General

Una campaña frustrante

May 25 2015

Por Guillermo Medina*

El hastío producido por la campaña electoral del 24 de mayo no debe impedirnos reflexionar y sacar algunas conclusiones. Escribo el día 23 y por tanto desconozco los resultados pero más allá de la previsible fragmentación del espectro, la primera y más trascendente reflexión debe ser sobre la trascendental dimensión moral y ética de estas elecciones.

La mayoría de los casos de corrupción protagonizados por cargos públicos y dirigentes del Partido Popular se gestaron y produjeron con anterioridad a las elecciones parlamentarias del año 2011. Nada hacía presagiar entonces que la importancia y el número de los escándalos adquirirían la dimensión que ya conocemos. La situación es hoy radicalmente diferente: ningún ciudadano ignora la realidad y pocos sostendrían que la corrupción es cosa del pasado y que se han depurado las responsabilidades políticas y penales necesarias. Las raíces de la corrupción siguen presentes haciendo que el ejercicio del poder –ya sea por el PP, CyU, el PSOE u otro partido- vaya asociado a la corrupción y el enriquecimiento ilícito. A más poder parece haber más corrupción, y las mayorías absolutas generan en los corruptos la sensación, cuando no la realidad, de impunidad.

Hoy nadie puede alegar desconocimiento. Quien vote a candidatos de un partido “intrínsecamente” corrupto –aquel que se muestra incapaz y sin voluntad clara de impedir y castigar severamente la corrupción de sus militantes y cargos públicos-, se convertirá en cómplice voluntario y colaborador necesario de las corrupciones futuras. Hace años que ciertos dirigentes del PP vienen sosteniendo que las responsabilidades políticas por la corrupción se sustancian en las urnas y son los electores quienes con su voto condonan o castigan a los políticos implicados. Sostener tamaña perversión de la democracia es en sí mismo una confesión de connivencia con la corrupción, que dicha teoría legitima institucionalmente. Mayor depravación moral y política se da cuando un dirigente político disocia lo legal de lo moral y lo ético y afirma con toda naturalidad que determinados comportamientos clamorosamente contrarios a la ética son admisibles o tolerables porque no son ilegales.

¿Qué reflejo tendrá todo esto en el voto de los electores? ¿Qué comportamiento tendrán los electores del PP, el partido más señalado actualmente, con mucho, por la corrupción? Estas son algunas de las cuestiones que otorgan relevancia a las elecciones del día 24. Los electores castigaron con dureza inusitada a UCD por sus divisiones internas, a Felipe González por los GAL y por unos singulares aunque graves casos de corrupción, a Aznar, en la persona de Rajoy, por meternos en la guerra de Irak y a Zapatero por su incapacidad para prever y enfrentar la crisis económica. ¿Qué actitud mantendrán ahora? Las encuestas reflejan que la mayoría de los ciudadanos creen que hay necesidad de cambiar los contenidos y las formas de hacer política, pero en muchos se percibe al mismo tiempo miedo al cambio, lo que hace suponer que terminarán tapándose la nariz y votando lo que solían.

El Partido Popular sufrirá un castigo cuya magnitud, en todo caso importante, desvelarán las urnas; mi pronóstico es que no habrá catarsis interna y que con un 30% o algo más de votos y un espectro fragmentado, Rajoy podría cumplir el objetivo de lograr la primera minoría en las legislativas de finales de año. No habría que sorprenderse desde el momento en que muchos electores anteponen lo que creen su interés personal a unas mínimas exigencias de decencia a sus representantes. Y el problemático panorama de negociaciones y pactos que tendrá lugar para formar gobierno en municipios y autonomías ayudará al PP en su esfuerzo por aparecer como “el partido de la estabilidad”.

La segunda reflexión ante el 25-M está motivada por la proliferación, a lo largo de la campaña, de hechos y dichos que denotan la degradación de la política en España. Nada hay más clarificador que una campaña electoral para resaltar la cara más deplorable de los políticos, salvo excepciones. Con frecuencia causan vergüenza ajena con ocurrencias y comportamientos populistas que hacen de la política un circo en el muchos candidatos (no hay que generalizar) hacen gala de esfuerzos por parecer interesados en los problemas de la gente.

