Mujeres, Política, Sociedad civil

Nostalgia del absoluto: la contraofensiva antifeminista digital en la era del #MeToo

Ene 22 2019

JUAN ÍÑIGO IBÁÑEZ – OPINIÓN,  El Mundo

En la web, odiosas y nuevas subculturas masculinas -conocidas en su conjunto como la «hombresfera»- denuncian con cada vez más recurrencia los excesos de la «ideología de género». En ellas, es casi imposible hallar muestras mínimas de empatía o respeto hacia el género opuesto. Sobre quien ose hacerlo recae la acusación de ser un «infiltrado enviado por las feminazis».

La retórica habitual es la más mordaz misoginia, y el tono, el más despreciativo antifeminismo. La idea común es que las mujeres son débiles e inútiles y que solo están diseñadas para fines reproductivos y satisfacer los deseos del varón. Y aunque hay acentuadas divergencias entre grupos, los atraviesa una maniática idea común: la promiscuidad y constante «irracionalidad» con que las chicas se entregarían a sus instintos biológicos.

«Están enfadados con las mujeres porque no se quieren abrir de piernas con ellos», escribe la ensayista Angela Nagle en su último libro Muerte a los normies(Orcinity Press). «Quieren éxito sexual con mujeres, pero sin las inseguridades que acompañan a una sociedad en que ellas tienen la libertad y capacidad de elegir sus relaciones sexuales».

El separatismo sexual de los Incels y MGTOW

El sector más virulento de la hombresfera es el cruzado por la idea del separatismo sexual masculino y el celibato «involuntario»: son los Incels, jóvenes misántropos y de sensibilidad nihilista que culpan a las mujeres por sus malas experiencias en el «mercado de citas». En los foros de internet, los miembros de esta subcultura se lamentan, además, por el supuesto bajo nivel que detentarían en la «jerarquía sexual» y que los relegaría a un solitario «celibato involuntario».

Los Incels se han hecho tristemente célebres por tener entre sus filas a asesinos de masas como Elliot Rodger, el perpetrador en 2014 de la masacre de Isla Vista, en California, o a Alek Minassian, quien llevó a cabo a comienzos de 2018 el atentado con una Van en Toronto, con el saldo de ocho mujeres y dos hombres muertos por atropello.

También están los MGTOW (Hombres que Siguen Su Propio Camino, en inglés), una autodenominada «filosofía» cuyos miembros dicen haber «elegido» evitar las relaciones románticas con mujeres. ¿El motivo? Una cultura, a sus ojos, «destruida» por el feminismo. Denuncian la creciente «caza de brujas» hacia los varones y hacen un expreso llamado a boicotear el matrimonio a causa de los «muchos riesgos y pocos beneficios» que hoy tendría entablar relaciones con mujeres.

Estos grupos justifican su autoexclusión afectiva en base a la supuesta imparcialidad con la que los jueces estarían actuando en casos de violencia de género, divorcio y custodia compartida (problemática que también denuncian desde el colectivo masculino más masivo de la web, el Movimiento por los Derechos de los Hombres, Men’s Right Movement).

Tanto los Incels como los MGTOW comparten tres banderas: 1) la idea de que el avance del feminismo estaría acelerando el declive de la «civilización occidental» y perjudicando gravemente a los varones; 2) un ataque constante a las mujeres por su supuesta naturaleza reproductiva «manipuladora» e «hipergámica» y 3) una obsesión por el lugar ocupado dentro de jerarquías sexuales de raigambre evolutiva: los machos «betas» y los «alfa».

Engrosan las filas del ala más radical de la hombresfera los «Artistas del Ligue» (Pick Up Artists), un colectivo de varones en cuya página principal -The Return Of The Kings- se promueven métodos de conquista basados en la premisa de que «las mujeres prefieren a los machos alfa y utilizan o no hacen ningún caso a los beta», señala Nagle.

Con el objetivo de «pasar de ser un beta majo a convertirse en un alfa con éxito sexual», los atribulados jóvenes estudian al pie de la letra los consejos del fundador de dicha web, el blogger norteamericano Roosh V. La promesa es que, siguiendo esta «siniestra guía darwinista» -escribe Nagle- «la detestada presa femenina» finalmente «se rendirá y será engañada».

Sexodus: la «tierra prometida» del celibato involuntario y el nuevo karma de la infancia adulta indefinida

Entre las principales preocupaciones en los ámbitos radicales de la hombresfera está la discusión en torno a lo que ahí se advierte sería «uno de los temores más grandes del género femenino»: el Sexodus o el masivo repliegue sexual masculino.

Esta palabra, compuesta por «sexo» y «éxodo» (en clara alusión a la peregrinación de los judíos por el desierto) representa, según el autor y teórico de la conspiración vinculado a la alt right, Paul Joseph Watson, la cada vez más notoria separación y distancia entre el varón y el género femenino.

