Extremismo radical, Migraciones y refugiados, Política

Los tuits de Bolton / ¿Se puede meter en el mismo saco a Cuba, Venezuela y Nicaragua?

Feb 18 2019

Estimados lectores:

Tras una interrupción en la publicación de artículos sobre Venezuela, Othernews ha decidido no publicar mas artículos que sean maniqueístas, y solo piden la victoria total sobre el otro bando.

Varios centenares de lectores han abandonado Othernews, porque les parecía normal cuando se hacía eco de una de las partes, pero no cuando lo hacía de la otra. Los bandos ya no quieren escuchar al otro.

Les ofrecemos  ahora estos dos artículos,  “Los tuits de Bolton”  y  “¿Se puede meter en el mismo saco a Cuba, Venezuela y Nicaragua, como hace EEUU?”,  que buscan salir de esta dicotomía.

Muy probablemente, no le van a gustar a nadie de los bandos… pero representan puntos de vistas que buscan encuadrar el problema de Venezuela en términos más relacionados con la utilización que se hace fuera de Venezuela, y que no se basa en el pueblo venezolano, sino en la riqueza del país.

Cordialmente,

El equipo de Othernews.

18.02.2019

Los tuits de Bolton 

Andy Robinson* – La Vanguardia

Cúcuta ,- Llevo ya más de una semana en la ciudad  fronteriza de Cúcuta a la que llegan todos los  días miles  de venezolanos que se han visto forzados a abandonar  su país debido a un catastrófico desabastecimiento de alimentos y, aun más  importante, de medicamentos. Cuando hablas con mujeres  que han vendido su pelo  -5000 bolívares  (un poco más que un dólar) por la melena de 50 centímetros- para comprar unos antibióticos para su madre enferma en San Cristóbal al otro lado de la frontera, es difícil ser defensor  de Nicolás  Maduro.

Pero hay algo que no acabo de entender. ¿Por qué ha dedicado John Bolton, el asesor de seguridad de Donald Trump,  el 74% de sus tuits  en la última semana a los derechos humanos y democráticos del pueblo venezolano? Suelen ser llamamientos tuiteros cargados de emoción que condenan la tiranía chavista e  instan a los militares a sublevarse para salvar su honor. Es un poco raro.  Porque a fin de cuentas Bolton -un halcón  de los que les gusta descender sobre el ratoncito mas débil y despedazarlo entre sus garras- no es el fan  más entusiasmado de Amnisitía internacional en otros paises, pongamos Honduras o Azerbaiyán. Es como si no existieran otros asuntos de importancia para el máximo responsable de la seguridad externa de la superpotencia. Por lo menos,  Henry Kissinger era un poco mas discreto cuando instaba a los generales a sublevarse y Nixon dijo en secreto “make the economy scream” en lugar de anunciar un embargo petrolero por twitter. Pasa lo mismo, con el secretario de la Organización de Estados Americanos, el uruguayo Luis Almagro. Hace ya años que Almagro muestra síntomas de incontinencia tuitero escribiendo dos o tres  mensajes al día condenando a Venezuela .

Así también, Marco Rubio , el senador por Florida, curtido en los métodos mafiosos  de la política cubana en Miami, ha dedicado el 55% de sus tuits a la defensa moral de los derechos humanos y la democracia en Venezuela (suele intercalar sus  referencias a Venezuela con citas del Viejo testamento  ). Y Elliott Abrams , el verdugo de tantos miles de centroamericanos , puesto en evidencia de forma espectacular la semana pasada por  la nueva representante  estadounidense Ilhan Omar, ya es un defensor apasionado de los abusos de derechos humanos.

La paradoja la resumió bastante bien José Gamboa, el presidente del sindicato de trabajadores de la justicia en Cúcuta, que participó en la caravana anti guerra que llegó a la frontera  viernes desde Bogotá: “Estados Unidos se volvió humanitario de la noche a la mañana”

Donald Trump , el presidente que dijo que amaba la tortura  en su campaña electoral, ya denuncia los abusos de presos en Venezuela.  (Bolton cometió el desliz freudiano en un tuit cuando propuso que  si no dejase de cometer abusos Maduro seria encarcelado en  Guantánamo bay)

Tal vez, pasa lo mismo con el Partido Popular y otros grupos conservadores en España que con los republicanos en EE.UU. Cuando  se trata de  hablar de Venezuela, sus lideres se vuelven humanitarios de la noche a la mañana. Tras decretar la ley mordaza y aplaudir el encarcelamiento de una docena de políticos catalanes por pedir un referéndum, el PP se hizo  defensor del derecho de  la guarimba -luchas callejeras contra la policía-  en Venezuela y del derecho de Juan Guaidó de auto proclamarse presidente. Todos los comentaristas conservadores españoles lo saben todo sobre la “dictadura”  bolivariana sin , por supuesto, haber estado  jamás en Venezuela.

