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VENEZUELA: Las irreconciliables dos caras de la medalla

Ene 25 2019

Other News

La encrucijada en la que encuentra Venezuela hace que la práctica del periodismo se haya convertido en un oficio extremamente difícil.  Como manifestó su presidente ejecutivo, Roberto Savio, si Other News,  lleva solo la voz de un bando, no hace periodismo. Si lleva la voz de los dos bandos, peor, ya que cada bando considera el otro ilegitimo.

“Me temo que Venezuela entre en una crisis de gobernabilidad, donde el país se va a dividir en dos costados extremos, con la desaparición del centro. Las elecciones eran fraudulentas y este golpe es inconstitucional, el apoyo inmediato de EU, Brasil y Colombia no es una perspectiva neutral. El gobierno que salga va a tener que desmantelar el sistema de subsidios a la clase pobre, y esto va a crear los mismos problemas del peronismo en Argentina. Creer que con la salida de Maduro todo se va a solucionar, es una ilusión total. Ojala me equivoque”, sostiene Savio.

Fiel a su tradición, Other News divulga dos editoriales con puntos de vista diferentes, de El País de España, que en la última década se ha destacado como un crítico persistente y tenaz a los gobiernos de Hugo Chávez primero y de Nicolás Maduro después y de La Jornada de México, diario del país de lengua española más poblado del mundo, amigo aunque no incondicional,  más tolerante con el proceso bolivariano. 25 de enero de 2019

 

Hora decisiva en Venezuela –  El País

El objetivo debe ser restaurar la democracia y el Estado de derecho

La gestión de Nicolás Maduro al frente de Venezuela no puede ser calificada sino como lamentable desde prácticamente todos los puntos de vista. A la catástrofe económica que ha hundido a la población en una miseria material inimaginable hace pocos años en uno de los países con más potencial material y humano de América, se ha unido un retroceso inaceptable en el ámbito de las libertades individuales y colectivas con la instauración de facto de un régimen autoritario, aunque pretenda guardar una apariencia democrática. Bajo el mandato de Maduro se han hostigado y cerrado medios de comunicación, falseado elecciones, encarcelado a los líderes opositores y forzado al exilio a decenas de miles de venezolanos. Lo mejor para Venezuela es que Maduro hubiera abandonado el poder hace tiempo. Y esa opción sigue estando sobre la mesa y siendo necesaria.

El audaz movimiento de Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, de proclamarse presidente interino de la república debe obtener inmediatamente una legitimación democrática, siguiendo escrupulosamente los principios y procedimientos necesarios para ello. Es verdad que hace una semana la Asamblea declaró “usurpador” a Maduro, quien prácticamente acababa de jurar nuevamente como presidente del país tras unas elecciones rechazadas por la comunidad internacional por considerarlas amañadas, pero la Cámara no inició el proceso de nombramiento de un nuevo presidente. Precisamente porque Maduro se ha saltado la legalidad para alcanzar sus objetivos, es evidente que quienes reclaman con toda justicia que el imperio de la ley vuelva a su país deben dar los pasos necesarios para restaurarla. El objetivo es que la democracia vuelva a Venezuela, sin venganzas, con justicia y con respeto al Estado de derecho. Esa debe ser la exigencia de la comunidad internacional y la presión tiene que ser lo suficientemente fuerte y unánime para que otros estamentos del país, incluidas las Fuerzas Armadas, comprendan que hay un camino irreversible hacia la democracia, sin Nicolás Maduro.

