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Macron: la engañosa victoria que tranquiliza

Abr 28 2017

Rafael Poch – La Vanguardia

EL GANADOR DE LA PRIMERA VUELTA Y PROBABLE FUTURO PRESIDENTE, REPRESENTA TODO LO QUE HA FRACASADO EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS

No hubo sorpresas en la primera vuelta de las presidenciales francesas: el 7 de mayo los franceses deberán elegir entre el joven ex banquero y ex ministro liberal-europeísta, Emmanuel Macron, y la ultraderechista Marine Le Pen que defiende un programa de repliegue nacionalista. Será una opción entre una tranquilizadora continuidad y una ruptura destructiva.

Tranquilizadora porque todos los sondeos -y en estas elecciones sus pronósticos han sido bastante ajustados- indican que el 7 de mayo Macron batirá a Le Pen por 60% contra 40%, veinte puntos de diferencia. Eso quiere decir que Francia continuará por la senda de las últimas décadas, lo que es una buena noticia para los mercados, para la estabilidad de los grandes intereses financieros y empresariales, franceses, europeos e internacionales, y, naturalmente, para los medios de comunicación globales. Puede adelantarse que el peligro de una ruptura electoral se ha conjurado en Francia.

Pero vista con una perspectiva más amplia hay que reconocer que esta tranquilizadora victoria es al mismo tiempo engañosa. El más que probable futuro Presidente Macron representa y defiende un programa que intensifica todo eso que ha mostrado serias averías y disfunciones en los últimos treinta años a lo largo de los cuales se fraguó e incubó el malheur de Francia y desembocó en la crisis financiera global de 2008, desencadenante a su vez del grave proceso desintegrador que se vive en la Unión Europea desde entonces. ¿Qué supone esta victoria en ese contexto?

Macron será el presidente que continuará la devaluación interna, el ajuste salarial vía subempleo y precarización en la carrera hacia la competitividad. A juzgar por su programa y manifestaciones todo apunta a que él es el candidato más conforme con la actual línea germano-europea.

“Francia solo podrá influir sobre Alemania si tiene credibilidad en el plan económico y financiero”, “seremos fuertes en Europa y en el mundo, porque habremos hecho reformas”. Y el signo de esas reformas es inequívoco: forzar, un poco más, -desde luego no tanto como pretendía el programa del candidato conservador, François Fillon- lo realizado e intentado hasta ahora.

Macron quiere llevar mucho más allá la reforma laboral, a la que se opusieron el 67% de los franceses sin que la mayoría de ellos se decidieran a salir a la calle la pasada primavera. Si el hollandismo tuvo que aplicar aquella reforma eludiendo al parlamento, vía el artículo 49/3 de la Constitución, Macron adelanta que transformará el código de trabajo por decreto. Una temeridad.

Las elecciones han confirmado la recomposición del panorama político francés. Por primera vez los dos partidos que dirigieron la política francesa y se alternaron en el poder durante medio siglo, socialistas y conservadores, no han pasado a la segunda vuelta. La descomposición del Partido Socialista es manifiesta (su candidato recibió ayer el 6% de los votos) y el fracaso de Fillon (en torno al 19,7%) anuncia algo parecido en Los Republicanos. Cualquiera de los cuatro contendientes con posibilidades ayer en liza, habría sido un presidente frágil, con un apoyo del 25% y tres cuartas partes del electorado en su contra. Los apoyos reales están en la primera vuelta, los de la segunda

reflejan sobre todo impedir la victoria del otro, en este caso Le Pen. En este contexto de debilidad, Macron aparece sin partido que le respalde.

La candidatura y la victoria electoral de Macron han sido un éxito, pero ese éxito ha precisado la demolición del sistema de partidos francés. Durante treinta años esos partidos han escenificado la ilusión de una alternancia, ilusión porque en las grandes cuestiones que ahora están en crisis -el proyecto europeo y las líneas maestras de la política socio-económica- no era real. Macrón ha roto aquella apariencia: no es “ni de izquierdas, ni de derechas”, siendo las dos cosas a la vez. En esta operación, el sistema ha tirado por la borda el recurso a aquella alternancia. ¿Un último cartucho?

Vista con distancia, la situación es crítica: todo lo que en Europa está produciendo radicalización y contestación va a continuar. Eso significa que lo que ha ocurrido con el Brexit y con la victoria de Trump va a seguir avanzando en Francia. En 2002 el Frente Nacional fue derrotado por Jacques Chirac por una diferencia de 60 puntos en la segunda vuelta. Ahora Marine Le Pen será derrotada por 20 puntos de diferencia. En estas elecciones Le Pen ha ganado un millón de votos más respecto a 2012.¿Cómo evolucionará esa distancia en los próximos años si el sistema no cambia –y no hay el menor signo de ello? Mientras se felicita por ese margen, ¿ignora Francia que baila sobre un volcán?

