Derechos Humanos, Extremismo radical, Justicia, Migraciones y refugiados, Populismo, Racismo&discriminación

El caso de la capitana destapa las ‘vergüenzas’ de Italia con los inmigrantes

Jul 3 2019

Manuel Tori – El Español

Mientras Salvini le hace la vida imposible a la ONG alemana, la Guardia Costera italiana opera en el Mediterráneo Central salvando la vida de decenas de migrantes.

Roma, 3 julio, 2019 – La evolución en las últimas horas de la detención y liberación de Carola Rackete, la capitana alemana del barco Sea Watch 3, de la homónima ONG, está poniendo de manifiesto que el Gobierno italiano no tiene una línea clara y definida en materia de migraciones, más allá de la propaganda de su ministro de Interior y líder de la Liga, Matteo Salvini.

Es más, el principal socio de Gobierno, el Movimiento 5 Estrellas del ministro de Trabajo, Luigi Di Maio; está poniendo en entredicho la voz única del Ejecutivo invitando a Sea Watch a que este miércoles intervenga en la Cámara de los Diputados italiana.

Las contradicciones se suman si, además, se considera que mientras Salvini le hace la vida imposible a la ONG alemana para que ésta no entre en Lampedusa (Sicilia), la Guardia Costera italiana opera en el Mediterráneo Central salvando la vida de decenas de migrantes. Se liberó a Carola Rackete mientras Italia demostraba no tener, ni siquiera a corto plazo, ningún tipo de estrategia unívoca de cara a las migraciones.

Italia se está saltando el derecho internacional siguiendo el antojo de Matteo Salvini, que está instrumentalizando el caso Sea Watch para desafiar a la UE mediante un pulso. El barco, perteneciente a una ONG alemana y con bandera holandesa; está creando cierta tensión entre Roma, Berlín y Ámsterdam en relación a Sea Watch. «Italia no es un país indigno», pero el comportamiento de su ministro del Interior, Matteo Salvini «es inaceptable», asegura la portavoz del Gobierno francés, Sibeth Ndiyaye y «no está a la altura lo cómo tendría que ser».

El líder de la Liga ha tenido ocasión de responder haciendo uso de su habitual lectura soberanista: «¿Que mi comportamiento en materia de inmigración es inaceptable? El Gobierno francés debería dejar de insultar y empezar a abrir los puertos, porque los italianos ya han acogido lo suficiente».

Por lo pronto, pase lo que pase tanto con Rackete como con su buque, la ONG alemana declara tener lista otra embarcación para la búsqueda y salvamento de migrantes frene a las costas de Libia, tal como ya ha vuelto a hacer la española Open Arms en los últimos días, justo cuando el momento de la detención de Carola Rackete en Lampedusa. «Seguiremos actuando de manera que se respeten los derechos humanos en el Mediterráneo, si fuera necesario incluso con un nuevo barco siempre que el Sea Watch 3 siga estando secuestrado», ha afirmado uno de sus responsables, Ruben Neugebauer, en una rueda de prensa organizada por la ONG alemana en Berlín.

Todo el caso Sea Watch empezó la semana pasada, cuando el barco Sea Watch 3 llevaba más de 15 días a la deriva con 42 migrantes a bordo que habían sido rescatados por la propia ONG alemana frente a las costas de Libia, en África. Durante varios días, el buque de bandera holandesa permaneció en el límite del mar territorial italiano, a unas 15 millas marítimas, ya en aguas internacionales.

Pero llegó un momento que, según relata la propia capitana estos días en los juzgados italianos y como ya hizo a través de las redes sociales hace unos días, la situación empezaba, según ella, a ser insostenible desde el punto de vista tanto humanitario como sobre todo sanitario. Por eso, infringiendo el nuevo decreto ley italiano que impide la llegada a puerto de cualquier embarcación sin autorización expresa; Rackete decidió atracar en el puerto siciliano de Lampedusa en contra de la orden de las fuerzas armadas transalpinas. Por esta razón, este fin de semana la capitana del buque Sea Watch 3 fue detenida mediante arrestos domiciliarios. Según se lee en los medios de comunicación italianos, Rackete podría arriesgar una multa de hasta 50.000 euros.

