Diplomacia, Economía y Finanzas, Extremismo radical, Populismo

De la tregua a la guerra

May 16 2019

Jorge Eduardo Navarrete*

Desde mediados de abril y, sobre todo, a principios de mayo no ha habido tema internacional más discutido que la guerra comercial entre China y Estados Unidos. Tras los episodios de inicios de año –examinados en dos notas tituladas De la guerra a la tregua, publicadas el 10 de enero y el 7 de febrero– se vivió un lapso de relativa calma, a veces sacudida por las amenazas del presidente Trump y reparada por declaraciones de los negociadores, encabezados por el viceprimer ministro Liu He y el secretario del Tesoro Steven Munchin y el representante comercial Robert Lighthizer.

Fueron frecuentes, en esos días, las apreciaciones en el sentido de que el acuerdo parecía al alcance de la mano. Así, Anna Swanson escribió EU y China se encaminan a un acuerdo que dé fin a la guerra comercial y elimine los aranceles sobre el intercambio de productos por cientos de miles de millones de dólares (NYT, 1/5/19). Ahora, predomina el sentimiento contrario: la guerra comercial y demás controversias pueden resultar largas y costosas y los aranceles permanecer en vigor por largo tiempo (NYT, 13/5/19 y 14/5/19).

La tranquilidad y el optimismo quedaron destruidos en apenas unos días: un tuit presidencial anunció el 5 de mayo que la elevación de 10 a 25 por ciento ad valorem de los aranceles a la importación de artículos procedentes de China por 200 mil millones de dólares, diferida en marzo ante el avance de las tratativas, se haría efectiva desde el día siguiente, sin importar que al final de la misma semana se realizaría en Washington otra ronda de negociaciones. También se amenazó con imponer un nuevo arancel punitivo, de 25 por ciento, a las importaciones desde China todavía no afectadas, cuyo valor anual se estima entre 300 y 325 mil millones de dólares (FT, 12/5/19).

Acciones punitivas de este corte sólo encajan en lo que algunos han llamado el mundo fantástico de Trump. En ese mundo, los aranceles a las importaciones chinas significan ingresos netos para la economía de Estados Unidos, en lugar de mayores gastos para sus importadores y consumidores. Al recibir al primer ministro de Eslovaquia, Donald Trump afirmó que “estamos recibiendo miles de millones de dólares de China gracias a nuestros aranceles, porque –después de nunca cobrarles ni 10 centavos– estamos imponiendo aranceles a China”. En ese mundo, las acciones inamistosas, punitivas, no afectan las negociaciones. “Nos acercamos, agregó, a un acuerdo muy histórico –así dijo–, monumental.” En ese mundo, no alcanzar acuerdos es mejor que lograrlos. “Y si no lo logramos, concluyó, también estaremos bien –incluso mejor” (www. whitehouse.gov). Un mundo no fantástico, sino fantasioso: Trumpland.

El Ministerio de Finanzas de China anunció el lunes pasado una nueva medida de retorsión: elevar de inmediato, de 10 a 20 o 25 por ciento, los aranceles que gravan la importación de una amplia variedad de bienes estadunidenses, con valor de 60 mil millones de dólares. Se trata de una represalia menos que proporcional. Además, desmintió el alegato estadunidense de que haber renegado de algunos compromisos, no especificados, aceptados en momentos previos de las sucesivas rondas negociadoras. Esta conducta se ha interpretado como indicativa del deseo de China de persistir en las negociaciones y continuar en busca de un entendimiento por elusivo que parezca.

Las tensiones comerciales sino-estadunidenses –además del menor crecimiento económico en China, que ya parece afectar más la perspectiva global que el continuado vigor del estadunidense– constituyen uno de los más fuertes factores negativos para la expansión de la economía mundial en 2019 y más allá. Tras el desencuentro de Washington, proliferaron los vaticinios negativos. El impacto de los aranceles adicionales anunciados reduciría en un punto la tasa de crecimiento de Estados Unidos en el presente año y afectaría también la efectividad de las medidas de reactivación económica adoptadas por China. No se ha cuantificado aún el efecto recesivo sobre la economía mundial, pero podría ser notable.

Se advirtió también que la guerra comercial no sólo interesa al intercambio comercial sino-estadunidense. Es claro, como ya se ha dicho, que Estados Unidos busca detener o acotar el avance de China en las tecnologías de información y comunicación; conseguir que otros países secunden sus acciones –como las emprendidas contra la empresa Huawei–; imponer a escala global los criterios y limitaciones propios en materia de propiedad intelectual, y eliminar ciertos estímulos que considera constituyen subsidios a la exportación. Otras naciones, en Europa y otras regiones, adhieren con algunas reservas estos objetivos.

Hacia mediados de mayo se mencionó una oportunidad de consulta al más alto nivel: los presidentes Xi y Trump coincidirán en Tokio a finales de junio en la cumbre del G20. Además de presentar sus respetos al nuevo emperador, podrían quizá tratar de acortar distancias y aclarar malentendidos en una conversación tête-à-tête.

