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Explosivos españoles a yihadistas y cómo sortear la ley

Ago 29 2017

Por Tica Font*

El sábado nos manifestamos en Barcelona y otras ciudades españolas a raíz de unos atentados en Barcelona y Cambrils reivindicados por ISIS. En la manifestación había muchos carteles denunciando la venta de armas españolas a países como Arabia Saudí donde el gobierno y otros organismos privados han realizado muchos donativos económicos para construir mezquitas, pero sobre todo para pagar el salario de Imanes que defiendan su versión más radical del Islam.

Estas exportaciones a las empresas españolas, son inmorales pero legales y tienen autorización del gobierno español para llevarse a cabo, es responsabilidad del gobierno que se lleven a cabo o no.

Tengamos presente que estas autorizaciones forman parte de los secretos oficiales. Pero en este artículo quisiera recoger otras exportaciones muy controvertidas y que son ilegales a parte de inmorales.

A mediados de 2015 en la frontera turca con Siria fue detenido un cargamento con 21 toneladas de cuerda detonante (explosivos). Este cargamento tenía permiso, así consta en el sellos del albarán del cargamento, de la policía turca, el destino y la hoja de ruta del cargamento indicaba que el destinatario final era una empresa de Aman, Jordania y que cruzaría el territorio sirio. ¿Alguien se cree que un camión con explosivos puede cruzar los territorios ocupados y controlados por Daesh / ISIS o al-Nusra u otras milicias sin que sea interceptado? Todo hace pensar que este cargamento de explosivos tenía como destino las milicias de ISIS o al-Nusra.

El albarán del cargamento es de la empresa Maxam Anadolu, filial de la empresa de explosivos española Maxam. No hay que ser demasiado imaginativo para interpretar que este es un envío de material explosivo de manera ilegal a alguna de estas milicias. Es evidente que el cargamento tenía el permiso del gobierno turco o al menos de altos cargos públicos turcos, lo que no sabemos es si el gobierno español también tenía conocimiento y dio su consentimiento a la exportación o no.

Analicemos algunos aspectos de estos hechos. La ruta de transporte. Un cargamento de material explosivo procedente de Turquía con destino a Jordania y la ruta cruza territorio sirio en plena guerra. En el período en que este cargamento fue detenido en la frontera turca, al otro lado de la frontera operan grupos milicianos incluidos en el llamado Frente Islámico, combatiendo a las fuerzas militares de Bashar al Assad en lugares como Alepo. Si los explosivos no tenían como destino este grupo y hubieran seguido su camino hacia el sur, hubieran entrado en territorio controlado por opositores yihadistas como el Frente Al-Nusra, si tampoco estos grupos eran los destinatarios y el cargamento hubiera continuado su viaje, entraría en territorio controlado por Daesh. Quién era en realidad el destinatario de estos explosivos? No lo sabemos, pero es evidente que este envío no es inocente y tampoco es falta de profesionalidad en el logista que ha organizado la ruta de transporte.

Quique Badia y David Meseguer (http://bit.ly/1nInY2s) en un artículo afirman que la empresa compradora que figura en la factura, es fantasma, no existe, telefónicamente o por internet no hay rastro de ella. La empresa productora afirma no saber nada, se desentiende del tema, pero la verdad es que sin una demanda de compra de una empresa, fantasma o no, la administración turca no puede conceder una autorización de tránsito ni de exportación, documentación con la que estaba dotado el cargamento de explosivos.

 

La empresa fabricante es Maxam Anadolu, una de las 45 filiales de la española Maxam. Según las investigaciones de Quique y David en el consejo de administración de Maxam Anadolu hay un delegado de Maxam España y es éste el que decide la estrategia que debe seguir la empresa turca. Según Maxam España la empresa turca toma sus decisiones de forma independiente a la española.

 

De todo ello hay elementos clave y responsabilidades que hay que abordar.

 

Maxam España tenía que saber de esta venta, es imposible que no supiera la venta y la ruta, por lo tanto es de suponer que sabían que estaban vendiendo, de manera ilegal, explosivos a las milicias sirias. Pero dado que la fabricación y venta se llevan a cabo desde una empresa turca, Maxam no tiene que pedir autorización a la JIMDDU (Junta Interministerial de Material de Defensa y Doble Uso) y en aduanas españolas no es necesario registrar esta venta. Por lo tanto, como puede Maxam seguir vendiendo explosivos y no acatar la legislación europea, española y el nuevo Tratado internacional sobre comercio de armas? Fácil compra acciones suficientes de una empresa en otro país y elude los controles políticos y jurídicos españoles.

