Conflictos armados, Extremismo radical, Fuerzas Armadas, Neoliberalismo, Política, Populismo

La dictadura más sangrienta

Abr 8 2019

Por Beatriz Vanegas Athías – El Espectador de Bogotá

Afirma la filósofa argentina Luciana Cadahia, quien además es profesora en la Universidad Javeriana: “A los amigos latinoamericanos que postean sobre Venezuela, por favor, posteen con la misma vehemencia sobre Colombia. Ahí está el nudo ciego y la dictadura más sangrienta. De lo contrario se vuelve sospechoso que se aferren y visibilicen solo una parte del drama latinoamericano. En serio, lo digo sin sarcasmo, empecemos a mostrar entre todos la tragedia colombiana y pidamos ayuda de organismos internacionales si no queremos repetir lo peor de las masacres del uribismo”.

Y nuestra tragedia, como en 30 años lo fue para República Dominicana el dictador Trujillo, es el dictador Uribe. Una tragedia que posee un coro que poco a poco calla su voz. Un coro que no actúa como debiera, es decir, como intermediario; no se involucra en la acción. Cuando se lee a los trágicos observamos cómo los cantos del coro son importantes y explican a menudo el significado de los acontecimientos que precedían a la acción. El coro es el espectador que todo lo sabe, la grandeza de la tragedia griega se refleja en el enfoque con la que es vista por ese coro espectador.

Aquí en Colombia el coro escucha cómodamente sentado durante 13 minutos, frente a la televisión acogedora y fraudulenta, cómo el presidente Duque define los destinos de millones de colombianos y los condena a la guerra. Parece extenuado el coro para cantar quién está detrás del actor que oficia como presidente y escribe sus parlamentos. Los parlamentos de un guion escrito con la sangre de masacres como la de El Salado, la de El Aro, los falsos positivos, Barrancabermeja, Tierralta, Chengue, los Montes de María, Tame, Saravena, Soacha, Ituango, la Operación Orión; la de millones de muertos en vida en hospitales; la de cientos de líderes y campesinos que caen a manos de las balas y debido a la fumigación indiscriminada de glifosato o por pertenecer a los partidos de oposición; la de campos arrasados para que entre el ganado y salgan millones de desplazados a morir en las ciudades y pueblos; la de más de 2.000 mujeres asesinadas en lo que va del año porque es el país de los patriarcas amantes del statu quo, que elige a la más machista de las mujeres como su vicepresidenta. Un guion escrito por un personaje que se aferra al poder para que el poder lo ampare de su delincuencial prontuario y que cubre un error (Operación Orión) con otro error: un proyecto que destruye el cuerpo del río Cauca como Hidroituango.

La de Colombia es la tragedia de la dictadura más sangrienta porque se gesta desde la guerra que respalda una Carta Constitucional tan de vanguardia como vilipendiada. Es la tragedia de la dictadura que inició desde mucho antes del 2002 y hoy se revitalizó porque un actorcillo de poca monta de pronto se ganó el papel principal. Y si el coro o los héroes no se avispan, lo cumplirá al pie de la letra. Esa es nuestra tragedia, una verdadera dictadura respaldada por las leyes reescritas con la intimidación y por un coro apagado.

El dolor humano

No es la prioridad del siglo XXI apaciguar el dolor humano. El viraje hacia los gobiernos de derecha de países como Colombia, Brasil y Argentina (aupados por el muñeco esquizofrénico Donald Trump), que anteponen el bienestar individual o de un grupúsculo ante el bienestar colectivo, confirma el interés por entronizar el sufrimiento humano, animal y vegetal como un destino. Porque el sufrimiento ahora prodigado no solo se dirige del humano depredador al otro humano depredador, sino del humano depredador a los animales, a los cuerpos de agua, a los bosques, selvas y manglares. El sufrimiento y el dolor llegan a la mayoría de los habitantes de estas naciones y provocan una alteración violenta y brusca de la existencia. Desequilibran la razón y ponen a prueba el alma, sobre todo si se trata de un dolor que se padece injustamente. Resulta inevitable detenerse frente a él e intentar responder los interrogantes que plantea.

El dolor provocado por gobiernos de países como Colombia es un dolor que trasciende lo individual y lo colectivo. El apilamiento de cadáveres y muertos en vida (en hospitales, proyectos como Hidroituango o de seres desamparados por inundaciones como en el departamento de Chocó) es un espectáculo que traumatiza la mente de quien lo vive, pero (y esto sí que es el fondo) no de quien lo observa y, por tanto, no suscita empatía, pena, horror, indignación o rebelión. Entonces ocurre una suerte de resquebrajamiento del equilibrio mental del individuo que padece, que lo desconcierta y le siembra dudas sobre la supuesta armonía de su mundo, de sus virtudes e ideales.

Toda persona busca la felicidad en sus diferentes versiones y estados: la serenidad del anonimato que al menos le permita tener la nevera llena, la realización a través de una familia a la cual poder educar, la creación de un aporte intelectual, la vida en la soledad de un credo religioso que sostiene sus días, pero el dolor aparece como un obstáculo a esta inclinación natural y universal. Conviene plantear este interrogante: ¿podemos ser felices si sufrimos?

Entonces en las mentes de los habitantes de pueblos más allá de Bogotá, donde se define la dosis de dolor y sufrimiento que a su vez sostiene la placidez de los causantes o victimarios, pareciera que se instalara la tesis sostenida por el escritor paraguayo Mario Halley Mora: “Nunca deseó nada, porque estaba adiestrado a que todo le fuera negado”.

Así reina y se normaliza el dolor como una manera de trascender, de estar en el mundo, como un destino. Como una de las estrategias más ignominiosas de gobernar un país para que las víctimas o testigos de los hechos señalen que el sujeto se lo tiene merecido y su dolor no despierte compasión.

La no compasión es el estado del que se lucra el victimario: “Se merecían morir así porque se oponen al progreso”, dicen y hacen decir a los indiferentes. Este Gobierno lo sabe muy bien: el sufrimiento humano es una necesidad y quien intente apaciguarlo es un vacuo que hay que desaparecer, porque para eso es el dolor.

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