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Una reflexión políticamente incorrecta sobre la masacre de París

Nov 17 2015

Por Roberto Savio*

Roma, 17 nov. 2015 – En estos días, todos los medios condenan unánimemente la masacre de París, exhortan a la unidad de Occidente y a intensificar la acción militar contra el ISIS. Pero, ¿no habría que resolver el problema del terrorismo? ¿No será también tiempo de reflexionar sobre las responsabilidades de Occidente en el aumento del terrorismo?

Por supuesto, la masacre de París sólo puede causar horror y luto. Pero ¿por qué alguna gente tan joven puede actuar de manera tan atroz? El municipio de Courcouronnes, el gueto de donde proviene el identificado kamikaze Ismail Mostafa, es también el lugar de origen de Asata Diakitè, una de las víctimas.

Vamos entonces a hacer tres reflexiones…

La primera es que las relaciones entre el mundo árabe y Occidente tienen un historial pesado. Comienzan cuando en 1916, durante la Primera Guerra Mundial, Francia, Gran Bretaña, Rusia e Italia hicieron un acuerdo para dividir todo el Imperio Otomano.

La desaparición del Imperio Ruso, y la lucha de Kemal Ataturk, que fue capaz de mantener una Turquía independiente, dejó a Francia y el Reino Unido, la repartición del resto. Fueron diseñados países artificiales en la mesa de los negociadores. Así fueron creados Siria e Irak, por citar sólo los dos países más relevantes en el presente desorden. En el proceso, los negociadores, Monsieur Picot (Francia) y Lord Sykes (Gran Bretaña), se olvidaron de darle un poco de tierra a los kurdos, que se arrastra como otro grave problema contemporáneo.

En las colonias instalaron nuevos gobernantes de países que no eran legítimos, carentes del apoyo de la gente y que nunca iniciaron un proceso de modernización y democracia. Luego, en un período brutalmente comprimido, llegan los tiempos contemporáneos. La educación crece y aparece la Internet. Millones de jóvenes educados y desempleados siempre sintieron que Occidente tenía una gran responsabilidad histórica por sus vidas sin futuro.

La primavera árabe trajo más frustraciones. En Egipto, un dictador, Hosni Mubarak, fue reemplazado por otro, Abdelfatah Al-Sisi, con el consentimiento de Occidente. Mientras tanto, Túnez, el único sobreviviente de la democracia, ha recibido poco apoyo sustancial.

Una parte importante de esta reflexión es que Occidente tiende a ignorar el hecho de que todo lo que está sucediendo hoy en día se debe a tres intervenciones: Irak, Siria y Libia. Las tres destinadas a lograr un cambio de régimen al eliminar a los dictadores indeseables Hussein, Assad y Gadafi, siempre en nombre de la democracia y la libertad. Pero nunca existió un plan de seguimiento después de la intervención y el vacío dejado por los dictadores es lo que se ve.

Entretanto, el ISIS no apareció de la nada. En una sorprendente entrevista con Al Jazeera en agosto de este año (totalmente ignorada en otro lugar), Michael Flynn, ex jefe de la Agencia de Inteligencia de Defensa de Estados Unidos (DIA) dijo que, en 2007, los neoconservadores convencieron al entonces vicepresidente de Estados Unidos Dick Cheney a respaldar las iniciativas para derrocar el régimen de Assad mediante la creación de un seto entre Siria y el Hezbolá apoyando el establecimiento de un «principado salafista» en Siria oriental.

Esto también jugaría favorablemente para Israel. El salafismo, una rama radical y extrema del sunismo, es la religión oficial de Arabia Saudita, que ha gastado grandes sumas en la exportación salafismo y el Estado islámico es un producto del salafismo.

Lo sorprendente es que en 2012, cuando el ISIS empezaba a aparecer, Flynn dijo que envió un informe a la Casa Blanca. La falta de respuesta, dijo, no fue sólo que hicieron la vista gorda, sino que fue «una decisión deliberada» para permitir que esto suceda, una repetición de cómo se utilizó a Bin Laden en la guerra contra los rusos en Afganistán. Pero a estas alturas ya se debería saber que es imposible controlar el fanatismo…

En todo caso, el hecho es que Occidente comenzó a actuar muy tarde contra del ISIS. Y esta lucha es sólo un pequeño punto en el desorden general de Siria, que es una guerra de poder, en la cual son los enemigos de Occidente –kurdos, Hezbolá, los iraníes — los que están llevando a cabo la lucha real contra el ISIS. Los aliados de Occidente – Arabia Saudita, los países del Golfo y Turquía – de hecho no están luchando contra el ISIS, sino contra Assad, mientras que la intervención rusa era para animar al régimen de Assad, con muy poca acción en contra del ISIS.

