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FRANCIA: “Vienen a destruir y a matar”

Dic 6 2018

Por Luis Casado*

Es lo que anuncia el palacio del Eliseo a propósito de los chalecos amarillos que convocan otra manifestación en París para este sábado: “Vienen a destruir y a matar”. La campaña del terror sustituye la lucidez y el razonamiento, es decir la política en su sentido noble. ¿Cómo sorprenderse del violento rechazo que provoca este gobierno?

Demasiados periodistas obedientes pierden el control de sí mismos, se ponen histéricos y aúllan con los lobos en radios y canales de TV. Los medios en Francia están en las manos de una decena de hombres de negocios. Hoy por la mañana un periodista anunció “violaciones y pogromos” (sic). Hay quien prevé una “guerra civil”. No es Apocalypse now sino, derechamente, Armagedón.

Los mismos sumisos periodistas –hay que cuidar el puesto– insinúan las peores infamias, y omiten decir que los GAFA –Google, Amazon, Facebook y Apple– no pagan impuestos en Europa. Un tímido intento de cobrarles alguna modesta contribución se estrelló contra la decisión de Frau Merkel, asustada de las represalias anunciadas por Donald Trump: “Le cobraré derechos de importación a los automóviles alemanes”.

Tampoco señalan que el carburante de los yates y super-yates privados no paga ningún impuesto, como no pagan las líneas aéreas sobre el combustible que utilizan sus aviones. Barcos y aviones contaminan lo suyo. Cargarle el costo de la “transición ecológica” al pobrerío no es plan. Pero Francia fabrica paquebots de lujo, transatlánticos, porta-contenedores, yates y aviones…

Gérald Darmanin, ministro de Economía, el mismo que trató a los chalecos amarillos de “hordas pardas”, declara muy orondo: “En un restaurant parisino la cuenta –sin incluir el vino– gira en torno a € 200 por persona” (unos 150 mil pesos chilenos). La mayor parte de los jubilados recibe de € 500 a € 1.000 por mes. El salario mínimo mensual es de € 1.188. ¿Quién puede comer en un restaurant parisino?

Ya precisé que las multinacionales pagan en torno a un 8% de impuestos, cuando pagan. Que toda pequeña empresa paga un 30%, y que el IVA está en el 20%.

Para atraer a los Bancos que huirán de Londres en razón del Brexit, Macron les ofreció venir a París… y beneficiar de una sustancial reducción de impuestos. La misma oferta se extiende a los altos salarios de los banqueros, que se cifran en cientos de miles y hasta millones de euros.

El sentimiento de injusticia fiscal y económica se transformó en indignación. “En odio” dicen los periodistas a-tanto-la-hora. Hoy por la mañana, François Ruffin, diputado Insumiso, tuvo que responder a la muy inteligente pregunta: “¿Ud. odia a Emmanuel Macron?”

El Eliseo olió el peligro. Ayer Macron cambió la suspensión del aumento de los carburantes y de los impuestos por su anulación pura y simple. Pero rehúsa restablecer el Impuesto a la Fortuna. Por algo le llaman “el presidente de los ricos”. Su mentor, el ex presidente François Hollande, precisó: “No. Es el presidente de los súper-ricos”. Hollande fue quien le sacó del Banco Rotschild para convertirlo en lo que es ahora.

A la amenaza que representan los chalecos amarillos, gilets jaunes en francés, se une lo que ahora llaman gilets jeunes, el peligro joven: los estudiantes se movilizan y hay cientos de Liceos en huelga, amén de algunas Facultades universitarias. Una de las razones que moviliza a los universitarios es el brutal aumento del costo de la matrícula (la universidad es gratuita, pero se paga un derecho de inscripción) para los estudiantes… extranjeros. ¿Quién dijo internacionalismo?

El ministro del Interior, un tránsfuga socialista encargado de la represión, puede decir lo que quiera: la inmensa mayoría de los chalecos amarillos son ciudadanos pacíficos y respetuosos de la ley. Respetuosos de la República como dicen ellos mismos. Pero, agregan, “este gobierno rompió el Contrato Social”. Jean-Jacques Rousseau… ¿te suena?

