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El regalo de Trump a Europa

Jul 7 2017

Joseph S. Nye* – El País

La impopularidad del presidente estadounidense en Europa ha ayudado a reforzar los valores de la unión

En un reciente congreso en Francia, algunos asistentes europeos sorprendieron a sus invitados estadounidenses con el argumento de que el presidente Donald Trump puede resultar bueno para Europa. Ahora que Trump regresa al Viejo Continente para la cumbre del G20 en Hamburgo, vale la pena preguntarnos si tendrán razón.

En casi todos los aspectos, la elección de Trump como presidente de los Estados Unidos ha sido terrible para Europa. Aparentemente, desdeña la Unión Europea; su relación con la canciller alemana Angela Merkel es fría en comparación con la amistad que lo une al autoritario presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, o su admiración por el presidente ruso Vladimir Putin.

Además, ve con agrado la inquietante salida de Reino Unido de la UE, y se dice que tras su primer encuentro con la primera ministra Theresa May, preguntó con entusiasmo: “¿Quién sigue ahora?”. Finalmente, Trump se tomó su tiempo para reafirmar el artículo 5 de la OTAN (la promesa de defensa mutua); retiró a Estados Unidos del acuerdo climático de París, muy popular en Europa; y recortó la financiación estadounidense a la ONU, que cuenta con firme apoyo europeo.

No es extraño que Trump en persona sea impopular en toda Europa. En una reciente encuesta de Pew Research solo el 22% de los británicos, 14% de los franceses y 11% de los alemanes dijeron confiar en él. Pero esta misma impopularidad (que es más anti-Trump que antiestadounidense) ayudó a reforzar los valores europeos.

Hasta hace unos meses, se temía que la creciente oleada del tipo de populismo nacionalista que llevó a Trump al poder y condujo al Brexit estuviera a punto de barrer Europa, incluso dando a la ultraderechista Marine Le Pen la presidencia francesa. En vez de eso, parece que la ola populista alcanzó la cima con la elección de Trump. Desde entonces, ha habido derrotas para los populistas en Austria y Países Bajos; los franceses eligieron a Emmanuel Macron, un recién llegado centrista; y May, defensora de un Brexit “duro”, perdió la mayoría parlamentaria en la elección general anticipada del mes pasado.

Europa todavía se enfrenta a los problemas de poco crecimiento, alto desempleo y desunión política que han sido su flagelo en el decenio transcurrido tras la crisis financiera global de 2008. Pero quienquiera que gane la elección alemana de septiembre será alguien de ideas moderadas, no un nacionalista extremo, que comprenderá la importancia de colaborar con Macron para poner en marcha otra vez el motor francoalemán del progreso europeo.

Las negociaciones para el Brexit prometen ser complejas y contenciosas. Para los partidarios de un “Brexit blando”, que quieren conservar el acceso británico al mercado común europeo, el problema es que el referendo por el Brexit tuvo que ver más que nada con la inmigración, no con las minucias de la normativa comercial. Pero Europa se niega a permitir el libre movimiento de bienes y servicios si no hay libre movimiento de personas. Hoy viven en Reino Unido unos tres millones de europeos, y un millón de británicos residen en Europa.

Una solución posible sería crear una nueva entidad eurobritánica que garantice los derechos de los ciudadanos de ambas partes y al mismo tiempo admita ciertos límites a la inmigración y al comercio de algunos bienes. Podría imaginarse esta entidad a la manera de círculos concéntricos, en los que el círculo interior de la UE se caracterizaría por la libre movilidad, y se permitirían restricciones en el círculo exterior.

Que una solución así sea posible depende de la flexibilidad europea. Antes los europeos hablaban de “distintas velocidades” hacia la meta implícita de una “unión cada vez más estrecha”. Habrá que reemplazar este objetivo federalista y cambiar la metáfora de distintas velocidades por otra que hable de diferentes niveles.

Muchas élites europeas ya se han vuelto más flexibles en relación con el futuro de Europa y han trascendido el objetivo federalista para imaginar una entidad europea sui generis. Señalan que en Europa ya hay tres niveles de participación distintos: la unión aduanera, el euro y el Tratado de Schengen para la eliminación de fronteras internas. Puede sumarse un cuarto nivel: la defensa.