En estas circunstancias, y tras el reconocimiento internacional de Guaidó por parte de EE UU y de los principales países de Latinoamérica —con la notable excepción de México, que se ha pronunciado con cierta ambigüedad—, le toca ahora a la Unión Europea dar su opinión. Con vistas al mundo, la UE es el fiel de la balanza de los procesos democráticos y lo deseable es que en este y otros conflictos de alcance global se pronuncie con un sola voz. España puede jugar un papel fundamental precisamente para conseguir unanimidad en la respuesta europea ante los sucesos de Venezuela y en el apoyo a un nuevo presidente, democráticamente respaldado. En unos momentos en que la UE sufre uno de los mayores desafíos de su historia con la crisis provocada por Reino Unido y su intención de abandonarla, la Unión tiene que demostrar que es capaz de adoptar una postura única y coherente ante algo tan propio de sus principios como es la instauración de la democracia. Y aunque es positivo que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, abogue por la celebración de elecciones libres —una solución que la comunidad internacional lleva largo tiempo reclamando— lo suyo es que abogue con fuerza por esta postura en Bruselas y no solo en una conversación telefónica desde Davos con el autoproclamado presidente de Venezuela.

Es urgente encontrar una salida política inmediata a la situación en Venezuela. Los muertos en la última jornada deberían ser los últimos del conflicto, y la posibilidad de un enfrentamiento civil a gran escala debería desaparecer del horizonte. Este es el peligro que conviene conjurar con todos los esfuerzos. La Unión Europea debe colaborar en ello, con una sola voz. Y España, con una larguísima tradición de amistad con Venezuela y con fuertes intereses comerciales, no debería convertir el futuro del país en un arma de enfrentamiento electoral interno.

 

Venezuela: espacio para el diálogo – LA JORNADA

La negativa de los gobiernos de México y Uruguay a respaldar el golpe de Estado intentado el miércoles en Venezuela por el diputado opositor Juan Guaidó, quien con respaldo de Washington se proclamó presidente encargado en ese país sudamericano, podría ser la clave para abrir un margen al diálogo y la negociación orientada a encontrar una solución pacífica a la crisis política venezolana.

A diferencia de Cuba y Bolivia, que manifestaron su respaldo a la presidencia de Nicolás Maduro, con el cual tienen una clara afinidad ideológica; de Rusia, nación con la que el gobierno chavista mantiene intereses estratégicos comunes, y de la mayoría de los países del continente, que se alinearon con la Casa Blanca en el desfiguro del reconocimiento al golpista, las diplomacias mexicana y uruguaya mantuvieron una posición ecuánime y de principios, se atuvieron a las normas de no intervención y autodeterminación y generaron, de esa forma, el espacio para un arreglo con acompañamiento, pero sin injerencia.

Ayer Maduro hizo saber su disposición a un nuevo proceso de diálogo con la oposición y bajo los auspicios de Uruguay y México, una decisión que en lo inmediato le quita combustible a la confrontación y frustra los planes de polarización de la potencia del norte.

Es claro que Estados Unidos intentó aprovechar la escena protagonizada por Guaidó para impulsar una polarización extrema de la sociedad venezolana y para amenazar a Caracas con una agresión militar, con la finalidad de generar el escenario de una intervención en toda regla; así lo confirmó un día después la convocatoria estadunidense al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para abordar el caso de Venezuela, como si esa nación representara una amenaza a la paz internacional.

Sin embargo, el gobierno de Donald Trump no logró configurar los alineamientos mundiales y regionales que habría requerido para ahondar el conflicto interno venezolano hasta el punto de una insurrección antigubernamental que le permitiera a Washington instaurar una cabeza de playa definida, si no militar al menos política, en el país sudamericano. Ello no sólo se debió a la postura mexicano-uruguaya sino también a la que asumió la Unión Europea, que si bien pidió la realización de nuevas elecciones, no llegó hasta el punto de reconocer al diputado opositor autodesignado presidente de Venezuela.

En suma, los acontecimientos posteriores a la intentona golpista confirman que el gobierno mexicano actuó en forma correcta y de la manera más constructiva, al abstenerse de intervenir en la crisis política del país sudamericano, pues por un lado indujo a Maduro a ofrecer negociación y diálogo y, por otro, colocó a sus opositores ante la disyuntiva entre aceptar tal invitación y asumir el costo político de una ruptura total. Cabe felicitarse por ello y por el hecho de que nuestro país recupere lo mejor de su doctrina y de su praxis diplomática, las cuales lo colocaron en el pasado reciente como un referente de pertinencia, sensatez y dignidad en el ámbito internacional.

 

 

 

 

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