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¡Viva España! – Victoria socialista – Pablo el breve

Abr 29 2019

eldiario.es – El País – Público

¡Viva España!  – eldiario.es

Opinión de Ignacio Escolar

El miedo a Vox, y a un Partido Popular que ya les había abierto la puerta del Consejo de Ministros si se alzaba con la victoria, ha llenado las urnas de votos contra el racismo, contra el machismo, contra el fascismo y contra esa visión de España en la que solo caben unos pocos

La «antiespaña» no son los vascos, los gallegos, la izquierda o los catalanes. La antiespaña son ellos, y por eso la «reconquista» de Vox se ha quedado solo en el 10% de los votos. Uno de cada diez, insultando al 90% restante de ese país en nombre del cual no pueden hablar porque no lo representan

La derrota de la derecha nacionalista española es tan incuestionable como la victoria del PSOE de Pedro Sánchez, que casi duplica al segundo partido en el Congreso

España es el país del 8M más masivo, el que tiene el récord en donaciones de órganos, uno de los primeros donde los homosexuales pudieron casarse. España es una sociedad abierta y tolerante, más moderna de lo que los propios españoles pensamos, bastante menos racista que otros países de Europa, uno de los lugares más seguros y menos violentos del planeta. España es una nación de naciones, y no está dispuesta a renunciar al Estado autonómico que le ha dado sus años más prósperos. España tiene una mayoría social progresista, y por eso la izquierda siempre gana cuando la participación es alta. España no es solo los barrios ricos de Madrid, y su prensa tan conservadora: es también Catalunya, y Euskadi, y Galicia, y Valencia, y Andalucía… Y por eso la radicalizada derecha nacionalista española se ha estrellado en su programa de máximos.

Esa España, este domingo, ha frenado a la extrema derecha. El miedo a Vox, y a un Partido Popular que ya les había abierto la puerta del Consejo de Ministros si se alzaba con la victoria, ha llenado las urnas de votos contra el racismo, contra el machismo, contra el fascismo y contra esa visión de España en la que solo caben unos pocos. La derrota de la derecha nacionalista española es tan incuestionable como la victoria del PSOE de Pedro Sánchez, que casi duplica al segundo partido en el Congreso.

Esa España a la que le preocupa más la lucha contra la violencia de género que el derecho a llevar armas es la que este domingo ha puesto pie en pared y ha cerrado las puertas del Gobierno a un tripartito de derechas, que era seguro si les daban los escaños. Una derecha que ya se había repartido hasta los ministerios sin hacerle ascos al referente en España de Marine Le Pen y Matteo Salvini.

La «antiespaña» no son los vascos, los gallegos, la izquierda o los catalanes. La antiespaña son ellos, y por eso la «reconquista» de Vox se ha quedado solo en el 10% de los votos. Uno de cada diez, insultando al 90% restante de ese país en nombre del cual no pueden hablar porque no lo representan. España entra en la normalidad europea: en casi todos los parlamentos de la UE hay un partido fascista, lamentablemente. Pero el mal resultado de Vox sobre sus previsiones y el desastre para el bloque de la derecha en su conjunto demuestra que esa ola reaccionaria no es tan grande como en otros países de nuestro entorno. Sí, tienen una veintena de diputados, pero serán tan ruidosos como irrelevantes. Entre PP y Vox ni siquiera alcanzan los escaños necesarios para vetar una reforma constitucional, que se podría llevar adelante sin ellos.

Para el PSOE y Pedro Sánchez, la victoria es histórica. Tendrá el grupo parlamentario más sólido del Congreso y podrá gobernar desde la izquierda con bastante holgura. También suma de sobra con Ciudadanos, aunque es dudoso que Albert Rivera pueda ser su socio preferente. No por todo lo dicho en la campaña el líder de Ciudadanos o por sus promesas, tan poco fiables. Sino porque, con este resultado, es evidente que Rivera intentará liderar el bloque conservador y para eso no puede pegarse al PSOE. Lo tiene a tiro, viendo el colapso del Partido Popular, que vuelve a los números de la Alianza Popular de los siete magníficos.

La derrota del PP es tan rotunda que deja al partido herido de muerte. Además de su máster y su ‘postgrado’ en Harvard, Pablo Casado puede lucir en su currículum haber llevado al PP al peor resultado desde 1979, a un hundimiento mayor que el de AP de 1986, que obligó a dimitir a Manuel Fraga. «Hemos perdido todo el centro moderado y no hemos retenido ni un radical», resumía uno de sus dirigentes más sensatos. Su líder, Pablo Casado, dudosamente podrá seguir al frente tras un fracaso así, por mucho que haya mantenido por la mínima el cargo de líder de la oposición. El hundimiento es tan notable que tendrá consecuencias en las próximas municipales y autonómicas.

