El ‘trumpismo’ pisa fuerte en Europa


Gabriela Cañas – El País

El presidente acude la cumbre de la OTAN tras sus continuas soflamas antieuropeas y contra la inmigración

Ningún otro país colaboró tanto tras la Segunda Guerra Mundial con Europa para pacificar y reunificar el continente como Estados Unidos. Ningún otro presidente de Estados Unidos ha alentado tanto la división de Europa en los últimos setenta años como Donald Trump. Los peores augurios sobre la relación transatlántica que se percibían antes de su llegada a la Casa Blanca se han ido cumpliendo uno a uno un año y medio después de iniciado su mandato. El extravagante millonario americano se ha regocijado con dos de los asuntos que más perturban en este momento a los europeos: el Brexit y la inmigración.

A las palabras altisonantes contra Europa le siguieron decisiones hostiles que han terminado por abrir una brecha profunda en las relaciones transatlánticas. Hoy y mañana en la sede de la OTAN Trump tensará la situación con sus exigencias a los socios europeos de que eleven sus presupuestos de Defensa hasta alcanzar el 2% del PIB acordado hace cuatro años. Pedro Sánchez fue uno de los mandatarios de los 29 países miembros que recibió la misiva en la que urgía a cumplir el compromiso. Paradójico argumento para el político que se ha retirado unilateralmente del acuerdo climático de París y del nuclear con Irán y que, además, ha impuesto tasas al acero y el aluminio del Viejo Continente. Proclamar que le será más fácil entenderse con Vladímir Putin, con el que se reúne el lunes próximo, que con sus aliados europeos en Bruselas es una clara advertencia del ambiente irrespirable que se puede vivir estos dos días. “Estados Unidos sigue pagando por la defensa de Europa mientras que la economía del continente va bien y los desafíos de seguridad abundan”, decía en la carta la Casa Blanca. “Esto es insostenible”.

Los daños que está sufriendo la Unión Europea van, sin embargo, más allá de la brecha transatlántica o quizá debido a ella. Conviene recordar que, como presidente, Polonia fue el país elegido por Trump para su primera visita bilateral a Europa. Para entonces, la deriva eurófoba y autoritaria de Varsovia estaba ya en marcha. El inquilino de la Casa Blanca nunca simpatizó con el proyecto europeo, constituido, dice, para aprovecharse de Estados Unidos. A veces incluso pregunta, asombrado, si la UE sigue en pie. Una cuestión cada vez más pertinente, toda vez que a la fosa atlántica se ha añadido otra línea divisoria que amenaza con partir la Unión por la mitad. A la deriva polaca se han unido los Gobiernos ultranacionalistas de Italia, Hungría, Austria, República Checa y Eslovaquia.

El nacionalismo de Trump y su declarada guerra a la inmigración goza de un importante éxito en esos países que hoy tanto preocupan a Bruselas. Hace solo diez días, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, aplicaba a su país el concepto trumpiano del America First: “Hungría seguirá siendo un país de húngaros y no será jamás un país de migrantes”.

————————-

Anexo:

La noticia es el dinero a Libia, no un barco lleno de inmigrantes

Lucila Rodríguez-Alarcón*

Este martes Italia denegaba el acceso a sus puertos al carguero mercante Vos Thalassa, que llevaba a bordo a 66 inmigrantes recogidos en una embarcación a punto de naufragar en aguas mediterráneas. La semana pasada se confirmaba el cierre de puertos en Italia y Malta a embarcaciones de onegés de rescate en el Mediterráneo. El vicepresidente italiano, Matteo Salvini, daba inmediatamente unas declaraciones tajantes: “Mientras siga habiendo gente que ayude a los traficantes a hacer su trabajo, los viajes seguirán y con ellos las muertes. Y estoy harto de ver a gente inocente morir. Hay que dejar que las autoridades libias, reconocidas internacionalmente, hagan su trabajo.”

Salvini tiene razón. Es cierto que los viajes en patera los organizan mafias que se lucran metiendo a centenares de personas en barquitos que apenas tienen capacidad para albergar a unas decenas. Es cierto que las autoridades libias, que forman parte de un gobierno fallido, cuentan con el reconocimiento y el apoyo internacional liderado por la Unión Europea. Es cierto que si el total de las barquitas se hundieran o fueran rescatadas por los guardacostas libios, llegaría un momento en que dejarían de salir.

Las oenegés se empeñan en solicitar que se cumpla la obligación de socorro en el mar y otras hablan de ayuda humanitaria. Pero la respuesta oficial siempre es la misma: no se trata de omisión de socorro, se trata de que esa ayuda la brinden nuestros compañeros libios, que para eso les pagamos. Y les pagamos mucho dinero. El pasado viernes la Comisión Europea aprobó una inversión adicional en Libia de 29 millones de euros para “la protección de los refugiados y los migrantes en los puntos de desembarco, los centros de internamiento, las zonas desérticas del sur y las ciudades.”

Efectivamente Libia tendrá más dinero para controlar sus costas y para hacer más campos, de esos que Macron, Pedro Sánchez y Salvini consideran indispensables para gestionar los flujos migratorios que tanto asustan al desinformado electorado, y al resto del tejido social de nuestro continente. Y así la Union Europea está financiando ayuda humanitaria delegada a un país que está siendo estudiado en el marco de una posible declaración de crímenes de lesa humanidad. No existe duda alguna de que en Libia se está torturando, esclavizando, asesinando a los inmigrantes que llegan, de modo que, siguiendo una sencilla regla de tres, no debería existir ninguna duda de que la Unión Europea está pagando para que se torture, se esclavice y se asesine a los inmigrantes que llegan a Libia.

En realidad los gobiernos de la Unión Europea lo tienen muy claro. Los 29 millones de euros para Libia forman parte de los recién aprobados 90,5 millones  que vienen a añadirse a los millones ya invertidos hasta la fecha para que Libia, Túnez y Marruecos eviten los movimientos de inmigrantes. Ese dinero sale de las arcas públicas que alimentamos todos los ciudadanos con nuestros impuestos. Paradójicamente, muchos de esos ciudadanos también invierten grandes cantidades de su dinero en financiar a terceros, organizaciones cuya finalidad es socorrer a los que lo necesitan y/o defender los derechos más básicos de aquellos más débiles, que son los afectados directos de estas políticas inhumanas de gestión migratoria. Pero las organizaciones subcontratadas para hacer el bien solo tienen capacidad para poner parches. La única forma real de acabar con estas muertes, sufrimientos e injusticias es aceptar que las personas hemos migrado siempre y lo seguiremos haciendo, aceptar que la migración forma parte de la esencia misma del desarrollo y la evolución de nuestra raza humana y, sobre esta base, plantear políticas migratorias que gestionen los flujos de personas desde el respeto más profundo de los derechos humanos. Amén.

—————–

*Directora de la Fundación porCausa. Ingeniera agrónoma y especialista en Comunicación Política y Gestión de Crisis, ha dirigido la comunicación de Oxfam Intermon. En Público.es , 11.07.18