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Giro a la derecha a cualquier costo

Nov 1 2018

Análisis de Mario Osava*

RÍO DE JANEIRO, oct 2018 (IPS) – Los electores de Brasil ignoraron amenazas a la democracia y optaron por cambiar radicalmente la política nacional, con un vuelco a la extrema derecha, vinculada con militares, como siempre sucede en el país.

Jair Bolsonaro, excapitán del Ejército de 63 años, fue elegido como el 42 presidente de Brasil, con 55,13 por ciento de los votos válidos en la segunda vuelta del domingo 28, encabezando a un grupo de generales retirados, como su vicepresidente, Hamilton Mourão, y otros apuntados como futuros ministros.

Su triunfo, que lo convertirá en el inquilino del Palacio de Planalto, sede de la presidencia, desde el 1 de enero, provocó un inesperado terremoto, diezmando partidos y líderes tradicionales.

El efecto Bolsonaro impulsó una amplia renovación del parlamento, con la elección de muchos militares, policías, religiosos y activistas de derecha.

Su Partido Social Liberal (PSL), antes minúsculo, ascendió a  la segunda mayor fuerza en la Cámara de Diputados, con 52 representantes. Los estados más poblados y ricos del país, São Paulo, Minas Gerais y Río de Janeiro, eligieron a aliados suyos como gobernadores, dos de los cuales sin experiencia política.

Brasil se inserta así, a su modo, en la ola mundial que fortalece la derecha y en algunos casos logró elegir gobiernos autoritarios, como en Filipinas, Turquía, Hungría y Polonia, a los cuales se podría sumar, entre otros, a Estados Unidos bajo Donald Trump.

La irrupción de Bolsonaro como protagonista de ese proceso solo se reveló en vísperas de la primera vuelta electoral, el 7 de octubre.

Poco se esperaba del candidato de un partido considerado “enano”, sin tiempo en la cadena nacional de televisión que el sistema electoral destina a los partidos y con un currículo de 27 años como oscuro diputado, solo conocido por sus diatribas y prejuicios declarados contra mujeres, negros, indígenas, minorías sexuales y pobres.

Pero desde las elecciones presidenciales anteriores, de 2014, Bolsonaro viajaba por este extenso país y usaba las comunicaciones por Internet para preparar su candidatura.

Al inicio de 2018 las encuestas le adjudicaban cerca de 10 por ciento de la intención de voto, que casi se duplicó en agosto, al comenzar oficialmente campaña electoral.

Ese crecimiento no preocupaba a sus posibles oponentes, que lo preferían como adversario más fácil de derrotar en una segunda vuelta, si ningún aspirante obtenía la mayoría absoluta de votos válidos. Se suponía que su votación estaría lastrado por el rechazo a un candidato de extrema derecha, con manifestaciones antidemocráticas.

Pero eso no se aplicó en unas elecciones insólitas. El favorito era el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011) , que el izquierdista Partido de los Trabajadores (PT) insistió en postular, aunque estuviera encarcelado por corrupción desde abril, y solo lo sustituyó el 11 de septiembre por Fernando Haddad, exministro de Educación y ex alcalde de São Paulo.

Cinco días antes, Bolsonaro había sido acuchillado en el abdomen por un agresor  solitario, durante una manifestación electoral en Juiz de Fora, a 180 kilómetros de Río de Janeiro.

El atentado pudo ser decisivo para su triunfo, al rendirle mucha publicidad y convertirlo en víctima, se especula. Además le permitió evitar los debates con otros candidatos, que podrían desnudar sus debilidades y contradicciones.

Pero dos cirugías, 23 días en un hospital y la inmovilización en su casa, en la zona oeste de esta ciudad carioca, por una colostomía temporal, le impidieron participar en actos electorales. Por eso concentró su propaganda en Internet y redes sociales, que se revelaron su gran arma de comunicación.

El uso masivo de a aplicación de WhatsApp para atacar a Haddad despertó sospechas de que empresarios financiaron centros de difusión de noticias falsas, violando leyes electorales, como denunció el diario Folha de São Paulo el 18 de octubre. El posible delito está bajo investigación de la justicia electoral.

