Derechos Humanos, Infancia, Migraciones y refugiados, Neoliberalismo, Populismo, Racismo&discriminación, Violencia, Xenofobia

Crueldad a migrantes, regresión de la democracia

Ago 27 2019

Ana María Aragonés*

Las tragedias que desde hace algunos años viven los migrantes del mundo en su intento por dejar atrás inseguridad, torturas, pobreza, guerras, violencia, etcétera son resultado directo del rechazo de los países a otorgar asilo y refugio a estas personas. Hemos visto cómo los barcos en manos de ONG cumplen con una obligación de carácter internacional que señala claramente que todo barco debe realizar labores de rescate cuando esté cerca de unos náufragos; sin embargo, enfrentan enormes dificultades al negárseles el permiso para desembarcar, como ha sido el caso del ministro del Interior Matteo Salvini que impidió al barco Open Arms desembarcar a los migrantes.

Tras 19 días en el mar con más de 100 personas bajo una enorme conflictividad por escasez de comida, agua y afectaciones sicológicas que llevó a algunos migrantes a saltar del barco para llegar nadando a tierra y que tuvieron que ser rescatados por voluntarios de Open Arms. Tuvo que intervenir la justicia italiana para poder desembarcar en la isla de Lampedusa. Ahora es el Ocean Viking, de la ONG Médicos sin Fronteras, con 356 personas a bordo, que lleva 11 días esperando desembarcar en un puerto seguro, pero hasta ahora no hay señales positivas.

No podía quedarse atrás Donald Trump, quien amenaza con derogar el derecho constitucional de obtener la ciudadanía por nacimiento en Estados Unidos y que, en el colmo de la crueldad, ha decidido que podrá detener a familias migrantes de forma indefinida, incluyendo a los niños, a los que dejaría sin protección al anular el límite actual de 20 días establecido. Si bien la nueva regulación está programada para entrar en vigor en 60 días, se espera que varias demandas impedirán su implementación. Por lo pronto crea enorme ansiedad a los migrantes.

Un elemento que se ha puesto en marcha, en el afán de no cumplir con sus responsabilidades huma­nitarias, es la propuesta del tercer país seguro, concepto que surge de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, firmado en ­Ginebra, Suiza, en 1951. El objetivo era que las personas rescatadas procesaran ahí sus solicitudes de asilo; para ello se fijaron condiciones mínimas que un país debería cumplir para tener esa categoría. Las más importantes: respetar el principio de no devolución, asegurarles el derecho a la vivienda, seguridad social, servicios médicos, empleo, educación y tener el derecho a la reunificación familiar. Hoy, los países asignados para ese fin por la Unión Europea, distan mucho de reunir todas esas condiciones; es más, se puede afirmar que sus gobiernos no acatan ni para sus connacionales todas esas ventajas. Europa otorgó a Turquía el estatus de tercer país seguro para los refugiados; recibió por ese concepto 6 mil millones de euros, a pesar de su largo historial de graves violaciones a los derechos humanos. Por otro lado, se señala que varios miembros de la UE tienen listas de países seguros de origen, entre los que se encuentran varios países africanos de frágil seguridad y dudosa reputación en protección de derechos humanos. Estrategia que también busca implementar Trump con México, que hasta ahora se ha negado a dichas pretensiones, pero ha aceptado recibir a aquellos migrantes para que esperen en México hasta que se confirme la cita para la audiencia con autoridades migratorias. Guatemala sí aceptó el acuerdo, a pesar de los problemas de inseguridad que lo hace poco viable para ser tercer país seguro.

Todas estas adversidades contra los migrantes van acompañadas de un peligroso renacimiento de los partidos ultraconservadores que han estado dominando la política europea. En Italia, Hungría y Austria fueron relectos, y ganaron en Hungría, Polonia, Bulgaria, Croacia. Otros lograron importantes posiciones en Suecia y Eslovenia, y en las elecciones estatales de Alemania. Sin olvidar el nuevo grupo denominado Identidad y Democracia, y en Estados Unidos tenemos el peligroso resurgimiento del supremacismo blanco.

La expansión de discursos que promueven la intolerancia, el racismo y los crímenes de odio, dirigidos contra los migrantes a los que se les dota de una identidad que refuerzan los prejuicios y fomentan estereotipos negativos, son utilizados para avivar el miedo, con perversos objetivos, como tener apoyo en las urnas y mantener así las políticas de exclusión.

El mundo vive claramente el grave deterioro de la democracia.

—————————–

* Ana María Aragonés Castañer nació en Angoulême, Francia. Es licenciada en Historia por la Facultad de Estudios Superiores (fes) Acatlán– de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam), maestra en Administración del Trabajo por la Universidad Autónoma Metropolitana, y doctora en Derecho por la Universidad de Montpellier de Francia. Doctorada en Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la unam. Artículo de opinión en La Jornada de México, el 27.08.19

 

admin