Una encuesta realizada en Estados Unidos por el Pew Research Center en 2012 mostró que el porcentaje de hombres de entre 18 y 34 años que consideraba el matrimonio como un objetivo importante en su vida descendió de un 35% en 1997 a un 29%. Según Watson, fenómenos como el creciente desinterés sexual y el elevado número de hombres que rechazan el matrimonio, se debería a que éstos han perdido todo «el respeto» y «beneficios» que en el pasado tenían tanto este tipo de instituciones como la «vida familiar». Como resultado, los varones estarían emprendiendo «un viaje sin destino, tratando de encontrar su propia tierra prometida».

La misma terminología de los «Hombres que Siguen Su Propio Camino» remite a esta idea: sujetos que rechazan tajantemente el matrimonio o cualquier tipo de relación con mujeres; que se enfocan al cultivo egotista de sí mismos y que invierten el dinero ganado en su propio desarrollo personal y en traviesas fantasías juveniles (no es raro encontrar canales MGTOW de Youtube auspiciados por tiendas de muñecas inflables).

Aunque muchos ven en estas teorías la más afiebrada expresión de un neomachismo de corte conspiranoico, Nagle considera que, tanto el antifeminismo rampante de estas comunidades como la insistencia en jerarquías de corte darwinista esconden un nuevo fenómeno sociológico vinculado al dramático declive de la monogamia. Así, para Nagle, a pesar de que la revolución sexual feminista ha logrado «liberar tanto a hombres como a mujeres de los pesados grilletes del matrimonio sin amor para toda la vida», también ha producido nuevos «patrones sexuales» caracterizados por una nueva y feroz «jerarquía sexual».

El resultado: mientras una élite minoritaria de afortunados quedaría con un mayor nivel de elección sexual, una amplia mayoría permanecería tristemente relegada a la parte baja del «orden piramidal», teniendo que asumir tanto un doloroso celibato involuntario como «una infancia adulta indefinida». De esta forma, tanto los Incels como los MGTOW -que enmascaran su auto marginación afectiva en base a la supuesta «caza de brujas» emprendida por el feminismo- serían el amargo concentrado final de un fermento social que acumula capas y capas de resentimiento e insatisfacción sexual.

«La rabia y la ansiedad por tener un estatus tan bajo -escribe Nagle- es precisamente lo que ha producido esa retórica extremista que trata de imponer una jerarquía en cuanto a la relaciones con mujeres (…) El dolor ante el implacable rechazo ha ido resonando en esos foros, donde han encontrado un entorno que les ha permitido sentirse los amos de las crueles jerarquías naturales que les ha producido tanta humillación (…) Estos chicos frustrados, primero, se ven expuestos al pensamiento darwinista social sobre cómo atraer a una pareja en nombre del `método` y, cuando éste no funciona, a la retórica misógina que les advierte de la naturaleza narcisista de las mujeres».

Exégetas de la (contra) cultura mainstream: Jordan Peterson y Un Tío Blanco Hetero (UTBH)

En los últimos años -y gracias a los inéditos niveles de visibilidad que Youtube ha hecho posible-, también han surgido verdaderos «adalides» mainstream de la masculinidad perdida y de la lucha contra la corrección política. Según el filósofo, escritor y youtuber español Ernesto Castro -quien se ha posicionado como un ferviente crítico de la esfera masculinista antifeminista-, los discursos de figuras como el youtuber español Un Tío Blanco Hetero (UTBH) o el psicólogo canadiense Jordan Peterson representarían una nueva forma de «machismo hegemónico» y constituirían «el principal daño colateral que están sufriendo los varones a raíz de la transformación social feminista en marcha. Y a pesar de ser mainstream -añade- estos mensajes se venden como contraculturales bajo la coartada de la lucha contra lo políticamente correcto, las políticas identitarias y el marxismo cultural. En este punto, la retórica de la alt right roza a conspiranoia».

Otro inquietante dato a considerar, según Castro, es que mientras los vídeos de UTBH concitan miles de likes y seguidores (su canal acumula más de 200.000 suscriptores, 120.000 visualizaciones por vídeo y 50 dislikes de media) los más odiados, los que aglutinan los comentarios más agresivos y con más dislikes, son los publicados por youtubers feministas.

¿Contrarreacción de género? A opinión de Castro, el diagnóstico sería claro: la nueva y masiva «contracultura» varonil en internet es el antifeminismo.

Masculinidades: ¿tóxicas, heridas o a la deriva?

Aunque a menudo la misoginia de los Incel se ha encuadrado dentro del concepto de «masculinidad tóxica» o «hegemónica», Angela Nagle sostiene en un artículo para la revista The Baffler que el prototipo del «célibe involuntario» está lejos de asemejarse al del «macho dominante».

Según la escritora, en los foros Incels se explora con sorpresiva regularidad la latencia de fantasías homoeróticas o el secreto gusto por fetiches del espectro BDSM.

Los Incel, a opinión de Nagle, son adolescentes que han acumulado un fuerte sentimiento de alienación producto de rechazos afectivos, que han sido víctimas de bullying o que se sienten ajenos al patrón deportivo y atlético de héroe de escuela secundaria americana. Con gran recurrencia, estos jóvenes tienen acentuados intereses geeks, son avezados gamers o tienen un marcado interés por hobbies hiperespecializados.

