Corrupción, Derechos Humanos, Economía y Finanzas, Fuerzas Armadas, Neoliberalismo

Chile es hoy un país corrupto

Abr 8 2019

Por Roberto Pizarro H *

Basta de mentirnos a nosotros mismos. Chile es un país corrupto. El país austero y honrado de nuestros padres ya no existe. Ahora la plata manda y las redes de corrupción comienzan por los empresarios, pero se extienden a los políticos, carabineros, militares y están destruyendo todas nuestras instituciones. En la vida cotidiana se imponen los tramposos. Incluso los amigos nos estafan

La corrupción no se detiene. Los casos recientes son muy decidores. Tres jueces de la Corte de Apelaciones de Rancagua están siendo investigados por tráfico de influencias en favor de familiares, a lo que se agregan las sentencias absolutorias de un médico, negociante de psicotrópicos y de un narcotraficante. Grave, sin duda.

Grave me parece también la reciente decisión del Poder Judicial de liberar a Pablo Longueira, acusado con el cargo de fraude al fisco y cohecho agravado. Y, por cierto, es escasamente presentable sancionar con clases de ética a Délano y Lavín, los operadores de Penta (1), principales responsables de la corrupción de políticos y estafadores, en gran escala, contra el Servicio de Impuestos Internos.

La corrupción ha avanzado velozmente en Chile y las instituciones se están deteriorando sin remedio. Fraude en el Ejercito y en Carabineros; empresarios que captura parlamentarios y altas autoridades de gobierno para multiplicar sus ganancias; un Servicio de Impuestos Internos que protege a políticos y empresarios corruptos, en vez de querellarse contra ellos.

Lamentablemente, el comportamiento del Poder Judicial no ayuda al saneamiento de las instituciones. Está del lado de ricos y poderosos. Así ha sido en el caso Penta, con Soquimich (2)  y también en la colusión de las farmacéuticas, entre otros. Tienen razón los estudiantes cuando gritan que en Chile existe “Cárcel para los pobres y clases de ética para los ricos”.

Una corrupción, en escala ascendente, y el deterioro de las instituciones, está afectando la vida económica del país y los derechos ciudadanos. El parlamento elabora leyes que favorecen a las grandes empresas pesqueras, que afecta a los pescadores artesanales y depreda la fauna marina. Por otra parte, la decisión de Corfo (3) de ampliar los derechos de explotación del litio en el salar de Atacama, favoreciendo a Soquimich, premia sorprendentemente los incumplimientos de Ponce Lerou con el Estado chileno y cierra oportunidades a la economía nacional. Estas son sólo muestras. Hay muchos casos más que privilegian al gran empresariado por sobre el resto de la ciudadanía.

Muy recientemente, gobiernos complacientes y parlamentarios ciegos son incapaces de detener el injustificado aumento de los precios de las ISAPRES. Tampoco hacen pagar a las empresas la instalación de los “medidores inteligentes”. El resultado es el de siempre. Ganancias extraordinarias para las grandes empresas y mayor costo económico para los consumidores, clientes pobres y de clase media; o sea, para todos los que viven de un salario o de una jubilación miserable.

El modelo neoliberal ha impuesto el individualismo y la pasión por el dinero. Ha arrasado con los valores de ética pública que nos legaran Recabarren, Aguirre Cerda, Jorge Alessandri, Frei Montalva y Allende. Acusamos a los argentinos de corrupción y nos consideramos liberados de este flagelo. No es cierto.

Basta de mentirnos a nosotros mismos. Chile es un país corrupto. El país austero y honrado de nuestros padres ya no existe. Ahora la plata manda y las redes de corrupción comienzan por los empresarios, pero se extienden a los políticos, carabineros, militares y están destruyendo todas nuestras instituciones. En la vida cotidiana se imponen los tramposos. Incluso los amigos nos estafan.

En consecuencia, la delincuencia que nace en las poblaciones, que roba en las calles o que agrede con portonazos tiene un referente en los corruptos de “cuello y corbata”, que no son sancionados por la Justicia. Los delincuentes de “cuello y corbata”, que roban en gran escala, que expolian a los consumidores y a los clientes modestos son ejemplo para “los flaites” que asaltan en las calles. Peor ejemplo aún es el que no sufran sanciones de cárcel, gracias a la protección que reciben de las instituciones públicas.

Esta historia lamentable tiene antecedentes en el régimen de Pinochet. Junto a los robos del dictador, la corrupción institucionalizada se inicia con las privatizaciones de las empresas públicas, que encabezó Buchi. Éstas enriquecieron a un grupo de personas, cuyo único mérito fue encontrarse en el momento propicio en los círculos de la nomenclatura tecnocrática militar. Los casos más representativos son los de Yuraseck, Ponce Lerou y Roberto de Andraca.

