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Estados Unidos: deriva antidemocrática

May 11 2017

Editorial – La Jornada

El  martes pasado el presidente Donald Trump sorprendió a la clase política y a los ciudadanos estadunidenses al ordenar el despido del director de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés), James Comey, quien dirigía las pesquisas sobre la presunta injerencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016. El único precedente en que un mandatario despidió a un funcionario que encabezaba investigaciones contra la Casa Blanca se remonta al cese de Archibald Cox, fiscal especial a cargo del caso Watergate, maniobra que no evitó la posterior dimisión de Richard Nixon por ese conocido escándalo de espionaje contra rivales políticos.

De acuerdo con funcionarios del Congreso, unos días antes de su des-pido Comey había solicitado recursos adicionales para las investigaciones sobre la injerencia rusa en la campaña electoral que llevó a Trump a la presidencia, por lo que congresistas demócratas no han dudado en calificar la maniobra de un intento de frenar las indagatorias que podrían llevar al gobernante a un juicio político y su posterior caída.

Cabe recordar que, al menos de manera ideal, la FBI es un organismo de seguridad independiente del juego político entre los partidos, por lo que sus titulares son nombrados para periodos de 10 años, y esta es apenas la segunda ocasión en que el presidente cesa a un director en más de un siglo desde la creación de esta oficina de investigación criminal.

Estos antecedentes hacen inverosímil la versión del magnate, según la cual el cese de Comey se da a raíz de su mal manejo de las investigaciones sobre el uso inapropiado de una cuenta de correo electrónico privado por la ex candidata presidencial Hillary Clinton cuando se encontraba al frente del Departamento de Estado, pesquisas a las que, por otra parte, Trump se había referido previamente en términos elogiosos.

Por si no fuera suficiente para poner en duda la conducción institucional del actual gobierno republicano, el mandatario declaró que tomó la decisión de cesar al jefe de la FBI por recomendación de Jeff Sessions, fiscal general impugnado por haber mentido bajo juramento al comparecer ante el Senado acerca de sus encuentros con el embajador ruso cuando era asesor de campaña de Trump.

Todo lo anterior constituye un escándalo sin precedente en la vida política de la superpotencia, de proporciones y alcances incluso mayores que su antecedente obvio, el referido caso Watergate. Como señalan múltiples voces de la política y la prensa estadunidenses, se trata de una maniobra que compromete la credibilidad de las instituciones y pone en entredicho la integridad del sistema legal de una manera que en tiempos pasados habría resultado inadmisible y que los ciudadanos consideraban propio de regímenes autoritarios.

Esta visible descomposición institucional de la nación vecina del norte es causa de preocupación no sólo para sus propios ciudadanos, sino para la comunidad internacional, ante todo habida cuenta de la demostrada propensión de Trump a desviar la atención de los problemas domésticos mediante peligrosos amagos bélicos en terceros países.

 

Anexos : Editoriales de El Mundo y El País

Descabezamiento sospechoso del FBI – El Mundo

Son tantos los recelos que despierta la fulminante destitución del director del FBI por parte de Donald Trump que estamos ante el primer gran escándalo político de su Presidencia. No es para menos, porque el episodio afecta, por un lado, a la credibilidad de una de las instituciones más importantes de EEUU, y, por otro, a algo tan sensible como la independencia judicial. Resulta imprescindible que se despejen todas las dudas razonables que ahora mismo apuntan a que éste es un caso flagrante de injerencia del Ejecutivo.

James Comey, el ya ex director del FBI, se había convertido en un personaje molesto y casi odiado tanto por demócratas como republicanos. Aunque fue nombrado por Obama, para los primeros era la bestia negra desde que sólo unos días antes de las elecciones presidenciales de noviembre reabriera la investigación contra Hillary Clinton por el polémico caso de los mails privados. Apenas tardó tres días en dar nuevo carpetazo al asunto, al considerar que no se apreciaban hechos de naturaleza delictiva. Pero el episodio emborronó el final de campaña de la candidata demócrata y dio alas a la de Trump, que repitió sin cesar que esa investigación demostraba que Clinton no tenía la honestidad necesaria para presidir el país. Y, en las filas republicanas recelaban de Comey en los últimos meses porque era él quien estaba al frente de la investigación sobre las escandalosas conexiones entre el equipo del presidente y el Kremlin, un asunto que mantiene bajo sospecha a parte de la guardia de corps de Trump desde que llegó a la Casa Blanca, incluido su propio yerno.