A simple vista, los Incels calificarían como las primeras víctimas, los primeros «losers» del heteropatriarcado. No obstante, según Ernesto Castro, los Incels «son el paradigma de la masculinidad tóxica, porque suscriben fanáticamente al sistema de sexo-género que tanto los oprime y tan infelices los hace». Así, según el filósofo, los Incels, además de aspirar a detentar una masculinidad «hegemónica», tendrían además una «masculinidad autointoxicante».

Para Luciano Lutereau, psicoanalista argentino y autor del libro Ya no hay Hombres el fenómeno de los Incel puede estar potencialmente vinculado a «una especie de desilusión generalizada respecto de lo que es un hombre y lo que tiene para dar». Remitiéndose a su experiencia de clínica psicoanalítica, el profesional aclara: «hay también cierta inseguridad, cierta inquietud respecto a lo poco que creen pueden ofrecerle a una mujer».

Sumado a esta «deriva» masculina, Lutereau también pone el foco en las nuevas formas con que las mujeres estarían abordando sus relaciones afectivas. «Su gran conflicto o malestar actual tiene que ver con que esperan menos de un hombre; menos en lo concreto, pero mucho más en el ideal; siempre se encuentran con algún hombre que, en última instancia, rápidamente queda descalificado por no estar a la altura o por no dar con la talla», asegura.

Castro, por su parte, vuelve a poner el acento en la «toxicidad» de los Incels y en su incapacidad para abordar «con empatía» a las mujeres: «[los Incels] se creen con una suerte de derecho natural de pernada y quieren acceder a los propios cuerpos femeninos gratis et amore, sin tener que pagar el peaje de la seducción y la empatía».

Según Castro, lo que explicaría el extendido ideario Incel en la web es el aún vigente mandato masculino de tener «derecho» a sexo. «Si no se creyeran (los Incels) con el derecho y el deber de ligar, si dejasen de ver la seducción y la empatía como un coste y empezaran a verlo como un beneficio, por hablar en los términos económicos tan caros a una cierta derecha, quizás ligarían más acota».

Asimismo, la tesis de que amplios sectores de la población masculina estarían atravesando un solitario éxodo por el desierto del «celibato involuntario» parece no convencer demasiado a Castro. Para el filósofo, en tiempos de sexting, Tinder y chat rooms eróticos a la carta, «solo los prejuicios coito céntricos permitirían discriminar a la masturbación del resto de las prácticas sexuales».

«Dudo mucho que hoy haya más célibes que hace 100 años, cuando la abstención sexual tenía un cierto valor espiritual, antes de que se desarrollaran las redes de prostitución metropolitanas y se produjera la liberación sexual de la segunda mitad del siglo XX».

«La idea del celibato involuntario -agrega- es una contradictio in adiecto que se han inventado cuatro pajilleros a los que no les basta con tener acceso digital gratuito a cientos de miles de imágenes de cuerpos femeninos».

«Hoy -concluye- un Incel puede practicar sexo a distancia con más mujeres en una semana que Julio Iglesias ‘de cuerpo presente’ en toda su vida. Hoy, el que no folla, en el sentido amplio de la palabra `follar`, es porque no quiere».

Por su parte, el escritor chileno Rafael Gumucio, autor del libro El galán imperfecto, se muestra incrédulo ante el «nuevo» fenómeno sociológico de los Incels. «Célibes han habido siempre -afirma- de ahí salían los escritores y programadores de computadores, los famosos nerd que, después de transformarse en Bill Gates o Stephan King, lograban un ajuste de cuenta con las mujeres».

Para el novelista, lo realmente novedoso sería la desaparición de la idea de «edad adulta» y el surgimiento de un nuevo paradigma: la juventud indefinida hasta bien entrados los 30 años. «Antes, el adolescente inútil podía ser un adulto de alguna utilidad que podía llegar a conseguir el capital simbólico financiero que le permitiera pagar por el sexo que su apariencia o torpeza no le permitía», sostiene. «Hoy, la idea de edad adulta ya no existe y la desesperación del aquí y ahora cede a un ambiente de violencia que resulta, para la gente de mi edad, incomprensible». Y agrega: «Esto tiene quizás ver con esa exigencia de sinceridad que no permite las mentiras necesarias, las sonrisas de circunstancias, las mentiras piadosas que son confundidas con una suerte de hipocresía».

Las denuncias por acoso sexual lideradas por el movimiento #MeToo han comenzado a redefinir irreversiblemente el contrato erótico entre hombres y mujeres. No obstante, según el escritor chileno, este cambio cultural también traería efectos colaterales «especialmente para aquellos varones que no tienen un cuerpo espectacular que exhibir. La idea de que cualquier variante en el lenguaje que no sea la textual es mentira o engaño limita al revés las formas de seducción y hace que a todos aquellos que seducen a partir del lenguaje se les complique notablemente la pista».

 

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