La campaña recién concluida en Brasil ya derivó en un debate sobre el papel de esa red telefónica de mensajería gratuita, y las llamadas noticias falsas (“fake news”, en inglés) en las distorsiones electorales.

Las redes sociales fueron decisivas para Bolsonaro que partió de cero, prácticamente sin partido, ni recursos financieros, ni el respaldo de medios de comunicación tradicionales. La movilización de adeptos fue “espontanea”, según el candidato.

Brasil, el país más extenso y poblado de América Latina, con 208 millones de habitantes, es uno de los cinco países del mundo con más usuarios en las redes sociales, con 120 millones de personas suscritas a WhatsApp y 125 millones a Facebook.

Pero esos instrumentos solo tuvieron éxito porque el militar de la reserva logró personificar las demandas de la población, pese o justamente debido a su radicalismo derechista.

Apareció como el más decidido enemigo de la corrupción y del PT, cuyos gobiernos de 2003 a 2016 son responsabilizados de la corrupción sistémica en la política y los errores que provocaron la peor recesión económica del país, entre 2014 y 2016.

Como militar y religioso, recién convertido a una iglesia evangélica, asegura un combate sin limitaciones legales a la delincuencia, que tiene asustada a la población, y el rescate de la familia convencional, que según expresa con su contundencia y discurso muchas veces intemperante, destruyeron el feminismo y otros movimientos.

Al área económica sedujo con la adhesión al neoliberalismo, representado por el economista Paulo Guedes, presentado como futuro ministro con plenos poderes.

La promesa de reducir el tamaño del Estado y los impuestos ambientales, entre otras medidas,  le garantizó el apoyo del gran sector agropecuario exportador, especialmente ganaderos y productores de soja.

La coyuntura de crisis económica y de seguridad pública, sumada a una ola conservadora en los hábitos y costumbres de esta sociedad hasta ahora plural y abierta, favoreció aglutinar el respaldo mayoritario, neutralizando incertidumbres generadas por su discurso autoritario o su inexperiencia en gestión pública.

Bolsonaro anunció que gobernará para todos, defendiendo “la Constitución, la democracia y la libertad”. “No es promesa de un partido, sino juramento de un hombre a Dios”, aseguró al celebrar su triunfo, conocido tres horas después de clausurada la votación.

Su discurso tranquiliza poco a la oposición, que encabezará el PT que, pese a la derrota, sale de esas elecciones como el mayor partido, con 56 diputados y cuatro gobernadores de estado.

Una semana antes dijo que en su gobierno “los delincuentes rojos serán barridos de nuestra patria”, refiriéndose a dirigentes del PT. A Haddad, de 55 años, amenazó con encarcelarlo.

En el pasado defendió las torturas y los torturadores de la dictadura militar  y negó carácter dictatorial al régimen impuesto por las Fuerzas Armadas en 1964 y que se prolongó hasta 1985.

Sus brutales declaraciones son relativizadas por sus adeptos como “fanfarronadas” e incluso alabadas como franqueza y sinceridad.

El problema no son las declaraciones en sí mismas sino que revelan su persistente fidelidad a la formación que recibió en la Academia Militar en los años 70, en plena dictadura.

Considera como “democrático” el período de los generales-presidentes, ya que mantuvieron el parlamento y los tribunales, aunque con restricciones y sujetos a controles y purgas.

El triunfo de Bolsonaro, con 57,8 millones de votos, tiene además el efecto simbólico de una absolución de la dictadura militar por vía electoral, en desmedro de las convicciones democráticas.

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*Periodista  de IPS desde 1978, cuando empezó a trabajar en la corresponsalía de Lisboa, donde escribió también para Cuadernos del Tercer Mundo y fue asistente de producción de filmes en Portugal, donde trabajo con el célebre realizador luso José da Fonseca e Costa. Corresponsal en Brasil desde 1980. Es miembro de consejos o asambleas de socios de varias organizaciones no gubernamentales. 