Entre las nociones que todo el mundo conoce y comparte, está el principio que dice que los ciudadanos respetan la Ley porque participan en su elaboración. Y aceptan pagar impuestos porque los aprueban ellos mismos. Esa es la ruptura del Contrato Social. La ciudadanía estima que la Vª República ya no les representa. Se transformó en una herramienta al servicio del riquerío. Todos miran hacia arriba. Nadie mira hacia abajo. Hacia esos millones y millones de asalariados, hombres y mujeres, que hacen posible la Francia de hoy.

Macron, perdón, Júpiter, no conoce a los franceses pero los desprecia. Como los desprecia esa elite que se lleva la parte del león, mientras la inmensa mayoría de la población se contenta con las migajas. Los chalecos amarillos, más determinados que nunca, dicen que ese mundo se tiene que acabar. Las mujeres, a menudo mayores, constituyen uno de los batallones más decididos de los chalecos amarillos. A dos siglos de distancia, son las dignas herederas de Olympe de Gouges.

La elección de Macron produjo la masiva conversión de cuanto transeúnte político había en el partido socialista y entre los supuestos gaullistas. Ahora, el hundimiento de esta improbable embarcación producirá –apuesto mi aguinaldo de fin de año– la huida precipitada de las ratas. No sin antes haber jugado la carta de la represión y el caos.

Porque, según estos aprendices de brujo, los miserables vienen a París “a destruir y a matar”.

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*Editor de POLITIKA.  Luis Casado nació en Chile. Es ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, le llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes. Ha publicado varios libros en Chile y en Europa, en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.

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Los chalecos amarillos: ¿golpe de cólera o revolución popular?

Por Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)* –  elclarin.cl

En la historia no existe repetición, pero sì una morfología que permite la comparación. La gran Revolución Francesa de 1789 comenzó con un problema de justicia distributiva de los impuestos; la actual, la de los chalecos amarillos, con el alza de impuestos a los combustibles.

La toma de La Bastilla fue un acontecimiento menor: el verdadero 14 de Julio fue la fiesta de los federados, (1790), instigada por La Fayette y celebrada con una misa,  en Les Champs  de Mars, presidida por cura cojo, Charles Maurice  Thalleyrant. A partir de ese momento se prendió la llama revolucionaria en toda Francia.

Las grandes revoluciones – la Francesa, la Comuna (1871)y la de mayo de 1968 –  fueron, fundamentalmente, parisinas. En el caso de la actual protesta de los chalecos amarillos se ha extendido a todo el país, abarcando, incluso, ciudades pequeñas, de no más de 5.000 habitantes. Mayo del 68 correspondió a   una dirección estudiantil, que se extendió a los sindicatos, y que la clase política Mèndes-France y Mitterrand, líderes de la izquierda, trataron de cooptarla; la actual,  los chalecos amarillos no tienen dirección, así Jean Luc  Melènchon y Marine Le Pen intenten cooptarla.

Francia ha sido siempre una especie de República monárquica: Charles De Gaulle y los demás Presidentes de la V República han pretendido ser monarcas – Mitterrand intentó imitar a De Gaulle, pero fracasó -. Emmanuel Macron – como Louis XVI, perdió el respeto del pueblo, que lo había elegido hace 18 meses, y de amado, pasó a ser odiado. El pueblo francés ha demostrado que puede “cortar la cabeza” del representante de Dios en la tierra.

En la Revolución Francesa, en Mayo del 68 y hoy, la de los chalecos amarillos, cuando salta el fusible, es decir, el Primer Ministro, (el banquero  Jaques Necker, de Louis XVI,  Georges Pompidou, de De Gaulle, y Eduard Philippe, de Macron), sólo queda la lucha directa entre el “rey” y el pueblo.

En Mayo del 68 Georges Pompidou fue incapaz de resolver el conflicto: reabrió la U. de la Sorbona y, con ello, puso bencina al fuego. De Gaulle se vio forzada a ir a Alemania sin comunicarle siquiera a su Primer Ministro. Macron, muy tarde y ofreciendo muy poco, sólo intentó retardar la solución del conflicto a seis meses, suspendiendo el alza de los impuestos a la espera de un diálogo para el cual nadie está dispuesto a sentarse a la mesa.

