General

Por favor, no repitan la invasión de Irak

Nov 19 2015

Vicenç Navarro*

Cualquier persona que estuviera en Nueva York o tuviera familiares en Nueva York (como era mi caso) el 11 de septiembre de 2001, nunca olvidará lo que ocurrió en esa fecha cuando las Torres Gemelas colapsaron como resultado de un ataque terrorista de las fuerzas militares de Al Qaeda. En torno a 2.600 personas, todas ellas civiles, murieron aquel día en la ciudad. Pero, por horrible que fuera lo que ocurrió en Nueva York aquel día, lo peor para EEUU y para gran número de países estaba por venir. El gobierno federal de EEUU, liderado por el gobierno Bush junior, respondió con una invasión militar de Irak, con la intención de eliminar el régimen de Saddam Hussein, presentado (erróneamente) como el incitador y facilitador de aquel ataque y portador de armas de destrucción masiva (que no existían).

Casi un millón de personas –la gran mayoría civiles- han muerto desde entonces como resultado de tal invasión y de la ocupación y conflicto bélico que aquella intervención originó, no solo en Irak, sino también en todo Oriente Medio. Es cierto que el régimen de Saddam Hussein fue eliminado. Pero el resultado que la invasión creó empeoró enormemente la situación en aquel país y en la región. Movimientos fundamentalistas islamistas surgieron con gran fuerza, el ISIS entre ellos, que, junto con Al Qaeda, fueron extendiéndose en Irak y en los países vecinos.

El gobierno Aznar ayudó a tal invasión, y los ataques de Atocha fueron una consecuencia de ello. El Reino Unido, gobernado por el Sr. Toni Blair, también apoyó dicha invasión. Hace unas semanas, Blair, a la luz de los horrores que creó aquella invasión, aceptó que había sido un error. No así el Sr. Aznar, que previsiblemente, y con la rigidez y falta de comprensión de la realidad internacional que caracteriza a la derecha española, continuó aferrado a su visión del mundo. Hoy gobierna en España el mismo partido que la gobernaba en aquel momento histórico. Y hay el peligro de que el gobierno Rajoy actúe de la misma manera que actuó el gobernó Aznar.

¿Cómo está ahora respondiendo el gobierno francés a la masacre de París? Lo mismo que el gobierno Bush hizo en respuesta a la masacre del 11 de septiembre de 2001

Cuando la invasión de Irak tuvo lugar, el gobierno francés no la apoyó. Creía, con razón, que era un gran error. El gobierno federal y el Congreso de EEUU respondieron a la falta de cooperación francesa con un gran enfado. Según el Congreso de EEUU, Francia -el aliado más antiguo de EEUU- los abandonaba, e incluso traicionaba. El plato de patatas fritas que servía el restaurante del Congreso, conocido como “french fries” (“patatas fritas francesas”) fue bautizado de nuevo como “liberty fries” (“patatas fritas por la libertad”). El resto es bien conocido. Un millón de muertos más tarde, los movimientos fundamentalistas islamistas se han ido expandiendo en toda el área. Y la situación ha empeorado claramente. Fue la invasión patrocinada por el trío Bush-Blair-Aznar la que creó las condiciones para que surgiera el Estado islámico. El Estado iraquí, liderado por el dictador Saddam Hussein, colapsó, iniciándose las luchas entre las distintas partes y componentes de Irak, percibiéndose el nuevo Ejército de Irak como un ejército –creado por las fuerzas ocupantes- carente de legitimidad, visto por amplios sectores de la población como un nuevo instrumento de represión interna. Fue en este contexto que aparecieron las fuerzas radicales fundamentalistas islámicas que establecieron el Califato o Estado Islámico.

Después de Irak surgió Libia, donde se destruyó el régimen dictatorial laico del General Gadafi. La novedad fue que esta vez Francia jugó un papel clave en el cambio del régimen de Libia, bombardeando aquel país, con miles y miles de muertos civiles. Los portavoces intelectuales del establishment político-mediático francés, tales como la voz más servil de tal establishment, el Sr. Bernard-Henri Lévy, presentó tal campaña militar como la “gran defensa de los derechos humanos que caracterizaba al Estado francés”, frases que fueron una copia mimética de lo que habían dicho las voces serviles de establishment político-mediático estadounidense para justificar la invasión de Irak. La única diferencia era que Bernard-Henri Lévy hablaba del Estado francés (heredero del imperio francés conocido por su brutalidad en África) y en el caso de Irak se referían al Estado federal estadounidense (cuyas intervenciones militares –excepto durante la II Guerra Mundial- se han caracterizado por la ayuda a dictaduras enormemente represivas). Por lo visto, ni Bernard-Henri Lévy ni las voces que apoyaron al Presidente Bush junior no se dieron cuenta de la enorme contradicción de presentarse como defensores de los derechos humanos cuando su mejor aliado en el Oriente Medio era Arabia Saudí, que es uno de los regímenes más opresivos y crueles existentes en aquella zona. Y es uno de los mayores financiadores de los extremistas fundamentalistas islamistas.

