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La mayor reserva indígena de Brasil, amenazada ante la presidencia de Bolsonaro

Dic 27 2018

Dom Phillips – The Guardian

El gobierno de extrema derecha promete legalizar la minería y la agricultura comercial en la tierra indígena de los yanomami

«Mi gente no le ha dicho a nadie que quiere convertirse en blanca, que queremos la minería y que queremos dinero… El dinero es efímero como la lluvia», afirma un líder yanomami

Bolsonaro ha dicho que la reserva Yanomami, que con 9,6 millones de hectáreas es el doble de grande que Suiza, es demasiado grande para su población indígena

São Paulo  – La líder indígena y fotógrafa que luchó para crear la mayor reserva tribal de Brasil advierte que podría estar amenazada por el gobierno ultraderechista del presidente electo Jair Bolsonaro, según afirmó en la inauguración de una exposición restrospectiva.

Bolsonario ha dicho que la reserva yanomami, que con 9,6 millones de hectáreas es el doble de grande que Suiza, es demasiado grande para su población indígena.

«El presidente ya ha dicho que el territorio yanomami es muy grande. No sé si intentarán reducirlo», cuenta la fotógrafa Claudia Andújar, cuyas imágenes se han mostrado por todo el mundo y cuya última exposición, La Lucha Yanomami, se inauguró el sábado pasado en el Instituto Moreira Salles de Sao Paulo. «¡Ya hemos luchado mucho! Y tendremos que continuar».

Bolsonaro tomará el cargo el uno de enero con la promesa de legalizar la minería y la agricultura comercial en reservas indígenas y acabar con la «fiesta de las multas» de las agencias medioambientales. El presidente ha prometido ayudar a los mineros artesanales de oro ilegales, llamados ‘garimpeiros’, cuyo trabajo destructivo en el Amazonas ha sido descrito por los activistas como una epidemia. El próximo ministro de Medioambiente de Bolsonaro, Ricardo Salles, cuyo nombramiento fue recomendado por la agroindustria, ha afirmado que quiere «la defensa del medioambiente con el apoyo del desarrollo económico».

«No quieren respetar donde vivimos», denuncia Davi Kopenawa Yanomami, líder indígena, chamán de la comunidad yanomami de Brasil y presidente de su asociación, Hutukara. «La selva es un lugar sagrado para el pueblo yanomami… no queremos que los blancos lo arruinen», añade.

La nueva exposición de Andújar, organizada con la ayuda de Hutukara y el grupo medioambiental brasileño Instituto Socioambiental, está planeada como una restrospectiva histórica de su trabajo con uno de los pueblos indígenas más emblemáticos de Brasil, explica el comisario de la muestra, Thyago Nogueira. Entonces Bolsonaro ganó las elecciones de octubre con una agenda de extrema derecha, alabando incluso la dictadura militar que dirigió el país entre 1964 y 1985 y prometiendo reducir décadas de protección indígena y amazónica.

«Lo que se supone que era un proyecto histórico se convirtió en un proyecto político urgente», cuenta Nogueira. Una planta de la exposición muestra las fotografías sensoriales y envolventes de la vida diaria y la cultura yanomami. Otra muestra su lucha por la supervivencia durante dos periodos catastróficos de su historia: cuando la dictadura militar de los 70 construyó una carretera por su selva mientras desarrollaba a la fuerza el Amazonas y cuando 40.000 ‘garimpeiros’ invadieron sus tierras en los 80.

«Salvó la vida del pueblo yanomami»

Andújar, de 87 años, que nació en Transilvania, ha tenido una vida extraordinaria. Ella y su madre suiza escaparon del Holocausto, pero su padre, judío húngaro, y la mayor parte de su familia murieron en campos de concentración nazis. Huyeron a Nueva York, donde se casó con un refugiado español antes de mudarse a Brasil.

Trabajó como fotógrafa para revistas como Life y la brasileña Realidade. En los años 70, pasó largos periodos de tiempo con los yanomami, entonces uno de los grupos más aislados de Brasil.

Su trabajo se hizo político cuando el gobierno militar empezó a construir una autopista por tierra yanomami que formaba parte de un plan de integración para desarrollar el Amazonas a la fuerza y poblarlo con trabajadores sin tierra de la zona semiárida del noreste.