A falta de propuestas y argumentos han abundado las descalificaciones del adversario, sin excluir en ocasiones a sus parejas. Los despropósitos han ido desde afirmar que votar a Cifuentes es votar aborto, a llamar a Aguirre gentuza, calificar a Susana Díaz de “puta y golfa” (dirigente del PP de Ayamonte) o comparar a Cospedal con Juana de Arco y considerarla “la reencarnación de la doncella de Orleans (candidato popular a la alcaldía de Valdepeñas). El premio a la desfachatez habría que dárselo, aunque no faltan candidatos, a la alcaldesa de Valencia, que atribuyó a una conjura comunista la denuncia sobre los gastos suntuosos pagados por ella con el dinero de los contribuyentes en los últimos cuatro años. Ni una palabra sobre los nuevos tinglados de corrupción en su región, como los destapados en las vergonzosas conversaciones de Alfonso Rus, el temporalmente dimitido presidente de la Diputación valenciana.

Ernesto Ekaizer ha señalado cómo la campaña se ha caracterizado por el papel estelar que ocupa “el objetivo de destruir la personalidad, el character assassination, el deliberado y cuidadoso intento de acabar con la credibilidad y reputación de una persona”. La política en España, en efecto, se está convirtiendo en un aquelarre para sobrevivir en el cual se precisa capacidad de mentir y disimular, sectarismo y espíritu asesino. La lucha por el poder en un trasfondo de corrupción institucionalizada se ha convertido en una cuestión de vida o muerte, lo que explica la agresividad cainita de ciertas actitudes. Mientras los dirigentes del PP luchan por su supervivencia amenazada, al otro lado del espectro el objetivo es su desalojo a cualquier precio.

Aparte insultos y ocurrencias, no han faltado afirmaciones de mayor calado político, como la de Albert Rivera al afirmar que en la regeneración pendiente sólo deberían tener cabida los nacidos después de la Constitución de 1978. O la de Esperanza Aguirre amenazando con que “si (Podemos) se convierte en la primera fuerza política a nivel nacional, será la última vez que votemos libremente”.

La alcaldable popular en Madrid ha sido, como suele, la prima donna de la refriega política. Con su habitual audacia infinita afirmó que su adversaria Manuela Carmena no llegó a la judicatura por oposición, y traspasó los límites de lo tolerable al relacionarla con ETA. No contenta con ello, en un debate en Telemadrid, Aguirre la cuestionó por las actividades empresariales de su marido, aireadas torticeramente por los medios adictos pese a haber sido sobreseídas las denuncias presentadas al respecto. La candidata de Ahora Madrid tuvo la elegancia moral de no preguntarle a Aguirre por los sospechados negocios de su esposo, Fernando Ramírez de Haro.

“Hay demasiados mentirosos y circulan demasiadas mentiras en política”, dijo Aguirre refiriéndose a su emergente adversaria de izquierda. Admirable. Se supera a sí misma a diario en su capacidad de convertir las acusaciones de sus adversarios en motivo de acres defensas de su dignidad ofendida. Véase lo sucedido con la filtración de su declaración de la renta. Sin duda un hecho deplorable y grave que se ve agravado porque se produce en la recta final de la campaña electoral y porque los datos revelados corresponden a un ejercicio en el que Aguirre no ejercía cargo público, aunque también debe considerarse que mantenía su condición de política como presidenta del PP madrileño.

Sin embargo, en las reacciones de la candidata popular llama la atención el intento de culpar de la filtración a su adversario socialista, algo que podría ser calumnioso, y las actitudes victimistas que parecen indicar el propósito de sacar provecho electoral del asunto. Tampoco puede olvidarse que la ahora ofendida Aguirre y otros correligionarios suyos lanzaron una tremenda campaña contra Monedero cuando se filtraron datos fiscales de éste, por supuesto sin condenar ni denunciar el hecho. El asunto es intrincado moral, jurídica y políticamente pero seguramente la gran mayoría de los ciudadanos están a favor de que se hagan públicas las declaraciones de renta y de bienes de los políticos y cargos públicos relevantes.

La campaña deja también la evidencia del empobrecimiento semántico, intelectual e ideológico del debate político, cuando no de su simple inexistencia. La indigencia estrategia y doctrinal de muchos candidatos –generalmente designados por su lealtad perruna al poder partidario- es pasmosa. Predominan el tacticismo y el cortoplacismo y hay una práctica ausencia de argumentos. José Antonio Zarzalejos ha escrito que se trata de “una campaña miserable”. Sostiene que “hay una intención muy determinada de banalizar la campaña en la que se introducen códigos de comunicación especialmente emocionales, sentimentales, buscando más la adhesión acrítica de los electores -excitando sus filias y su fobias- que una aproximación racional a las propuestas de gobierno, sea municipal o autonómico. No es extraño, así, que el nivel de la política en España disponga de tan bajo umbral de reflexión y, por el contrario, presente rasgos tan viscerales”.