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Anexos:

El fascista que todos llevamos dentro

 Por Ilka Oliva Corado*  -elClarin.cl

Para que un fascista gane la presidencia de un país se necesitan millones de fascistas que en tiempos de democracia acaben con la misma dándole su voto a un extremista de derecha. Porque una cosa es una dictadura sangrienta y otra es que millones de personas por su propia voluntad voten por un fascista y lo hagan presidente.

El nombre del fascista es lo de menos, estamos rodeados de ellos, nosotros somos ellos: todos tenemos un fascista en nuestras familias, amistades, conocidos, compañeros de trabajo, en nuestra comunidad, nosotros mismos tenemos algo de fascistas. ¿No? Veámonos en un espejo. Tengamos las agallas y la responsabilidad de hacernos  cargo de lo que somos y lo que representamos: de lo que nutrimos. Porque nosotros y solo nosotros somos los que mantenemos este sistema vigente.

Por solapar cualquier tipo de violencia por mínima que sea, por alimentar estereotipos, por ese ego que no nos cabe en el pecho, por el descaro de solapar en lugar de denunciar y provocar un cambio, por pequeño que sea. Por cómodos y defender nuestra pequeña burbuja de fantasía de  una holgada estabilidad y con eso arremeter contra quienes ponen el lomo para que nosotros podamos joderlo todo con nuestras mentes colonizadas.

Somos machistas, misóginos, patriarcales; somos racistas a morir, clasistas como solo nosotros mismos, no hay quién nos gane, homofóbicos y; es muy fácil que con ese tipo de mediocridad llegue un representante de la ultraderecha y nos encienda el odio  de un chispazo y arrasemos con todo pensando como buenos idiotas que los perjudicados serán otros.

Entonces señalamos: la culpa es de los pobres que se dejan manipular por los medios de comunicación: cuando sabemos que el obrero, el que trabaja de sol a sol ni a televisión ni a radio llega, apenas tiene para comer un tiempo al día si bien le va.

Yo al oprimido le perdono todo, porque no ha tenido una sola oportunidad en la vida y se ha fajado buscándola, pero responsabilizo de un voto al fascismo a quien ha tenido acceso a la educación, quien se ha formado un criterio propio y ha podido discernir y que aun así vota para joder al  de abajo. Estas personas merecen cadena perpetua: por traidores e inhumanos.

Explicaciones científicas, psicológicas y políticas las hay,  somos buenos para culpar a otros. Ahí están quienes en el caso de Brasil han culpado a los gobiernos de Lula y Dilma, ¿pero qué pueden hacer 15 años de democracia ante 500 años de opresión? La lucha es monumental, en 15 años no se logran resolver los problemas de siglos no de décadas. Esto es un proceso largo en el que debemos contribuir todos. Tenemos que arrancar la raíz y la raíz es un sistema patriarcal y misógino primordialmente.

¿Fallaron? ¿Y si fallaron por qué hubo tanta vida en Brasil en 15 años? Lo que sucede es que fueron mal agradecidos con quienes les dio de comer.

Culpamos a los injerencistas, pero es que las injerencias pueden llegar pero si la gente no se vende, si la gente tiene integridad y respeto y amor a su pueblo no  hay quién les abra la  puerta desde dentro para dejarlos pasar. La culpa no es de los injerencistas, la responsabilidad absoluta es de quienes desde dentro venden a sus pueblos. Dejemos de culpar Trump, es cómodo culpar para desligarnos de nuestras responsabilidades. Trump es un mortal como nosotros,  de Bolsonaros están llenas las calles.

Hasta que no nos hagamos responsables de nuestros propios actos, de lo que solapamos y de lo que nutrimos, Latinoamérica ni el mundo cambiarán. Hay un fascista en cada uno de nosotros,  unos son más visibles que otros pero el ADN lo tenemos. ¿Qué haremos al respecto? ¿Seguir culpando a otros? ¿A los medios de comunicación? ¿A los injerencistas? ¿A los pobres? Pobres somos nosotros: en espíritu, agallas y cerebro.

