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Roma merecía otro homenaje

Mar 29 2017

Por Jorge Argüello – Página12, Argentina

Pasaron 60 años desde que, en Europa, hombres de diversas estirpes, que profesaban distintas religiones y que hablaban en diversos idiomas  –dirá Borges en Los Conjurados–, tomaron “la extraña resolución de ser razonables” resolviendo “olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades”.

Así fue firmado en la capital italiana, durante la tarde lluviosa del 25 de marzo de 1957, uno de los capítulos más prodigiosos de la historia europea: el Tratado de Roma, el preludio de la Unión Europea.

En la suntuosa sala de los Horacios y los Curiacios del Capitolio romano estuvieron presentes los principales arquitectos del proyecto europeo, para avanzar en “la mayor transformación voluntaria de Europa”. Atrás quedaron, entonces, siglos de beligerancias ininterrumpidas que segaron millones de vidas en los suelos, mares y cielos de Europa.

De hecho, es irrefutable que en 1957 los seis suscritores de este Tratado –Alemania, Francia, Italia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos– disponían de condiciones mucho más adversas para compartir soberanía que los actuales jefes de gobierno europeos. Sin embargo, en términos de visión y coraje políticos, el sexteto de Roma pareciera superar ampliamente a la orquesta completa de 28 que hoy domina Bruselas.

Este 25 de marzo los líderes europeos volvieron a reunirse en la ciudad eterna para celebrar los 60 años del Tratado de Roma. En este marco, la Comisión Europea ha presentado el Libro Blanco sobre el futuro de Europa, una suerte de propuesta para un nuevo comienzo de la Unión Europea tras la anunciada salida del Reino Unido, el regreso del aislacionismo norteamericano y la cada día mas activa presencia de Rusia en el ajedrez internacional. Dicha reflexión es obviamente oportuna, pero sus términos nos resultan de difícil comprensión.

La Comisión pareciera comportarse en este proceso más como un centro de investigación que como el órgano político de una organización de la envergadura de la Unión Europea. Sin tomar partido, presenta –en el Libro Blanco– cinco escenarios sobre lo que podría ser Europa en 2025. Como si se tratara de una encuesta, insta a los Estados miembros a seleccionar la opción que más les conviene.

El primer escenario propone “seguir igual”, o sea, mantener el camino que en los últimos años ha exacerbado las desigualdades entre y dentro de los Estados, que casi llevó al colapso del euro y que facilitó el resurgimiento de la xenofobia política.

El segundo escenario  –“solo mercado único”– reduciría la esencia de la Unión y, en un retroceso histórico, la convertiría en poco mas que una mera cámara de comercio, además de realizar de manera voluntaria el mayor de los sueños euroescépticos.

La tercera opción prevé una Unión donde convivan dos grupos de países: los que pretenden maximizar la cooperación –en particular en el área fiscal y de seguridad– y los que no. Si bien se evita así que la profundización del proyecto europeo pueda ser bloqueada por una minoría de países, lo cierto es que termina abriendo la puerta a una Europa de diferentes velocidades, lejos de la idea original.

En el cuarto caso, “hacer menos pero de modo más eficiente” la Unión se concentra la política de competencia, la supervisión bancaria y la lucha contra el terrorismo y renuncia a intervenir en áreas como el desarrollo regional y el empleo.

Finalmente, el último de los cinco escenarios plantea “hacer mucho más conjuntamente”. Reconoce con lucidez, sin hablar de federalismo, que “ni la Unión Europea en su estado actual ni los países europeos por su cuenta disponen de medios suficientes para hacer frente a los retos actuales” y que en esta coyuntura es necesario “compartir más competencias, recursos y tomas de decisiones”.

Sin embargo, el debate terminó antes siquiera de empezar. Reunidas en el Palacio de Versalles –la antigua corte del Rey Sol– hace un par de semanas,  las cuatro mayores economías de la zona euro –Alemania, Francia, Italia y España– anunciaron que el tercer escenario es la única opción válida.

En este contexto, el valor histórico y político de la Cumbre de Roma quedó reducido a una efeméride y a la tradicional foto de familia con todos los líderes. Al día siguiente no hay más Europa ni menos Europa. Sólo hay esta Europa.

 

En verdad, el Tratado de Roma merecía otro homenaje.

* Presidente Fundación Embajada Abierta. Ex embajador ante la ONU, Estados Unidos y Portugal.

