General

Larga convalecencia

Ago 22 2018

Editorial – El País

La austeridad no fue adecuada para Grecia sino una forma de escarmiento

Grecia ha recibido formalmente el alta médica tras ocho años de ingreso en una unidad de vigilancia intensiva y 350.000 millones de euros comprometidos para atender sus deudas con los acreedores oficiales, pero el país sigue convaleciente. Y cuestionados los responsables de ese rescate excepcional.

Que el país pueda acceder a los mercados financieros para satisfacer sus necesidades de financiación no significa que vaya a hacerlo en condiciones normales, ni que pueda descartarse una recaída en sus problemas de solvencia. La deuda pública que motivó su intervención y el rescate financiero más amplio de la historia económica ha pasado a ser del 180% del PIB, desde aquel 120% de 2010. Atender su servicio va a seguir exigiendo la asignación de una magnitud considerable de recursos públicos que no podrán cubrir necesidades esenciales de la población. Por eso el propio FMI ha reclamado quitas adicionales por parte de los acreedores.

Aquel salvamento concertado por la conocida troika —la UE, el BCE y el FMI— exigió como contrapartida la aplicación de unas severas políticas de austeridad presupuestaria que sumieron a esa economía en la mayor depresión de su historia, hasta el punto de que todavía hoy la renta por habitante está muy por debajo de la de 2010. Además de la contracción de la actividad económica, la austeridad a ultranza es la responsable del elevado desempleo y, en última instancia, de las dificultades para avanzar en el saneamiento de las finanzas públicas. La lentitud de ese último, a través de la exigencia de aumento en el saldo presupuestario primario (excluidos intereses), además de costoso, no va a ser suficiente para que los inversores externos recuperen rápidamente la confianza y con ello las entradas de recursos financieros extranjeros al país con la intensidad suficiente para aliviar el servicio de la deuda. El futuro inmediato no va a favorecer la normal actividad económica en el país, dado el menor crecimiento de la eurozona y la retirada de la política expansiva del BCE.

Además de heridas económicas y sociales difíciles de cicatrizar, ese salvamento deja algunas lecciones que es necesario asimilar ante futuras crisis financieras. Los países han de llevar las cuentas públicas saneadas, y las instituciones europeas han de ser capaces de detectar malas prácticas como las llevadas a cabo por los gobiernos griegos durante tres décadas. Pero en el seno de una unión monetaria es necesario disponer de mecanismos de seguridad y de mutualización de riesgos, de solidaridad fiscal, suficientemente cuantiosos para impedir resoluciones de la crisis como la soportada por Grecia, y en menor medida otros países de la periferia de la UE. La austeridad presupuestaria indiscriminada no fue una política técnicamente adecuada, sino una forma de escarmiento irracional políticamente muy costoso. No menos importante es asumir que han de ser los acreedores los que soporten los costes de los procesos de reestructuración de la deuda, no los contribuyentes, la amplia mayoría de los ciudadanos. Esa priorización que los rescates otorgaron a los intereses de los acreedores privados frente al bienestar de la mayoría de los ciudadanos seguirá pesando sobre la legitimidad de la gestión de la crisis de la eurozona.

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Grecia: fin del rescate que salvó a un país y arruinó a una nación

Por Óscar Valero – El Confidencial

La troika evitó que Grecia cayera al abismo pero ahora es uno de los países más pobres de la UE, con los salarios más bajos y la emigración disparada. Estas son las consecuencias de tres rescates

Es el fin de una era, pero ni mucho menos el final de un estado de ánimo. La salida este lunes de Grecia del tercer rescate, firmado en 2015, es una victoria pírrica para el país. Los tres planes de “ayuda” coordinados por los caballos del Apocalipsis de la troika, atrincherados en los últimos tiempos en su base del hotel Hilton de Atenas, sirvieron para que Grecia se asomara -sin caerse- al abismo, pero también para que la sociedad que en 2007 tenía un poder de compra similar a España se encuentre ahora viviendo en uno de los países más pobres de la UE, con los salarios más bajos y con la emigración disparada, sobre todo entre los jóvenes más preparados, que acaban absorbidos -y por tanto contribuyendo- por países como Alemania.

Una tabla de salvación autoimpuesta

Este último plan de rescate, firmado en 2015, nació como algo inevitable. Después de años de humillaciones, el pueblo griego decidió que debía sentarse en Megaro Maximou la izquierda radical, liderada por Alexis Tsipras, que prometía acabar con la austeridad y expulsar a los poderes intervencionistas del país. La ola de euforia de aquel enero todavía resuena en algunos de los discursos de los más inveterados políticos de izquierdas, sobre todo los que abandonaron el barco a la primera zozobra. Las calles llenas de cánticos revolucionarios, tras más de un lustro de malas noticias, se convirtieron en una constante sobre la que galopaba el ministrísimo Yanis Varufakis, que prometió con su teoría de juegos y su intelecto batir al adusto Wolfgang Schäuble.