La derecha nacionalista española –la de Aznar, la del «a por ellos», la del odio, el insulto y la mentira– nunca antes ha quedado tan derrotada. El resultado de este domingo vacuna para el futuro. España es un país mucho más plural de lo que parece leyendo los diarios conservadores de Madrid. La lección, para el que la quiera aprender, es bastante clara: el discurso neocon sirve para que te aplaudan los medios de la derecha, pero abandonar la moderación cuesta muy caro.

Unidas Podemos salva los muebles. Pierde más de un tercio de sus diputados, todos su senadores, 1,3 millones de votos y la tercera posición en el Congreso, pero no cae por debajo de Vox en el Parlamento y tendrá un papel importante en esta legislatura. La campaña de Pablo Iglesias sin duda ha sido buena, y sin ella el resultado habría sido aún peor; los votos se perdieron mucho antes. En un momento de extrema concentración en el PSOE para frenar a la extrema derecha, logra hundirse menos de lo que pronosticaban muchas encuestas, pero acumula su enésima cita con las urnas a la baja. Deberían preguntarse cuál es la causa y no culpar, simplemente, al contexto del momento.

ERC y también Bildu logran un gran resultado. En parte gracias a una estrategia bastante clara: dar por hecho, desde el primer momento, que apoyarían una investidura de Pedro Sánchez frente al tripartito de derechas. Fue una inteligente manera de convertirse en voto útil para frenar a Abascal, Rivera y Casado. Dentro del mundo independentista, se impone el pragmatismo de Junqueras frente a la confrontación permanente de Puigdemont y Torra.

Pedro Sánchez tiene por delante una responsabilidad histórica y cuenta con los votos para hacerlo: reconstruir esa España plural en la que todos quepan, demostrar que el feminismo, la justicia social y la lucha contra el cambio climático son prioritarios, gobernar para los más débiles aunque moleste a los poderosos, recordar que ha sido desde la izquierda como ha logrado esa victoria. No traicionar ese mandato.

Victoria socialista –El País

Editorial

Revés de proporciones históricas del Partido Popular

El partido socialista liderado por Pedro Sánchez ha resultado la fuerza más votada en las elecciones generales y, por tanto, es a ella a la que corresponderá en primera instancia la responsabilidad de formar Gobierno. El Partido Popular y Ciudadanos, por su parte, no han obtenido los resultados que esperaban, confiando en que la estrategia de la crispación en la que han rivalizado se traduciría en un severo recorte del apoyo electoral a los socialistas. Antes por el contrario, los populares han padecido un revés de tales proporciones que amenaza la continuidad de su líder, Pablo Casado, en tanto que Ciudadanos ha fracasado en el intento de encabezar la derecha, pese a haber aumentado sustancialmente su presencia en el Congreso. No cabe descartar la influencia ejercida por el discurso apocalíptico que ambas fuerzas han mantenido desde la moción de censura contra Mariano Rajoy, así como el pacto con el que gobiernan en Andalucía, en la irrupción de Vox y en la normalización de su programa extremista.

El Parlamento que sale de estas elecciones permite, en teoría, diferentes alternativas de investidura, alejando la aberrante posibilidad de una nueva convocatoria, según ocurrió en 2016, así como la de resignarse a un precario Gobierno en minoría. No obstante, es previsible que los diferentes grupos no se pronuncien sobre los pactos necesarios para investir a un candidato a la presidencia del Ejecutivo hasta la celebración de la próxima ronda electoral, el 26 de mayo. Esta implícita vinculación entre los resultados de ayer y los futuros no es la mejor salida para la gestión efectiva de las instancias de poder central, autonómico y municipal, cuyos problemas son singulares y específicos, pero es la única realista a la vista de la composición de la Cámara. También la única prudente, por las implicaciones políticas que conllevará para los principales problemas del país el hecho de que el partido socialista se vea forzado a elegir entre una u otra mayoría.

A este respecto, Ciudadanos es la fuerza que tiene ante sí la más difícil disyuntiva y la más grave responsabilidad, puesto que, de mantenerse en la posición expresada ásperamente durante la campaña, su negativa de principio a contribuir con cualquier fórmula de Gobierno en la que participe el partido socialista convertirá sus alarmas acerca de la unidad de España en una profecía autocumplida. La dificultad a la que se enfrenta una mayoría alternativa que incluya a Podemos reside en el hecho de que sus votos no bastan para investir al candidato socialista, pero también en su posición acerca de la crisis territorial en Cataluña. Ni uno ni otro camino pueden ser descartados de antemano, sobre todo, porque el calendario permite una tregua durante la que concentrarse en los programas más que en coaliciones de siglas en abstracto.

