Derechos Humanos, Economía y Finanzas, Extremismo radical, Populismo, Proteccionismo

Presidente guerrero

May 10 2019

RAMÓN LOBO – El País

A Trump no le interesan las causas de los problemas, solo el espectáculo de sus efectos, todos agitados en un cóctel de confusiones con el único fin de esconder el objetivo real: sus intereses

Donald Trump dirige cuatro ofensivas simultáneas contra Venezuela, Irán, China y una Cámara de Representantes demócrata que trata de debilitarle antes de las elecciones de 2020. En una presidencia tan hiperbólica, que salta de un enemigo a otro, es difícil estar seguro de si nos hallamos ante una invasión inminente, un tuit subido de tono o una cortina de humo.

Han pasado 16 años desde la invasión de Irak y aún siguen circulando las mismas mentiras y los mismos personajes tóxicos, como el actual asesor de Seguridad Nacional, John Bolton.
Steve Herman, corresponsal de Voice of America en la Casa Blanca, tuiteó este miércoles: “Después de garantizar el Gobierno de Irak, EE UU se prepara para proteger su soberanía frente a Irán”. Es un ejemplo del estado de desinformación bajo el trumpismo. Al parecer no se ha enterado de que la invasión de 2003 provocó más de 600.000 muertos —según la revista médica The Lancet—, una guerra civil entre suníes y chiíes, la partición de hecho de Irak, el nacimiento del ISIS y la propagación de la guerra a Siria (cerca de 500.000 muertos). El actual Gobierno de Bagdad es tan chií como el de Teherán, del que es amigo y aliado. Irán es el vencedor regional de una ocupación desastrosa.

La Casa Blanca anunció sin pruebas que Irán prepara ataques con drones contra objetivos de EE UU en Oriente Próximo. Para responder al supuesto desafío, Washington ha enviado a la zona al portaviones Abraham Lincoln, el mismo en el que George W. Bush declaró la victoria sobre Sadam Husein semanas antes de que empezara la guerra de verdad.

Irán ha comunicado que suspende algunos compromisos voluntarios del acuerdo nuclear alcanzado al final de la presidencia de Obama con EE UU, Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania. No se puede decir que rompe el pacto porque sigue en él, sujeto a los controles de la Agencia Internacional de la Energía Atómica. Quien sí lo rompió fue Trump hace un año. Sacó a EE UU de un acuerdo firmado por su antecesor, amplió las sanciones a Irán y no deja de presionar a Europa para que no invierta en ese país bajo la amenaza de represalias contra sus empresas.

La denuncia constante de los regímenes autoritarios de Venezuela e Irán no se extiende a Arabia Saudí, el amigo al que se venden armas al por mayor a cambio de miles de millones de dólares. Su ideología religiosa, el wahabismo, es el alimento del que se nutren Al Qaeda y el ISIS, que atentan contra intereses occidentales. Cada golpe, sea en París, Londres o Barcelona, nos estremece, pero olvidamos que más del 80% de las víctimas de este tipo de terrorismo yihadista son musulmanes.
A Trump no le interesan las causas de los problemas, solo el espectáculo de sus efectos, todos agitados en un cóctel de confusiones con el único fin de esconder el objetivo real: sus intereses.

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Editorial – EL PAÍS

La respuesta a la aplicación de la Ley Helms-Burton debe ser europea

La activación del título III de la Ley Helms-Burton, ignorado sabiamente por las Administraciones de Clinton, Bush y Obama, ha endurecido las relaciones de Estados Unidos con Cuba, por supuesto, pero también ha involucrado en un enfrentamiento judicial a las empresas extranjeras instaladas en Cuba y, en especial, a los intereses españoles en la isla. El título III faculta a empresas y ciudadanos estadounidenses a iniciar reclamaciones judiciales por los bienes y activos que les fueron expropiados y nacionalizados en 1959. El daño que causará esta decisión en la evolución económica de la isla es casi tan grande como el tamaño del disparate que supone reclamar ahora ante los tribunales estadounidenses una reparación por decisiones tomadas 60 años atrás.

Es inútil pedir a la Administración de Trump un cálculo correcto de las decisiones que toma; buena parte de su estrategia negociadora consiste en sembrar el miedo en sus interlocutores por encima de los costes, propios y ajenos de esa estrategia. El título III desestabiliza la economía de Cuba desde el momento en que introduce un factor indeseado más de incertidumbre entre los inversores presentes y futuros. Ahora mismo ninguna empresa sabe si en el futuro será asaltada por una reclamación judicial con la que difícilmente pudo contar en el momento de invertir; y tampoco está en disposición de asegurar que la Administración estadounidense no tomará medidas de represalia para su dinero o sus productos.

La maniobra de Washington parte de la presunción abusiva de que los tribunales norteamericanos pueden extender su jurisdicción fuera de sus fronteras. Las reclamaciones deberían plantearse si acaso ante un tribunal internacional o arbitraje independiente.

Las empresas españolas están implicadas en este conflicto inesperado. Tienen que disponer de cuantiosos recursos económicos para hacer frente a litigios que, en su origen, son de naturaleza política. La ministra de Industria, Reyes Maroto, ha enfatizado que el Gobierno está dispuesto a defender los intereses españoles con medidas propias y, por supuesto, con todas las que pueda aplicar un miembro de la Unión Económica y Monetaria. La economía española se juega mucho en Cuba. Para empezar, sus posiciones privilegiadas en el mercado hotelero; para el futuro, las oportunidades de inversión sobre todo en energías renovables, automóvil y transporte, donde la experiencia empresarial española es superior a la de sus competidores.

La Administración de Trump no juega a una sola carta; utiliza los tribunales como un arma de coacción para amedrentar las inversiones del resto del mundo en Cuba. La respuesta adecuada debe ser supranacional y calculada. La prudencia elemental aconseja graduar la respuesta oficial al oportunismo de la Helms-Burton de acuerdo con la evolución de los acontecimientos. Pero el hecho es que las primeras reclamaciones ya se han presentado en Estados Unidos. Una primera respuesta sería una reclamación europea en la Organización Mundial de Comercio, ese organismo multilateral de mediación que Trump y su equipo están empeñados en liquidar. Las autoridades europeas deberían tener preparado, como mínimo, el mecanismo de bloqueo de inversiones y productos estadounidenses en Europa, previsto en la legislación comunitaria.

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