La acumulación de rentas que favoreció a esos “nuevos empresarios”, no se originó en ninguna “capacidad emprendedora”, ni tampoco fue producto del libre mercado. Contrariando sus propias enseñanzas, los economistas formados en Chicago utilizaron sus posiciones de gobierno para hacerse de paquetes accionarios o entregar información privilegiada a sus amigos para que se hicieran cargo, a precio vil, de las empresas públicas más rentables de Chile. Son los empresarios que André Gunther Frank llamó, en su tiempo, la lumpen-burguesía.

Además de las privatizaciones, el enriquecimiento empresarial en Chile provino de la formación de las AFP, las ISAPRES y la transformación de la enseñanza en un negocio privado. Todas estas actividades se constituyeron en una fuente privilegiada de acumulación de ganancias para los nuevos ricos. Lo social se transformó en negocio.

Luego en democracia, cuando los militares retornan a sus cuarteles, el empresariado comienza a financiar los partidos políticos para asegurar y ampliar sus ganancias, evitando así mayores esfuerzos tecnológicos y de competencia.  De la protección militar pasaron a la protección política. Se agrega a ello el control de medios de comunicación para intentar convencer a la ciudadanía sobre las bondades del modelo económico que vivimos.

Existe una hermosa anécdota, que cuenta Ernesto Sábato, en su libro La Resistencia, la que pudo haber sucedido perfectamente en el Chile de nuestros antepasados: “hace muchos años, un hombre se desvaneció de hambre en las calles de Buenos Aires y cuando lo socorrieron le preguntaron cómo no había comprado algo de comer con el dinero que llevaba en su bolsillo. El hombre respondió: eso era imposible, pues el dinero pertenece al sindicato”.

Difícilmente en la actualidad, alguna anécdota similar a la de Sábato, alguna anécdota contra la corrupción, podrían contar empresarios, políticos, sindicalistas, militares o carabineros y, en ningún caso, los ministros de la Corte de Apelaciones de Rancagua. No nos hagamos más los lesos (4). Igual que Argentina, Chile es hoy un país corrupto.

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Notas del editor de OtherNews:

1 – Grupo PENTA : Holding empresarial chileno, con inversiones en las áreas de previsión, seguros, finanzas, salud, inmobiliaria y educación

2 – Soquimich:  Sociedad Química y Minera de Chile ,  es una empresa minera privada que se dedica a la explotación, procesamiento y comercialización del nitrato de potasio y fertilizantes de especialidad, yodo, potasio y litio.

3 – Corfo: Corporación de Fomento de la Producción, agencia del Gobierno de Chile, organismo de ámbito multisectorial, encargado del fomento de la producción nacional .l

4 – ISAPRES : Instituciones de Salud Previsional

5 –Hacerse los lesos: ignorar

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*Economista, con estudios de posgrado en la Universidad de Sussex (Reino Unido). Investigador Grupo Nueva Economía. Fue decano de la Facultad de Economía de la Universidad de Chile, ministro de Planificación, embajador en Ecuador y rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (Chile).  Columnista de diversos medios. Artículo publicado en  El Desconcierto.cl, el 07.04.19.

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Por Juan Pablo Cárdenas S. – Politika

«Chile no es un país corrupto» aseguran los corruptos. El desmadre sale a la luz pública y el olor a cloaca satura un aire que ya era irrespirable. El fenómeno crece en una espiral que se proyecta al infinito…

La opinión pública llega a la conclusión que después de los bullados casos de corrupción de la política serán contados con los dedos de una mano los que van a recibir alguna sanción penal por los delitos tributarios, el enriquecimiento ilícito y la recepción indebida de aportes para el financiamiento de sus campañas electorales.

Con ellos, las empresas comprometidas en estas ilícitas donaciones han tenido el tiempo para arreglar sus contabilidades y hacerse defender por los más destacados abogados y estudios jurídicos. Por esos hábiles y, digamos, eclécticos profesionales que, sin duda, cuentan con las destrezas y recursos para seducir a los jueces y recurrir a los abundantes resquicios legales a objeto de que sus clientes escapen indemnes de sus graves atentados contra el llamado “estado de derecho”.

En los últimos días acaso solo el ex senador Jaime Orpis pareciera que mantiene riesgo de sufrir alguna pena aflictiva, aunque todavía lo favorecen esos largos meses y años que toma la tramitación de estos procesos, donde muchos delitos se van diluyendo y fabricando hasta conmovedoras atenuantes. En este sentido, el Servicio de Impuestos Internos (SII), cuyo titular depende de los presidentes de la República, se ha omitido vergonzosamente de presentar querellas o demandas contra los políticos inescrupulosos denunciados por medios de comunicación y los propios fiscales.

Curiosamente, en nuestra amañada legislación estos últimos no tienen facultades para sostener procesos si no cuentan con este “sospechoso pase” que debe brindarle una institución del Estado que debiera efectivamente velar por el cumplimiento de las normas tributarias del país.