La ONG española Open Arms, sin embargo, deja también en evidencia las contradicciones del contenido migratorio defendido por Matteo Salvini, ya que la organización no gubernamental ya está colaborando con la Guardia Costera italiana en el Mediterráneo Central para encontrar y rescatar a migrantes y refugiados en el antiguo Mare Nostrum a pesar del revuelo del caso Sea Watch. Así ha ocurrido por ejemplo este fin de semana, donde 55 personas –entre ellas también 4 niños y 3 mujeres embarazadas– que se encontraban en un barco de madera procedente de Libia, fueron salvadas por la Guardia Costera italiana gracias al aviso de Open Arms.

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Anexo :

El drama de los migrantes: cómo es un día de rescate en el Mediterráneo

Por Alejandra Hayon – Página12, Argentina

El relato de una rescatista en primera persona

La situación de los rescatistas que salen al mar Mediterráneo en busca de barcos precarios sobrecargados de migrantes, en su mayoría libios, está más difícil que nunca. Tras la decisión de Italia de cerrar sus puertos y prohibir la actividad de las organizaciones humanitarias, quienes continúen con los rescates se arriesgan a enfrentar multas, arrestos y largos procesos judiciales. Como ocurrió con la capitana del Sea Watch, Carola Rackete, detenida por “favorecer la inmigración ilegal” y navegar en “zonas prohibidas”, acusación que recibió por rescatar a 40 migrantes y llevarlos al puerto italiano de Lampedusa.

“Salimos al mar a pesar de las sanciones y de las multas y lo hacemos en un contexto absolutamente agresivo y violento. Criminalizan a los migrantes y ahora también a nosotros”, afirma Laura Lanuza, una de las integrantes de Open Arms, otra de las organizaciones de ayuda humanitaria que rescatan migrantes y una de las pocas que quedan en el mar. Open Arms nació en 2015, luego de que se difundiera la foto de un niño de tres años ahogado en las costas del Mediterráneo. Esa imagen, que conmovió al mundo como hace días lo hizo otra de un padre con su pequeña hija muertos los dos en un río de Mexico, hizo que un guardavidas español reuniera algunos amigos rescatistas y se lanzara al mar. En estos cuatro años, la organización creció a partir de donaciones, salió a alta mar 63 veces y rescató a 60 mil personas.

La política de puertos cerrados sin embargo puso en duda su trabajo. El barco Open Arms estaba varado hace seis meses en un puerto español por trabas burocráticas. El jueves pasado sus tripulantes decidieron volver al mar sin importar las consecuencias. “Pasamos demasiado tiempo viendo cómo la gente se muere mientras nadie hace nada. Antes que ser cómplices preferimos ser sancionados”, cuenta Lanuza, que forma parte de la organización desde los inicios, hoy ya como responsable de comunicación.

¿Cuál es la situación ahora de los rescatistas?

Desde hace un año cuando decidieron cerrar los puertos de Italia y Malta, cada misión es anómala. Antes teníamos una rutina de trabajo, las misiones eran de 15 días y cuando terminaban volvíamos al puerto para cambiar la tripulación. Ahora el contexto es absolutamente agresivo y violento. Los migrantes son criminalizados y nosotros también. Italia acaba de firmar un decreto que prohíbe la presencia de organizaciones humanitarias en aguas italianas por lo que salir al mar implica desobedecer, algo que traerá multas y sanciones. Llevamos demasiado tiempo esperando a que el Gobierno nos permita volver a salir, demasiado tiempo viendo como la gente se muere y nadie hace nada. Antes que ser cómplices preferimos ser sancionados.

¿Cómo es el Open Arms?

Es un barco viejo de 1974, en el que tuvimos que invertir. La mayor parte de la tripulación son voluntarios y lo hacemos todo con donaciones. En el barco viajan 19 personas en total entre capitán, marineros, cocineros, socorristas, enfermeros, médicos y dos periodistas. El trabajo es muy difícil, las situaciones que se viven en el mar son muy dramáticas y no siempre acaban bien. Hemos visto a bebés colapsar a bordo, por eso también tenemos apoyo psicológico. Este año llevamos 600 personas ahogadas y es probable que sean muchas más porque no hay testigos. En cuatro años hicimos 63 misiones y rescatamos 60.000 personas entre el mar Egeo y el Mediterráneo.

¿Qué pasa una vez que salen al mar?