Quizás París va a cambiar esto, porque Putin no puede aparecer haciendo caso omiso del ISIS, especialmente después que hicieron explotar un avión ruso. Hasta ahora, Occidente no ha efectuado realmente una acción militar contra los 50.000 combatientes que se estima con que cuenta el Estado islámico… a menos que los bombardeos aéreos se consideren una acción seria.

También es importante señalar que en las calles árabes la opinión unánime es que el ISIS no podría existir sin la tolerancia de Occidente. Si bien esto es sólo un rumor, ayuda a alimentar el resentimiento.

Es necesario recordar que el objetivo del Estado Islámico es deponer a todos los reyes y dictadores y crear un califato salafista que redistribuya toda la riqueza del Golfo hacia todos los países, lo que inicialmente era mucho más que un asunto interno del mundo musulmán entre sunitas y chiitas.

El vicepresidente estadounidense, Joe Biden, puso las cosas claras en declaraciones públicas en octubre de 2014, cuando dijo: Nuestros aliados en la región estaban muy decididos a acabar con Assad y esencialmente con una guerra suní-chií. ¿Qué hicieron? Repartieron cientos de millones de dólares y decenas de miles de toneladas de armas a cualquiera que quisiera luchar contra Assad. Solo que las personas que estaban siendo pertrechadas fueron elementos extremistas del yihadismo de al-Nusra y al-Qaeda que venían de otras partes del mundo.

La segunda reflexión se debe hacer sobre la situación de los musulmanes en Europa, es que están cada vez más ligados al ISIS. Francia tiene una situación especial, con 6 millones de musulmanes, equivalente a alrededor de la población de Noruega. Hace diez años, los mismos ghettos de París, que ahora son los principales campos de reclutamiento del ISIS, fueron sacudidos por una revuelta repentina que duró 20 días, con más de 10.000 coches quemados.

Todos los informes de los guetos hablan de jóvenes desempleados rechazados por la sociedad francesa. Ellos son la segunda o tercera generación de inmigrantes que ya se sentían franceses, pero que a diferencia de sus padres, tienen una crisis de identidad y de futuro. Ven en el Califato la venganza y la dignidad. Hay unanimidad en que desde las revueltas de hace 10 años, la frustración sólo ha aumentado y lo mismo se puede decir de muchos jóvenes musulmanes en toda Europa.

La acción simultánea en París llevada a cabo al menos por tres grupos, con varios kamikazes procedentes de fuera de Francia, muestra lo que podemos esperar en el futuro. El terrorismo del Estado Islámico recurre principalmente a una técnica de reclutamiento. Cada acción aumenta el prestigio del Califato y aporta más musulmanes europeos frustrados a su seno. ¿Por qué nadie ha escrito que en la actualidad se estima que al menos 50 por ciento de los combatientes del ISIS procede del extranjero, cuando inicialmente eran sólo iraquíes y sirios?

La tercera reflexión es que trágicamente, Occidente está ahora en un callejón sin salida. Si interviene militarmente, en realidad se profundizará la convicción de que es el enemigo real del mundo árabe, sunitas y chiítas por igual. Militarmente, se puede derribar fácilmente al ISIS, pero resolver la frustración y el espíritu de venganza que está detrás del terrorismo, es harina de otro costal.

La masacre de París creará una brecha aún mayor entre los musulmanes europeos y la población europea, con una mayor radicalización, lo que también entra en los cálculos del ISIS. Occidente interviene porque acontecimientos como los de París son políticamente imposibles de ignorar.

El New York Times acaba de publicar una carta de Michael Goodwin, un importante neoconservador, exhortando al presidente de Estados Unidos, Barack Obama a renunciar. En varios países europeos se han oído llamamientos similares de la oposición al gobierno a dimitirse y los pedidos para formar un ejército europeo integrado provienen de varios lados, entre ellos de la ministra Italiana de Defensa, Roberta Pinotti.

Entonces, en conclusión, ¿quién va a beneficiarse de París? En primer lugar, todos los partidos de extrema derecha xenófobos, que ahora están en mejores condiciones de pedir el cierre de Europa a los refugiados.

La nueva primera ministra conservadora de Polonia, Beata Szydlo, ya ha declarado que, a la luz de los ataques de París, su país no puede aceptar las cuotas de la UE para los solicitantes de asilo. La popularidad de varios líderes como Salvini (Italia), Le Pen (Francia) y los Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente (Pegida, Alemania) está aumentando.

Sin duda, la inevitable animosidad contra los musulmanes fortalecerá el atractivo por el ISIS. De modo que se incrementará la polarización, en lugar de la tolerancia, el diálogo y la inclusión: la violencia engendra más violencia.

Parece que vamos a ir de una época de codicia en una de miedo… Todo esto se une al creciente impacto del calentamiento global, que se está sintiendo cada vez más detrás de la simple retórica y las declaraciones fáciles.