¿Cómo no estar apáticos ante las urnas y desconcertados si las estrategias, los programas y las intenciones permanecen ocultos a los ciudadanos para no ahuyentar a posibles votantes? Aguirre ni siquiera ha presentado un programa electoral para Madrid, más allá de diez puntos genéricos, como si ella, por sí sola, lo hiciese innecesario. Y María Dolores de Cospedal esperó a las 00.00 horas del viernes 22 para colgar su programa electoral en la web del partido porque ésa “es la estructura de campaña que tenía el PP de Castilla-La Mancha”.

En estas elecciones, que darán lugar a un espectro muy fragmentado, los pactos serán obligados después de las elecciones, nada dramático, pese a lo que digan quienes identifican mayoría absoluta y estabilidad o quienes presumen de demócratas planteando la poco democrática fórmula de dar el poder sin más a las lista más votada. Por ello los compromisos previos deberían ser claros para que los electores conozcan no sólo, obviamente, qué partido y programa votan sino también qué posible coalición y pacto negociarán. Por ello los partidos que aspiran a ejercer de complementarios después de las elecciones deberían informar fehacientemente a los electores de las condiciones que plantearán a quienes demanden su apoyo. Pero en este aspecto sólo hemos conocido incoherencias y contradicciones que únicamente se aclararán después de las elecciones.

El muy alto porcentaje de indecisos en estas elecciones, entre el 35 y el 45% según las encuestas, es una clara manifestación de la crisis institucional que padecemos y una clamorosa consecuencia natural del desconcierto de los ciudadanos y la falta de credibilidad que otorga a los políticos. Y a ello hay que añadir la volatilidad de las tendencias de voto. En ninguna elección anterior se ha llegado a la fecha electoral con una mayor incertidumbre sobre los resultados. Los ciudadanos incluso sospechan que los sondeos forman parte de las estrategias electorales. Y nunca antes los partidos habían descafeinado tanto sus propuestas con la esperanza de atraer con su ambigüedad calculada a los indecisos, que ya no están solo entre los electores de centro sino en todas las capas sociales.

En medio del fragor de la campaña se han prodigado las perversiones democráticas, como reflejan algunas afirmaciones recogidas anteriormente. Es claro el desprecio a la verdad de ciertos candidatos y su tendencia a salir de la ambigüedad sólo para prometer lo que no podrán cumplir. No solo las guerras tienen como primera víctima la verdad; también las campañas electorales. Parece ser un signo identificador de nuestra época. Oportunamente, en un precioso artículo sobre Stefan Sweig, Rafael Argullol hacía esta reflexión en El País del día 20: “En nuestra vida pública la presencia de la verdad se ha convertido en fantasmagórica, aplastada por las obesas siluetas de la rentabilidad, la eficacia, el impacto o la utilidad. (…) Huérfanos de la verdad de las palabras, o incapaces de encontrarla y compartirla, también nosotros nos encontramos indefensos ante la manipulación (…) ha irrumpido una multitud de pequeños brujos que juegan con la mentira y casi todos convivimos indiferentemente con ella”

Rajoy viene desempeñando a la perfección el papel de uno de esos pequeños brujos, o de brujo mayor, según algunos. Sabe que su eje de campaña, la recuperación económica, es cierto pero tramposo. Se apropia sin el mínimo pudor un éxito que se debe en gran parte a factores externos favorables. Sabe que cuando se agote el impacto de éstos, el crecimiento disminuirá y que a partir del segundo trimestre del año próximo el ritmo interanual de crecimiento del empleo se moderará, consolidando el modelo económico de bajos salarios y alto paro estructural. Ello no le impide crear expectativas sobre el empleo y sobre una reducción de impuestos en 2016 que serán imposibles de cumplir porque el enorme aumento de la deuda pública obligará a nuevos ajustes que ya reclama Bruselas. Y presidiendo el relato engañoso de su gestión, una afirmación desvergonzada: “ya nadie habla del paro”.