En su narrativa: Grecia tenía razón y era cuestión de tiempo que Varufakis ‘enseñara’ a sus acreedores lo que debían hacer. Sorprendentemente nadie en el Eurogrupo quiso ser aleccionado. Se apretaron las tuercas, se impuso un corralito y surgió un referéndum que ganó Tsipras. Pero tuvo que firmar. Lo que podía haber sido una negociación se convirtió en un choque de trenes y la única oportunidad de salvación de Grecia era firmar otro paquete de rescate. Tsipras lo hizo.

La economía despega, aunque frágilmente

Tras tres planes de “ayuda”, Grecia ha recibido más de 286.000 millones de euros de la UE y el FMI, la mayor parte con destino a pagar deuda. Una deuda que asciende al 180% de su Producto Interior Bruto (PIB). A pesar del alivio de la deuda acordado en el mes de junio, que extiende los periodos de maduración de una parte de la deuda y alivia el peso de los intereses en otra, pueden facilitar el acceso de Grecia a los mercados en un futuro no lejano, aunque no inmediato. Las salidas de prueba del Gobierno han dado buenos resultados, pero no dan para euforia. Incluso los que aseguran que la deuda es sostenible reconocen que se tardarán muchas décadas, varias generaciones seguramente, en pagarla.

El Fondo Monetario Internacional (FMI), que se ha resistido hasta ahora a participar en los postreros pasos del último rescate, sigue pensando que la testarudez de la Unión Europea -liderada por Alemania- de evitar un recorte de la deuda, puede ser un problema en el medio y largo plazo. El Gobierno de Atenas, que sabe que conviene llevarse bien con sus vecinos, se agarra a los 24.000 millones de euros de margen de caja que le han dejado los acuerdos para asegurar que todo irá bien. También al hecho de que, tras caer un cuarto de su PIB en los años de la crisis, está creciendo de nuevo, un 2,3% en el primer trimestre del año, el quinto consecutivo. La Comisión Europea calcula que habrá un crecimiento de 1,9% en 2018. Hasta el FMI cree que Grecia crecerá por encima del 2% en 2019. El paro ha caído por primera vez del 20%, tras un pico que rozó el 28% en 2013, una cifra que, no obstante sigue estando a la cabeza en la UE.

La ruina de los griegos

Sin duda los objetivos de rigor presupuestario han sido el gran tira y afloja entre el Gobierno en Atenas y en Bruselas y Washington. Grecia ha cumplido con creces, quizás demasiado, la austeridad presupuestaria. En 2016 y 2017 consiguió un superávit primario -antes de pagar la deuda- de un 4%, muy por encima de las exigencias de los acreedores. Todo ello a base de recortar todavía más en servicios básicos como la sanidad y la educación, ya esquilmados por recortes previos de los otros dos rescates, y, sobre todo, de mantener una presión fiscal inaudita sobre la clase media, sobre los autónomos, sobre trabajadores de todo tipo.

La falta de recuperación del tejido empresarial que domina el mercado, las pymes, se debe, según los expertos, a que los pocos que tienen dinero para comenzar un negocio se ven disuadidos por la cantidad de impuestos, por ejemplo el de los beneficios pagar por adelantado, que tienen que afrontar.

Si Grecia quiere seguir manteniendo los objetivos a los que se ha comprometido, un superávit primario del 3,5% hasta 2022 y del 2% hasta ¡2060! se verá obligado a mantener esta presión o -anatema- a hacer reformas para que su economía dependa de alguna cosa más de algo tan estacional como el turismo.

Un español tiene más de poder adquisitivo

Los sucesivos recortes han instalado un poso de pesimismo en el carácter anteriormente despreocupado de los griegos. Siguen yéndose de vacaciones -a la casa de los suegros- o a cenar a restaurantes, pero pocos comparten las expectativas positivas de su Gobierno. Mientras Portugal, España o Irlanda se han recuperado en gran medida de sus rescates, los griegos ven como sus pensionistas han visto sus jubilaciones recortadas 14 veces -una arriba una abajo- contando la de 2019, ya acordada con los acreedores. Muchas familias dependen de estas pensiones para sobrevivir, y solo la tradicional solidaridad familiar de muchos países del sur de Europa impide ver a más gente viviendo en la calle. Los precios de la vivienda han caído un 42% desde los niveles precrisis, y los préstamos impagados son 8 veces mayores a los de 2008, lo que pone a los bancos en una situación de riesgo.

En 2007, un griego podía pagar lo mismo que un español, un 20% más que un portugués, y, qué tiempo, 70% más que un polaco. Ahora las tornas han cambiado, y un español tiene un 40% más de poder adquisitivo que un griego. Ahora Grecia, que una vez encabezó europa, solamente es más rica que Bulgaria, Croacia y Rumanía. Y parece que será así por un tiempo.

 

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