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Mar Mediterráneo, travesía ominosa

Abr 30 2015

Ana María Aragonés – La Jornada, México

Los terribles acontecimientos que se han presentado en estas últimas fechas en el escenario de las aguas mediterráneas del mundo europeo han puesto en evidencia las equivocaciones recurrentes de los países que quieren solucionar el fenómeno migratorio militarizando las fronteras, sin tomar en cuenta las razones de los migrantes.

Causas que si bien por su complejidad son multifactoriales, aquellas como la pobreza, las dictaduras, la inseguridad del crimen organizado y las guerras son motivos suficientemente graves que explican esos movimientos. Ciertamente no muy diferentes de otros flujos migratorios que se producen en diversos rincones de este sufrido planeta. Migrantes que no tienen alternativa, despojados de toda posibilidad para alcanzar una vida digna en sus países de origen y se ven forzados a deslazarse, ya sea en pateras, en botes destartalados, caminando por los desiertos, sabiendo que puede costarles la vida. Tan trágico como las rutas que los centroamericanos deciden tomar pasando por México, a pesar de todos los peligros.

Muchos de ellos buscan trabajo, labores que son necesarias en los países desarrollados; por lo tanto, en lugar de cerrar las fronteras, una solución pasa por ofrecer programas de inserción productiva en sus economías: no sólo todos se verían beneficiados, sino que de esta forma se evitaría que empleadores inescrupulosos se aprovecharan de su vulnerabilidad por falta de papeles. Otros migrantes requieren que se les otorgue asilo, derecho universal que está regulado por el código sobre refugiados de Naciones Unidas y que la mayoría de los países ricos han firmado.

Y si bien hay una responsabilidad de esos países, las propuestas son sumamente restringidas en relación con las necesidades que enfrentan miles y miles de personas. Y peor todavía, estos migrantes no son tratado como seres humanos, pues para impedir su entrada colocan vallas con cuchillas como las que se encuentran en Ceuta y Melilla, construyen centros de internamiento, donde son detenidos los migrantes, en condiciones lamentables de higiene y hacinamiento, por semanas o meses. Verdaderas cárceles aunque no hayan cometido más delito que buscar un espacio en el que puedan hacer efectiva su propia humanidad. Y lo peor es que muchos saben que serán deportados a pesar de que eso supone devolverlos al horror del que quisieron huir.

En este año 2015 las muertes se han incrementado 20 veces más que las que se produjeron en 2014. La tragedia más reciente ocurrida frente a las costas de Libia, en la que se hundió un barco en el que viajaban más de 800 personas, ha sido considerada el peor desastre migratorio sucedido en el Mediterráneo. Y, de acuerdo con el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), 35 mil personas llegaron por barco al sur de Europa desde principios de año y mil 600 están desaparecidas.

Ante esta situación, la Comisión Europea, que se reunió en Bélgica para buscar soluciones a este grave problema, lo que plantea son medidas policiacas, es decir, reforzar las fronteras, ampliar los centros de internamiento, dar más recursos al mecanismo denominado Tritón, no el Mare nostrum que dio muy buenos resultados, pues llegaron a rescatar miles de personas, pero según ellos rescatarlos podría convertirse en un “efecto llamada” y optan por “retornarlos en caliente”, deportar en forma rápida a los migrantes irregulares. Y ciertamente propuestas poco generosas, pues plantean otorgar el asilo a sólo unos 5 mil migrantes, cuando los desplazados por la guerra en Siria se cuentan por millones.

Hay un grave error de percepción de estos funcionarios, pues suponen que los culpables de esta masiva migración son los traficantes de personas, las mafias, los también llamados coyotes; por lo tanto, la solución es encarcelarlos, bombardear sus barcos, etcétera. Esta es una visión totalmente equivocada, pues si bien estas mafias están formadas por delincuentes, los causantes de su expansión son los mismos que cierran y refuerzan las fronteras, pues obligan a los migrantes a buscar ayuda donde esté para poder traspasar esos muros. Por lo tanto, la solución pasa por abrir las fronteras y de forma ordenada dar solución a estas personas en el marco de derechos humanos.

Como señala la Unesco, el control de las fronteras es una estrategia que no puede coexistir con los principios de derechos humanos, y amenaza las libertades que radican en el núcleo de las sociedades democráticas. A pesar de todos los costos en dinero y en vidas humanas, detenciones, deportaciones, sanciones, visas, la migración no se detiene.

Por lo tanto, hay que atacar el problema de raíz, pues si bien la migración ha sido la forma en la que históricamente la humanidad ha buscado nuevos horizontes, a partir de la globalización neoliberal se favoreció la circulación de mercancías y del capital, pero se restringió el movimiento de personas, es decir, las fronteras se cerraron. Por otro lado, esta globalización neoliberal ha beneficiado sólo a unos cuantos países y empresas trasnacionales, sobre todo estadunidenses (Chomsky), quienes concentran el poder económico, militar y tecnológico. Sistema que se ha sostenido en la pobreza mundial, excluyendo a las grandes mayorías del beneficio del desarrollo.

Por lo tanto, la solución estructural pasa por combatir la desigualdad y la marginación, verdaderas causas de las tragedias que viven los migrantes, lo que garantizaría el “derecho a no migrar”.

¿Podrá ese mar Mediterráneo estudiado por Fernand Braudel volver a ser un centro civilizatorio, de intercambio de ideas y de culturas?

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