A tres días de la apertura de las urnas, Mariano Rajoy echa el resto: “ahorrémonos cuatro años de lío…y apostemos por la estabilidad y la seguridad; lo que funciona, no se cambia”. Defensor de las mayorías absolutas (se entiende que de su partido), que engañosamente identifica con estabilidad, en realidad nos propone una forma de autoritarismo que consiste en gobernar hegemónicamente con base a una legitimidad de origen electoral y sin mayor consideración de la legitimidad de ejercicio, consistente, entre otras cosas, en cumplir las promesas.

El marianismo, ese discurso plagado de obviedades y recurrentes invocaciones al sentido común que Rajoy personificaría frente a las “ocurrencias y extravagancias” de todos los demás, ha hecho gala de virtuosismo en estas elecciones. Fuera de él solo habría vacío e aventurerismo. Puestos a ser consecuentes, ¿por qué no nos propone ahorrarnos las elecciones?

Coda final.- Algunos amigos y familiares, algo confusos, como todos, me han pedido mi opinión sobre a qué partido votar. Por supuesto que no soy quien para ello. Objetivamente sólo podría hacerles una recomendación: votad a un partido que no robe y no mienta. Como ha dicho en una entrevista el flamante Premio Princesa de Asturias de Humanidades, Emilio Lledó: “Ojalá este domingo regrese precisamente eso, la decencia. Debemos votar por ello, sería una bendición que nos ayudaría a cortar el paso al engaño, la falsedad, resultaría toda una venganza contra los prepotentes”.

En realidad podría darles algunas razones para no votar a prácticamente todos y cada uno de los partidos y candidatos en liza. El único voto que me asegura que no me defrauden e incumplan las expectativas es el voto en blanco. Sé que suena a tremendo pero es lo que hay. Temo haber aumentado las dudas de mis amigos.

*Guillermo Medina, periodista y escritor español, exdirector del diario YA, exdiputado y expresidente de la Comisión de Defensa del Congreso de España.En https://guillermomedina.wordpress.com/ , 24.05. 2015

Anexos:

España: fin del bipartidismo

Editorial, La Jornada de México

En las elecciones regionales y municipales realizadas ayer, el mapa político de España experimentó una súbita transformación en dos ejes: por una parte, el Partido Popular (PP), aún en el gobierno nacional, sufrió una caída de dos y medio millones de votos respecto de los comicios anteriores (2011) y, aunque sigue siendo la primera organización política, perdió sus principales bastiones urbanos –Madrid y Valencia– y previsiblemente perderá, conforme avancen las negociaciones entre las fuerzas opositoras en las horas próximas, el gobierno de varias comunidades autonómicas: Valencia, Castilla La Mancha, Aragón, Extremadura, Cantabria e Islas Baleares, y en las otras cuatro bajo su poder se ha quedado a expensas de acuerdos con otros partidos.
Por la otra, la clase política tradicional en general –desde los partidos nacionales PP, PSOE e Izquierda Unida, hasta regionales como el catalán Convergència i Unió– hubo de enfrentar a dos nuevas organizaciones surgidas de la sociedad en años recientes: Podemos, de izquierda, y Ciudadanos, de centroderecha, que tienen ya vocación de poder y cobran de golpe una influencia decisiva en los congresos autonómicos y en los ayuntamientos. La excepción a esta tendencia fueron las victorias obtenidas por el histórico Partido Nacionalista Vasco (PNV) en Vizcaya, Guipúzcoa y en las ciudades de Bilbao y San Sebastián.

Los datos específicos más relevantes que arrojan los resultados son sin duda la llegada al poder de fuerzas políticas nuevas en las dos principales urbes del país: Madrid y Barcelona. En la primera la formación Ahora Madrid –integrada por Podemos y otros colectivos progresistas surgidos al margen de los políticos tradicionales– se ha colocado como segundo partido, sólo detrás del PP, y es altamente probable que su candidata, Manuela Carmena, pueda formar gobierno con el respaldo del PSOE, cuyo aspirante, Miguel Carmona, prometió en varias ocasiones apoyar la candidatura progresista que obtuviera más sufragios. De concretarse una alianza, la derecha perdería la ciudad tras 24 años ininterrumpidos de gobernarla.

