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Nobel, prohibición… y Trump

Oct 19 2017

Opinión de Jorge Eduardo Navarrete  – La Jornada

Se ha imaginado que –en caso de que el Congreso de Estados Unidos, repleto como a veces ha estado de creacionistas y otros fanáticos, hubiese aprobado una ley que pidiese al presidente certificar, de tiempo en tiempo, que el planeta Tierra cumple sus movimientos de rotación y traslación– Trump ya habría amenazado con decertificar a la tierra porque le parece que no se ajusta a lo que él percibe.

En otro plano, se ha recibido la buena noticia que el comité del parlamento noruego que discierne el Premio Nobel de la Paz –tras entregarlo en forma precipitada, hace ocho años, a un presidente de EU que se empeñó a lo largo de su mandato en modernizar el mayor arsenal nuclear del mundo– lo haya otorgado este año a la ICAN, la Campaña Internacional por la Abolición de las Armas Nucleares –“por… sus esfuerzos pioneros para alcanzar, por medio de un tratado, la prohibición de las armas nucleares” (véase, nobelprize.org).

Retoma así el Comité Nobel no sólo la esencia de la voluntad del fundador del premio, expresada en su testamento, sino una tradición de distinguir, entre las más eminentes contribuciones a la paz, la lucha contra el armamento nuclear. Dos expresiones anteriores de esta tradición fueron la premiación, en 1955, de las Conferencias Pugwash de Ciencias y Temas Mundiales y de su mayor animador, Joseph Rotblat –por sus esfuerzos para disminuir el rol de las armas nucleares en los asuntos mundiales y, en el largo plazo, eliminar tales armas– y, en 2005, de la Agencia Internacional de Energía Atómica de las Naciones Unidas y de quien a la sazón la dirigía, Mohamed El-Baradei –por sus esfuerzos para evitar los usos bélicos de la energía nuclear y promover la seguridad de los pacíficos.

Gracias en buena medida a los esfuerzos de la ICAN, el Tratado para la Prohibición de las Armas Nucleares fue adoptado el 7 de julio anterior por la Asamblea General de las Naciones Unidas. En su negociación participaron 135 países. México copatrocinó el proyecto de resolución que dio inicio al esfuerzo y fue sede en 2014 de una de las reuniones preparatorias. Alrededor de un tercio de los miembros de la ONU –los ocho poseedores de armas nucleares y buen número de sus aliados– boicotearon el proceso. Una vez aprobado por amplia mayoría, el tratado quedó abierto a firma, por un periodo ilimitado, desde el 20 de septiembre en la sede de la ONU. Ese mismo día lo signaron 53 países, entre ellos México. A la fecha del premio había recibido apenas tres ratificaciones (Guyana, Tailandia y Vaticano). Entrará en vigor con la quincuagésima.

La ICAN es una coalición de organizaciones no gubernamentales, desde pequeñas organizaciones locales que favorecen la paz hasta federaciones globales que representan a millones de personas (icanw.org). Su número llega a 468, en 101 países. Entre ellas, de acuerdo con el registro de la ICAN, se encuentran dos establecidas en México: el Círculo Latinoamericano de Estudios Internacionales y Médicos Mexicanos por la Prohibición de la Guerra Nuclear. Recientemente, la Secretaría de Relaciones Exteriores instó al Senado de la República a superar el rezago en la ratificación de instrumentos internacionales suscritos por el Ejecutivo, precisando que suma 31, 18 de los cuales han sido firmados por la actual administración (La Jornada, 15/10/17). Uno de ellos es el Tratado para la Prohibición de las Armas Nucleares y es importante que se ratifique en el actual periodo de sesiones del Senado.

Y, ¿más allá de la ratificación? En atención a su compromiso con el tema, México podría encabezar varias acciones para acelerar el proceso del firma y ratificación. Una primera iniciativa diplomática, que podría ser emprendida en forma conjunta con Brasil, consistiría en conseguir sumar a los 33 países del Organismo para la Proscripción de las Armas Nucleares de América Latina y del Caribe (Opanal), que ya han aceptado compromisos equivalentes a los que supone el nuevo tratado. A la firma, nuestra región se dividió por mitad: 16 signaron y 17 no lo han hecho. Una primera tarea es convencerlos de que lo hagan pronto. Después, seguir el ejemplo de Guyana y ratificar. Conforme los estados nucleares y sus aliados incondicionales queden aislados, la presión política y moral sobre ellos ganará en importancia y efectividad.

Tras la concesión del premio, la representante de Trump en la ONU dijo, palabras más o menos, que no vemos razón alguna para modificar nuestra posición. Era de esperarse, el gobierno que representa no ve razón alguna, punto. Su negativa a certificar que Irán cumple con sus compromisos en el acuerdo sobre su programa nuclear, no ve ninguna de las razones aducidas por los otros proponentes del Plan Amplio de Acción Conjunta (JCPOA) –aprobado por unanimidad por el Consejo de Seguridad de la ONU como anexo operativo de la resolución– para señalar su disposición a llevarlo adelante. En este sentido, tras la incoherente declaración de Trump (cuyo texto puede leerse, no sin revulsión, en el portal de la Casa Blanca), el ministro alemán de Exteriores, Sigmar Gabriel, declaró: Como europeos unidos, nos hallamos en extremo preocupados por la decisión del presidente de Estados Unidos que puede retrotraernos a una confrontación militar con Irán (NYT, 16/10/17). La jefa de política exterior de la Unión Europea, Federica Mogherini, había puesto de relieve, sin circunloquios, la profunda ignorancia que permea la actitud del gobierno estadunidense: una resolución del Consejo de Seguridad, en especial adoptada por unanimidad –recordó– no es un tratado susceptible de denuncia; no es un instrumento que pueda ser desconocido de manera unilateral por ninguno de los miembros de la ONU, sea quien sea; es una decisión de observancia obligatoria para todos. Trump, desde luego, ignora y, si las conociera, no le importarían estas sutilezas de las relaciones y el derecho internacionales.

