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“Una Catalunya independiente sería menos soberana que ahora”

Oct 18 2017

Lluís Amiguet – La Vanguardia

Paul de Grauwe, catedrático de Política Monetaria en la London School of Economics
¿Edad? Suficiente para saber que la experiencia enseña. Soy belga: dicen que lo mejor de Bélgica es que es fácil salir de ella; a mí me gusta. También vivo en Londres: allí puedo comprar a cualquier hora. Soy abuelo: disfruto de niños sin pagar su coste. Los nacionalismos siempre han acabado enfrentándonos

Los actores dominantes en el conflicto catalán reducen las opciones a dos casillas: o con el Gobierno y su inmovilismo legalista o con el Govern y por la independencia. En cambio, los expertos que entrevisto siempre eligen una tercera casilla, que sería la que menos daños causaría: ni sí ni no, sino una salida pactada con concesiones mutuas.

 

DeGrauwe explica que esas salidas suelen disgustar a todos, porque consisten a menudo en meros apaños ineficientes y hasta absurdos, pero que van permitiendo a los belgas, por ejemplo, salvar su Estado. Y aquí siempre resultarían menos dañinos que la independencia fuera de la UE –un desastre para Catalunya durante décadas– o la imposición de la ley sin acuerdo y con coerción indefinida.

¿Una Catalunya independiente tendría euro?

Para empezar, creo que ya está claro que una Catalunya independiente no sería admitida en la Unión Europea.

¿Podría ser admitida más adelante?

“Más adelante” son décadas fuera de la UE. Si se produjera algún día ese ingreso, los catalanes de hoy no vivirían lo bastante para verlo.

¿Por qué está usted tan seguro?

Porque si reconocieran a Catalunya, países como Francia arriesgarían su propia integridad territorial, ya que tiene su propia región catalana. Además, otras regiones de la UE querrían ser como Catalunya. Es una amenaza para todos los estados. Por eso, ninguno emite ni una señal de complicidad con los independentistas.

¿Y si Catalunya burlara a España hasta ser independiente fuera de la UE?

Entonces su flamante banco central catalán debería o emitir moneda propia o utilizar el euro.

El independentismo aún habla del euro.

Pues sólo podría usarlo como hoy Kosovo: sin que el Banco Central Europeo garantizara su sistema financiero. Es decir, si hay una crisis bancaria en Kosovo o la hubiera en esa Catalu- nya, el BCE no podría ayudarles. Eso dejaría su sistema en precario y haría muy arriesgada la inversión en Catalunya.
Supongamos que fuera muy solvente.

También sufriría la paradoja de la independencia en la Europa de las soberanías compartidas: cuanto más independiente eres formalmente, menos capacidad de decisión real tienes.

No sé si le sigo.

Es una paradoja como la de Condorcet. Mire aquí la fórmula: la democracia no siempre garantiza la elección más democrática.

¿Cuál es la paradoja de la independencia?

En la Europa de hoy estar fuera de la UE supone parecer más independiente, pero en la práctica es ser mucho más dependiente que dentro.

¿Por qué?

Fuera del euro, lo que daría más estabilidad al sistema financiero de la Catalunya independiente sería que todos sus bancos fueran extranjeros –también españoles– para así tener el apoyo del BCE u otro banco central fuerte.

¿O sea que Catalunya tendría menos poder monetario y bancario que ahora?

Tendría más apariencia de independencia, pero menos soberanía efectiva que hoy, porque ahora los ciudadanos y partidos catalanes tienen influencia en el Banco de España y, a través de él, en el BCE. Y esa influencia la perderían.

Parece contradictorio.

Y esa paradoja de más independencia pero menos poder de decisión real se repetiría una y otra vez en otros ámbitos, lastrando su economía y su prosperidad y nivel de vida.

¿Por qué tiene que ser así?

Porque mientras exista la UE, dentro pierdes una parte de soberanía propia y ganas la compartida; fuera, no pintas nada, aunque te quieras creer más soberano e independiente. El Catexit se parece mucho al Brexit en ese punto.

Hay diferencias de tamaño.

Efectivamente, el Reino Unido tiene 60 millones de habitantes y soportaría mejor no tener acceso al mercado único europeo. Catalunya no tendría acceso ni siquiera al español: tras la euforia inicial de las banderas y los himnos, el desastre real sería mayúsculo.

¿Los partidarios del Catexit y los del Brexit también se parecen?

Los dos se basan en los mismos tres mitos: un enemigo exterior (UE para el Reino Unido; España para los catalanes), la supuesta voluntad mayoritaria del pueblo (en realidad tanto británicos como catalanes están divididos al respecto) y la fantasía de que el Brexit o el Catexit les daría herramientas propias para desarrollar su pleno potencial. Es el nacionalismo mágico.