 

Anexo:

La UE, ante el reto de preservar sus valores fundacionales

Editorial – El Mundo

«Los países de Europa son demasiado pequeños para asegurar a sus pueblos la prosperidad y los avances sociales indispensables. Esto supone que los Estados de Europa se agrupen en una entidad europea que los convierta en una unidad económica común». La frase que pronunció en 1943 Jean Monnet, uno de los padres fundadores de la Unión Europea, sintetiza el espíritu sobre el que se cimentaron las bases del proyecto de integración en el Viejo Continente. Tal anhelo de cohesión cuajó en la firma de los Tratados de Roma, hace hoy 60 años. A lo largo de estas décadas, Europa ha consolidado un espacio político y económico de referencia, basado en los valores de libertad, igualdad y tolerancia. La historia de la UE es una historia de éxito, especialmente, porque las naciones que la integran han sabido hacer frente al futuro preservando los ideales que motivaron la creación de la Comunidad Económica Europea y de la Energía Atómica (Euratom) el 25 de marzo de 1957. Pero, tal como el Papa exhortó ayer a los Veintisiete, el objetivo prioritario de la UE pasa por superar su peor crisis en seis décadas sin erosionar los pilares de la construcción europea.

La Unión Europea constituye el proyecto político más ambicioso del siglo XXI y, pese a las incertidumbres del presente, sigue siendo la gran esperanza democrática del orbe. Primero porque, tal como dejó escrito Madariaga, Europa no es una suma aritmética de Estados, sino una integración orgánica de naciones. Y, segundo, porque el Viejo Continente aún es el faro sobre el que el resto del mundo se mira en la extensión de derechos y libertades. Cuando Alemania Occidental, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y Holanda suscribieron el Tratado de Roma, Europa era un continente en paz, pero aún dividido por la confrontación entre bloques. Y, sobre todo, lastrado por la devastación física y moral que supusieron las dos guerras mundiales libradas en el intervalo de apenas tres décadas. Sobre las cenizas de la conflagración europea galvanizó la idea de tejer una alianza entre las añejas naciones europeas. Como el ideal de Robert Schuman de fraguar una unión política devino en imposible, los padres de la UE moldearon un acuerdo que pasaba por reforzar los vínculos económicos. Y ello mediante entidades supranacionales que exigían la cesión de soberanía por parte de los Estados.

Esta fórmula ha garantizado la viabilidad de la UE. Lo ha hecho con fracasos como la frustrada Constitución europea. Pero también acometiendo diferentes ampliaciones -la más polémica fue la de 2004, cuando se incorporó el grueso de países de la extinta órbita soviética- y alcanzando hitos como el Tratado de Maastricht (1993), que consolidó la UE como espacio político; la supresión de controles fronterizos (1995); y la puesta en circulación del euro (2002). Sin embargo, la crisis y la aparición de retos de envergadura exigen reformar las bases de la Unión para apuntalar el proyecto comunitario, impulsar la zona euro y reforzar la cooperación en aras de afinar la política común en materias sensibles como la defensa, la delincuencia fiscal y la industria tecnológica.

La eclosión de fuerzas populistas, los estragos causados por la recesión y el descrédito de sus instituciones atenazan seriamente el futuro de la UE. Porque, ciertamente, ante la pérdida de fuelle económico y ante el fenómeno migratorio -sobre todo, a raíz de la llegada de refugiados- , los líderes europeos y las autoridades comunitarias han sido incapaces de plantear una estrategia eficaz. A ello se suma el triunfo del Brexit, fruto del crecimiento del euroescepticismo -cuando no de la eurofobia- no sólo en Reino Unido, sino en buena parte del continente. Todo ello ha motivado la reciente respuesta de las cuatro grandes economías del euro (Alemania, Francia, Italia y España), cuyos líderes pusieron sobre el tapete -acertadamente- lo que hasta hace pocos años era un tabú en la UE:la Europa de las dos velocidades, es decir, la articulación de mecanismos flexibles que permitan superar la parálisis actual acompasando la integración y el crecimiento de los 28 Estados miembros.

La UE, pues, alcanza el 60 aniversario de su tratado fundacional con evidentes síntomas de fatiga. Pero, pese a ello, sigue representando el modelo de vida que defendemos porque, tal como defendió Adenauer, se fundamenta en un concepto humanista y cristiano basado en la «firme conexión entre pueblos y países con las mismas opiniones sobre Estado, Persona, Libertad y Propiedad». El principal reto de la UE es proteger estos ideales recuperando el liderazgo político y la competitividad económica.

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