Continúa alargándose la lista de las acciones destructivas que constituyen la especialidad de Trump y su inefable equipo de colaboradores, en el gabinete y en la Casa Blanca. Tras afectar, entre otras, la reforma de salud de su predecesor –el Obamacare– y su Plan de Energía Limpia, principal aporte estadunidense a la lucha contra el cambio climático, se lanza ahora contra el acuerdo diplomático más importante en lo que va del siglo.

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Anexo:

Trump no es causa sino efecto de la crisis

Manuel E. Yepe – Alai

Una caricatura recién aparecida en una publicación de EE.UU. refleja la situación poco menos que de ingobernabilidad que vive esa nación. Aparece Donald Trump caricaturizado como un niño pequeño, necio e irresponsable, en el centro una gran sala de la Casa Blanca, rodeado de los principales asistentes del Presidente (asesores, ministros y jefes militares) igualmente caricaturizados. Todos están atentos a lo que haga el niño majadero para correr a enmendar sus desatinos, relegando la atención y cumplimiento de sus obligaciones propias. Ciertamente las torpezas de Trump en el desempeño de su alto cargo son cotidianas.

Son muchos los norteamericanos que se abochornan por las alusiones despectivas y prejuiciadas con que su Presidente se refiere a los musulmanes, los mexicanos, los puertorriqueños y a otros pueblos formalmente aliados de Washington muchos de cuyos nativos, en calidad de inmigrantes, forman parte de la ciudadanía de Estados Unidos. Nadie puede negar, sin embargo, que Donald Trump ha sido fiel al programa de gobierno que enarboló como candidato a la presidencia. Solo que siendo práctica habitual que los candidatos prometan cualquier cantidad de locuras en aras de atraerse los votos del sector de la población que han seleccionado como objetivo en algún segmento de su campaña proselitista, una vez electos, éstos olviden totalmente tales ofrecimientos.

Cualquier observador nacional o internacional medianamente informado en todo el mundo, salvo probablemente el propio Donald Trump, advierte que Estados Unidos es actualmente una gran potencia en crisis muy seria, probablemente terminal.

Su economía atraviesa una crisis multifactorial disimulada por el privilegio, cada vez más insostenible, de contar con la facultad de emitir unilateralmente dólares estadounidenses y que ésta sea la moneda mundial; su deuda externa e interna es la mayor del mundo; la seguridad interna está en crisis; la asistencia médica de los estadounidenses es la más inicua en el llamado primer mundo; el país es el principal consumidor de drogas adictivas y, como tal, primer culpable por las secuelas del narcotráfico en el mundo; habiendo sido actor principal de las mayores agresiones de la humanidad al medioambiente, Norteamérica ha comenzado a sufrir los efectos de una respuesta de la naturaleza que amenaza llegar a ser devastadora no solo para los pequeños países sino para todos en el planeta; se agravan y suceden con mayor frecuencia las crisis derivadas de las exclusiones sociales: la discriminación racial, de los LGTBI y de los inmigrantes; la deuda estudiantil amenaza inexorablemente el futuro del país…

Agréguense a esta lista los efectos sociales de las guerras que se libran contra varios países del Tercer Mundo, en buena medida iniciadas para satisfacer intereses exportadores de las industrias productoras de armamento y para promover el empleo frente el fenómeno de la fuga de capitales hacia países con salariales de miseria. La proliferación de bases militares estadounidenses en varios países constituye, en sí misma, presagio de situaciones tensas y difíciles de preguerra.

Todas estas crisis son de diferente origen y alcance, pero tienen en común su carácter insoluble. Ninguna surgió por culpa del actual Presidente, pero su actuación en el corto período en que ha ejercido el mando invita a pronósticos alarmantes.

En una situación como ésta muchos politólogos diagnosticarían para Estados Unidos la inminencia de una revolución o de un golpe de estado si carece de una dirigencia capaz de superar tan compleja crisis múltiple. Evidentemente, Trump no posee las condiciones requeridas para asumir esa tarea. Mucho menos si se conoce que su salud mental está siendo públicamente cuestionada por instituciones psiquiátricas y cientos de profesionales de esa especialidad que se desempeñan en los más prestigiosos hospitales y universidades.

Trump ha demostrado ser un hábil populista de derecha. Hizo tantas promesas absurdas o contradictorias para halagar a sus auditorios que puede suponerse que ni sus partidarios ni sus oponentes deben haber tomado en serio sus ofrecimientos.

A partir de Trump comenzó a hacerse evidente lo que todo el mundo dentro y fuera del país sabe hace mucho tiempo: una parte significativa de la dirección política estadounidense es xenófoba, proteccionista, racista y mal informada.

Como candidato a la presidencia estadounidense, Trump posó en algunos momentos como populista favorable a los trabajadores, se presentó como crítico del establishment y se mostró partidario de “devolver el poder al pueblo” pero bien pronto salió a relucir su compromiso con los bancos y el sector empresarial.

Trump está demostrando que los golpes de pecho sobre el “liderazgo de Estados Unidos” y el eslogan de “América primero” no hacen a los estadounidenses más seguros y ni más prósperos. Octubre 17 de 2017.  (Publicado originalmente en el diario POR ESTO! de Mérida, México. Blog del autor: http://manuelyepe.wordpress.com/)

 

 

 

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