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Insultos racistas

Jul 18 2019

Editorial – El País

Los ataques de Trump contra cuatro congresistas se basan en su ideología pero también en una estrategia electoral

Los insultos racistas de Donald Trump contra cuatro congresistas demócratas no responden solo a una ideología que el presidente no ha ocultado a largo de su vida, como empresario y como político, sino a una estrategia electoral que busca sacar votos de la división, el miedo e incluso el odio. Desgraciadamente, el racismo de Trump no ha quedado solo patente en numerosas ocasiones en sus palabras, sino también en sus actos, con la absoluta falta de piedad que ha demostrado ante las víctimas de la crisis migratoria en la frontera, su desprecio hacia las leyes internacionales de asilo o el decreto migratorio que, al principio de su mandato, prohibió la entrada en EE UU a ciudadanos de varios países musulmanes.

Las congresistas insultadas por Trump fueron Alexandria Ocasio-Cortez, neoyorquina de origen puertorriqueño; la afroamericana Ayanna Pressley, nacida en Cincinatti; Rashida Tlaib, de Detroit, hija de palestinos; e Ilhan Omar, que llegó a EE UU cuando era una niña desde Somalia. Las cuatro fueron elegidas en las legislativas de noviembre y se han convertido en las cabezas visibles del ala izquierda del partido demócrata. El insulto que utilizó el presidente fue especialmente odioso, ya que, a través de Twitter, les acusó de «despreciar» a Estados Unidos, sostuvo que «proceden de países cuyos gobiernos son una completa y total catástrofe, y los peores, los más corruptos e ineptos del mundo» y les conminó a que se vayan. «¿Por qué no vuelven a esos lugares», les sugirió. Lo que Trump quiso decir, utilizando un viejo cliché racista, es que al no ser blancas no pertenecen a Estados Unidos, que su país tiene que ser necesariamente otro.

Sus palabras han desencadenado una condena unánime por parte de los demócratas, de líderes sociales y del Congreso en su conjunto por 240 votos a favor y 187 en contra, pero solo algunos representantes republicanos han protestado, y con la boca pequeña. Esto demuestra no solo la fuerza que Trump ha alcanzado dentro de su partido, sino sobre todo que responde a la voluntad de atraer el debate electoral al terreno en el que se siente más cómodo y del que cree que puede sacar más votos: la división.

Sería un error concederle esa ventaja: sus palabras no pueden quedar sin respuesta, pero es necesario recordar una y otra vez que durante su mandato Estados Unidos se ha convertido en un país con políticas sociales regresivas, insolidario, con una diplomacia errática y peligrosa, que ha creado una incertidumbre global con sus guerras comerciales. Como recalcó una de las congresistas aludidas, Ayanna Pressley, se trata de una distracción para alejar el debate de los problemas que Trump crea constantemente.

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Pasado contra futuro

Lluís Bassets*

La época de Trump no es racista, al contrario. Si por algo se caracteriza es por su antirracismo

Trump no es el primer racista en la Casa Blanca. Lo fueron varios presidentes antes de la guerra civil, y el mayor, su admirado Andrew Jackson, cuyo retrato preside el despacho Oval desde 2017. No tan solo racistas, sino también esclavistas, y en el caso de Jackson (1829-1837), populista, nacionalista, supremacista blanco y exterminador de indígenas, acertadamente elegido por Trump como emblema de su presidencia.

Jackson era un racista en un país esclavista y en una época racista. La época de Trump no es racista, al contrario. Si por algo se caracteriza es por su antirracismo. Sus palabras y sus ideas, si es que se le pueden llamar ideas, son perfectamente racistas, pero rechaza reconocerse como tal.

Las imágenes del Escuadrón, las cuatro mujeres jóvenes y de piel oscura, lo dicen todo. No puede ser racista un país que vota a estas jóvenes que denuncian el maltrato a los inmigrantes y la destrucción del sistema de salud universal que quiso implantar Obama. Y, sin embargo, lo es: lo dice la otra imagen, la del presidente, blanco, arrogante, machista, faltón, con su extraño tupé rubio ondeando como una bandera del supremacismo blanco.

Las proyecciones demográficas no engañan. En un occidente que sufrirá un dramático declive, Estados Unidos es uno de los pocos países que seguirá creciendo, y todavía terminará el siglo XXI en cuarto lugar mundial, detrás de India, China y Nigeria, con 434 millones de habitantes según las previsiones de Naciones Unidas. Será gracias a la capacidad para absorber la inmigración en una sociedad multiétnica.

Sucederá a pesar de Trump y de sus leyes anti inmigración. A pesar también de la herida incurable que han dejado el esclavismo y la segregación. De ahí sale el insoportable valor del color de la piel, desconocido en otras sociedades, en un país multirracial cuyas élites fueron blancas y siguen imaginándose como blancas.

El racista que es Trump también lo sabe. Pero no le importa el destino demográfico de su país, sino las próximas elecciones. Sus insultos racistas, condenados por el Congreso, colocan sus piezas en las casillas del tablero que más le convienen. No quiere rivalizar con un candidato demócrata moderado, que pueda llevarse los votos republicanos hartos de su ineptitud, sino con un grupo de mujeres militantes e izquierdistas a las que pueda calificar de comunistas y antiamericanas. Ahí su modelo es el senador Joseph McCarthy que lanzó la caza de brujas en los años 50 en plena guerra fría.

Tampoco le importan los efectos colaterales de su xenofobia. De momento ha unido a los demócratas detrás del Escuadrón. También está más cerca la posibilidad de que empiece su impeachment, el proceso de destitución parlamentaria que mejor le vendría para polarizar su campaña electoral. Pero el efecto más perverso y estratégico es la devastación que impera en el campo republicano, capturado por su radicalismo racista: después de Trump, el desierto.

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*Director adjunto de El País, donde antes ha ejercido, entre otras funciones, como jefe de Cultura, corresponsal en París y en Bruselas o director de Opinión.  Lluís Bassets es Licenciado en Filosofía y Letras y en Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. 

 

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