La crisis territorial requiere una salida política que se encuentre inequívocamente dentro de la Constitución, pero no es el único problema sobre el que hay que decidir. Sin una respuesta simultánea al devastador desempleo juvenil, la precarización del mercado de trabajo, la desigualdad social, la lucha contra el cambio climático y el futuro de las pensiones, entre otras reformas imprescindibles, un Parlamento abierto corre el riesgo inasumible de transformarse en un Parlamento inviable.

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Pablo el breve –  Público 

Opinión de  Juan Carlos Escudier

La frase más importante de la noche electoral no fue el “con Rivera, no” con la que los militantes y simpatizantes del PSOE exigieron a gritos a Pedro Sánchez que formara un Gobierno de izquierdas y no volviera a abrazarse a la farola naranja de Ciudadanos, sino la que casi en voz baja deslizó Pablo Casado en su comparecencia tras la debacle. Con la estética de un representante de pompas fúnebres y escoltado por dos de sus enterradores de guardia, el secretario general García Egea y la viuda de España, Suárez Illana, el presidente del PP afirmó que su partido sabía estar a las duras y a las maduras antes de pronunciar estas palabras: “No eludo la responsabilidad”.

La aserción se las trae por enigmática. ¿Qué significa en boca de un político que ha llevado a su partido a la derrota más humillante de su historia? ¿Qué sentido tiene esta asunción de responsabilidades en un líder que ha perdido 71 diputados y cerca de 3,6 millones de votos? ¿Qué quiso decir Casado tras verse expuesto a un catastrófico balance en el que sólo en Melilla y Salamanca puede presumir de haber obtenido más diputados que el resto? Se desconoce por completo.

No se recuerda en la reciente historia democrática de Europa un caso semejante. Por establecer alguna comparación posible, es como si el capitán del Titanic se hubiera puesto a salvo tras el naufragio, se pusiera al mando del bote salvavidas y prometiera una feliz travesía. “Nos vamos a poner a trabajar desde ahora para recuperar los apoyos”, dijo el hombrecito. Acabáramos.

Cualquier análisis de los resultados debería haber implicado su dimisión inmediata o, al menos, la convocatoria de un congreso extraordinario tras las elecciones de mayo. Casado no sólo ha perdido las elecciones sino que es discutible que conserve la condición de líder de la oposición, tras esa jibarización que le deja a poco más de 200.000 votos de Ciudadanos. Eso sí, que en la peor coyuntura posible del PP Ciudadanos tampoco haya conseguido dar el sorpasso habla elocuentemente de las posibilidades reales de Rivera de llegar algún día a la presidencia.

De la desastrosa estrategia de Casado y del fracaso de ese neoaznarismo caduco que pretendía recuperar las esencias y arrinconar los complejos rajoyanos dan muestra los resultados obtenidos en el País Vasco y Cataluña. En Euskadi el PP es un partido extraparlamentario y, con Bárcenas jubilado, algo habrá que inventarse para que el secretario de Organización, Javier Maroto, que se ha quedado sin escaño, viva dignamente. En Cataluña sólo obtiene el acta la marquesa de Casa Fuerte, que estaba llamada a ser la voz de España en tierra hostil y que ha dicho que también asume la responsabilidad como última mohicana sin explicar cómo. Al parecer, la solución del PP a los problemas territoriales del país no era, como se creía, aplicar el 155 al independentismo y a las comunidades de vecinos más revoltosas sino hacer mutis por el foro. Quizás lleve razón.

En su caída, Casado ha arrastrado a todos e, incluso, la aldea gala de Galicia, ese bastión inexpugnable, ha sufrido las consecuencias. Ni Alberto Núñez Feijóo ha podido evitar que, por primera vez en 40 años, el PP no sea el partido más votado, tras ceder más de 14 puntos respecto a 2016. Aun así puede presumir de que Vox no ha mojado en su comunidad y, a expensas de que las autonómicas le sean más favorables, es el único dirigente al que se podría confiar el rosario de la madre porque los muebles y la vajilla ya están en el fondo del mar junto a las llaves. Eso, o implorar de rodillas que Soraya Sáenz de Santamaría les perdone por haber pecado.

Confiar en que las próximas elecciones locales, autonómicas y europeas sean una segunda vuelta de las generales, como hace Casado, es de una ingenuidad casi ofensiva. La refundación del partido que ahora todos reclaman pasa por abandonar esa competencia insensata con la extrema derecha y cerrar el capítulo de Casado con un urgente punto y final. El breve no era Pedro sino Pablo. Las vueltas que da la vida.

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