 

La cuestión es que piensa hacer el Gobierno español con Maxam, ¿premiarla?, ¿seguir contratándole más suministros de explosivos, bombas o misiles o se tomará en serio el control de armamento e impedirá que ventas como éstas se lleven a cabo?

 

En este asunto todos se hacen los locos, nadie sabía nada, ni la empresa turca, ni el Gobierno turco, ni la empresa española, ni el gobierno español. Por lo tanto nadie asume responsabilidad. El gobierno español no sabemos si ha emprendido actuaciones contra estas ilegalidades y malas prácticas de una empresa. El silencio y la opacidad es la norma imperante.

Es cosa de todos nosotros, es cosa de los ciudadanos empujar y trabajar para que esta clase de armas no lleguen a manos que no deben llegar.

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*Directora Instituto catalán Internacional para la Paz. En Público.es , 29 Ago 2017  

Anexo:

Yemen: la cara oculta de la Tierra

Por David Torres*

“Un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una estadística”. Es una célebre cita atribuida a Stalin, aunque, como tantas otras atribuidas al dictador soviético, nadie ha podido establecer exactamente dónde, cuándo y a cuento de qué lo dijo. Al parecer, no lo dijo nunca.

En cualquier caso, parece que la frase se está cumpliendo punto por punto en nuestros periódicos, donde la muerte que planea sobre millones de personas anónimas en Yemen no ocupa ni un trocito de los titulares dedicados a la muerte con nombres y apellidos, víctimas certificadas con denominación de origen y los papeles en regla. Lo de Yemen, en cambio, son demasiados muertos como para joder las vacaciones; los titulares no pueden desperdiciarse con cifras tan grandes; los locutores de los telediarios se pierden cuando hablan de países tan lejanos; no saben manejarse entre tantas ristras de ceros, a menos que los ceros vengan en el fichaje multimillonario de un futbolista.

Stephen O’Brien, subsecretario general de Asuntos Humanitarios de la ONU, pidió la semana pasada a todos los combatientes que abrieran todos los puertos marítimos, terrestres y aéreos del país ante la amenaza de una hambruna que se cierne sobre 25 millones de personas. Ya hay más de dos millones doscientos mil niños en proceso de desnutrición severa y cerca de 17 millones en situación de inseguridad alimentaria. Más de un millón de mujeres lactantes o embarazadas severamente desnutridas, familias de doce miembros subsistiendo con menos de 30 dólares mensuales. Al fantasma del hambre se suman la guerra encarnizada, que ha sumido el país en el caos desde hace dos años, y la epidemia de cólera, que desde abril ha infectado a más de medio millón de personas. En medio de los combates, no hay manera de garantizar el acceso de los médicos enviados por diversas organizaciones internacionales a las áreas conflictivas.

Las cifras son pavorosas pero són sólo eso, cifras, estadísticas, abstracciones. Hacen falta reporteros con coraje que pongan alma a los números y nombre a los muertos, una imagen como aquella fotografía del buitre que, en una aldea sudanesa, interpretó a la muerte que aguardaba pacientemente a una niña famélica. Luego se supo que casi todo en aquella fotografía de 1994 era falso, que la hambruna había tenido lugar tres o cuatro años atrás, que el buitre estaba mucho más lejos de lo que parecía y que la niña, en realidad, era un niño con diarrea y llevaba una pulsera de plástico que lo identificaba como un paciente atendido por la ONU. Se llamaba Kong Nyong y murió mucho tiempo después de unas fiebres, no a causa del hambre. El fotógrafo, Kevin Carter, ganó el premio Pulitzer y unas semanas después se suicidó: en su decisión de quitarse la vida probablemente influyeron tanto su carácter depresivo, sus diversas adicciones y sus desgracias personales como el vendaval de críticas que lo acusaban de haberse aprovechado de la desgracia de esa pobre criatura. No obstante, lo único real en esa foto es el hambre, la alegoría que Carter acertó a plasmar en la conciencia de miles de personas y que ayudó a visualizar las catástrofes humanitarias en el continente africano.

En Yemen mucha gente ha muerto ya y mucha más gente va a morir sólo por nuestra desidia, porque no hemos puesto aún cara a esa guerra atroz, porque no sabemos nada de la cara oculta de la Tierra.

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*Escritor y columnista español, autor de «Niños de tiza», «Punto de fisión» y de retratos de grandes personajes de la cultura que incluye a Poe, Philip K. Dick, Billie Holiday, Glenn Gould, Mishima, Hemingway, Sibelius, Jacqueline Du Pré, García Márquez, Shostakovich, Jack Lemmon, Anthony Burgess, John Ford o Thelonious Monk. Escribe regularmente en del diario Público.es

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