Hacerse el sueco


David Torres*

Ayer domingo, siguiendo el ejemplo reciente de los franceses, a los ciudadanos suecos les ha tocado elegir entre susto o muerte, un viejo chiste europeo que corre de país en país y que a cada nuevo comicio tiene menos gracia. Igual que en el célebre refrán de la cal y la arena, no queda muy claro si es peor la derecha rancia de toda la vida o la extrema derecha naciente, la socialdemocracia patatera o el fascismo recién salido del armario, el susto o la muerte. Puede que dentro de unos pocos años aparezca un Churchill posmoderno que nos repita en versión de saldo la brutal admonición del estadista británico a su compatriota Chamberlain: “Entre la muerte y el susto, habéis elegido el susto, y tendréis la muerte”.

La muerte nos la vamos tragando día a día, en lentas cucharadas administradas desde arriba. Los inmigrantes que vienen a quitarnos el pan. No hay trabajo para todos. Nuestros abuelos emigraban para buscar trabajo, pero éstos vienen a delinquir. Así, cuando llegue el momento de tragarse el jarabe completo, de tener al frente de un gobierno a un Salvini, una Le Pen o un Rivera, el estómago europeo se habrá acostumbrado a la dosis y el cadáver del paciente estará perfectamente preparado para su entierro. Si la estafa universal de Lehman Brothers, de la que acaba de cumplirse un decenio, fue la reedición corregida y aumentada de la crisis del 29, ya no debe faltar mucho para volver a estrenar, con otra banda sonora, los grandes éxitos del siglo XX.

La partitura se repite hasta en los más mínimos detalles. Por eso mismo, la extrema derecha actual no tiene el menor empacho en proclamarse intolerante y xenófoba, aunque, eso sí, cambiando la islamofobia por el antisemitismo, más que nada porque hoy lo que sobran en Europa son moros y árabes, y también porque no sobrevivieron muchos judíos en Europa después de Treblinka y de Auschwitz. En Técnica del golpe de estado, un libro de 1931 que está tardando en reeditarse, Curzio Malaparte pasaba lista a las diversas estrategias y tácticas para hacerse con el poder, analizando los éxitos de Lenin, Primo de Rivera, Pilsudki y Mussolini. Malaparte terminaba con un golpe de estado fallido, el Putsch de la Cervecería, que tuvo lugar en noviembre de 1923, en Munich. No sé cuántos lectores estudiaron atentamente la obra de Malaparte, pero al menos hubo uno que aprendió a fondo de sus enseñanzas y, sobre todo, de los errores pasados: Adolf Hitler.

Lo que Europa parece haber olvidado es que el camino más fácil para llegar al fascismo es la autopista de las urnas, pero a Europa, desde Auschwitz a Srebrenica, se le da de miedo hacerse el sueco. Aparentemente, nada más distinto a las esvásticas y las gigantescas cruces gamadas con que los nazis montaban los desfiles en Núremberg que el inocente fondo de florecillas azules con que el líder de los Demócratas Suecos, Jimmie Akkeson, tapiza sus mitines. Sin embargo, en Cabaret, quizá la película más inteligente que jamás se ha rodado sobre el ascenso del nazismo, Bob Fosse filmó el momento exacto en que la bestialidad se adueña de una muchedumbre: con un hermoso muchacho rubio cantando “Tomorrow Belongs To Me” al aire libre, en un bucólico paisaje de árboles, nubes, cielo azul y verde, verde por todos lados, mucho, mucho verde. Septiembre 10, 2018

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*Escritor español. Columnista habitual del diario Público.es. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid, ganó su primer premio en 1999 (con Nanga Parbat) tras publicar diversos relatos y poemas en las revistas Cartographica, Poeta de Cabra y Ariadna, el título más traducido de Ediciones Desnivel, con versiones en francés, polaco e italiano. En Público.es, septiembre 10, 2018

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Anexo:

La ultraderecha de Suecia gana fuerza

Por Gustavo Veiga – Página12, Argentina

–El partido Demócratas de Suecia crece con su agenda antiinmigrante

–El filósofo Claudio Tamburrini explica que la extrema derecha se presenta como anti-establishment y tiene particular aceptación entre grupos marginados que están fuera del mercado de trabajo o en una situación laboral insegura.

El ascenso irresistible de un partido neonazi en Suecia, Demócratas de Suecia (DS) de Jimmie Akesson, confirma una tendencia europea. Que hay un corrimiento hacia fuerzas electorales de ultraderecha como en Austria, Hungría y Noruega donde gobiernan fuerzas semejantes con o sin aliados conservadores. En varios países han instalado una agenda antiinmigrante, contraria a la UE y cuya retórica es de mano dura. El DS sueco tuvo que aggiornarse en su liturgia de la que extirpó la simbología xenófoba, los uniformes militares y los desfiles a paso marcial con los que había nacido en febrero de 1988. Por eso recién llegó al Parlamento en 2010, duplicó con holgura su caudal de votos en 2014 y en las elecciones de ayer salió fortalecido (ver aparte). Su líder es un hombre de 39 años, ex diseñador de páginas web, aficionado al heavy metal y con una trayectoria política extensa. Con 19 años se convirtió en concejal en el Ayuntamiento de Sölvesborg y escaló posiciones en los curiosamente llamados Demócratas de Suecia (en su lengua Sverigedemokraterna) que llegaron para quedarse. Un dato lo corrobora. Lograron meterse en el corazón de la Central Única de Trabajadores, histórico bastión de la socialdemocracia. Antes de la elección, una encuesta señalaba que habían conseguido un 20 por ciento de adhesión en el movimiento obrero organizado.

