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El Holocausto en Polonia

Mar 23 2018

Jan Grabowski *

La campaña nacionalista en Polonia está logrando alterar la percepción de la persecución y el exterminio de judíos, lo que necesariamente involucró o afectó a todos los polacos porque sucedió literalmente delante de sus casas

El 25 de enero de 2018, en la víspera del Día Internacional de las Víctimas del Holocausto, el Parlamento de Polonia aprobó una ley que prohíbe utilizar la expresión “campos de concentración polacos” y, sobre todo, que prevé penas de prisión de hasta tres años por “atribuir falsamente los crímenes de la Alemania nazi a Polonia”.

Algunos se molestaron con la parte de los campos de concentración polacos, pero lo importante era el claro intento de los parlamentarios de ahogar el debate sobre la historia del Holocausto. Ante las críticas, las autoridades polacas se pusieron primero a la defensiva y luego pasaron al ataque. Para entender lo ocurrido debemos retroceder un poco.

Hace exactamente 50 años, las autoridades comunistas de Polonia emprendieron una cruel campaña antisemita que expulsó al exilio a los últimos judíos supervivientes del país. Los medios de comunicación se llenaron de grandes exclamaciones, “¡Los sionistas a Sion!”, y el primer secretario del Partido Comunista exigió que los judíos polacos se apartaran de los puestos de autoridad, que exigían “cierto grado de patriotismo polaco”. Los llamados “sucesos de marzo de 1968” fueron una de las poquísimas campañas de propaganda comunista que encontraron eco en la sociedad polaca. Por desgracia, el antisemitismo siempre ha sido un elemento, quizá incluso un elemento constituyente, de la cultura polaca. Los sentimientos antisemitas, que ya eran fuertes antes, se reforzaron aún más durante la guerra, y siguieron siendo importantes después, incluso cuando la comunidad judía en Polonia desapareció. Una de las características del antisemitismo es que puede persistir y prosperar durante generaciones, incluso aunque no haya judíos.

Se han construido relatos como el de lo sucedido en Markowa pensados para lavar conciencias

La caída del comunismo en 1990 introdujo la democracia y la era de la sociedad abierta, pero también los demonios del pasado. Los optimistas, sin embargo, decían que el tiempo y la educación los eliminarían. La prueba de fuego llegó en 2001, con la publicación de Vecinos, de Jan T. Gross, un estremecedor relato sobre los habitantes de un pueblo polaco que asesinaron a sus vecinos judíos en 1941. El libro desató un tremendo debate y mucho examen de conciencia. El mito de la inocencia nacional, de la superioridad moral de nuestros antepasados frente a unos enemigos más fuertes y despiadados es uno de los rasgos definitorios de la identidad nacional polaca. Reconocer la complicidad con el Holocausto es poner en tela de juicio las convicciones de millones de polacos. Pero la realidad histórica es más compleja que la visión idealizada de toda esa gente. Y esas verdades desagradables, incómodas e indignantes están asociadas en su mayoría al Holocausto. Puede ser útil hacerse unas cuantas de esas “preguntas incómodas” que los nacionalistas polacos desean evitar. Por ejemplo, sobre el grado de complicidad de ciertos sectores de la sociedad polaca con los alemanes en el genocidio de los judíos: como explicó Jan Karski en su informe de 1940 para el Gobierno polaco en el exilio, el odio a los judíos formó “un estrecho puente en el que se encontraron los alemanes y grandes sectores de la sociedad polaca”. O sobre el robo masivo de bienes judíos por parte de sus vecinos polacos. O sobre el papel de la letal Policía Azul polaca y los destacamentos de bomberos voluntarios en la liquidación de los guetos y la persecución de los judíos fugados y desesperados. ¿Qué formas de control social permitieron mantener los guetos abiertos y semiabiertos en provincias sin seria presencia alemana?

Fuera de Polonia, pocos recuerdan que allí había más de tres millones de judíos y que su exterminio se produjo delante de 20 millones de polacos. Que ser espectador indiferente no era posible: el Holocausto involucró o afectó a todos los polacos porque sucedió literalmente delante de sus casas. Negar este simple hecho, no reconocer el pasado, es uno de los principales motivos de que ahora pretendan regular la historia a base de leyes.

Tres millones de judíos polacos fueron exterminados ante 20 millones de compatriotas

En la primera década de este siglo, el relato nacional polaco abordó las complicadas relaciones con los judíos de diversas formas, en general con el propósito de que dejara de representar una amenaza para la conciencia nacional, tranquila y triunfante. La matanza de Jedwabne, por ejemplo, se presentó como un acto aislado, una aberración. Las autoridades construyeron, reforzaron y difundieron el mito de los buenos polacos que salvaron judíos y pretendieron hacer creer que el extraordinario comportamiento de aquellos pocos valientes fue lo normal durante la guerra, la actitud habitual de la sociedad polaca. Es una falacia histórica que choca con las abrumadoras pruebas existentes en contra: los buenos polacos tenían terror a los alemanes, pero todavía más a sus vecinos. La sociedad polaca sentía escasa simpatía por los judíos, y los que ofrecían refugio a los judíos sabían que no contaban con el apoyo de los demás. Al contrario, tuvieron que hacer frente a la hostilidad general y a las denuncias frecuentes y mortales. La exclusión y el miedo de los buenos polacos no terminaron en 1945, con la liberación. El hecho de que, todavía en los años noventa, muchos pidieran que los premios que se les otorgaban permanecieran secretos, para que sus vecinos no se enteraran, es significativo. A los nacionalistas les da igual: hace un año, las autoridades polacas inauguraron un Museo de los Polacos Justos en Markowa, dedicado a la memoria de la familia Ulma, que acogió a varios judíos. El museo cuenta bien la historia, pero no menciona que, mientras los Ulma escondían a los judíos, sus vecinos de Markowa y otros pueblos vecinos registraban áticos, sótanos, cobertizos y establos en busca de los judíos ocultos. Cuando los encontraban, los golpeaban, los robaban, los violaban y los entregaban a los alemanes para ser ejecutados. Esta historia, de acuerdo con la “política historiográfica” polaca, no se cuenta.

