. El error de los sindicatos fue alargar durante días las manifestaciones en las zonas comerciales, lo que provocó la protesta de los vendedores, que al principio compartían las reivindicaciones de la Plaza de Taksim. Lecciones que aprender.

En Irán, el país de la región con más tradición de la lucha de la clase obrera, y el primero en contar con un poderoso “proletariado” vinculado con la industria petrolífera, y donde se celebró el 1 de mayo por primera vez en 1922, este día no es festivo. El «ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa», fue incluido en 1946 en la Ley de Trabajo, tras la manifestación del Primero de Mayo, dirigida por el partido comunista, en la que participaron unas 80.000 personas.

En el Irak colonizado por EEUU y sus socios, el gobierno títere de Maliki prohíbe a los trabajadores del sector público sindicarse, y se niega a los propietarios de la tercera reserva del petróleo mundial, incluidos los trabajadores afectados por el uranio empobrecido (ver: Hijos del uranio), acceso a una sanidad universal y gratuita. El desempleo aquí es de 65% de la fuerza laboral del país, o sea, unos 10 millones de hombres (las mujeres no entran en la estadística), mientras las compañías extranjeras que están ampliando la explotación de los campos petrolíferos, y planean sacar hasta 5 millones de barriles al día, contratan trabajadores extranjeros, más baratos y más sumisos.

En Indonesia, Líbano, Pakistán, Irak e Israel el Primero de Mayo no es laboral, mientras en otro extremo se sitúan Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, en cuyos almanaques ni aparece la fecha de la histórica huelga de los trabajadores de Chicago.

¡Suboccidentales, sudorientales, uníos!

No hay solución individual – ¡ni siendo un gran emprendedor!-, ni nacional al peligro que acecha a los trabajadores a nivel mundial, mientras sigue funcionando la táctica de la élite capitalista de enfrentar a los empleados del sector privado con el público, al profesional con el menos cualificado, al nativo con el inmigrante, etc, o sembrar división en la fila de las fuerzas progresistas (¡aun más de lo que están!), reactivar el culto a la personalidad en vez de agruparse en torno a programas concretos.

El capitalismo sufre una de las más profundas crisis estructurales a las que se ha enfrentado, y existe una altísima probabilidad de que una vez más consiga salvarse a causa de la incapacidad de las fuerzas de izquierda de ver más allá de sus narices.

*Nazanín Armanian es iraní, residente en Barcelona desde 1983, fecha en la que se exilió de su país. Licenciada en Ciencias Políticas. Imparte clases en los cursos on-line de la Universidad de Barcelona. Columnista del diario on-line publico.es. Artículo publicado el 28 de abril,2014

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