La situación es muy diversa, las distancias son muy grandes y los barcos muy lentos. Salimos a aguas internacionales atentos al radar y a los prismáticos para poder ver cualquier embarcación en peligro. Lo más normal es localizar una embarcación con los prismáticos o a través del inmarsat, que es un sistema de comunicación satelital, donde avisan si ven a un hombre en el agua o una embarcación sobrecargada. Tenemos dos embarcaciones rápidas con las que nos acercamos y repartimos chalecos salvavidas. De a poco vamos trasladando a la gente al Open Arms. En el barco se les hace un reconocimiento médico, a veces hay casos muy graves. Hay que estar atentos también si huelen a gasolina porque la gasolina mezclada con agua salada provoca quemaduras muy graves. Por lo general suelen llevar el combustible en botellas de plástico que se derraman y hay muchos quemados.

¿Cómo es la primera aproximación y en qué estado están los barcos?

Nos acercamos gritando que somos socorristas, que se queden tranquilos, que no los vamos a llevar a Libia. Muchos lo único que repiten es “Libia no, Libia no”. Hay muchísimos niños que viajan solos, en la última misión había unos 40. Son los más vulnerables junto con las mujeres porque muchas están embarazadas y no lo saben, todas han sido violadas. Las embarcaciones flotan de milagro, llevan tres veces más la cantidad de gente que deberían y no son adecuadas para distancias largas. Entre libia y cualquier puerto seguro hay entre tres o cuatro días de viaje. A veces son botes de goma con 160 personas. Están también los wooden boat, los de madera, que son los más peligrosos porque tienen dos pisos y por el nivel de hacinamiento se ahogan con el humo del motor. Una vez que subimos a la gente al barco solicitamos formalmente un puerto seguro para desembarcar a estas personas. Por mucho tiempo fue Italia pero desde que Matteo Salvini (ministro italiano de Interior) cerró los puertos todo se complicó.

¿Una vez en el puerto qué pasa?

Nosotros protegemos la vida en el mar, nuestra misión termina en el momento en que llegamos a un puerto seguro. A partir de que la gente llega al puerto queda en manos de los países y muchas otras organizaciones que trabajan con los migrantes. De hecho la mayoría de las historias no tienen un final feliz, la solicitud de asilo puede tardar años y puede ser negada, entonces los deportan. No es que nosotros queramos estar en el mar pero estamos cubriendo un vacío en el salvamento.

¿Qué recordás de tu primera misión?

Lo primero que sentís cuando estás en medio del mar es que eres tan vulnerable. Mires a donde mires no hay nadie que te pueda ayudar. El primer golpe visual de ver a todas estas personas en embarcaciones más que precarias, que se pueden hundir en cualquier momento, impresiona tanto. Ver el estado en que estas personas llegan al barco… la sensación de pensar que si no llegábamos a tiempo podrían estar muertas es muy brutal.

¿Vivieron situaciones violentas?

En la última misión que estuve nos dispararon los guardacostas libios. Libia es un país en guerra donde mandan tres milicias y se vulneran sistemáticamente los derechos humanos. Hemos sido tiroteados, secuestrados y perseguidos. La situación no era favorable pero siempre contábamos con la coordinación de la guardia costera italiana, ahora es un espacio sin ley y a nosotros nos transformaron en un objetivo. De las nueve organizaciones con doce barcos que éramos ya no queda ninguna. Nos quieren sacar a todas de allí para que nadie pueda documentar las muertes y nadie pueda decir lo que está pasando. La Unión Europea decidió lavarse las manos y financia a un cuerpo de guardacostas libio que lo que hace es interceptar a la gente que está huyendo y la devuelve en caliente. Algo que es totalmente ilegítimo. Las organizaciones molestamos porque estamos denunciando como la Unión Europea le está pagando a unas milicias para que capturen a la gente y la devuelva a campos de concentración.

¿Qué pasa ahora? 

Decidimos desobedecer y abandonamos el puerto. Salimos de Nápoles rumbo al Mediterráneo central para proteger la vida allí. Como cualquier otro barco en el mar tenemos la obligación de socorrer. Sabemos que llegarán notificaciones con las sanciones. Si los gobiernos quisieran no se moriría nadie en el mar, estamos absolutamente solos.

 

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