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Perdón tardío por una guerra que desató a la fiera yihadista

Oct 26 2015

Editorial – El Mundo, Madrid

Si ya es inusual que un dirigente político pida perdón, más insólito aún resulta que lo haga fuera del poder y por hechos acaecidos hace 12 años. Pero el ex premier británico pidió ayer perdón por los «errores de la guerra de Irak» entre otros motivos porque sus consecuencias siguen marcando hoy la agenda internacional. Y porque en el Reino Unido se espera la publicación del llamado ‘informe Chilcot’, que presumiblemente revelará que el Gobierno de Blair tuvo un papel más decisivo del admitido en apoyo de Bush para derrocar a Sadam Husein. Es, por tanto, un mea culpa preventivo con el que el ex líder laborista pretende mitigar los efectos que tendrá esta investigación.

Pero Blair fue ayer más lejos al admitir que la intervención en Irak propició el ascenso del Estado Islámico (IS), convertido en la actualidad en el grupo terrorista más poderoso del planeta, enemigo ‘número uno’ tanto de Occidente como de casi todos los regímenes del mundo islámico. Una asunción implícita de responsabilidad que cabe hacer extensiva a Washington y sus aliados de la OTAN por una errática estrategia seguida estos últimos años en el avispero de Oriente Próximo.

La invasión de Irak fue un gravísimo error. Bush, Blair o Aznar -por citar a los tres dirigentes que tras su foto de las Azores quedaron vinculados en el imaginario como máximos defensores de la intervención- han reconocido el fallo que supuso creer que Sadam tenía armas de destrucción masiva. Ni éstas existían ni el dictador suponía una amenaza para Occidente. Aunque Blair insistía ayer en que los informes de los servicios de Inteligencia aseguraban en 2003 que Bagdad tenía capacidad para ordenar un ataque inminente con armas químicas o biológicas. Luego se supo que los dossieres secretos contenían burdos recortes de internet. Pero, más allá, la invasión iraquí fue un despropósito geopolítico porque ni tuvo en cuenta los efectos en la región ni contó con un plan para el día después de acabar con Sadam.

Cabe recordar que dos años antes, en 2001, había comenzado la guerra en Afganistán, liderada por EEUU y asumida enseguida por la OTAN en cumplimiento de una Resolución de la ONU. Los atentados del 11-S y el desafío del régimen talibán justificaron una intervención que nada tuvo que ver con la posterior de Irak. Hoy no cabe duda de que el empecinamiento de Bush en golpear a Sadam y de embarcarse en una guerra paralela que exigió el desdoblamiento de esfuerzos y efectivos militares, fue justamente una de las causas de que la operación afgana no tuviera mayor eficacia.

Porque no bastaba con desalojar a los talibán del poder. La guerra de guerrillas de la insurgencia yihadista en un país con tanta complejidad orográfica y étnica como Afganistán exigía y exige una estrategia a muy largo plazo. Y, en lo político, construir estructuras de poder de la nada en un Estado fallido como éste sigue siendo una asignatura pendiente 15 años después, sin la cual es imposible acabar con la amenaza talibán. De ahí que Obama haya tenido que incumplir su promesa y acaba de anunciar que más de 5.000 soldados estadounidenses permanecerán en el país cuando acabe su mandato, pese a haberse comprometido al repliegue total, tal como están haciendo todos los países. Este mismo fin de semana nuestras tropas arriaron la bandera en la base de Herat en presencia de la vicepresidenta del Gobierno.

De Irak sí se fue en 2010 el ejército estadounidense, dejando el país en llamas que es hoy. No sólo está despedazado en tres regiones bajo dominio suní, chií o kurdo. Sino que el IS ha afianzado ya su califato de terror en buena parte de su territorio -al igual que hace en la vecina Siria-. Sólo en 2014, los combates y atentados se cobraron la vida de más de 15.000 personas, el doble que un año antes. Y el rápido e imparable ascenso del IS sólo ha sido posible por la práctica inexistencia de un poder central iraquí. Porque la guerra contra Sadam no sólo acabó con su vida, sino que arrasó con todas las estructuras de Estado e inflamó el choque sectario. De ahí que Blair no haga sino admitir la evidencia de que de los polvos de aquella contienda vienen los lodos yihadistas actuales.

Irak y Afganistán parecen haber llevado a la comunidad internacional a extremar la necesaria prudencia antes de invadir un país, como se ha visto con Siria. La paradoja es que el nuevo clima de cautela también lleva, por ejemplo, a la inacción a la hora de aprobar el envío de tropas terrestres para combatir al IS, pese a que todos los analistas coinciden en que será inevitable. Por omisión, en este caso, otra consecuencia indeseada del gran error de Occidente en la guerra de Irak.

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