Hasta ahora, el progreso europeo en cooperación militar se vio inhibido no solo por cuestiones soberanistas, sino también por las garantías de seguridad ofrecidas por Estados Unidos. Pero ahora que Trump genera dudas sobre la fiabilidad estadounidense, la cuestión de la seguridad ha pasado a primer plano.

Ya se han dado algunos pasos hacia la creación de un sistema común de defensa europeo, pero el proceso es lento. El único país, exceptuado Reino Unido, que cuenta con capacidad sustancial de desplegar fuerzas expedicionarias es Francia. Alemania ha estado impedida de hacer más por la historia. Y Reino Unido siempre fue renuente a hacer nada que pudiera significar competencia con la OTAN. Pero estas actitudes comienzan a cambiar.

Una vez más, puede ser útil la imagen de círculos concéntricos. En los días previos a la guerra de Irak, a principios de este siglo, alguien dijo que en materia de seguridad, los estadounidenses son de Marte y los europeos son de Venus. Pero el mundo cambió, y Europa ahora enfrenta una serie de amenazas externas. Los ataques rusos a Georgia y Ucrania han sido para los europeos un recordatorio de los peligros que su enorme vecino plantea. La disuasión de Rusia seguirá demandando una OTAN fuerte.

Hay otras amenazas que emanan de la posibilidad de violencia en los Balcanes. Algunos observadores creen que hace poco Macedonia se salvó de una guerra civil por muy poco. Una fuerza de paz europea podría hacer un gran aporte a la estabilidad regional.

Un tercer conjunto de amenazas a Europa surge del norte de África y de Medio Oriente. Libia es un caos, del que salen migrantes desesperados que cruzan el Mediterráneo en peligrosos viajes; y es imaginable la necesidad de proteger a ciudadanos o rescatar rehenes en la región. Aquí la capacidad expedicionaria de Francia, acoplada tal vez con la de Reino Unido, puede ser fuente de seguridad; e incluso sin la participación de los británicos, otros países europeos pueden hacer su aporte (como ahora Alemania en la lucha contra el terrorismo en Mali).

Europa está muy lejos de tener una estructura de defensa compartida, pero la necesidad es cada vez mayor. E irónicamente, el impopular Trump puede resultar más ayuda que obstáculo.

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*Joseph S. Nye es profesor de la Universidad de Harvard y autor de Is the American Century Over? [¿Terminó el siglo de Estados Unidos?]

 

Anexo 1:

G20: el infierno de todos tan temido, más Trump

Editorial – La Jornada

Como era previsible, la decimosegunda cumbre del Grupo de los Veinte (G20, que agrupa a las principales naciones industrializadas y en desarrollo), que hoy comenzó en Alemania, desató una avalancha de protestas en Hamburgo, ciudad elegida en esta ocasión para celebrar las reuniones del foro donde se diseñan las estrategias del sistema financiero internacional. Igual que en ocasiones anteriores, la cumbre (que se realiza desde 2008) es recibida con fuertes críticas que cuestionan su orientación y su virtualmente nula sensibilidad social, pero también –y esto es lo que más preocupa a los protagonistas del encuentro– con nutridas manifestaciones de acción directa que llevan a cabo distintas agrupaciones altermundistas. Éstas difícilmente inciden en las políticas gubernamentales de los países que integran el grupo, pero sin duda les brindan consistentes razones para medir bien sus decisiones. Que las tomen en cuenta es otro asunto.

Aunque conserva en su agenda las líneas de acción que han caracterizado a sus antecesoras, la cumbre de Hamburgo presenta algunas variables. La adopción de nuevas medidas para ajustar los mecanismos de recaudación fiscal a fin de evitar la elusión y la evasión es uno de los cambios; la intensificación de la lucha contra el terrorismo y sus mecanismos de financiamiento es otro; la cuestión de los migrantes y los refugiados, uno más. Todo estaría muy bien si no fuera porque en el primer caso los mayores damnificados siempre resultan ser los pequeños y medianos contribuyentes; en el segundo, movimientos sociales que nada tienen que ver con la actividad terrorista, pero a la cual se los vincula a la hora de defender sus derechos mediante el reclamo y la movilización, y en el tercero la propia población víctima de conflictos, que se ve obligada a abandonar su lugar de origen, y en vez de solidaridad encuentra desconsideración.