Blog de la autora: https://cronicasdeunainquilina.com

Ilka Oliva Corado @ilkaolivacorado

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*Escritora y poetisa guatemalteca. Desde muy niña vendía helados en el mercado de Ciudad Peronia, en la periferia de la capital guatemalteca. Se graduó de maestra de Educación Física e hizo estudios de psicología en la Universidad de San Carlos de Guatemala, carrera interrumpida por su decisión de emigrar a Estados Unidos en 2003, travesía que realizó como indocumentada cruzando el desierto de Sonora en el estado de Arizona.

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Se cierra el círculo en Brasil

Pagina12, Argentina

El juez del Lava Jato, responsable de la condena sin pruebas al ex presidente Lula da Silva y su proscripción electoral, anunció que aceptó la invitación del mandatario electo Jair Bolsonaro para ser su ministro de Justicia. Lo hizo tras una reunión de casi dos horas con el ultraderechista en Río de Janeiro.

El juez Sergio Moro, quien lideró la operación Lava Jato y envió a 12 años de prisión al ex presidente Lula Da Silva sin pruebas concretas, se convertirá en el ministro de Justicia y Seguridad Pública del presidente electo de Brasil Jair Bolsonaro. El encarcelamiento y proscripción del político más popular del país le abrió el camino al ultraderechista para obtener la presidencia y ahora eso será recompensado con un cargo.

“Acepté la honrosa invitación”, aseguró el magistrado a través de un comunicado a la prensa, después de reunirse personalmente durante dos horas con el ex militar en la residencia del presidente electo en Barra de Tijuca. El adversario político del Partido de los Trabajadores adelantó que el foco principal su gestión será “el combate del crimen organizado y el lavado de dinero”.

Moro, quien intentó erigirse como un “emblema anticorrupción” en los últimos años, señaló que con “cierto pesar” tendrá que abandonar “22 años de magistratura” para aceptar  la propuesta que Bolsonaro le había hecho llegar incluso antes de resultar electo. “Sin embargo, la perspectiva de aplicar una fuerte agenda anticorrupción y anticrímen organizado, con respecto a la Constitución, la ley y los derechos, me llevaron a tomar esta decisión”, indicó el juez que le negó a Lula sin fundamentos todos los recursos que presentó tras su detención.

“En la práctica, significa consolidar los avances contra el crimen y la corrupción de los últimos años y apartar riesgos de retrocesos por un bien mayor. La Operación Lava-Jato seguirá en Curitiba con los valerosos jueces locales”, continuó el texto del magistrado.

Moro fue el cerebro del Lava Jato y desde ese lugar encarceló a empresarios y políticos, enfocándose especialmente en ex dirigentes del PT. Los arrestos muchas veces tomaron como pruebas válidas solamente las llamadas “delaciones premiadas” de los propios acusados, que al señalar a otros conseguían mejoras en su situación procesal.

El objetivo final fue el arresto de Lula, que finalmente Moro concretó al acusarlo por supuestamente haber recibido un departamento en el balneario de Guarujá de parte de la constructora OAS. Sin embargo, la condena llegó sin que existiera un solo registro de propiedad del inmueble a nombre del ex mandatario.

Lula, que gobernó Brasil entre 2003 y 2011, iba a ser candidato en las elecciones que se celebraron en octubre y aparecía como favorito en todas las encuestas. A principios de abril Moro ordenó su arresto, luego de que el Tribunal Regional Federal 4 ratificara la sentencia dispuesta por el juez e incluso la ampliara de 9 a 12 años de prisión.

El ex mandatario se entregó y desde entonces permanece encarcelado en Curitiba. Mantuvo su candidatura hasta último momento, cuando fue proscripto por la Justicia electoral y designó a quien era su compañero de fórmula, Fernando Haddad, como el postulante del Partido de los Trabajadores. Haddad llegó a la segunda vuelta con Bolsonaro, pero allí el militar retirado, confeso misógino, homofóbico y racista, se impuso con el 55 por ciento de los votos.

 

 

 

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