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Isabel Allende: «Resurge en Europa una extrema derecha que podría repetir el horror de la Guerra Civil o el Holocausto»

May 30 2019

Francesc Miró – eldiario.es

La célebre autora publica Largo pétalo de mar, una historia inspirada en el viaje del Winnipeg, barco de exiliados republicanos españoles fletado por Pablo Neruda

«Exiliarse no es simplemente cambiarse de país: es un estado mental en el que uno se siente diferente»

«Antes había como una especie de conspiración de silencio por la literatura femenina, eso está cambiando»

El 3 de septiembre de 1939, algo más de 2.000 españoles desembarcaban en Valparaíso, Chile. Habían viajado varias semanas en un barco llamado Winnipeg, fletado por el poeta Pablo Neruda y concebido para llevar a unos veinte marineros en trayectos cortos. No tenían otra opción. Acababa de estallar la Segunda Guerra Mundial, pero ellos huían de una Guerra Civil cuyo desenlace les obligó a exiliarse.

A ellos les dedica su última novela Isabel Allende. Largo pétalo de mar, publicado por Plaza Janés, narra la historia de Víctor Dalmau y Roser Bruguera, dos republicanos catalanes exiliados a Chile primero y a Venezuela después, debido al golpe militar que acabaría con el presidente Salvador Allende en 1973.

Isabel Allende, nacida en 1942, empezó su carrera en el periodismo, un oficio que cultivó durante años. El 8 de enero de 1981 le comunicaron que su abuelo acababa de fallecer y empezó a escribir una carta que se convirtió en su primera novela. Hoy La casa de los espíritus es uno de los títulos más célebres de la literatura latinoamericana contemporánea. Sus obras han sido traducidas a cuarenta idiomas y ha vendido más de setenta millones de ejemplares en todo el mundo. La fecha de aquella misiva se convirtió en un fetiche para ella que, a sus 77 años, sigue marcando en el calendario el día señalado para empezar a escribir una nueva novela.

¿Cómo nace Largo pétalo de mar? ¿Cómo llega hasta la historia del Winnipeg?

La historia de los refugiados que llegaron a Chile la conocía desde que era chica. Pero resultó que en los años setenta, cuando vivía en Venezuela, conocí allí a otro exiliado que había sido uno de los republicanos españoles que llegaron en el 39. Aquel era ya su segundo exilio y ambos por razones muy similares: él había vivido la Guerra Civil y luego le tocó vivir el golpe militar en Chile. Estuvo en un campo de concentración en Francia y en otro en Chile. Se repitió la historia de una forma dramática.

Me contó la odisea del Winnipeg, que me quedó adentro como una historia maravillosa pero no sentí el impulso de contarla inmediatamente. Hasta recientemente, cuando me di cuenta del alcance de esta crisis de refugiados que vivimos ahora mismo. Y decidí que ese iba a ser el tema: el rechazo a los refugiados sin entender que la gente que llega como refugiada es porque está escapando por su vida y no tiene dónde ir.

No es la primera vez que el exilio está presente en su obra, lo hizo en El amante japonés y en otras ocasiones. ¿Tiene el exilio algo que le atraiga especialmente como temática literaria?

El exilio es el desarraigo, el no pertenecer. Es sentirse marginalizado y diferente. En todos mis libros hay personajes marginalizados, ya sea por su condición de extranjeros, por su físico, por haber delinquido… por lo que sea. Ese tipo de personajes son los que me interesan.

Pero sí, el tema del exilio es muy importante para mí. Exiliarse no es simplemente cambiarse de país. A veces el exilio es psicológico, es un estado mental en que uno se siente diferente.

Una vez le escuché decir a Toni Morrison que todos los escritores son exiliados porque desde chicos se sienten diferentes. No son del todo de ninguna parte, están un poco al margen. Pero es justamente eso lo que les hace observar la realidad desde un ángulo que el resto no ve. O sea que, en cierto modo, siempre estoy viendo las cosas como una extranjera, y eso me ayuda mucho en la literatura.

En Largo pétalo de mar  recorre los campos de concentración de Argelès-sur-Mer, en Francia y del Estadio Nacional de Chile, en Santiago. Recuerdan  actualmente al campo de refugiados de Moria, en Lesbos. ¿Por qué? ¿Cree que la historia siempre repite?