También la relación entre los miembros del G20 ofrece ahora matices inéditos. La participación del presidente estadunidense augura roces hasta con quienes aún son socios políticos de la primera potencia mundial, en especial por la radical oposición de Donald Trump al libre comercio que predica y practica el bloque europeo, y a este hecho se le suman factores que no tienen relación directa con las finanzas (derivados de conflictos políticos, económicos y territoriales), pero pueden pesar al momento de buscar consenso respecto al futuro de la balanza de pagos internacionales.

Otro tema en el que la presencia de Trump no promete aportar nada bueno es, naturalmente, el del cuidado del medio ambiente: más allá de las desatinadas declaraciones del republicano (el calentamiento global no existe, por ejemplo), su voluntad de retirarse del Acuerdo de París y desconocer las disposiciones que él mismo postula no parece favorecer un clima de acuerdo.

Pero más allá de las cuestiones técnicas que se deben afrontar en esta cumbre de Hamburgo, y que en todo caso pueden considerarse desacuerdos entre socios, las protestas que generan en vastos sectores de la opinión pública mundial representan un sólido argumento en torno a su idoneidad: la marcha con que fueron recibidos los primeros participantes en la reunión, abundante en enfrentamientos con la policía, destrozos y heridos, tuvo amplia repercusión internacional y, en su mayoría, no fue precisamente condenatoria. Su lema: Bienvenidos al infierno, promete no hacer las cosas fáciles a los representantes de los países miembros del grupo, pero, como contrapartida, puede servir como anticipo al mundo que auguran las deliberaciones del G20.

 

Anexo 2:

Trump contra casi todos

FELIPE SAHAGÚN – EL MUNDO

Con el temor de que se convierta en una cumbre de 19 contra 1 (Donald Trump) y de que los recelos personales oscurezcan el comunicado y la declaración finales negociados durante meses, la canciller alemana, Angela Merkel, acoge en su ciudad natal de Hamburgo a los dirigentes de las 20 economías más grandes del planeta.

Lo que se conoce de los borradores, que seguían discutiéndose en la cena del jueves, es un espejo fiel de un mundo G-0 (cada uno por su cuenta), bloqueado por profundas divergencias cruzadas (transatlánticas, entre EEUU y China, entre EEUU y Rusia, entre Rusia y Europa…) que hacen muy difícil la adopción de respuestas comunes y eficaces tanto a los grandes desafíos globales como a los retos de seguridad más urgentes.

Salvo cambios de última hora, la propuesta del presidente chino, Xi Jinping, respaldada por Moscú, de una doble moratoria -de pruebas nucleares norcoreanas y de maniobras militares de EEUU y Corea del Sur- es tan inaceptable para Washington y Seúl como las nuevas sanciones propuestas por París y Washington para Rusia y China.

El primer encuentro personal de Trump con el presidente ruso, Vladimir Putin, se ha retrasado y complicado tanto que resulta difícil esperar concesiones de calado en ninguno de los conflictos más graves en disputa, empezando por Ucrania, la guerra de Siria y la ciberseguridad.

Los países asistentes, entre los que sigue estando España -que a pesar de no haber entrado cuando se fundó, logró una silla 10 años después como invitada gracias a los esfuerzos diplomáticos del primer Gobierno de Rodríguez Zapatero-, representan hasta el 80% del producto interior, el 75% del comercio y dos tercios de la población del planeta.

El G-20 no tiene sede, trabaja alrededor de las cumbres anuales, decide por consenso y carece de instrumentos para asegurar el cumplimiento de sus resoluciones.

Lo que nació en 1999 como una reunión ministerial de potencias grandes, medianas y pequeñas del norte y del sur para abrir una cortafuegos en la crisis asiática dejó paso a una cumbre decisiva en los últimos meses de George Bush para responder a la crisis financiera de 2008 y, tras frenar la peor crisis económica desde 1929 con unos 4 billones de dólares y algunas reformas sistémicas, ha ido languideciendo.

Los 20.000 policías, 18 helicópteros, 185 perros y 3.000 vehículos desplegados en Hamburgo para garantizar la seguridad de la cumbre refleja la preocupación por posibles disturbios y atentados en una Europa que, como recordaba el miércoles Fernando Reinares en el Real Instituto Elcano, ha sufrido más de 30 atentados, con unos 300 muertos, en los últimos tres años.

Tanto o más que el terrorismo de origen yihadista preocupan las manifestaciones de protesta, unas treinta, que se vienen sucediendo desde el pasado domingo tras la decisión de Merkel de autorizarlas en una muestra de los mejores valores europeos ante el creciente número de autócratas en el seno del G-20.

