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El terremoto italiano que sacude a la UE

May 25 2018

Gabriela Cañas – El País

El empobrecimiento ha aumentado el pesimismo y el euroescepticismo de la sociedad

Un sentimiento profundo se ha ido abriendo camino en Europa desde la última década del siglo pasado: los hijos de hoy no vivirán mejor que sus padres. Las economías ya no crecen al mismo ritmo que antes, el paro se ha cebado en los jóvenes, sobre todo debido a la Gran Recesión, y las reformas laborales han aumentado la precariedad hasta el punto de que tener trabajo no significa salir automáticamente de la pobreza y la exclusión. Pero ni la crisis iniciada en 2007 ni la posterior recuperación ha sido igual para todos e Italia es uno de los que peor parado ha resultado. ¿Tiene ello que ver con el hecho de que los italianos hayan puesto sus expectativas en dos partidos populistas y antieuropeos?

El pesimismo se ha instalado en la sociedad italiana. Su PIB per cápita sigue siendo casi tres veces el de la media mundial, pero el empobrecimiento es rampante y la riqueza recula hasta el punto de que, según el FMI, España ya le está superando (en renta por habitante). Ir a mejor es sencillo; ir a peor suele ser traumático. Entre 2006 y 2016 ha sido una de las economías europeas que menos creció. Y mientras aumenta la exclusión social, los italianos han comprobado la ineptitud de sus autoridades para prevenir y gestionar terremotos y han visto llegar a sus costas decenas de miles de inmigrantes, un fenómeno que los ciudadanos perciben de manera distorsionada. Según el último Eurobarómetro, los italianos creen que una cuarta parte de la población es extranjera cuando la realidad es que el porcentaje es solo del 7%. Es la sociedad europea más alarmada por la inmigración.

Hace un año, mucho antes de que el Movimiento 5 Estrellas (M5S) y La Liga ganaran las elecciones e incluso planearan salir del euro, el analista francés Nicolas Baverez advertía: “Italia es el principal riesgo que se cierne sobre la UE y la eurozona”. El mismo Eurobarómetro lo confirma: los italianos son los que menos perciben las bondades de estar en la Unión y son, junto con los griegos, los que menos confían en que el club camine por la buena senda. En resumen, son especialmente euroescépticos. En este terreno están a la altura de los húngaros, los polacos, los británicos y los eslovacos.

Lo sencillo es culpar de todo ello a los políticos. El récord de inestabilidad política y de desgobierno que ha sufrido tradicionalmente Italia no ha ayudado. En ese sentido, la opción de catapultar al poder a nuevas formaciones como el M5S es un resultado lógico y de protesta contra los partidos tradicionales. Más complejo es entender por qué la desazón social termina revolviéndose contra la Unión Europea como si esta fuera la causa principal de sus males. Es seguro que las instituciones comunitarias tienen amplio margen para mejorar su acción política, pero lo cierto es que el sentido crítico de los italianos respecto a ellas se dispara mientras la media europea recupera su confianza.

La UE vive una crisis profunda que está erosionando la periferia: Reino Unido, el grupo de Visegrado, los nórdicos… Italia toca directamente su corazón. El Tratado de Roma alió a naciones devastadas por la guerra que durante décadas solo conocieron el progreso. Adaptarse a la nueva realidad puede llegar demasiado tarde. Sobre todo, para los italianos. 25 MAY 2018 

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Anexo:

 El nuevo Gobierno de Italia podría hacer temblar el Euro

La República, Bogotá

El programa del M5S (en italiano, Movimento 5 Stelle) y la Liga incluye suficientes puntos para provocar un conflicto con la Unión Europea

Italia no es Grecia. Pero no todas las diferencias son alentadoras. Su economía es diez veces mayor. Su deuda pública de 2,3 billones de euros es siete veces más grande; es la mayor de la eurozona y la cuarta mayor del mundo. Italia también es demasiado grande para caer y puede ser demasiado grande para rescatarla. La pregunta es si su nuevo Gobierno desatará una crisis y, en ese caso, qué podría ocurrir a continuación.

Por el momento, el nerviosismo en los mercados no es muy alto. El lunes, la rentabilidad sobre los bonos públicos italianos a 30 años era sólo 220 puntos básicos mayor que los niveles alemanes, con rendimientos del 3,4%. Esta cifra es muy inferior a los diferenciales récord de 467 puntos básicos y el pico de rentabilidad del 7,7% registrados en 2011. Por desgracia, la situación podría empeorar mucho.

Según el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, en ningún estado miembro de la Unión Europea, a excepción de Grecia, se erosionó tanto la sensación de “cohesión” de los ciudadanos con la UE entre 2007 y 2017 como en Italia. Este último año, su posición según este criterio se había hundido al puesto 23 de 28 miembros.

Esto no es consecuencia sólo de la crisis económica. Entre 1997, cuando se estableció la eurozona, y 2017, el producto interior bruto per cápita real de Italia creció un 3% -menos que el de Grecia-. Los italianos también sienten que se les ha abandonado para que afronten prácticamente solos su crisis migratoria.

