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Europa: ni está, ni se la espera

Feb 17 2016

José Antonio Nieto*

Pienso en la foto de familia del Consejo Europeo y pienso más aún en la nueva red de ciudades europeas contra la austeridad. Y eso me hace pensar que esta Europa necesita un trasplante de corazón. También de piernas y de cerebro. Además de una cirugía estética. Tendremos entonces otra Europa más útil. Más cercana a las personas. Menos alejada del objetivo de fomentar la integración de sus pueblos. Menos predispuesta a que sus propios ciudadanos la ignoren, la desprecien, o piensen que la actual Unión Europea ya no tiene remedio.

Una UE con corazón no estaría prolongando el sufrimiento de los refugiados sirios, ni estaría auto flagelándose por su inacción y falta de solidaridad. Una UE con más cerebro habría valorado el impacto de las políticas de austeridad antes de aplicarlas, en lugar de hacerlo a posteriori, como si el arrepentimiento tardío sirviera para algo. Pero el ritmo vital de la UE no viene determinado por las necesidades de los ciudadanos, sino por los intereses minoritarios de los grupos con más poder. A ellos sí les sirve esta Europa, cada vez más desigual.

La UE camina con una pierna y media: su mercado común y su unión monetaria. La otra media pierna, la de la unión económica y social, está atrofiada. Pero el mercado común ya no es tan necesario como antes. Los bienes y los servicios circulan cada vez con mayor fluidez en la economía mundial. Las barreras al comercio se han reducido. Y aún caerán más con la firma de los acuerdos internacionales de nuevo cuño, como el TTIP. Además, la libre circulación de capitales se ha incrustado en la economía global como un prerrequisito para la configuración de un gran paraíso fiscal universal, y como una justificación para que las políticas fiscales nacionales queden a merced del gran capital. Así, ni el mercado común ni la unión monetaria se perciben como logros de la UE. Los ciudadanos los padecen como un producto más de la globalización.

En su inevitable camino hacia el quirófano, la UE necesita también una nueva piel. Un rostro más sensible. Unas instituciones que funcionen con mayor transparencia y legitimidad. Una Comisión que no sea prisionera de los intereses de los países con más poder en el Consejo. Un Parlamento que se involucre más en las decisiones. Un Banco Central que no vigile solo la estabilidad de los precios, sino que incluya un abanico de políticas económicas más amplio. Más útiles para fortalecer las acciones de los gobiernos encaminadas a mejorar el bienestar.

En la UE hacen falta proyectos que se cumplan y que lo hagan en tiempo y forma, en lugar de ir siempre a rebufo de las tensiones internas y externas del viejo continente. La UE necesita que sus neuronas funcionen en el día a día y en los proyectos a largo plazo, en lugar de recrearse en el despotismo ilustrado que aún rezuman las instituciones comunitarias. Parece imposible, pero quizá no lo sea.

Supongamos que esas operaciones quirúrgicas se inician, y empieza a emerger otra Europa distinta. Una UE con unas instituciones más representativas de la diversidad de los pueblos europeos; una integración económica que no vele obsesivamente por los intereses de las finanzas y las grandes corporaciones; y un conjunto de países miembros dispuestos a compartir aspectos fundamentales de su soberanía para mejorar el bienestar y estimular un estilo de desarrollo más equitativo y sostenible. En ese caso, se plantean varias dudas: por dónde empezar, qué hay que amputar, cómo activar los estímulos necesarios para una nueva Europa, y, sobre todo, quién lo hace.

Es difícil que la actual UE pueda reconducirse por sí misma. Europa ni reconoce sus males, ni está dispuesta a cambiar sus hábitos. Sus fuerzas internas están satisfechas con los logros conseguidos y parecen ignorar que la globalización implica nuevos problemas y retos difíciles de afrontar. Ni la burocracia institucional, ni el poder soberano de los viejos Estados, ni el creciente dominio de los grupos financieros admiten que el proyecto europeo agoniza. Quienes sobreviven con éxito a la concentración y centralización del poder y la riqueza no quieren saber nada de enfermedades, ni de médicos, ni de medicinas alternativas.

La UE agoniza por falta de sensibilidad social, por arrogancia institucional, por la hipocresía con la que se presentan los procesos económicos de apertura y liberalización como si fuesen beneficiosos para todos, y por la falta de visión a largo plazo de la mayoría de sus gobernantes. Agoniza Europa porque, tras varias décadas de avances parciales en su proceso integrador, no se ha consolidado una sociedad civil capaz de hacer suyos los posibles logros, valorándolos, criticándolos, dándoles atractivo para encauzar el diálogo social. La prueba está en los jóvenes: ¿a cuántos les preocupa esta Europa y cuántos estarían dispuestos a implicarse en el debate para mejorar su funcionamiento? La prueba está también en los menos jóvenes: ¿cuántos se han desencantado y desvinculado de la idea de profundizar la integración europea, tras comprobar cómo reacciona la UE ante los problemas que nos afectan, dentro y fuera de nuestros países?

El nuevo orden mundial sigue su curso bajo batutas militares, monetarias y culturales cada vez más alejadas de la UE. Mientras, Europa se hace cada vez más pequeña, ridícula y ruin. Más introspectiva y más obstinada en no reconocer sus errores ni admitir que el centro del universo está lejos de nuestros ombligos.

¿Ha llegado el momento de empezar a mirar a Europa de otro modo? ¿Es hora de trabajar por otra Europa? ¿Podemos hacerlo? ¿Quién empieza? ¿Quién nada contra corriente, con la que está cayendo? ¿Hemos tocado fondo? ¿Hacen falta líderes y carisma, o la nueva Europa, si es que nace, habrá de forjarse desde la indignación? ¿Tenemos a nuestro alcance alternativas factibles, o hay que pensar que la UE no tiene remedio, no será capaz de desterrar su austeridad suicida y no podrá protegernos de los efectos más gélidos de la globalización?

La UE que vemos en las fotos de las cumbres europeas es un espejismo social agonizante. La prioridad de sus líderes es afianzarse en el poder. La prioridad colectiva es seguir favoreciendo la acumulación privada de capital, aunque unos y otros lo adornen con retóricas de legitimidad indudablemente legítimas. Mientras tanto, la otra Europa… ¿ni está, ni se la espera?… Quizá sea mejor no plantear esta cuestión a los Jefes de Estado y de Gobierno reunidos en el Consejo Europeo. Alguno no contestaría o devolvería la pregunta poniendo cara de póker gallego. Los demás responderían culpando a los otros o enarbolando promesas envueltas en humo. El mismo humo que oculta las carencias de la UE y da alas a las élites que la apoyan y se apoyan en ella.

*Profesor titular de Economía Aplicada en la UCM, miembro de econoNuestra, autor de la novela “Los crímenes de la secta. Una investigación sobre la casta”. En Público.es, 17 feb 2016

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