¿Hay nacionalismos parecidos en la UE?

Aquí, en Bélgica, el nacionalismo flamenco no deja de repetir fantasías por el estilo: que los valones no trabajan y que si los flamencos pudieran quedarse con el fruto de su duro trabajo y su creatividad, serían una nación ubérrima y feliz.

¿Y si el Gobierno central juega la carta de asfixiar a Catalunya económicamente?

Sería otro error, porque sólo lograría cohesionar al independentismo en su victimismo. El Gobierno español también peca de nacionalismo cuando se limita a aplicar respuestas legalistas, que son insuficientes, y no hace política práctica. Debe ser flexible –eso no implica ceder en lo esencial– y acordar salidas ya.

¿Qué sugiere?

Los belgas buscamos apaños: a veces imperfectos, como la descentralización del control del tráfico, y otros poco funcionales, pero que superan enfrentamientos. Tampoco hay soluciones mágicas para evitar la ruptura de un Estado.

¿Y si el Gobierno se niega a negociar nada?

Debe haber más actores. Los independentistas no han conseguido nunca mayoría de votos legalmente, pero si sólo Madrid sigue representando a la mayoría de catalanes no independentistas, al final estos dejarán de ser mayoría.

¿Por qué?

Porque esa dinámica favorece al independentismo: los no independentistas deben coordinarse también y hablar de tú a tú con el Govern.

¿Le preocupa a usted el Catexit?

Tanto como el Brexit : son fruto de pulsiones nacionalistas que siempre llevan al desastre.

Pero hoy ya no son violentas.

No le compro eso. Si no las desactivamos, acabarán siéndolo.
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Anexo:

Cataluña: gasolina al fuego

Editorial – La Jornada

El encarcelamiento por cargos de sedición contra Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, presidentes de las organizaciones independentistas Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural, respectivamente, no es sólo una aberración jurídica sino también una imprudencia política mayúscula en el contexto de la tensión entre Madrid y Barcelona por los pasos hacia la independencia emprendidos por la Generalitat, (el gobierno autónomo de Cataluña), y el Parlament (legislativo local). Como era de esperarse, las imputaciones penales contra esos líderes secesionistas y contra funcionarios como el jefe de los Mossos d’Esquadra (policía regional), Josep Lluís Trapero –quien se encuentra en libertad condicional– han generado rápida y masiva reacción social en Cataluña. Ayer, unas 200 mil personas salieron a las calles de Barcelona para exigir la liberación de quienes pueden considerarse, desde cualquier punto de vista, prisioneros políticos del gobierno español.

En efecto, las imputaciones por sedición formuladas por la fiscalía y aceptadas por una juez de la Audiencia Nacional de España, pretenden responsabilizar a Sánchez y Cuixart por la retención, entre el 20 y el 21 de septiembre pasados, de funcionarios enviados por Madrid a Barcelona con el propósito de detener personas y catear oficinas en las que se sospechaba que se estaba organizando el referendo independentista del primero de octubre siguiente. Asimismo, se les acusa por los daños que tuvieron algunas patrullas policiales y de obstruir la acción de las autoridades. Sin embargo, en esas fechas los hoy encarcelados se limitaron a convocar manifestaciones pacíficas en protesta por lo que era ya una política represiva y persecutoria del gobierno de Mariano Rajoy contra el independentismo catalán.

La torpeza y el autoritarismo del régimen madrileño han desembocado plenamente en el empeño de resolver un conflicto social y político de larga historia por la vía judicial y po- licial y han cerrado las vías consustanciales a la democracia, que son el diálogo, la negociación y las elecciones. Con ello, Rajoy no sólo ha exacerbado y fortalecido los ánimos de los sectores secesionistas de Cataluña, ya claramente mayoritarios desde antes que el referendo del primero de octubre lo confirmara, sino que ha llevado al Estado español a criminalizar y perseguir las disidencias políticas, con lo que lo coloca en una situación impresentable en el contexto de la Unión Europea.

Para colmo, el régimen madrileño se apresta a aplicar el artículo 155 de la Constitución, que establece la toma temporal del control de la comunidad autónoma de Cataluña y, previsiblemente, la sustitución de sus autoridades legítimas y su remplazo por funcionarios impuestos desde La Moncloa; ello conduciría, inevitablemente, a un recrudecimiento de la crisis y a un alejamiento de posibles soluciones negociadas y pacíficas.

En suma, si el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, llevó el proceso independentista por una ruta aventurada e inconveniente, la imprudencia y la ceguera autoritaria de Rajoy pueden causar ahora un desastre institucional de graves proporciones para toda España. Porque una cosa es segura: los métodos policiales, judiciales y represivos no van a disuadir de su postura a los millones de catalanes que anhelan la independencia de su país.

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