Como era de prever, la caída del dictador, el General Gadafi, creó un vacío de poder que lo ha llenado el extremismo fundamentalista islamista. Hoy Libia es una enorme fuente de yihadistas (véase mi artículo “¿Dónde está Bernard-Henri Lévy?”, Público, 27.11.2013). Y ahora Francia y EEUU están intentando hacer lo mismo con el régimen dictatorial laico en Siria dirigido por Asad. Y no hay duda de que ahora los bombardeos del gobierno francés sobre poblaciones musulmanas que se ha intensificado este fin de semana como respuesta a la masacre de París, además de aumentar el número de refugiados (ver mi artículo “Las causas del problema de los refugiados”, Público 09.11.15), aumentarán y expandirán el ISIS, creando mayor y mayor simpatía por tal organización entre las poblaciones musulmanas. En realidad, el ataque de los yihadistas tenía como objetivo crear una respuesta que haría escalar todavía más el conflicto, pues esta es precisamente la causa de su crecimiento. Y como era predecible, al Sr. Bernard-Henri Lévy le faltó tiempo para llamar a la guerra en nombre de los derechos humanos (Bernard-Henri Lévy, “La guerra, manual de instrucciones”, El País, 17.11.15). Ahora bien, sería un enorme error que España volviera a apoyar otra invasión, como antes apoyó la invasión de Irak y de Libia. Pero mucho me temo que el gobierno español lo hará. Y serán años de enormes tensiones, pues España está en un área muy próxima a varios de los centros del conflicto.

¿Cuáles son las causas reales del crecimiento del movimiento terrorista fundamentalista islamista?

La gran mayoría de países donde hay un conflicto bélico estaban regidos por sistemas casi feudales, como lo es hoy Arabia Saudí. En todos estos países surgieron movimientos laicos progresistas de distintas sensibilidades (que variaban desde socialistas hasta comunistas) que deseaban cambios profundos en estas sociedades. Cuando los regímenes feudales estaban cayendo, resultado de su presión, los gobiernos occidentales apoyaron, dentro de las fuerzas laicas, a las que frenaron el auge de los movimientos de izquierda, a los cuales reprimieron. El caso más claro fue el nacimiento del régimen de Saddam Hussein, que se estableció con el apoyo del gobierno del Reino Unido y de EEUU. En aquellos países en los que no pudieron parar a estos últimos movimientos progresistas reformistas, entonces apoyaron a los fundamentalistas religiosos, profundamente antireformistas, como fue el caso de Afganistán. Recordemos que Bin Laden había estado en la nómina de la CIA del gobierno federal de EEUU. Y en Siria, el gobierno federal de EEUU junto con el Reino Unido y Francia, ayudó en su día a los fundamentalistas religiosos en su lucha contra el dictador laico Asad, con el probable resultado que el colapso de tal régimen significaría la ruptura de Siria, con una enorme expansión del ISIS en aquel territorio.

Pero los yihadistas tienen su propia dinámica, con su fundamentalismo religioso que está hoy revolviéndose contra sus creadores. Lo que los gobiernos que se autodefinen como democráticos tenían que haber hecho era no intervenir a favor de las fuerzas más reaccionarias, que al impedir los cambios estructurales en aquellos países han perpetuado estructuras enormemente opresivas que están sojuzgando a sus pueblos y que generan la radicalidad bélica religiosa que los gobiernos occidentales apoyaron y que ahora se les vuelve en contra. Una guerra de clases se transformó deliberadamente (en un intento por parte de los fundamentalistas religiosos de los dos lados del conflicto) en una guerra de religiones que está recogiendo una enorme simpatía entre los grupos musulmanes discriminados en los países democráticos (de donde surgen terroristas), siendo Francia el caso más manifiesto. El sueño de la ultraderecha francesa, que puede en un día próximo gobernar Francia, y el sueño del ISIS, es que haya una guerra de religiones, culturas y civilizaciones, favoreciendo así el surgimiento del nazismo de nuevo en Europa. Y ahí están las raíces del problema, y que los bombardeos ayudarán a exacerbar y faciitar. Creerse que el problema del terrorismo se resolverá a base de bombardeos e intervenciones militares en Siria es tan absurdo como creerse que la invasión de Irak y los bombardeos de Libia resolverían los problemas del terrorismo fundamentalista islamista. En realidad, han ayudado a su extensión. Así de claro.

*Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y ex Catedrático de Economía. Universidad de Barcelona.Es también profesor de Políticas Públicas en The Johns Hopkins University (Baltimore, EEUU). En Público.es, 18.nov.2015.

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Anexo:

Del terrorismo a la paranoia autoritaria

Editorial, La Jornada de México

Una vez confirmado que la caída del avión ruso de pasajeros en la península del Sinaí el pasado 31 de octubre fue consecuencia de un ataque terrorista, y con el telón de fondo de la respuesta despiadada” del gobierno francés ante los cruentos atentados del 13 de noviembre en París, Europa vive en una oleada de pánico, su población padece la consagración de medidas autoritarias y el mundo parece haber entrado en una nueva etapa de irracionalidad bélica y de paranoia policial.

Mientras en Siria se intensifican los bombardeos franceses, rusos y estadunidenses en contra de posiciones del Estado Islámico, en la localidad francesa de Saint Denis tuvo lugar un intenso combate en el que, según rumores, pudo haber fallecido uno de los sospechosos de planear los atentados de París, el belga Abdelhamid Abaaoud. Dos vuelos de Air France fueron desviados por amenazas de bomba, se cancelaron los partidos de futbol Bélgica-España y Alemania -Holanda, así como un macroconcierto de rock en Alemania, y se reforzaron las medidas de seguridad en prácticamente todas las capitales europeas, desde Madrid a Moscú. El gobierno de François Hollande prohibió las manifestaciones ante la inminente realización de la cumbre climática de la ONU que se llevará a cabo en Le Bourget y anunció que su país rebasará el techo de endeudamiento establecido por la Unión Europea por los gastos imprevistos debido al incremento de las medidas de seguridad.

En tanto, prosiguen los atentados urdidos desde los integrismos islámicos. El pasado martes, en la localidad nigeriana de Yola, una bomba colocada en una parada de autobús provocó 32 muertos y 80 heridos y el atentado fue reivindicado por el grupo fundamentalista Boko Haram.

Es difícil comprender que a estas alturas, tras la gestación de Al Qaeda por la intervención estadunidense en Afganistán en los años 80 del siglo pasado, luego de que esa red cobró fuerza con la invasión de Irak, y tras los procesos de desestabilización emprendidos por Washington y Europa occidental en Libia y Siria, los gobernantes occidentales –a los que se agrega el presidente ruso, Vladimir Putin– sigan sin comprender que la escalada militar emprendida en Siria, Irak y otras naciones de Medio Oriente, Asia Central y África, tal vez logre desarticular al Estado Islámico pero reforzará y radicalizará las tendencias antioccidentales del sector más extremista del fundamentalismo islámico, el cual rencarnará, a no dudarlo, en nuevas y más peligrosas organizaciones. Y, a semejanza de lo sucedido a raíz del arrasamiento de Irak por una coalición encabezada por Estados Unidos, los atentados terroristas se multiplicarán y se expandirán por países que hasta ahora han mantenido relativa estabilidad.

Además de la cauda de destrucción y muerte que está provocando en Siria, la trágica miopía de Occidente tiene ya consecuencias nefastas en las propias naciones europeas –y las tendrá también, por extensión, en el resto del globo–: una reducción injustificable de las libertades individuales y de la vigencia de los derechos humanos y un reforzamiento de las decisiones gubernamentales discrecionales, arbitrarias y autoritarias. Tal es precisamente el significado de las reformas constitucionales exigidas el martes en Versalles por Hollande, en una sesión de las dos cámaras legislativas de su país, reformas que constituyen una versión francesa y contemporánea de la llamada Ley Patriótica que George W. Bush hizo aprobar tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

A las víctimas civiles que la insensatez bélica ha causado y seguirá causando en ambas orillas del Mediterráneo debe agregarse el súbito realce de las corrientes xenófobas que pretenden ubicar en el flujo de refugiados el origen de los atentados terroristas, así como de las tendencias islamofóbicas y, en reacción, antisemitas, que ya empiezan a traducirse en agresiones físicas en algunos puntos de Europa.

Sería iluso demandar sensatez a los grupos terroristas que ven en el asesinato masivo de civiles una diligente aplicación de las suras coránicas y que son, dicho sea de paso, absolutamente minoritarios en las sociedades islámicas; en esta circunstancia la racionalidad debe proceder de los gobiernos constituidos que han actuado por siglos en nombre de ella, y resulta imperativo que sus respectivos gobernados insistan en la convicción de que la violencia, la hipervigilancia policial y el recorte a los derechos y libertades, lejos de derrotar al terrorismo, lo fortalecerán.

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