Se repite, en parte, porque la gente no conoce la historia. Y en parte porque lo que mueve la historia son las pasiones humanas, y esas no cambian. Después de haber pasado por los horrores de la Guerra Civil, uno pensaría: «Esto no puede volver a ocurrir». Después de haber vivido el Holocausto, uno pensaría: «Esto no puede volver a ocurrir». Y luego ves que resurgen en toda Europa movimientos de extrema derecha, racistas y xenófobos que podrían repetir exactamente lo mismo. Las pasiones que provocaron eso, después de todo, siguen existiendo. Si no hay instituciones suficientemente fuertes como para contrarrestar esa negatividad, el sistema se cae.

Cuando yo llegué a Estados Unidos, hace treinta años, le dije al que entonces era mi marido: «Este es un país de fascistas». Y me contestó: «¿De qué estás hablando? ¡Esta es la cuna de la democracia!». Pero ahora veo que esas instituciones peligran por personajes como Trump, que no sale de la nada: encarna a una parte de la población que se ha envalentonado y que si triunfan sobre los valores democráticos que tenemos, el país se va al diablo.

Eso es algo que puede pasar porque ha pasado en muchas otras partes. Al ver con perspectiva la historia, uno comprende cuán fácilmente se tropieza y se cae la humanidad. Y cuánto cuesta luego volver a levantarse.

Antes explicaba que Largo pétalo del mar surgió de una historia que le habían contado. Pero hasta cierto punto también tiene ecos de su propia vida, por su exilio tras el golpe militar contra Salvador Allende [primo hermano del padre de Isabel Allende]. ¿Cómo de personal es esta novela para usted?

Para mí es una novela histórica que no tiene mucho de personal, excepto lo que comentas. Haber vivido el golpe militar en Chile y el exilio a Venezuela que les toca a un par de protagonistas de la novela…

Hay muchos libros que siento más personales, como las memorias que he escrito, o Paula [libro que escribió tras la muerte de su hija]. O, sin ir más lejos, La casa de los espíritus, que es la historia de mi familia.

Largo pétalo de mar  tiene una historia muy rica que se sostiene por sí sola, pero también coincide con este momento que estamos viviendo. Parece que una historia así podría ocurrir hoy, solo que en vez de ser exiliados republicanos serían refugiados sirios.

 

Hablando de Neruda y el Winnipeg, ¿Cómo y por qué decide estructurar la novela, incluso titularla, en base a esos versos de Neruda que abren cada capítulo?

En parte como un homenaje a Neruda. Fue él quien acudió donde el presidente de la república [Pedro Aguirre Cerda, presidente entre 1938 y 1944 ] a pedirle que aceptase que trajera a los refugiados. Y el presidente le dice: «Bueno, hágalo, pero no le vamos a dar ni un peso». Y lo mandan a Francia como cónsul especial para la emigración española, ¡sin un peso!

Llega a la delegación chilena en París, donde eran todos de derechas, y le hacen la vida imposible. ¡Y el tipo consigue el dinero! Consigue el barco, lo acondiciona, selecciona a la gente y llega al puerto de Pauillac. Esa odisea no habría sido posible sin la visión y el esfuerzo de Neruda. ¡Es algo extraordinario!

En medida distinta, Salvador Allende también es un personaje secundario en su novela. ¿Cómo ha sido tratar un familiar suyo como un personaje?

Para poder entender el segundo exilio de Víctor, el golpe militar y su salida hasta Venezuela, tengo que presentar a Allende. Allende encarna el gobierno socialista ante el golpe militar. Es imposible obviarlo y como personaje es maravilloso porque tiene un aura legendaria. Es conocido internacionalmente. Todo el mundo sabe quién es Allende. En ese caso, lo necesitaba para explicar el golpe.

En España ha habido en los últimos tiempos un auge del feminismo, que se ha convertido en un movimiento esencial para entender el país. ¿Cómo ve esto? ¿Cree que puede cambiar el estado de las cosas en la literatura?

En Chile, y diría que en toda Latinoamérica, también ha acontecido esto. Yo creo que el mercado editorial tiene en cuenta a las escritoras desde hace tiempo. Se dieron cuenta de que las mujeres leen más ficción que los hombres. ¡Ahora los editores buscan a escritoras! Antes no era así.

Antes había como una especie de conspiración de silencio por la literatura femenina. No se estudiaba en las universidades, la crítica la ignoraba y los editores no le prestaban atención. Pero a medida que se dieron cuenta de que el mercado de la ficción era femenino, fueron cambiando las tornas y ahora hay muchas y muy buenas escritoras de ficción.