Las consecuencias de ese relato pensado para lavar conciencias y servido a un país bien dispuesto se vieron muy pronto, aunque no se reconocieron. Según una encuesta de 2015, la mayoría de los polacos relaciona Auschwitz con el sufrimiento de los polacos, no de los judíos. Otro sondeo del mismo año entre estudiantes de bachillerato averiguó que la mitad creía que Jedwabne (el lugar en el que los habitantes polacos encerraron a sus vecinos judíos en un establo y los quemaron vivos) era un sitio en el que los nazis habían matado a los polacos que ayudaban a los judíos. Es difícil encontrar un ejemplo más notorio de burla de la historia del Holocausto. Como es difícil encontrar un ejemplo mejor de campaña nacionalista que haya logrado alterar la memoria pública de aquella trágica época. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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*Jan Grabowski es catedrático de Historia del Holocausto en la Universidad de Ottawa. Artículu publicado en sección TRIBUNA de EL PAÍS,  23 MAR 2018

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Anexo:

El Testamento de Jedwabne

 

Por Eduardo Wolovelsky*

Por una de esas ironías de la creación artística, casi al mismo tiempo en que Página/12 publicaba el artículo sobre el pogrom en Jedwabne –que dio lugar a la virulenta reacción del gobierno polaco– se estrenaba la película El testamento, que en estas semanas sigue en cartel en el Cine Cosmos UBA. La simetría entre el negacionismo austríaco y el polaco (y tantos otros negacionismos, y no sólo sobre el Holocausto) motivó esta reflexión sobre la necesidad de aceptar la propia historia, incluso con lo que uno preferiría no aceptar, como única forma de construir y preservar  la propia identidad.

“Nos están pidiendo que entreguemos lo más preciado que tenemos: nuestros niños y mayores…. He vivido y respirado rodeado de niños, nunca imaginé que tendría que realizar este sacrificio en el altar, con mis propias manos. En mi vejez me veo obligado a estirar mis manos y rogaros: ¡Hermanos y hermanas! ¡Dádmelos! Padres y madres: ¡Entregadme a vuestros hijos!”

Debo olvidar estas palabras porque son dolorosas y lacerantes. No soy responsable por ellas, pero no puedo negarlas, porque forman parte de mi compleja identidad histórica. El discurso que el 4 de septiembre de 1942 pronunció Chaim Rumkowski, presidente del consejo judío del Guetto de Lodz, para justificar la selección de quienes deberían ser deportados, seguirá allí, obligándome a reconocer que también mi historia es contradictoria.

La historia persiste: no se decreta ni se anula aunque los gobernantes lo intenten a través de decretos o leyes. La historia se investiga, se debate, pero no se legisla. Negarla es una ilusión, porque volverá de contrabando. En este sentido, la decisión del gobierno polaco de penalizar todo vínculo entre sus ciudadanos y el Holocausto está condenada al fracaso. Aún si lo quisiéramos, no podríamos pactar ni con el olvido, la negación o el engaño; a diferencia del diablo, no pueden darnos lo que prometen, ni siquiera si les entregamos el alma.

La verdad puede ser dura, pero señala caminos más firmes. En la película israelí El testamento, Yoel Halberstam es un historiador del Holocausto que no elude su obligación para con la evidencia. Desea encontrar la fosa que oculta los doscientos cuerpos de los judíos masacrados en los campos de Langsdorf, en marzo de 1945, por los pobladores locales. Langsdorf queda en Austria, no en Polonia. Pero la historia que se desgrana en la pantalla es análoga. Yoel debe hacer frente al negacionismo del gobierno y de los vecinos sobre los hechos ocurridos. Pero su búsqueda del lugar de la fosa revela, inesperadamente, aspectos del Holocausto vinculados a su vida personal, y él mismo deberá decidir si aceptar o negar lo que ahora sabe.

Como Halberstam, las nuevas generaciones, sin ser responsables por lo sucedido, deben asumir el difícil legado de su historia. De las acciones de sus predecesores, gente común, muchos de ellos sus parientes directos. Incluso cuando, como en Jedwabne, dieron rienda suelta a sus prejuicios y odios personales participando de brutales matanzas cuando el poder se los permitió, incluso para obtener ventajas económicas.

La proyección de la película El testamento llega su fin. Se encienden las luces del Cine Cosmos UBA. Reflexiono sobre la decisión del protagonista, Yoel  Halberstam, y pienso en mi propio compromiso con lo hecho por Rumkowski. Y repaso las vanas y trágicas promesas, tan seductoras para muchos, de que olvidando el pasado, por decreto, por ley, por la fuerza de la falsedad y la propaganda o acusando a “otro” que vino antes por lo sucedido, nos espera un futuro brillante.

Nuestra esperanza sobre el porvenir solo puede cimentarse plantando cara a la historia, por doloroso que esto sea. Con esta perspectiva decido que mañana debo volver al Cosmos para recuperar otro relato, otra historia personal sobre el Holocausto, tal como se narra en la película argentina El último traje. El cine ilumina más allá de la propia pantalla.

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* Escritor, docente, experto en comunicación de la ciencia. Autor de los libros Iluminación y El siglo maravilloso. En sección Opinión, Página12, Argentina

 

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