Ocurre algo similar  en Inglaterra donde el gobierno conservador y sus medios han atacado a Jeremy Corbyn por oponerse a la injerencia estadounidense en Venezuela. El  exministro de asuntos exteriores William Hague tachó a Corbyn de “moralmente quebrado” por oponerse al plan de cambio de régimen urdido en Washington y por defender el derecho de Venezuela de defender su soberanía. Esto, mientras el gobierno de Theresa May vende armas a la teocracia destripadora en Arabia. Saudí y  hace largas y pomposas defensas de la soberanía británica frente a Europa.

Así mismo en México, los ex miembros de la  ex dictadura perfecta del PRi y el PAN, arremeten contra Andrés Manuel  López Obrador por sacar a México del grupo de Lima. Esto pese a que, tras  el fracaso del plan de cambio de régimen inmediato,  la defensa del dialogo de AMLO es la única manera de salir de la crisis actual sin que se produzca  una catástrofe humanitaria provocado por el embargo estadounidense.

La misma historia ocurre  aquí en Colombia donde Álvaro Uribe y su elegido Iván Duque  arremeten contra la violación de derechos humanos  y la migración forzada venezolana en el país del terror paramilitar y de  cuatro millones de desplazados.. Mientras tanto, Jair Mesías Bolsonaro, defensor  de la dictadura militar brasileño (1964-84) y admirador del general torturador Carlos Albert Brilhante Ustra,  se volvió humanitario de la noche a la mañana,  en su camino evangelizado a la presidencia.

¿Por qué tantas conversiones  a las causas humanas de  líderes conservadores de instintos autoritarios?

La respuesta puede ser la que propuso  Tim Gill, el sociólogo de la Universidad de Carolina del norte que ha realizado una reveladora investigación del papel de EE.UU. – y concretamente la agencia de desarrollo USAID-  en la formación de política de  Juan Guaidó y el resto del movimiento estudiantil antichavista.

Trump “ya cuenta con que Bernie Sanders vaya a ser su rival en las elecciones de 2020, Sanders es socialista así que Venezuela empieza a ser un instrumento útil en la política nacional”, dijo Gill en una entrevista.

Puede ser un poco pronto para decirlo con seguridad. Pero  esta explicación  resultaría muy plausible para partidos europeos como Podemos, Izquierda Unida, o laboristas de la corriente de Corbyn  o la izquierda francesa de Melénchon  que han tenido que sufrir los mismos ataques viéndose  sometidos al maleficio venezolano  en debates sobre cuestiones que no tienen nada que ver con Venezuela.

Así también se explica la nueva cara humanitaria de Iván Duque . Venezuela es un enemigo utilísimo para Duque tras su desplome en las encuesta y ante el ascenso gradual pero constante de Gustavo Petro. Y en Brasil,  muchos votantes de Bolsonaro con los que hablé en octubre estaban convencidos tras campañas de manipulación en redes sociales que Jacques Haddad era un agente secreto de Maduro.

Es decir que Maduro no es el dictador que  ha unido  en su contra al “mundo libre “ (así lo llama  el equipo de Guaidó) en un grito colectivo de indignación moral. Todo lo contrario. Venezuela se ha convertido en el recurso más fácil para los políticos conservadores de tendencias autoritarias cuando se trata de demonizar  a sus rivales democráticos con el fin de hacerse aun más autoritarios.

——————————-

*Andy Robinson (Liverpool en 1960)  es  corresponsal rotativo de La Vanguardia.  Ha vivido en  Barcelona y Madrid. Desde 2002 se instaló en Manhattan. Después de estudiar economía y periodismo, trabajó para Business Week, The Guardian y New Statesman entre otros.

 

¿Se puede meter en el mismo saco a Cuba, Venezuela y Nicaragua, como hace EEUU?

 Manuel Caruncho – Mundiario – Confidencial

¿Es lícito meter en el mismo saco a estos países tan diferentes? O se busca más bien equipararlos para que la comunidad internacional -y la opinión pública mundial- estigmatice y condene los tres a la vez.