Así pues, James Comey debía andarse con pies de plomo, consciente de que no contaba con el favor de nadie en el establishment político. Y se cavó su propia tumba días atrás al mentir en una comparecencia rutinaria ante el Senado, como una web de periodismo de investigación ha desvelado. Comey exageró y aportó detalles falsos sobre la supuesta gravedad de los riesgos para la seguridad nacional del uso por parte de Hillary Clinton de su correo electrónico y también de las razones que le llevaron a reabrir la investigación en plena campaña electoral.

De ese modo, el propio responsable del FBI daba una coartada a Trump para destituirle. Sin embargo, la maniobra presidencial está rodeada de factores inquietantes. Como por ejemplo el hecho de que el fiscal general, Jeff Sessions -considerado uno de los fieles escuderos de Trump- y su ayudante, Rod Rosenstein, elaboraran cuando nadie lo esperaba un escrito criticando duramente toda la actuación de Comey en el caso Clinton, que acababa subrayando que había dañado gravemente el prestigio del FBI. No cabe ser ingenuos. Más allá de las torpezas cometidas por el destituido, todo hace pensar que se ha producido una muy bien orquestada operación de derribo.

Es un asunto muy grave y de extraordinaria repercusión que deja en una posición muy comprometida a la actual Administración republicana. Si el próximo director del FBI que nombre Trump decidiera dar carpetazo a la investigación sobre la conexión rusa del equipo de Trump, el escándalo sería mayúsculo. Por más que su portavoz dijera ayer que esto es algo sobre lo que hay que pasar página y que no le interesa nada a los estadounidenses. Todo lo contrario. Con la decisión del presidente, ahora la espinosa conexión rusa le salpica muchísimo más todavía.

Trump se ‘nixoniza’ – El País 

La investigación sobre la intervención rusa en su elección no puede pararse

La decisión adoptada por Donald Trump de destituir al director del FBI, James Comey, está lejos —según todas las apariencias— de ser un acto de justicia; responde más bien a un nuevo intento del mandatario por entorpecer la investigación que puede comprometer su permanencia en la Casa Blanca.

El presidente ha anunciado que prescinde de Comey pocos días después de que este solicitara más recursos para investigar la presunta intervención rusa en el proceso electoral estadounidense que concluyó con la victoria de Donald Trump. Comey ya estaba en el ojo del huracán tras ser acusado por Hillary Clinton de haber desempeñado un papel en la campaña al reabrir, a solo diez días de la fecha de los comicios, una investigación contra la candidata demócrata sobre irregularidades en el uso de datos públicos en su correo electrónico privado. Pero a pesar de la gravedad de las acusaciones, Trump no retiró su confianza al funcionario.

Cabe preguntarse por qué un presidente que, por ejemplo, tardó literalmente minutos en destituir a una fiscal general del Estado por expresar su desacuerdo en público con la política migratoria de la Administración ha necesitado meses para apartar de su cargo a Comey. No menos sorprendentes fueron los comentarios de Trump ayer, atacando al cesado Comey al asegurar que había perdido “la confianza de casi todo el mundo en Washington” y que “no estaba haciendo un buen trabajo».

La alarma desatada en Washington tiene todo el sentido. Resulta muy difícil obviar que Comey era hasta hace unas horas el máximo responsable de una investigación que puede desencadenar graves repercusiones políticas y estratégicas para Trump: la que estudia la relación —cada vez más evidente— entre su candidatura a la presidencia de EE UU y el Gobierno de Rusia. En este contexto, resulta sintomático el adjetivo de nixoniana con que el senador demócrata Bob Casey ha calificado la destitución del director del FBI. Aunque Trump sufra el síndrome adanista de todos los populistas, debería saber que esto ya se ha visto antes en la política de EE UU. También Richard Nixon fulminó al funcionario encargado de investigar irregularidades en la elección presidencial. El resto es historia; Nixon terminó dimitiendo.

En muy pocos meses en la Casa Blanca, Trump se ha acostumbrado a moverse en límites de la ley a los que nunca se acercaron sus predecesores, ya fueran demócratas o republicanos. Pero la privilegiada posición de su hija y su yerno en el círculo presidencial, la teatral —aunque difícilmente creíble— renuncia a sus negocios privados, la guerra sin precedentes contra los medios de comunicación, la irresponsable utilización de delicados instrumentos legales como son las órdenes ejecutivas o el imprevisible y errático cambio de postura respecto a cuestiones internacionales no caen flagrantemente en la ilegalidad (sin que eso haga que sean muestras ejemplares de comportamiento). Sin embargo, obstruir una investigación —que en ningún caso debe ahora cerrarse en falso— sobre el proceso democrático más importante de EE UU es, sencillamente, un delito. Trump puede haber cruzado una línea sin posibilidad de retorno.

 

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