Extremismo radical, Migraciones y refugiados, Política, Populismo, Racismo&discriminación

Réquiem por el viejo orden internacional

Jun 10 2019

Francisco G. Basterra –El País

Trump pensaba al llegar a Londres que el Día D era el Día Donald

Solo la reina Isabel II, que tenía 18 años el Día D, y un puñado de supervivientes del desembarco de Normandía, todos rondando los 100, podían comprender lo que significaba la celebración del 75º aniversario del asalto al continente por los Ejércitos aliados. Representaban los últimos flecos de una memoria viva que se desvanece, ante la presencia del presidente Trump, responsable del entierro del orden del viejo mundo, una creación angloamericana, tras imponer su América primero, alimentar el Brexit y hacer lo posible por debilitar y dividir a Europa con su ignorante desdén. Como agudamente dibujaba un humorista británico, Trump pensaba al llegar a Londres que el Día D era el Día Donald.

El orden democrático reglado y multilateral alumbrado en la posguerra de 1945 se logró con la sangre de los jóvenes soldados, casi chiquillos que pusieron el pie en el matadero de cinco playas normandas: lo que dio en llamarse la generación más grande. Una construcción que nos ha traído hasta aquí a lo largo de siete décadas y que ha hecho posible un modo de vida abierto y civilizado. Pero nada, ni siquiera el éxito, permanece para siempre.

Llegó sorpresivo un presidente que ha cambiado el mundo y el lugar de EE UU en él, con su mantra de que EE UU se ha convertido en un basurero para los problemas de todos los demás. A lo que Trump quiere darle la vuelta utilizando las herramientas de las guerras comerciales, militarizando su arsenal económico: sin reglas, vale todo, solo gana uno y el adversario no obtiene nada. Doblega a Méjico pero será difícil y peligroso someter a China. Y alimenta la aproximación de Moscú y Pekín. Cree equivocadamente Trump que América, gracias a su matonismo, está más fuerte que nunca. Prima la confrontación y las acciones unilaterales. El vínculo transatlántico ha envejecido mal, se deshilvana, y no es defendido ya por sus creadores. Han bastado dos años de Trump para frustar a los aliados europeos que se dan cuenta de que el EE UU de Trump ya no es fiable. Lo que no es necesariamente una catástrofe pero sí obliga a la UE a un replanteamiento estratégico. Se acaba un era en Europa y la primera en darse cuenta fue la canciller Merkel cuando advirtió que los europeos debemos tomar nuestro destino en nuestras manos, con independencia estratégica en Política Exterior y de Defensa. El mismo concepto de Occidente está en cuestión.

Hace solo 10 días, Merkel, que está ya de salida, recibió un doctorado honoris causa en Harvard. Sin citar por su nombre a Trump,  la canciller exhortó a demoler los muros de la ignorancia. “Pensad libremente para poder distinguir y no disfrazar las mentiras como verdad, y la verdad como mentiras”. Nos adentramos en un mundo más impredecible donde correremos mayores riesgos. Réquiem por el viejo mundo.

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Anexo:

Corrección, Trump sí nos necesita

David Penchyna Grub – La Jornada

Un buen jugador de póquer lo es a partir de su impredictibilidad. Donald Trump fue un gran jugador en su ruta hacia la Casa Blanca; sin embargo, el primer año de su administración lo expuso como alguien que apuesta al bluff; es decir, al engaño del rival en turno. El primero en entenderlo fue el mercado: basta analizar las primeras reacciones de las bolsas a los dichos del presidente de Estados Unidos, versus las que hoy genera para concluir que el dinero aprendió rápido la distancia entre narrativa y realidad.

Ese truco descubierto es hoy la mayor amenaza para la economía mexicana, pues Donald Trump no sólo está ávido de probar que su método de la amenaza arancelaria funciona (China y Turquía nos preceden en el ensayo), sino de demostrar que la distancia entre lo que dice y hace es menor de lo que cree el mercado y parte de los estadunidenses. En otras palabras, lidiamos con el bluff de un buen jugador de póquer, con la clarísima estrategia de endurecer su discurso, cuidar a su base electoral y revender la falacia de que México se ha robado los empleos que faltan en el Rust belt del Midwest estadunidense.

No es lo mismo enfrentar a Trump como aspirante, como candidato en ascenso, como presidente, ni como presidente en campaña buscando la relección. De todas las posibilidades esta última es la más compleja y peligrosa, pues las bravuconerías de un mitin de campaña se transforman en política comercial.

Contrario a lo que manifestó en una entrevista televisiva con profunda arrogancia (México nos necesita a nosotros, nosotros no los necesitamos a ellos), Estados Unidos –el principal mercado de consumo a nivel global– requiere una cadena de valor integrada a lo largo de los últimos 30 años, que ha minimizado tiempos, abaratado costos, y garantizado productos los 365 días del año sin importar las condiciones climáticas, como los agrícolas. La región de Norteamérica es un corredor logístico con clarísimos beneficios económicos y sociales en el que las fronteras han sido un referente geográfico, nada más. Tan nos necesita, que hoy es lunes y no hay aranceles golpeando la economía mexicana y al consumidor estadunidense.

La idea de que México ha robado –esa es la palabra que utilizó Donald Trump– los empleos a sus connacionales es tan burda como falsa. El ciudadano de Detroit que, a diferencia de su padre, no sigue laborando en una línea de ensamblaje, le debe su realidad a la crisis financiera global de 2008 y a la automatización de los procesos industriales. Cualquiera que haya visitado recientemente una planta automotriz puede atestiguar dos cosas: el capital humano está altamente capacitado, a la altura de todo país del orbe; y cada vez se utilizan menos manos humanas en infinidad de procesos. El espejismo, sin embargo, es vitoreado en los bastiones republicanos que no quieren escuchar razones económicas complejas atadas a la globalidad y a la tecnología, sino encontrar un culpable de por qué viven peor que los baby boomers.

Ese es el fondo de nuestra gravísima coyuntura: somos el tema de campaña de un presidente sui generis. Somos la gasolina del motor de la xenofobia y el miedo. Ambos son elementos clave en la movilización electoral que llevó a Trump a la presidencia y que puede mantenerlo allí otros cuatro años.

Ante ello, nos queda tratar de entender las razones detrás de lo que parece sin razón. Nos queda mantener la templanza y apostarle –a diferencia de otros momentos históricos, particularmente en el siglo XIX– a la unidad nacional. El acto del sábado en Tijuana es doblemente simbólico. En efecto en esa ciudad empieza la patria, pero también ahí termina América Latina. Hoy México representa no solamente a sus ciudadanos, sino a los países centroamericanos.

El haber desactivado desde el Estado mexicano la bomba arancelaria con firmeza y calma es un gran indicador de cómo tratar con Donald Trump.

Él tendrá la necesidad permanente de demostrar que sus amenazas son fundadas. Vender cualquier avance migratorio como un logro suyo, pero también el éxito de su método; de su Art of the deal diplomático. Nos queda por ello, de forma imperativa, ocuparnos de los factores que sí están bajo nuestro control en un entorno económico delicado y tratar –como se ha probado con éxito a lo largo de estos días– de mitigar los riesgos que implica un apostador cuya técnica ha sido puesta en evidencia; un apostador antimexicano y en campaña.

 

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