EEUU se considera el líder del mundo libre, con lo que se auto-otorga permiso para bautizar a los países que no son de su agrado con distintas denominaciones: el “Imperio del Mal”, como llamó Reagan a la antigua URSS; “estados forajidos” y “estados canallas”, eligió Bush en su día para Yugoslavia, Afganistán, Sudán y Serbia; en el “Eje del mal”, se metió a Irak, Irán y Corea del Norte y, más tarde, a Libia, Siria y Cuba. Son listas en las que se entra y de las que sale según se porten los proscritos ante los ojos de la superpotencia. Libia salió cuando el malvado Gadafi mejoró sus relaciones con Occidente; Serbia, cuando cayó Milosevic; Iraq y Afganistán, después de ser invadidos; a Cuba la sacó el Congreso norteamericano; en fin, Trump ya se lleva bien con Kim Jong-il y Corea del Norte ya no aparece, y así sucesivamente.

Ahora nos encontramos con que John Bolton, el asesor de seguridad nacional del presidente Trump, con sólidos antecedentes intervencionistas, ha confeccionado una lista nueva compuesta por los “tres chiflados del socialismo” que rigen los gobiernos de Cuba, Venezuela  y Nicaragua: Castro, Maduro y Ortega. Y la pregunta es: ¿es lícito meter en el mismo saco a estos países? O más bien se fuerza su equiparación con una estudiada propaganda para que la comunidad internacional -y la opinión pública mundial- estigmatice y condene los tres a la vez.

Comencemos por Cuba, un país que se levantó contra el dictador Batista, aliado incondicional de EEUU. Desde que triunfó la revolución liderada por Fidel Castro, la superpotencia le hizo la vida imposible: ataques piratas, sabotajes, intentos múltiples de asesinar a Fidel Castro, el desembarco de Playa Girón, la expulsión de la Organización de Estados Americanos (OEA), el embargo… Los dirigentes cubanos, qué remedio, estrecharon lazos con bloque socialista encabezado por la URSS, y estatizaron la economía. Así resistieron 60 años. Por supuesto, todos los errores económicos se achacaron al “bloqueo norteamericano”, con lo que no se enmendó ninguno. El incentivo para abrir la economía y seguir los pasos de China o Vietnam era nulo: liberalizar la economía daría alas al acoso norteamericano.

Cuando Fidel Castro dejó su puesto a un Raúl más pragmático, se le dio un empujón a la apertura económica. Y cuando Obama facilitó el turismo norteamericano y suprimió las trabas al envío de remesas de los cubanoamericanos, el gobierno cubano reaccionó con más medidas liberalizadoras: se abrieron más hospedajes privados y paladares y se aprobaron nuevos trabajos para ejercer por cuenta propia, medidas que se sumaban a otras tomadas poco tiempo atrás, como la autorización para la compraventa de viviendas o para que los cubanos viajaran libremente al exterior. En Cuba no eran cambios menores y el futuro parecía prometedor, pues se planeaban más reformas. Hasta que llegó Trump y volvió a la política norteamericana de siempre: el cerrojazo externo, al que parece seguir, como era previsible, un cerrojazo interno.

Lo anterior nos dice que es lo que la comunidad internacional debería aplicar con Cuba si piensa en el bienestar del pueblo cubano: ayudar a que se prosigan sus reformas económicas. Para ello, hay que dar un respiro a la isla, como entendió Obama, y no mantenerla como una plaza sitiada, como han hecho tradicionalmente los gobiernos norteamericanos y repite ahora Trump. Algunos se preguntarán: “Si, todo eso está muy bien, pero ¿dónde quedan las reformas políticas?” Bueno, no sería muy recomendable realizar cambios económicos y políticos a la vez, aunque no cabe duda de que, en algún momento, tendrán que plantearse. Raúl Castro y sus compañeros de la Sierra Maestra son octogenarios, y las nuevas generaciones de líderes tendrán que ganarse su legitimidad con un mandato popular.

Mientras tanto, en Venezuela coexiste el presidente Nicolás Maduro, un personaje autoritario que ha manejado de manera desastrosa la economía del país y, por otra parte, el autoproclamado presidente Juan Guaidó, que cuenta con el apoyo del Parlamento venezolano y con el de distintos países, destacadamente EEUU. Maduro, a estas alturas, carece del apoyo popular de Guaidó, pues la población venezolana está harta de padecer el deterioro de sus condiciones de vida. La inflación supera el millón por ciento y los precios de los productos se cambian por horas, lo que da una idea de la calamidad económica por la que atraviesa el país. Pero Maduro mantiene el apoyo de una parte de la ciudadanía y el de las Fuerzas Armadas. Por tanto, la mejor opción para este país, como tratan de lograr los gobiernos de México y Uruguay, es promover el diálogo y la negociación entre los dos bandos, con testigos confiables -como estos gobiernos y la diplomacia vaticana-; un diálogo que debería culminar en unas elecciones generales limpias, vigiladas por la comunidad internacional, y con el compromiso previo de que todas las partes aceptarán los resultados.