Akesson tiene instinto de supervivencia. Abjuró de los más extremistas de su partido. Se sacó de encima a la rama juvenil del DS que formó Alternativa para Suecia, el 5 de marzo de este año. Su presidente Gustav Kasselstrand cree que su ex compañero es un moderado. Esta escisión le hubiera costado el ingreso al Congreso antes de 2010, cuando los Demócratas eran apenas testimoniales, ya que no alcanzaban el 4 por ciento de piso para ser una fuerza parlamentaria. A partir de esa elección sacaron el 5,07 por ciento, y en 2014 dieron el gran salto con el 12,86. Ahora está a la vista que no se detuvieron en su ascenso.

Una explicación sobre su crecimiento la acerca el filósofo argentino Claudio Tamburrini, exiliado en Suecia después de que se fugara del centro clandestino de detención Mansión Seré en 1978, durante la última dictadura. Llegó a ese país al año siguiente, curiosamente cuando nacía Akesson. “Hay una investigación” –le cuenta a PáginaI12– “que hicieron tres académicos de Ciencias Políticas, Olle Folke, Torsten Persson y Johanna Rickne y cuyos resultados son que el DS ha tenido particular aceptación entre grupos marginados y/o fuera del mercado laboral (denominados outsiders) y entre otros que, aun teniendo trabajo se encuentran en una situación económica y laboral insegura (llamados insiders). Los dos fueron particularmente afectados por el gobierno de centroderecha en 2006 que hizo recortes en el sistema de seguridad social y también por la crisis financiera mundial del 2008”.

Tamburrini agrega que “el DS ha reclutado sus políticos y representantes en aquellos dos grupos en mucha mayor medida que los demás partidos. Estos factores hacen que su fuerza sea vista como anti-establishment y de hecho así se presenta. De la misma forma que lo hiciera Trump en Estados Unidos, ya que sus votantes provienen en gran parte de grupos desfavorecidos por la globalización y la incapacidad del Estado de bienestar de resolver problemas sociales y económicos acuciantes que los afectan. A ellos les es más fácil identificarse con políticos que provienen de esos mismos grupos. Y los consideran, por esa razón, más confiables”.

La cosmética a que apeló el partido antiinmigrante también influyó para ganar nuevas audiencias. Tenía un símbolo que era la llama con los colores suecos, que lo emparentaba con el Frente Nacional francés de Marine Le Pen y el MSI italiano de Matteo Salvini. En su lugar ahora hay una bandera con flores amarillas sobre fondo azul. Los colores de la bandera de Suecia. Los mismos que Akkeson cuando niño –según confesó en una entrevista de 1999– quería utilizar porque “siempre fui nacionalista. De chico me negaba a jugar al hockey de mesa si no me dejaban controlar a los jugadores azules y amarillos”.

Si Suecia era el país de Escandinavia más virgen de xenofobia y contrario al Islam en términos de representación electoral, ésa época terminó. Ahora sigue el camino de sus vecinos como el Partido del Progreso noruego, los Verdaderos Finlandeses y el Partido Popular Danés. El DS tampoco puede ocultar su pasado. Nació de un embrión neonazi llamado Mantén sueca a Suecia. Todavía circula un video donde dos diputados del partido intentan agredir a un grupo de inmigrantes en Estocolmo o entrevistas a sus miembros donde cuestionan a musulmanes, judíos y lapones. Hasta el mismo Akkeson perdió la chaveta en una entrevista que le hizo un programa satírico de la radio pública P3, a la que calificó de “mierda”, “liberal-izquierdista” y pidió por su cierre.

Hay algo que emerge en Suecia desde los años 90 y es el descontento con un estado de bienestar que ya no es eficiente para resolver problemas sociales. Tamburrini menciona “el empeoramiento de las escuelas públicas, las colas en el servicio de salud –también público– que muchas veces conduce a que individuos mueran por enfermedades graves antes de recibir tratamientos, el desmejoramiento de las condiciones económicas de jubilados y pensionados o un nuevo tipo de conflictos sociales que acompañó a la inmigración de las últimas décadas: zonas en ciudades suecas controladas por patriarcas de comunidades inmigradas que censuran y reprimen a sus mujeres si éstas no viven de conformidad con los hábitos y costumbres de las sociedades originarias, zonas donde se queman masivamente vehículos y donde la policía y los servicios de emergencia temen entrar. Es decir, lo que se ha dado en llamar ‘sociedades paralelas’ dentro de la sociedad sueca”.

Akesson enjuagó sus ideas en público y hasta criticó al nazismo para ganar una porción más moderada del electorado. Vaya que lo consiguió. Dijo que era “una ideología antidemocrática, socialista, racista, imperialista, internacionalista y violenta”. Para Tamburrini “la posibilidad de poder frenar el avance de estos sectores políticos dependería mayormente del éxito de la política económico-social. De no resolver el Estado de bienestar los problemas sociales que se han ido ahondando en el mundo a partir de la globalización, existe un riesgo inminente de que el futuro de muchos de estos países sea neofacista”. Como en Suecia, donde el icónico modelo socialdemócrata de prosperidad ya no es lo que era hasta los años 80.