Creo que el movimiento feminista es sumamente importante para nuestra sociedad. Pero hay que tener cuidado con que el extremo llegue a censurar. Eso es peligroso. Cuando uno escribe con miedo a ofender, con miedo a ser políticamente incorrecto… te limitas muchísimo.

Si yo tuviera que volver a escribir La casa de los espíritus tendría que ser muy cuidadosa con el lenguaje. Y muchas de las escenas que entonces no se cuestionaban, hoy en día no se podrían escribir. Con este tipo de actitudes se limita el lenguaje, se limita la cultura y se limita la libertad de expresión.

Con todo, la protesta a veces sirve: en México, hace no mucho, centenares de mujeres del mundo de la cultura se unieron para denunciar sus experiencias de abuso. Mucha gente se dio cuenta de que el mercado editorial se había mantenido al margen de eso. ¿Por qué cree que existe esa espiral del silencio?

Ahora está cambiando, pero hasta hace poco la editorial era una industria absolutamente controlada por hombres. Los grandes dueños de las editoriales eran hombres. Y también era una industria muy cerrada, en la que habrá muchas mujeres que tuvieron que hacer concesiones, como en el mundo del cine. Hace años, si alguien quería triunfar en el cine, posiblemente tenía que acostarse con el director, ¿no? Pues un poco lo mismo con la industria editorial.

¿Cree que eso está cambiando gracias al movimiento feminista?

Creo que es algo que ya ha cambiado. Antes había total impunidad, los hombres podían hacer lo que les daba la gana y se protegían unos a otros. Hoy día esa impunidad no existe y hay mucho más cuidado. Y eso es por el movimiento #MeToo sin duda.

En Como acabar con al escritura de mujeres, Joanna Russ hablaba de las estrategias que han servido para silenciar a grandes autoras. ¿Usted se ha enfrentado a esto? ¿Se las ha visto con ese patriarcado cultural?

¡Siempre! ¡Toda mi vida! Antes ese patriarcado cultural era muchísimo más fuerte que ahora. Cuando yo empecé a escribir, cuando publiqué La casa de los espíritus, estaba el boom de la literatura latinoamericana y eran todos hombres. No había paso para la mujer. Las mujeres que llevaban escribiendo, desde Sor Juana Inés de la Cruz, eran sistemáticamente silenciadas e ignoradas por la crítica, por la Academia… una mujer tenía que hacer el doble de esfuerzo que cualquier hombre para obtener la mitad de reconocimiento.

¿Y cómo cree que debe operar la cultura para intentar cambiar esas dinámicas machistas?

Las cosas cambian cuando hay un número crítico de personas que piensan de determinada manera. El movimiento abolicionista empezó con unos pocos cuáqueros que decían que la esclavitud era inmoral. Pero fue a más, hasta que se cambian las cosas.

Es lo que pasó con el #MeToo. ¿Cuántas mujeres se han quejado, durante milenios, de haber sido acosadas o abusadas sexualmente? Pero se van sumando voces y llega un momento en le que estalla la cosa.

Después de tantos años dedicados a la literatura, uno se da cuenta de que ha tenido una periodicidad de publicación casi militante. ¿Ha sentido en algún momento que la relación con su profesión ha cambiado?

Sí que me he enfrentado a etapas difíciles… Después que se murió Paula fui incapaz de escribir como por tres años. Y entonces escribí un libro que no era ficción. Afrodita. Me di cuenta de que tengo formación de periodista: si me dan un tema y tiempo para investigar, puedo escribir sobre casi cualquier cosa.

Tras lo de Paula, nunca más me ha pasado eso de no poder escribir, pero siempre pienso que si me vuelve a pasar, me iré a la no ficción. Lo que necesito es el músculo, el entrenamiento, no dejar de escribir.

La no ficción, entonces, ¿es liberadora para usted?

Sí. Estaba totalmente atrancada en el dolor y en el recuerdo. Y sentarme a escribir, aunque no fuese nada de ficción, me ayudó. Me soltó un poco y me ayudó a volver al entrenamiento de escribir todos los días. Mira, esto es como el deporte. Hay que hacerlo todos los días. El pasado 8 de enero empecé algo pero tuve que dejarlo porque hay demasiadas cosas con la promoción. Pero el próximo 8 de enero voy a volverme a encerrar y voy a ponerme en serio.

 

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