Eludir estas negociaciones, como pretende EEUU, argumentando que el tiempo de Maduro ya pasó, solo puede hacer pensar en intereses turbios. Venezuela no sólo es el país del mundo con mayores reservas probadas de petróleo, sino que dispone también de distintos minerales muy cotizados -el oro es tan sólo uno de ellos- en abundancia; y, por si fuera poco, ha estrechado fuertes lazos financieros y comerciales con China y Rusia, algo que EEUU no puede soportar. Pero, ni América Latina y ni la Unión Europea podemos apoyar sin más esos intereses poco claros, sino que debemos guiarnos por lo que más convenga al bienestar del pueblo venezolano. Y una salida negociada entre los dos bandos es mil veces mejor que un enfrentamiento entre ellos -y ya no digamos que una intervención norteamericana.

Y después está el caso de Nicaragua. El gobierno de Ortega “El Cruel” ha masacrado brutalmente a los/as manifestantes opositores pacíficos. El saldo que deja su represión incluye más de 325 muertos identificados, más de dos mil heridos, más de 700 personas encarceladas, el exilio de al menos 40 mil en Costa Rica, una crisis económica brutal que ha acabado con docenas de miles puestos de trabajo; por si fuera poco, Ortega ha expulsado del país a todos los organismos internacionales dedicados a los derechos humanos -como los que dependen de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) o los del Alto Comisionado de Naciones Unidas para estos derechos- y ha cerrado y allanado las oficinas de los medios independientes de comunicación -como Confidencial y 100% Noticias- y los locales de las ONG dedicadas a los derechos humanos -como el prestigioso CENIDH-, además de ningunear a la Iglesia Católica cuando intentó ejercer su labor mediadora entre el gobierno y el pueblo. El mensaje de Ortega y de su vicepresidenta y esposa Rosario “Drusila” Murillo es claro: no consentiremos ninguna disidencia en nuestro feudo ni tampoco que nadie registre o informe sobre nuestros desmanes. Su voluntad de diálogo y de negociación es nula, al igual que su disposición a respetar los derechos ciudadanos, cesar la represión y adelantar elecciones.

Por tanto, la comunidad internacional debe mantener una fortísima presión sobre el gobierno nicaragüense, con duras sanciones para Ortega y sus cómplices, hasta que se avenga a negociar con la oposición y a convocar elecciones libres sin posibilidad de reelección -si antes no lo depone el ejército nicaragüense y llama a elecciones, lo que ahorraría mucho sufrimiento.

Así que, la actitud de la comunidad internacional ha de ser muy diferente con estos tres países: en el caso de Cuba, hay que apoyar la continuidad de su proceso de reformas; en el de Venezuela, promover, junto a México y Uruguay, un diálogo entre las partes que acabe en una convocatoria de elecciones generales; y, en el de Nicaragua, mantener una fuerte presión sobre Ortega para que convoque elecciones y renuncie. La respuesta a la pregunta sobre si estos tres países se pueden meter en el mismo saco es, por tanto, rotundamente no.

Y, ya que hablamos de la necesidad de cambios en algunos gobiernos, el de Trump se ha permitido cruzar dos rayas rojas que ponen en peligro no sólo el futuro de los estadounidenses, sino el de toda la humanidad: por un lado, ha anunciado la retirada de EEUU del Acuerdo del Club de París sobre el Cambio Climático, lo que hará muy difícil lograr la reducción de gases de efecto invernadero que la comunidad científica mundial considera indispensable; por otro, acaba de abandonar el Tratado INF de fuerzas nucleares firmado por Reagan y Gorbachov en 1987, cuyo objetivo era el control y eliminación de los misiles nucleares o convencionales de rango intermedio, algo que pone en riesgo sobre todo a Europa. En el marco de este Tratado, se destruyeron más de 2.500 misiles entre ambas partes y se selló el compromiso de no construir más. A Rusia le ha faltado tiempo para afirmar que también lo abandona. La pregunta ahora es: ¿de verdad que toda la comunidad internacional junta no dispone de recursos suficientes como para presionar cambios en el comportamiento del Gobierno de EEUU? No sabemos si se está convirtiendo en un país “canalla” o “gamberro”, pero, sin duda, es irresponsable y egoísta.

———————-

 

*Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en Economía Internacional y Desarrollo. Trabajó para la cooperación española en distintos puestos en la Agencia Española de Cooperación Internacional en Madrid y durante casi quince años en Nicaragua, Honduras, Cuba y Uruguay. También pasó un año en Inglaterra como Visiting Fellow, en el Instituto de Estudios de Desarrollo de la Universidad de Sussex.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

admin