Ya nadie puede dudar respecto de la colusión que existe entre el mandamás del SII y la clase política. Al mismo tiempo que se ha demostrado que el mismo funcionario designado por Michelle Bachelet como director de este organismo fuera ratificado por el Presidente Piñera y su nueva administración, en un país en que los titulares de estos altos cargos públicos suelen ser renovados con cada cambio de gobierno.

Todo indica que en la corrupción política y las impunidades puede estar la causa que explique los millonarios fraudes al fisco cometidos por Carabineros y las distintas ramas de las FFAA, cuya cuantía y desfachatez no tienen precedentes en nuestra historia. Por supuesto: es bien posible que los uniformados se hayan animado a cometer estos despropósitos ante el deliberado silencio de las autoridades políticas que deben fiscalizarlos.

Cuando los uniformados además se enteran por sus servicios de inteligencia de cada una de las irregularidades cometidas por los demás poderes fácticos chilenos.

A no ser por algunas filtraciones a la prensa, es muy posible que cada alto oficial al salir a retiro se creyera con fuero para convertirse en millonario gracias a los gastos reservados que se les asignan, además de otras conocidas prebendas, y cuyo detalle de gastos ni siquiera recibía de la Contraloría General de la República una mínima inspección. Por lo mismo es que los últimos comandantes en jefe, sus subordinados de más confianza y familiares se prodigaran en pasajes aéreos, viajes y viáticos por Chile y el mundo.

Más allá de las comisiones o coimas que habitualmente los proveedores de armas y pertrechos militares les erogan a quienes están a cargo de la adquisición de armas y el abastecimiento de los cuarteles. Con seguridad, estos oficiales se sintieron tentados a delinquir después de observar cómo su líder castrense, Augusto Pinochet, era favorecido con la impunidad que la política le garantizó a sus crímenes de lesa humanidad, cuanto a aquellas abultadas sustracciones al erario fiscal cometidos por él y sus parientes.

No sería tampoco extraño que las últimas acusaciones contra algunos ministros de corte y fiscales tengan fundamento en la gran salvada de tantos magistrados cómplices o encubridores respecto de los delitos de la Dictadura, la mayor parte de ellos ahora ya jubilados y en la completa seguridad que nunca su abyección y lenidad será sancionada.

Es posible, por ejemplo, que los magistrados de la Corte de Apelaciones de Rancagua (hasta aquí tres) se creyeran facultados para percibir, al igual que los políticos, sumas de dinero provenientes de los narcos y delincuentes de cuello y corbata que, como se ha descubierto, cuentan también con diestros operadores para repartir dinero o sobresueldos a algunos jueces, aunque en cantidades, al parecer, más modestas que las que se repartieron entre los miembros del Poder Legislativo, los municipios y los partidos políticos. Porque en el escalafón de los poderes del Estado, sin duda los jueces son los más baratos a la hora de vender su conciencia.

En este estado de descomposición general de nuestras autoridades e instituciones públicas, por qué no suponer, además, que los mismos delincuentes comunes se sientan tentados a delinquir hasta los niveles alarmantes que hoy se conocen. Que los portonazos y el lucrativo negocio del narcotráfico, por ejemplo, se alimenten de las malas prácticas de los poderosos, de los que mandan y deben velar por el orden público.

Cuando hasta los mismos obispos y sacerdotes vienen perdiendo credibilidad y autoridad moral para reclamarles buena conducta a los jóvenes que escandalizan y abusan. A lo que se puede sumar el mal comportamiento de altos personeros de otras instituciones morales que hoy permanecen en sueño o únicamente al acecho de cargos y buenos negocios, como algunos de los magistrados imputados y que se les señala como integrantes de las logias masónicas.

De esta forma es que hasta las policías son interpeladas duramente por la población, a causa de que no pocos de que sus integrantes se descubren entre las bandas delictuales, los asaltos y hasta las más graves infracciones del tránsito. Cuando en los mismos cuarteles policiales se reconoce la pérdida de armamento disuasivo y de guerra que, no sería extraño, sean las que exhiben los más desinhibidos mafiosos en los funerales de sus capos. En imágenes que le sirven a los chilenos y ahora al mundo para constatar que la democracia chilena no es la que se presume y que, así como vamos, seguramente nos vamos a ver arrastrados al fango en que viven los países más corruptos de la Tierra.

Si no fuera porque todavía existen ciudadanos o héroes civiles que se atreven a salir a las calles y demandar esa justicia y libertad que se nos ofreció antes que los referentes de derecha a izquierda consolidaran su feliz connivencia bajo el imperio de la Constitución de Pinochet y el orden neoliberal. Cuyo ideario ha infiltrado las convicciones de los políticos más rebeldes del pasado. Y el de no pocos jóvenes políticos de hoy.  5 de marzo 2019

 

 

 

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