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*Economista y diplomático mexicano. Columnista de La Jornada. Ha sido Embajador de México en Venezuela, Alemania, Naciones Unidas, China, Chile, Brasil, Austria y Yugoslavia, además fue Subsecretario de Políticas y Desarrollo Energético de la Secretaría de Energía. En sección Opinión de La Jornada,16.05.19.

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Anexo (más sobre política exterior de EE.UU):

Venezuela y la geopolítica mundial

Ángel Guerra Cabrera – La Jornada

Venezuela fue foco y manzana de la discordia fundamental de la reunión sostenida en Sochi el 14 de mayo por los jefes de las diplomacias de Rusia y Estados Unidos, Serguei Lavrov y Mike Pompeo, respectivamente. Seguida por un encuentro de los dos altos funcionarios con el presidente Vladimir Putin, la centralidad del país bolivariano en la cita resulta más significativa por tratarse de la primera visita de Pompeo como secretario de Estado al país eslavo, en el contexto de un largo periodo de envenenadas relaciones bilaterales entre ambas potencias, que se remonta al primer gobierno de Obama. También, por haberse contemplado en la agenda varios de los temas candentes de la relación bilateral y, a la vez, de la escena internacional, entre ellos Ucrania, el programa nuclear de Irán, Siria, Corea del Norte, la supuesta interferencia rusa en las elecciones y la política interior de Estados Unidos, y los tratados de control de armas nucleares.

Las posturas sobre la patria de Bolívar no pudieron ser más distantes.

Así, Lavrov manifestó: “Rusia está en favor de que el pueblo (de Venezuela) determine su futuro, y es de suma importancia que todas las fuerzas patrióticas responsables de la política de ese país inicien un diálogo entre ellas… en el contexto del llamado Mecanismo de Montevideo. Y el gobierno, ha afirmado Maduro, está dispuesto a ese diálogo”.

Más adelante: “Las amenazas contra el gobierno de Maduro… de los representantes… de la administración estadunidense y de Guaidó, que constantemente recuerda su derecho a invitar a la intervención armada desde el exterior, no tienen nada en común con la democracia”.

A su vez, Pompeo: “Llamo a que mis colegas rusos apoyen al pueblo venezolano mientras devuelven la democracia a su país. Estados Unidos y más de 50 naciones coinciden en que ha llegado el momento de que Nicolás Maduro se vaya… esperamos que el apoyo de Rusia a Maduro termine”. Lavrov, en una fina estocada, recordó cómo han terminado los intentos de llevar la democracia a Irak, Libia y otras naciones.

Aunque las sesiones en Sochi hayan evidenciado el desacuerdo de ambas partes en la mayoría de los temas, si condujeran a establecer un mecanismo regular de consultas entre Moscú y Washington, podría constituir una importante contribución a crear una pequeña válvula de escape a la cada vez más caldeada atmósfera internacional. Aunque no fuera tratado en Sochi, no debe perderse de vista el barril de pólvora en que nos ha sentado Trump con la guerra comercial contra China y su plan de paz para Palestina, que implicaría barrer con su ya casi inexistente soberanía económica y territorial y el más duro ataque a la recia identidad de ese pueblo.

No pocos analistas de distinto signo político se han referido al grave peligro de desencadenamiento de un conflicto bélico ruso-estadunidense creado por el jefe de la Casa Blanca y su equipo al escalar las amenazas a Venezuela y la retórica contra Rusia por su apoyo a la soberanía del país sudamericano. Incluidas las importantes relaciones económicas bilaterales y el convenio de cooperación militar ruso-venezolano. Al margen de las posturas opuestas, este peligro podría disminuir si existiera una más fluida comunicación entre Moscú y Washington. De la misma manera, si la potencia del norte llegara a darse cuenta al fin de que por la fuerza no puede romper la estoica resistencia chavista, una relación menos enrarecida con Moscú podría facilitar el establecimiento de un diálogo político entre las fuerzas patrióticas venezolanas, como el aludido por el canciller ruso.

Tanto Pompeo como Putin y Lavrov expresaron su satisfacción por las pláticas. Pompeo declaró encontrarse en el balneario del Mar Negro porque el presidente Trump está decidido a mejorar las relaciones con Rusia. Por su parte, Putin expresó: como saben, hace unos días tuve el placer de hablar con el presidente estadunidense vía telefónica, y tuve la impresión de que él está dispuesto a restaurar la relación bilateral y resolver conjuntamente las cuestiones que representan un interés mutuo. Por nuestra parte, dijimos en repetidas ocasiones que también nos gustaría restaurar las relaciones plenamente, espero que se estén creando ahora las condiciones necesarias para ello”. También expresó su disposición a colaborar con Washington en relación a Corea del Norte, Afganistán, el mercado mundial de energía y avanzar en el diálogo estratégico.

En resumen, es un pequeño paso el dado por Moscú y Washington, probablemente facilitado por la publicación del informe del fiscal especial Robert Mueller. El asesor de Putin, Yuri Ushakov, calificó de constructivo el enfoque de Estados Unidos en las conversaciones, pero opinó que no se ha producido un gran avance. Si uno piensa en la prepotencia y la estulticia del equipo de política exterior de Trump no es para estar optimista, pero la lucha y la solidaridad entre los pueblos obran milagros y esa es nuestra esperanza.

 

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