En la capital catalana el PP y el PSOE fueron convertidos por el electorado en partidos marginales, en tanto Barcelona en Comú –alianza en la que confluyen, además de la organización local de Podemos, Iniciativa, Esquerra Unida, Procés Constituent y Equo– desplazó de la primera posición a Convergència i Unió del presidente catalán Artur Mas. Aunque Barcelona en Comú se quedó muy lejos de lograr la mayoría absoluta, se abre la perspectiva de que su candidata Ada Colau, una activista contra los desalojos de deudores, encabece la alcaldía con el apoyo de otras formaciones. El mismo panorama se repite en Valencia, donde las fuerzas de izquierda quedaron en posición de sacar de la alcaldía a la derechista Rita Barberá.

En suma, el mapa político bipartidista forjado durante la llamada transición de la dictadura a la democracia formal y consolidado en los lustros siguientes ha quedado atrás, y ahora España entra en un periodo de pluralidad real y de competencia política efectiva. El voto duro de las fuerzas partidistas tradicionales pierde peso y presencia y buena parte de él se ha ido a organizaciones nuevas: Podemos, que es una agrupación surgida al calor de las movilizaciones sociales de los indignados y que ha conformado su programa a partir de causas y reivindicaciones populares, y Ciudadanos, que busca capitalizar el repudio generalizado a los políticos de siempre, aunque sin cuajarlo en una plataforma de cambio clara y contrastada.

Cabe preguntarse si los integrantes de la clase política serán capaces de asimilar el golpe y la lección, y si las nuevas formaciones partidarias lograrán enfilar estas primeras victorias en la ruta de la profunda transformación institucional y económica que España requiere con urgencia. Por lo pronto está claro que sí, que sí se puede.

Debacle del PP y vuelve la avestruz

David Bollero – Público.es

Se mire desde el prisma que se mire, perder 2,5 millones de votos es una debacle. Por mucho que el Partido Popular (PP) se escude en haber sido la fuerza política más votada, lo cierto es que el varapalo que ha recibido ha sido de aúpa, perdiendo todas sus mayorías absolutas en Comunidades Autónomas y entregando muchos Ayuntamientos a otras fuerzas. Más allá de siglas de partidas, la gran triunfadora de las elecciones de ayer ha sido la izquierda y eso ha hecho temblar los cimientos de Génova.

En esta coyuntura, anoche vimos desfilar a todos los líderes de los partidos, incluidos Izquierda Unida y UPyD que no tenían precisamente una papeleta fácil, porque sus resultados han sido todavía más desastrosos. ¿Todos los líderes? No, uno no: a Mariano Rajoy no se le vio el pelo, dando muestras una vez más de su nulo carisma y su incapacidad para asumir responsabilidades.

Dice muy poco de un líder el hecho de que en cuanto vienen mal dadas, opte por esconderse. Ya no es sólo que evidencie cobardía, sino también ineptitud para saber gestionar las situaciones complicadas y, en suma, por liderar. Rajoy no da la cara por su equipo, no es capaz de hacer autocrítica y prefiere el trabajo de despacho, ese en el que la mayor preocupación es guardar las apariencias con un argumentario que rebosa hipocresía y desfachatez a partes iguales.

Rajoy no está a la altura; nunca lo ha estado, aunque en eso, hay que admitirlo, sí mantiene la regularidad. Esa parece ser su máxima, la de no destacar, la de no desmarcarse con movimientos inesperados o actuaciones improvisadas. Por eso mismo, su nuevo papel de avestruz tampoco ha sorprendido a nadie, ni siquiera a los suyos, que ya contaban con ello. Y eso es lo más lamentable, saber a ciencia cierta que no podrás contar con tu líder cuando más necesitas de él.

El panorama que se le presenta ahora a Rajoy hace que le tiemblen las canillas: su posición al frente del PP para las Generales de noviembre está más que cuestionada, con un delfín como Alberto Núñez Feijóo cada día más cerca de la planta noble de Génova. María Dolores de Cospedal, el gran apoyo de Rajoy en el partido, también se ve en la cuerda floja con la más que posible pérdida de la Junta de Castilla La Mancha. Sólo ha tenido una buena noticia Rajoy en estas elecciones y, con todo, es agridulce: el batacazo de Esperanza Aguirre en Madrid, que le resta poder para seguir importunándole con sus cargas de profundidad desde dentro. Y con todo, desde el agujero en el que Rajoy tiene metida la cabeza, hubiera preferido el triunfo de la lideresa porque, dada su falta de liderazgo, esta derrota también se volverá en su contra, más incluso de lo que lo hará para la propia Aguirre.

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