Y mientras tanto, el panorama no se acaba con Le Pen. Surgen otras plataformas de ruptura altermundistas como la de Jean-Luc Mélenchon (que ayer obtuvo alrededor del 19,2% de los votos, es decir más de ocho puntos más que en 2012, un incremento muy significativo). La alternativa de Mélenchon no es destructiva sino transformadora, pese al absurdo signo de igualdad que se le pone con Le Pen en los medios de comunicación globales (“populismos” de uno u otro signo), pero preocupa, seguramente, aún más que Le Pen. Anoche había cierta decepción pero no ambiente de derrota en medios del movimiento altermundista la Francia Insumisa de Mélenchon. A partir de ahora “la izquierda” son ellos, dicen, y su perspectiva de futuro no es mala. La izquierda francesa se ha reinventado en esta campaña. Mélenchon se negó a dar una recomendación de voto para la segunda vuelta y anunció una “consulta pública” a su movimiento.

De cara a la segunda vuelta, la victoria de Emmanuel Macron reviste aspecto de trámite: va a recibir todo el voto del hollandismo y de la derecha. Así lo expresaron anoche el primer ministro Bernard Cazeneuve, su predecesor Manuel Valls, el candidato socialista, su rival conservador, François Fillon, las personalidades de su partido, Los Republicanos (Laurent Wauzquiez, François Baroin, Christian Estrosi), en definitiva el grueso de la clase política. François Hollande lo hará en los próximos días. Al lado de eso, el Frente Nacional solo recibirá algunos votos de la derecha enfadada: “aquellos que tienen la sensación de que les han robado las elecciones”, dijo el vicepresidente del Frente Nacional, Florian Philippot, refiriéndose al escándalo del Penélopegate que en enero acabó con el indiscutible liderato de Fillon en esta carrera y que muchos de sus electores consideran una jugarreta planificada.

Ante 3000 seguidores y centenares de periodistas, Macron, el joven brillante de 39 años que hace tres era un perfecto desconocido para los franceses, celebró su victoria. Saludó a sus diez contrincantes y agradeció al socialista Hamon y al conservador Fillon por pedir el voto para él el 7 de mayo.

“En un año hemos cambiado el rostro de la vida política francesa”, dijo. Beneficiado por el escándalo de Fillon, Macron ha mantenido una campaña políticamente hueca en la que él ha sido el principal producto y mensaje. Pero ha funcionado. La República se ha tragado el producto. Una gran cuestión. Anoche Macron negó que su movimiento sea un lobby ni una burbuja. “Quiero unir a los franceses”, dijo apelando a la “exigencia del optimismo y a la esperanza para nuestro país y para Europa”.

“Quiero ser el presidente de los patriotas ante la amenaza de los nacionalistas”, siguió. “Refundar Europa”, “relanzar la construcción europea”, insistió.

La correlación de fuerzas en Francia se mide sobre el eje de la soberanía nacional. Los franceses están descontentos sobre todo porque la vida de la mayoría se degrada y porque su república no puede hacer nada contra eso. Todo lo que cuenta en cuanto a decisiones queda fuera del alcance de su voto y soberanía nacional. El euro impide ajustes y devaluaciones, los ministerios de economía son meros ejecutores de directivas decididas en la UE, la OMC, el FMI. El derecho europeo tiene mayor rango que el nacional, pese a carecer de un fundamento democrático: es legal, pero no legítimo. La política exterior y de defensa viene encuadrada por una estrategia (americana) organizada a través de la OTAN que es no solo exterior a la nación, sino a la propia UE. Y encima, toda esa desposesión ha sido santuarizada, blindada en normas y tratados para hacerla irreversible.

Esa situación hay que contrastarla con la correlación de fuerzas que han evidenciado estas elecciones: 8 de los 11 candidatos que concurrieron ayer son más soberanistas que mundialistas. El voto sumado de todos ellos supera el 50% de lo expresado y el malestar por la desposesión de Francia va aún más allá. La posición de Emmanuel Macron, el más claro representante de la Francia en la globalización, es, por tanto, extremadamente frágil y engañosa. Su victoria parece un último cartucho. Quizá sea el último recurso antes de la erupción.24 abril, 2017

 

Anexo: 

Un elefante blanco llamado Emmanuel Macron 

Victor Prieto* – Público.es  

Puede que el mejor indicador del desmoronamiento del sistema político francés en las últimas elecciones presidenciales sea la euforia nerviosa de los grandes medios de comunicación de toda Europa ante el advenimiento de Emmanuel Macron, un tercer hombre llamado a sostener el maltrecho edificio de la Vª República. El apretado resultado de la primera vuelta –se piensapronto será olvidado, relegado por la urgencia de una segunda parte en la que está en juego nada menos que la derrota de la punta de lanza del renacido fascismo europeo. La dicotomía es automática en un sistema electoral de dos vueltas: o con nosotros o contra nosotros, pero esta vez el ballotage no augura un férreo cierre de filas republicano ante la extrema derecha (como aquel de 2002 contra Jean Marie Le Pen), sino un parche más que permitirá, a lo sumo, dar una patada adelante a la profunda crisis francesa, o sea, a la europea.

