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Tres apuntes sobre García Márquez periodista

Abr 28 2014

Por Gustavo González Rodríguez*

Uno

“Esto es periodismo, no es literatura”. Esta debe ser una de las frases más desafortunadas que escuché de algunos colegas en mis años de académico en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Quienes pronunciaban esta sentencia ante sus alumnos, en un tono doctoral e inquisidor, lo hacían generalmente para castrar los legítimos vuelos creativos en la redacción de una crónica o un reportaje y forzar un estilo burocrático en que la escritura se sometía a un formato de memorándum.

Gabriel García Márquez fue tal vez el ejemplo más relevante de que el periodismo es a la postre un género literario. Esa literatura de no ficción, como la bautizaron en los Estados Unidos tras el impacto de A sangre fría. El Relato de un náufrago, publicado por entregas en El Espectador durante 20 días en 1955, se adelantó 11 años a la obra de Truman Capote, editada en 1966, y fue casi una premonición del realismo mágico, llevado a su máxima expresión en 1967 con la aparición de Cien años de soledad.

García Márquez nos dejó a su muerte no solo una prolífica y maravillosa producción literaria, sino también una trayectoria periodística con relevantes hitos, como su aporte en la fundación de Prensa Latina, la agencia de la Revolución Cubana, en 1959 y aquel maravilloso discurso El mejor oficio del mundo, ante la asamblea de la SIP en 1996, donde impugnó la dependencia de la grabadora y otros artilugios tecnológicos, no por anacronismo sino por la necesidad de rescatar la cualidad de escuchar el sentido profundo de los relatos de la gente y el contexto de los acontecimientos.

Dos

En noviembre de 1999 hablé con el ex senador comunista y Premio Nacional de Literatura de Chile 2002 Volodia Teitelboim (fallecido el año 2008) para la serie Entrevistas de fin de siglo de la agencia Inter Press Service. Al culminar el milenio, se decía que la gran novela del siglo XX era el Ulises de James Joyce. ¿Y cuál era la gran novela latinoamericana? “Cien años de soledad —respondió Volodia— porque es una creación inaudita, que reproduce la realidad trágica y, a la vez, la magia de América Latina, derribando el muro que separa la realidad de la fantasía”. Agregó que el realismo mágico tiene antepasados que se remontan a Las mil y una noches y a El Quijote. Invocó el exquisito barroquismo del cubano Alejo Carpentier y su narrativa afincada en lo “real maravilloso”, pero recordó que otros escritores apuntaron que lo “real espantoso” es también una fórmula adecuada para relatar a América Latina.

Tres

Es cierto. Porque en definitiva este diálogo o convivencia entre lo mágico, lo maravilloso y lo real es parte del cotidiano paisaje narrativo de nuestra América morena. Desde los delirantes dictadores megalómanos como el venezolano Juan Vicente Gómez (inspirador de El otoño del patriarca) o Augusto Pinochet, hasta las luchas obreras y campesinas que nos hablan de la ruina de las bananeras y el despoblamiento de Macondo y las masacres de huelguistas mineros y pobladores en toda la región.

Este paisaje narrativo es así mismo el mundo en que se nutre el periodismo de verdad en esa afortunada relación (¿de maridaje? ¿concubinato?) con la narrativa de ficción. En última instancia Cien años de soledad es una maravillosa crónica. No hay dualidad entre el Gabriel García Márquez periodista y el Gabo escritor.

* Ex director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, ex director-corresponsal de IPS. Artículo publicado en la revista Bello Público, de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH).

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