Lejos quedan los congresos o grandes conferencias internacionales, como el Congreso de Viena (1814-1815), París (1919) o San Francisco (1945), en los que se construyeron los cimientos (en Viena y San Francisco con éxito, París fue un fracaso) de nuevos sistemas Internacionales.

En un mundo interconectado, donde los encuentros de los dirigentes son rutina y algunos presidentes, como Trump, son adictos a las redes sociales y ningunean la diplomacia, las alianzas y el multilateralismo, son difíciles las sorpresas.

El reto hoy es salvar lo mejor del sistema internacional de la posguerra, empezando por el libre comercio, y el acuerdo político anunciado el jueves entre Japón y la UE en Bruselas para cerrar en los próximos meses el tratado que negocian desde 2013 es un mensaje inconfundible a Washington.

Si se cumplen los pronósticos más pesimistas, la cumbre del G-20 en Hamburgo pondrá en evidencia la soledad y el descrédito del presidente estadounidense.

Una soledad relativa si tenemos en cuenta la «cumbre de los tres mares» organizada por Polonia en su honor el jueves con los dirigentes de Europa central y oriental, ante quienes se comprometió a defender sus intereses frente a Rusia.

Si el liderazgo mundial lo medimos por el mejor o peor cumplimiento de la Agenda de Desarrollo Sostenible aprobada en septiembre de 2015, los mejores modelos son los cuatro países nórdicos, Alemania y Francia.

En uno de los mejores y más recientes estudios sobre el grado de cumplimiento de los 17 objetivos y 169 metas concretas de la Agenda en medio ambiente, paz, crecimiento, igualdad, justicia…, de la Fundación Bartelsman y la Red SDSN, los EEUU quedan en el puesto 42, Rusia en el 62 y China en el 71.

Como ejemplos, dejan bastante que desear. El estudio confirma la gran oportunidad, si es capaz de aprovecharla, de Europa para ocupar los espacios que van dejando los EEUU.

Que lo aproveche o no depende mucho de Merkel y de cómo se concrete el compromiso con el presidente francés, Emmanuel Macron, de relanzar la locomotora París-Berlín, que tiene en la negociación del Brexit su primera gran prueba y, a la vez, oportunidad.

En el puesto 25 del mundo y el 18 de la UE, España, sin menospreciar su buena reputación en el exterior, tiene aún margen para aprender y mejorar.

Con su retirada unilateral del acuerdo de comercio del Pacífico (TPP) y del acuerdo de París sobre el cambio climático, y su desprecio irresponsable de los esfuerzos de los aliados en la OTAN, Trump ha avivado ese proceso, iniciado a finales del siglo XX por Clinton a pesar de su retórica universalista, y acelerado por Obama con sus pivotes asiáticos, sus líneas rojas en Siria, su paciencia estratégica con Corea del Norte, su desconfianza de Europa y su liderazgo desde atrás en Libia.

Según los autores del citado estudio, las tres amenazas principales para un mundo más estable y seguro hoy no son Corea del Norte, Siria, Al Qaeda o el Estado Islámico, sino el nacionalismo, el proteccionismo y las estrategias basadas en «mi país primero».

Por las divisiones entre sus miembros principales, el G-20 de Hamburgo no pasará desde luego a la historia por acuerdos decisivos sobre ninguno de esos retos, pero, como ha señalado el profesor de Oxford Tristen Naylor, podría convertirse en «el símbolo del fin del liderazgo mundial de Estados Unidos».

Un peligro es que los compromisos del G-20 queden eclipsados por los delicados pulsos bilaterales entre los seis grandes (EEUU, China, Rusia, Almania, Francia y Japón), más preocupados por sus intereses nacionales y por conseguir grandes contratos para sus multinacionales que por abanderar una agenda global con un coste previsto de unos tres billones de dólares por año.

La cumbre no habrá sido inútil si, en los encuentros bilaterales, Trump y Putin sientan las bases para una salida diplomática del avispero sirio, Trump y Xi logran una estrategia más eficaz y menos peligrosa frente al desafío nuclear de Corea del Norte, y Trump y Peña Nieto consiguen un acuerdo de mínimos para superar sus profundas diferencias sobre comercio, migración y lucha contra el narco.

 

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