El auge del Frente Nacional no es un fenómeno nuevo. El sistema político francés convive desde hace décadas sin demasiados problemas con un pujante partido de extrema derecha, cuyo crecimiento se asienta más en el personalismo y el discurso antiestablishment (coherente con la deriva presidencialista o cesarista o bonapartista del semipresidencialismo francés) que sobre el racismo o la xenofobia, en cualquier caso presentes. Recordemos que el relevo de Jean Marie por su hija se produjo tras el batacazo del Frente Nacional en las presidenciales que llevaron a Sarkozy al Elíseo, esto es, tras la derrota de un populista de derechas a manos de otro populista de derechas.

Entonces, ¿qué hay de nuevo? El hecho de que Emmanuel Macron haya aparecido presuntamente de la nada engarza de manera lógica, sin embargo, con la tendencia histórica de la democracia occidental: una cierta adecuación entre la mezcla inverosímil de gobiernos por Decreto y legitimidad popular. En este contexto, no es de extrañar que los grandes triunfadores de la noche electoral -el propio Macron, Le Pen y Mélenchon- carezcan de un aparato de partido realmente sólido, justo al contrario que los dos grandes derrotados, Fillon y Hamon. La lectura ha de hacerse a partir de esta nueva fractura que se dibuja entre los partidos sistémicos y los movimientos (ni siquiera podemos hablar de partidos en sentido tradicional) que no arrastran el lastre institucional, lo que otorga una amplia minoría absoluta a los republicanos. Macron será a partir de ahora cooptado por las élites (sabemos que ya pertenecía a ellas), pero la evidencia de la crisis de régimen no la tapa ya ni una abrumadora victoria contra el fascismo.

Como sugeríamos antes, la novedad absoluta de estas elecciones la marca el contexto, radicalmente nuevo. El desastre del Partido Socialista anuncia la renuncia del sistema político francés a la tradicional alternancia. Macron representa, en cierta forma, una comunidad de intereses, un mal menor ante una situación límite. Pero el precio a pagar tal vez haya sido demasiado alto. Sin alternancia posible, el sistema de dos vueltas impide, de momento, la quiebra absoluta, pero deja en manos de la extrema derecha el papel de adversario político, a la espera del presumible agotamiento de un Macron que, más allá del velo mediático, lleva en su ADN un proyecto político que huele a más de lo mismo.

En torno a Macron se ha generado un precario consenso entre las élites francesas, pero sus buenos resultados electorales provienen del cínico distanciamiento de esas mismas élites que el exministro de Hollande ha llevado a cabo. Esta tensión -entre su pretendida novedad y su carácter de clavo ardiendo del poder-, hace prever muchas dificultades para dotar de estabilidad al sistema político francés. Es probable que la propia dinámica política francesa lo acabe engullendo en las próximas elecciones legislativas, para las que se requiere de una estructura de partido con implantación en todo el territorio. Aunque también sería posible una alianza con el desnortado Partido Socialista, lo que conllevaría una vuelta vergonzosa a los orígenes. Sobra decir que ninguna de las dos posibilidades augura mucho futuro.

La pregunta que se nos presenta ahora -a los partidarios de una opción realmente alternativa al sistema político tradicional y frontalmente opuesto al Frente nacionales: ¿cómo posicionarnos? Los medios de comunicación han interpretado la postura reflexiva de Mélenchon como tibieza en la condena de la extrema derecha (huelga decir que en España los medios ya han situado a Podemos en el lado del Frente Nacional). El estás con nosotros o estás contra nosotros es un mecanismo discursivo que impide una salida “limpia”. Es preciso posicionarse con claridad. Pero es factible hacerlo, dados los valiosos resultados de La Francia Insumisa, de una manera otra: se hace indispensable construir ahora un tercer espacio de confrontación, ni con unos ni con otros, pues ambos son un desastre para la mayoría social. En ese nuevo espacio de confrontación, quizá agónico, se abre la posibilidad de una nueva identidad política para el futuro próximo de Francia, o sea, de toda Europa.

*Graduado en Ciencias Políticas por la UCM, Máster de Estudios Avanzados en Filosofía y opositor a TAC

 

 

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