*Periodista italo-argentino. Co-fundador y ex Director General de Inter Press Service (IPS). En los últimos años también fundó Other News, un servicio que proporciona “información que los mercados eliminan”. Other News . En español: http://www.other-news.info/noticias/ En inglés: http://www.other-net.info/

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Anexo 1 : París: la sombra de Argelia

Robert Fisk*

No sólo uno de los atacantes se esfumó después de la matanza en París. Tres naciones cuya historia, acción –e inacción– ayudan a entender la carnicería cometida por el Isis han escapado en gran medida a la atención entre la casi histérica respuesta a los crímenes de lesa humanidad en la capital francesa: Argelia, Arabia Saudita y Siria.

La identidad franco-argelina de uno de los atacantes demuestra de qué modo la salvaje guerra francesa de 1956-62 en Argelia continúa infectando las atrocidades de hoy. La absoluta negativa a contemplar el papel de Arabia Saudita como proveedora de la forma más extrema del islam, la wahabita sunita, en la que cree el Isis, muestra de qué manera nuestros líderes aún rehúsan reconocer los vínculos entre el reino y la organización que atacó a París. Y nuestra falta total de voluntad de aceptar que la única fuerza militar regular en combate constante con el Isis es el ejército sirio –que lucha por el régimen que Francia desea destruir– nos impide aliarnos con los inmisericordes soldados que están en acción contra el Isis con mayor ferocidad aún que los kurdos.

Siempre que Occidente es atacado y nuestros inocentes perecen, caemos en borrar el banco de memoria. Por tanto, cuando los reporteros nos dijeron que los 129 muertos en París representaron la peor atrocidad perpetrada en Francia desde la Segunda Guerra Mundial, omitieron mencionar la masacre en París de hasta 200 argelinos que participaban en una marcha ilegal contra la salvaje guerra colonial francesa en Argelia, en 1961. La mayoría fueron asesinados por la policía francesa; muchos fueron torturados en el Palais des Sports y sus cuerpos arrojados al Sena. Los franceses sólo reconocieron 40 muertos. El oficial de policía a cargo era Maurice Papon, quien trabajó para la policía colaboracionista de Petain en Vichy en la Segunda Guerra Mundial y deportó a más de mil judíos hacia su muerte.

Omar Ismail Mostafai, uno de los atacantes suicidas en París, era de origen argelino, y acaso también lo eran los otros sospechosos identificados. Said y Cherif Kouachi, los hermanos que asesinaron a los periodistas de Charlie Hebdo, eran descendientes de argelinos. Procedían de la comunidad argelina en Francia, integrada por más de 5 millones de personas, para muchas de los cuales la guerra en Argelia nunca terminó, y que hoy viven en los barrios bajos de Saint-Denis y otros enclaves argelinos en París. Sin embargo, el origen de los asesinos del 13 de noviembre –y la historia de la nación de la que proceden sus padres– ha sido casi borrado de la narrativa de los horribles sucesos del viernes. Un pasaporte sirio con un sello griego es más emocionante, por razones obvias.

Una guerra colonial de hace medio siglo no justifica un asesinato en masa, pero ofrece un contexto sin el cual cualquier explicación de por qué hoy Francia ha sido tomada de blanco tiene poco sentido. Al igual que la fe sunita-wahabita saudita, que es fundamento del “califato islámico” y sus asesinos, presuntos practicantes de ese culto.

Mohammed ibn Abdel al Wahab fue el clérigo y filósofo purista cuyo implacable deseo de purgar a los chiítas y otros infieles de Medio Oriente condujo a las masacres del siglo XVIII, en las que la dinastía original al Saud estuvo profundamente involucrada.

El actual reino saudita, que con regularidad decapita a supuestos criminales tras someterlos a juicios injustos, construye un museo en Riad dedicado a las enseñanzas de al Wahab, y la furia del viejo prelado hacia los idólatras y la inmoralidad ha encontrado expresión en la acusación del Isis contra París como centro de “prostitución”. Gran parte del financiamiento del Isis proviene de los sauditas, aunque, una vez más, este hecho ha sido borrado de la historia terrible de la matanza del viernes.