Un informe de un fiscal del gobierno militar reveló que durante la dictadura los indígenas del Amazonas fueron torturados, asesinados e incluso tribus enteras fueron aniquiladas. Y tal y como mostró la Comisión de la Verdad de Brasil sobre los abusos de derechos humanos a manos del Estado, la autopista resultó ser devastadora para los yanomami. No se pensó en el impacto que tendrían las enfermedades a las que no eran inmunes y el sarampión, la gripe y la tuberculosis diezmó comunidades enteras. Andújar se convirtió en una trabajadora de la salud, fotografiando gente yanomami para los registros médicos.

«Enfermaron, no había nadie allí y murieron», cuenta Carlo Zacquini, de 81 años, un misionero católico italiano que trabajó con Andújar. «Intentamos ayudar», añade.

Andújar fue expulsada de tierras yanomami en 1977, pero volvió un año después con Zacquini y el antropólogo Bruce Albert para establecer la comisión para la creación del Parque Yanomami. Conoció a Kopenawa en los 70, cuando solo era un chico. A pesar de que un empleado del Gobierno le dijo que no hablase con ella, él cuenta que Andújar le enseñó a luchar por los derechos de los yanomami. «Era buena, una mujer valiente que asumió la responsabilidad que prometió… salvó la vida del pueblo yanomami», cuenta.

La tierra yanomami es rica en minerales. Mineros artesanales que dragan ríos en búsqueda de oro, contaminándolos con el mercurio que utilizan en la extracción, empezaron a entrar en los 70. En los 80 la invasión se convirtió en inundación. La agencia indígena de Brasil, Funai, lo alimentó al abandonar la zona y posteriormente expulsando a las ONG y grupos religiosos después de que el Gobierno ampliara un aeropuerto. Las epidemias barrieron a los yanomami mientras unos 40.000 ‘garimpeiros’ trabajaban en sus bosques.

Una nueva ministra cuestionada

Andújar y Kopenawa viajaron por todo el mundo, defendieron su causa en Europa y entregaron al secretario general de la ONU un contundente informe sobre sanidad y saneamiento en 1989. El Gobierno brasileño propuso dividir el territorio convirtiéndolo en un «archipiélago» de 19 zonas protegidas más pequeñas –un plan que hubiese sido desastroso para la gente–, pero lo abandonaron días antes de acoger la Cumbre de la ONU de la Tierra en 1992 y demarcaron la reserva que ahora Bolsonaro amenaza con reducir.

«He trabajado en esto durante años», cuenta Andújar. «Fue un momento muy difícil, pero, como dije, lo conseguimos», añade.

El gobierno de Bolsonaro, que asume el cargo a principios de 2019, planea trasladar Funai a un nuevo Ministerio de la Mujer, Familia y Derechos Humanos presidido por Damara Alves, una pastora evangélica. Alves es cofundadora de un grupo religioso que junto a otra organización misionera fue  obligada por un juez a eliminar de la web un documental falso sobre el infanticidio en grupos indígenas. En otro caso, los fiscales han pedido una indemnización de 675.000 euros por daños causados por la película.

Alves ha dicho que revisará la política de Brasil de no contactar con los más de 100 grupos indígenas aislados que existen en el país, una política fijada por Funai desde 1987. Ante tales comentarios, especialistas de la agencia escribieron una carta abierta defendiendo la política.

«No respetará a la comunidad indígena de Brasil», denuncia Kopenawa. El lunes, Bolsonaro confirmó informaciones locales de que su equipo de transición está preparando un decreto para revocar el estatus de reserva protegida de Raposa Serra do Sol, otro territorio indígena situado en Roraima, mismo estado en el que se encuentra la reserva yanomami, para poder explotar sus riquezas minerales e «integrar a los indígenas en la sociedad», según informó el periódico O Globo.

Kopenawa no está de acuerdo con la visión de Bolsonaro de que los indígenas quieren adoptar el estilo de vida consumista de Occidente y de que se deberían desarrollar sus tierras. El líder indígena cree que la tierra yanomami, donde todavía viven grupos aislados, debería respetarse.

«Mi gente no le ha dicho a nadie que quiere ser blanca, que queremos la minería, que queremos dinero. El dinero es efímero como la lluvia», señala. «El dinero es como el viento… Viene y se va. Nunca he visto un indígena rico en nuestro país», sentencia. (Traducido por Javier Biosca Azcoiti)

 

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