Muchos italianos, en resumen, se sienten distanciados de la UE. También desdeñan a su clase dirigente. Esta es la causa de que un Gobierno intelectualmente incoherente de populistas de izquierdas y de derechas haya ganado el poder, los primeros con más fuerza en el Sur, y los últimos en el Norte -una división que explican las profundas divergencias económicas.

Este desorden es responsabilidad tanto de Italia como de la UE. Esta última no ha logrado alcanzar el objetivo de inflación ni generar una demanda adecuada. Esto ha dificultado lograr los necesarios ajustes postcrisis en la competitividad. La negativa de Alemania a reconocer que esto supone un problema ha empeorado mucho más las cosas. Pero los italianos tampoco entendieron la necesidad de efectuar reformas económicas e institucionales radicales para que Italia progrese, sobre todo dentro de una unión monetaria con Alemania.

Puede ser demasiado tarde. La espiral de populismo se desarrolla de este modo: votantes descontentos; promesas irresponsables; malos resultados; votantes aún más descontentos; promesas todavía más irresponsables; y peores resultados. La historia no ha terminado. Puede no haber hecho más que empezar.

El programa común del Movimiento 5 Estrellas y la Liga contiene suficientes puntos para provocar un conflicto con la UE y la eurozona: un aumento del gasto, impuestos más bajos y ataques a las normas fiscales y monetarias de la eurozona. Bruno Le Maire, el ministro de Finanzas francés, ya ha hecho sonar las alarmas. Matteo Salvini, el radical líder de la Liga, respondió enérgicamente: “No pedí los votos… para seguir por una senda de pobreza, precariedad e inmigración: ¡Los italianos primero!”.

Pensar que los acreedores mandarán supondría caer en la autocomplacencia. Si el nuevo Gobierno rompiese las normas, el Banco Central Europeo no podría ayudarlo. De producirse un conflicto, la inestabilidad financiera metería en cintura a los italianos. Pero eso sólo ocurriría si los italianos no estuviesen dispuestos a recurrir a la herramienta del impago. A finales de 2017, 686.000 millones de euros de bonos públicos italianos (el 36%) estaban en manos de no residentes. Es más, en marzo de 2018, el Banco Central italiano debía a sus socios -sobre todo al Bundesbank- otros 443.000 millones de euros en el sistema “TARGET2”. En la actualidad, las posiciones de deudores y acreedores dentro del Sistema Europeo de Bancos Centrales sobrepasan su escala durante la crisis de 2012.

Si Italia impagase, los daños podrían ser enormes. No obstante, incluso esto ignora un impacto económico, y también político, mayor. Italia resultará más difícil de presionar que Grecia, sobre todo porque el “Italexit” es una propuesta obviamente mucho más peligrosa que el “Grexit”.

Por lo tanto, ¿qué podría ocurrir? Una posibilidad es que Giuseppe Conte, el candidato propuesto como primer ministro, lidere un Gobierno convencional. El Ejecutivo reculará ante el olor de la pólvora. Pero también es posible que persista en sus políticas, desatando el pánico en torno a la deuda y los bancos italianos. Sin el apoyo del BCE, esto podría imponer limitaciones a la transferencia de dinero de los bancos fuera del país o a su conversión en liquidez. Italia quedaría a todos los efectos fuera de la eurozona.

Esto representaría una crisis monstruosa. ¿Daría entonces marcha atrás el Gobierno? Una vez más, es probable que lo hiciese. Pero el daño causado a la confianza podría tardar años en compensarse. La economía italiana perdería su limitado ímpetu, e invertiría su tendencia. La salida de capital, personas y empresas podría ser devastadora. Teniendo todo esto en cuenta, otras elecciones podrían dar lugar a la emergencia de un Gobierno aún más radical o, en el peor de los casos, la unidad de Italia podría ponerse en entredicho.

¿Quedaría contenida la crisis en Italia? Una vez más, posiblemente. Sin embargo, una crisis grave también podría afectar a otros países. Cabe señalar que España también ha acrecentado sus deudas dentro del sistema Target 2 del BCE. La presión sobre la eurozona podría ser considerable: reformarse o morir.

En 1991, dije sobre la unión monetaria: “Los esfuerzos por unir a los estados pueden derivar, en cambio, en un enorme aumento de las fricciones entre ellos. De ser así, se cumpliría la definición clásica de tragedia: Hybris (arrogancia), Ate (locura), Némesis (destrucción)”.

Muchos italianos culpan a Europa de sus apuros. Puede que resulté injusto, pero es inevitable, ya que muchas de las decisiones que les afectan ahora se toman en Europa. El intento de liberarse de la camisa de fuerza, por el que han votado ahora, parece condenado al fracaso. Pero eso no solucionará la crisis. Podría incluso empeorarla a largo plazo. Hasta que Italia no recupere la prosperidad, su política y su posición en Europa seguirán siendo frágiles. Todo puede suceder.

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