Y luego viene Siria, cuyo régimen Francia demanda destruir desde hace mucho tiempo. Sin embargo, el ejército de Assad, rebasado en número y armamento –aunque ha recapturado algún territorio con ayuda de los ataques aéreos rusos–, es la única fuerza militar entrenada que combate al Isis. Durante años, estadunidenses, británicos y franceses han dicho que los sirios no combaten al Isis. Pero esta es una falsedad palpable: en mayor, las fuerzas sirias fueron echadas de Palmira cuando intentaban evitar que los convoyes suicidas del Isis se abrieran paso hacia la ciudad… convoyes que podían haber sido atacados por aviones estadunidenses o franceses. Unos 60 mil soldados sirios han perecido en Siria, muchos a manos de islamitas del Isis y de Al Nusra, pero nuestro deseo de destruir el régimen de Assad tiene prioridad sobre nuestra necesidad de aplastar al Isis. Ahora los franceses alardean de haber golpeado 20 veces la “capital” del Isis en Siria, Raqqa: un ataque de venganza por donde se le mire. Porque, si fue un asalto militar serio para liquidar la maquinaria del Isis en Siria, ¿por qué los franceses no lo hicieron hace dos semanas? ¿O dos meses? Una vez más, por desgracia, Occidente –y Francia en especial– responde al Isis con la emoción, más que con la razón, sin ningún contexto histórico, sin reconocer el sombrío papel que nuestros “moderados” y decapitadores “hermanos” sauditas representan en esta historia de horror. Y así creemos que vamos a destruir al Isis…

© The Independent / La Jornada de México, traducción: Jorge Anaya

Anexo 2: El sentido de la barbarie

David Torres – Público.es

“Primeros principios, Clarice. Simplicidad. Lea a Marco Aurelio” aconseja Hannibal Lecter a Clarice Starling en el último diálogo que mantienen en El silencio de los corderos. “De cada cosa, pregúntese qué es en sí misma. Cuál es su naturaleza. ¿Qué es lo que hace el hombre que están buscando”. Clarice responde: “Mata mujeres”. Lecter la corrige: “No. Eso es circunstancial. ¿Cuál es la primera y principal cosa qué hace? ¿Qué necesidad cubre matando?”

Está bien claro que la masacre de Paris atenta directamente contra nuestra forma de vida occidental, nuestros principios y nuestros valores democráticos. Sin embargo, siguiendo el razonamiento de Lecter, es fácil concluir que ése no es el objetivo final de los ataques. Sembrar el terror: el lenguaje no engaña, incluso esa expresión seminal apunta a un fruto, a un fin más retorcido y más alto. Porque, aunque cueste creerlo, hay una razón oculta entre tanta irracionalidad, un motivo para el terror, un sentido último que es la palanca en la atroz maquinaria de la barbarie.

El pasado sábado, en una entrevista en Le Monde, Gilles Kepel, uno de los mayores expertos mundiales en yihadismo, dio exactamente en el clavo: “Lo que desea el Estado Islámico es provocar el linchamiento de los musulmanes, los ataques a mezquitas y las agresiones a mujeres con velo para iniciar así una guerra entre enclaves que siembren el fuego y la sangre en Europa”. Una guerra santa, en efecto, que es la traducción más aproximada del término yihad. El llamamiento contra los musulmanes, voceado y amplificado por los diversos almuecines de la extrema derecha europea, retrotraería el continente europeo a la época de las cruzadas, a la oscuridad salvaje de la Edad Media. No son ellos solos: algunos comentaristas y supuestos expertos, al enfatizar que se trata de una guerra de religión, no hacen sino seguirle el juego al Estado Islámico.

Para alimentar esta hoguera de la cruzada contra el islam vale cualquier palo, desde suras escogidas del Corán hasta citas literales de líderes yihadistas. Una curiosa extrapolación que también puede hacerse con el cristianismo, echando en el mismo saco a los creyentes de la misa de once que a los nazarenos de Ku-Klux-Klan y recordando sin ir más lejos aquel pasaje de Mateo, 10, 34: “No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. Yo no vine a traer la paz sino la espada”. Sin embargo, por tentador que sea recurrir a la religión como combustible e incluso como motor de la matanza, es necesario y también perentorio señalar los numerosos pasajes del Corán que claman contra el derramamiento de sangre y el asesinato de inocentes. Por ejemplo, Corán 5.32: “Quien matara a una persona que no hubiera matado a nadie ni corrompido en la tierra, fuera como si matara a toda la Humanidad”. Atribuir al islam en lugar de al yihadismo los atentados del viernes en París sólo porque sus autores dicen ser musulmanes resulta tan injusto y tan disparatado como cargar a la cuenta del cristianismo los 77 muertos de Anders Breivik en Oslo o el continuo y silenciado genocidio del Ejército de Resistencia del Señor de Joseph Kony.

Más allá de la política, de la estrategia de los vendedores de miedo y los turbios intereses de los traficantes de armas, no hay que perder de vista un hecho fundamental: las principales víctimas del Estado Islámico, en espíritu y en número, son musulmanes. Quienes murieron la otra noche en París no lo hicieron por culpa de la cruz ni de Mahoma ni del laicismo, aunque entre las 129 víctimas hubiera cristianos, musulmanes, budistas, agnósticos y ateos. Murieron por culpa de la barbarie, una religión mucho más vieja que el islam, el cristianismo o el judaísmo, un culto demencial venido de aquella era tenebrosa en que la sed de un dios se saciaba con sangre humana.17 nov 2015

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