La rebelión de los chalecos amarillos, en su propia dinámica, superó hace mucho tiempo la reivindicación centrada en la injusticia tributaria; hoy, como toda revolución – en términos Gramscianos  – los franceses no pueden vivir antes, pero aun no muere lo viejo, ni nace lo nuevo.

El movimiento de los chalecos amarillos es una insurrección: la gente se niega a obedecer y respetar los poderes establecidos, pero todavía no ha alcanzado la categoría de una segunda revolución en Francia.

En las grandes revoluciones, que cambian el rumbo de un país, todo comienza por un incidente pequeño, por ejemplo, en la Revolución de 1789, la Toma de La Bastilla; en Mayo de 1968, en Nanterre, se reclamaba el derecho de los jóvenes para visitar las habitaciones de las niñas; en la de hoy, por el rechazo al aumento del impuesto al combustible; en todas ellas, el pliego de peticiones va creciendo a medida que el quiebre se radicaliza.

En la gran Revolución Francesa se pasa del cambio tributario, al máximo de Robespierre; de los girondinos, a los jacobinos; del federalismo, al centralismo. En Mayo del 68, de la rebelión estudiantil a una rebelión popular que involucró a los poderosos sindicatos francés  y los partidos de izquierda.

Actualmente, en los chalecos amarillos se está pasando de un problema tributario a una reivindicaciones a abarcan varios aspectos de la vida cotidiana; de una revolución económica a un cambio político radical, en la práctica, poner fin a la V República y reemplazar la monarquía presidencial por una democracia directa, con referéndum y revocación de mandato para todos los cargos de elección popular.

La representación política en Francia no está sólo en crisis, sino en plena decadencia: el semi presidencialismo imperante tiene varias salidas a los conflictos políticos, entre ellas la caída del Primer Ministro – hoy en agonía – y la disolución de la Asamblea Nacional que, paradójicamente, después de 18 meses de instalada, puede repetirse el fenómeno de En Marcha – Partido de Emmanuel Macron – esta vez con una mayoría inorgánica de chalecos amarillos, aún más invertebrado que el Partido Podemos, en España.

La gente no cree ya en las elecciones, mucho menos en sus representantes, por consiguiente, el disolver el Parlamento no resuelve el problema de fondo. La salida del conflicto  está pasando de la política al modelo de sociedad, es decir, el agotamiento del neoliberalismo y de los regímenes políticos surgidos en el siglo XVI. Es incierto el porvenir, y hasta ahora conocemos los nacionalismos de ultraderecha, como el de Donald Trump, en Estados Unidos, Matheo Servini, en Italia, con la Liga Norte, o bien, el Partido Cinco Estrellas, fundado por el cómico Beppe Grillo – que en Francia podría haber sido el extinto Couluche -.

Ninguna revolución, insurrección o huelga general hasta ahora, ha podido prescindir de la violencia, incluso, la no-violencia activa es la negación radical de cooperar con poder establecido. Esperar que el próximo sábado no se den desmanes y no salga mal parada Mariana, es muy infantil: en todos los movimientos sociales hay lumpen proletariado.

Macron, un joven sirviente de banqueros, que pretendió hacer una revolución en favor de los ricos – nada menos que suprimir el impuesto a las grandes fortunas, y subirlo a los de las capas medias y pobres, `el banquero suizo Necker se quedó chico al lado del Júpiter francés, Macron -. El economista Tomàs  Piketti calcula que si Macron repone el impuesto a las grandes fortunas de su país podría financiar holgadamente el plan ecológico y de energías renovables.

Macron – como Louis XVI – ya eligió su campo: en el caso del rey, la alianza con los curas  no juramentados y la nobleza, y Macron, seguir siendo amigo de los ricos en detrimento de la clase media y de los pobres, y traicionar a su maestro, Paul Riqueur, por F. Hayek.

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* Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo), ha sido Profesor de Historia en la Universidad Católica de Valparaíso, Chile y en la Universidad Bolivariana (entelequia de Chávez), Venezuela. Ha sido Diplomático. Colabora en diferentes Medios aportando artículos sobre temas de actualidad.

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