General

Destructivo Trump

May 31 2017

EDITORIAL – EL PAÍS

El presidente de EE UU siembra el caos a su alrededor de forma alarmante

La dimisión del director de Comunicación de la Casa Blanca, Mike Dubke, con apenas tres meses en el desempeño de sus funciones, es un nuevo ejemplo del preocupante nivel de desorganización en la administración política más poderosa del planeta.

Dubke habría presentado su renuncia hace semanas, pero se decidió posponer el anuncio para no entorpecer la gira presidencial por Oriente Próximo y Europa, que por otra parte ha tenido unos resultados nefastos en términos de comunicación.

Contratado en febrero por Sean Spicer, jefe de prensa y portavoz de la Casa Blanca, Dubke había tratado de poner orden en la caótica imagen que ofrece casi a diario la presidencia de EE UU. Una tarea que parece imposible con un presidente que —según él mismo ha revelado en varias entrevistas— utiliza por las noches, sin que lo sepa el equipo de comunicación, su cuenta personal de Twitter de forma irresponsable y a menudo agresiva.

Donald Trump parece no haber entendido —es difícil que lo entienda ya— que no es un usuario más de las redes sociales y que no se puede comportar en ellas como lo que se conoce como un troll, un perfil gamberro que polemiza sobre cualquier tema. Ante este panorama, no sería de extrañar que se confirmaran los vaticinios de la prensa estadounidense, y que el próximo en presentar la renuncia fuera el mismísimo portavoz de la Casa Blanca.

El último objetivo de Trump en las redes ha sido la canciller alemana, Angela Merkel. Ayer el presidente volvió a echar en cara a Alemania que la balanza comercial con EE UU sea positiva para Berlín, como si eso constituyera una afrenta, y finalizó su mensaje con una amenaza propia de taberna de poco fuste y, en cualquier caso, totalmente inaceptable en la política internacional y las relaciones entre aliados: “Esto va a cambiar”.

Seguramente para Trump, acostumbrado a denigrar y atacar personalmente a sus rivales, resultará poco comprensible que haya sido el principal rival de Merkel, el socialdemócrata Martin Schulz, el que ayer haya apoyado la postura de la canciller. Schulz ha calificado a Trump como “destructor de todos los valores occidentales”, expresión que a lo mejor al presidente estadounidense —aficionado al lenguaje brusco— no le parece muy fuerte, pero que es un duro diagnóstico de lo que está haciendo el inquilino de la Casa Blanca.

Esos valores occidentales son sin duda también estadounidenses. Resulta urgente que los legisladores de Washington tomen conciencia de que ambas orillas del Atlántico pagarán un alto e indeseable precio si este presidente errático e incapaz de dominar sus impulsos sigue arremetiendo contra unos lazos que tanto ha costado tejer. Ellos tienen los mecanismos legales para que esto no suceda.

 

 

 

Anexo:

La venganza se consuma

Opinión de CARMEN RIGALT – EL MUNDO

Terminó el G-7 y todavía gotean en mi WhatsApp las imágenes del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pavoneándose en Europa. Los Jefes de Estado son carne de chiste, sobre todo, si les da por hacer el mico con balcones a la calle.

La palma se la lleva Donald Trump, el mostrenco que parece un armario de tres cuerpos.

La competitividad no es exclusiva de los equipos de fútbol. Allí donde hay competidores siempre hay alguien peleando por sobresalir. Muchos de los que compiten se abren paso a codazos. Trump ha sido el último en situarse por este expeditivo método. Fue en la OTAN. Mientras los mandatarios comentaban en grupo la jugada, apareció Trump, que había quedado rezagado, y arremetió contra el más próximo, que casualmente era el primer ministro de Montenegro, y se puso a la cabeza del grupo. Con dos cojones.

A los niños de antes (y Trump fue un niño de antes) se nos decía que la base de la educación eran los modales. Yo estaba considerada mal educada porque gesticulaba con los brazos en alto, forzando a que mi madre los bajara a manotazos. Según ella, lo correcto era tener el codo pegado al cuerpo y mover solo los antebrazos. El único gesto que les estaba permitido a las señoritas de entonces era precisamente ese: el de mover los antebrazos con delicadeza, sin rebasar el codo. Ya sólo faltaba sostener con la mano derecha una taza de té, rizando el meñique.

El comportamiento de Trump es sintomático: sus maneras lo dicen todo. Desde que llegó a la Casa Blanca los psicólogos no le han quitado la lupa de encima, obteniendo pavorosas conclusiones sobre su personalidad.

Una de las cosas de Trump que suscitan más rechazo es, por ejemplo, su forma de dar la mano. Veamos: cuando Trump saluda, alarga el brazo en dos tiempos (modo robot), y cuando alcanza la mano del contrario, tira de ella hacia sí y la sacude como si le diera una descarga.

En su viaje a Europa hubo dos personas que se rebelaron ante semejante tortura: Emmanuel Macron y Justin Trudeau. Ambos se lanzaron sobre el brazo robótico del mastodonte rubio para inmovilizarlo. Macron no dejó de apretar la mandíbula mientras forcejeaba. Justin Trudeau, en cambio, no hizo ademán de forzar nada porque él es en sí mismo la fuerza de la dulzura que todo lo derrite.

La videoteca generada por el mandatario americano en su viaje a Europa corresponde en buena parte a Melania Trump, su mujer, que partía como principal damnificada. Desde que su marido es presidente de los Estados Unidos, Melania ha intentado excusar su comparecencia en muchos de los actos donde se la requería. Ella logró lo que parecía imposible: quedarse en Nueva York alegando que su hijo la necesitaba. De ésto último no existe constancia. Más bien parece que es ella quien necesita al hijo.

Tras una campaña presidencial en la que sufrió toda clase de humillaciones, la esposa del monstruo permaceció largo tiempo colapsada por el pánico. Hasta ahora. Porque fue llegar a Europa, donde todas las miradas confluían en ella, y consumar su venganza. De las 200 veces que Trump intentó hacer manitas con Melania, ella lo rechazó. Melania no piensa explotar el victimismo. Bien hecho. 31 may. 2017

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