Democracia, Derechos Humanos, Extremismo radical, Justicia, Populismo, Violencia

Quinientos días de injusticia

Ago 21 2019

Por Celso Amorim*

El 7 de abril de 2018, el expresidente Lula fue aprehendido en São Bernardo do Campo y conducido a la sede de la Policía Federal en Curitiba. Se trató de la culminación de un proceso, conducido por los grandes medios de comunicación y por una parte del poder judicial, que se había iniciado poco más de dos años antes con las maniobras que llevaron a la destitución de la presidenta Dilma Rousseff a través de un impeachment sin crimen de responsabilidad. El objetivo, en ambos casos, era golpear el proyecto político, varias veces victorioso en las urnas, de traer mayor justicia e igualdad a la sociedad brasileña. En mayo del año pasado, el papa Francisco, sin referirse explícitamente a Brasil, pero con la mente puesta ciertamente en el país, como pude comprobar en la audiencia que me concedió, denominó a este proceso una «nueva forma de golpe de Estado». Más tarde, el sumo pontífice volvió a tocar el tema al dirigirse a magistrados de países de todo el continente americano, y calificó ese tipo de acción como «lawfare».

Que el proceso que llevó a Lula a la cárcel fue deficiente es algo que ya se sabía desde el principio. Quienquiera que leyera la sentencia del juez Sérgio Moro podía darse cuenta de que en ella se condenaba a Lula por «actos indeterminados» sin que el supuesto beneficio de corrupción —vinculado con el famoso departamento de la costa de São Paulo— se hubiera comprobado jamás. Al contrario: hechos posteriores demostraron claramente que el inmueble jamás perteneció a Lula ni a ningún otro miembro de su familia.

Pero la fuerza de la campaña mediática y el endiosamiento ingenuo del combate a la corrupción, independientemente de los medios empleados, hacían que la duda perviviera en algunos espíritus más escépticos. El nombramiento del juez Moro como ministro de justicia por parte de Jair Bolsonaro, beneficiario directo de sus acciones, y las posteriores revelaciones de The Intercept comprobaron lo que los observadores más atentos ya sabían: Lula fue objeto de una persecución política dirigida por un juez parcial y por procuradores fanatizados e impulsados por un proyecto de poder propio.

La consciencia de estos hechos llevó recientemente a diecisiete juristas (entre ellos, profesores famosos, miembros de cortes constitucionales y antiguos ministros de justicia) de Europa, de Estados Unidos y de América Latina, a firmar un documento en que exigen la anulación del proceso mediante el cual se condenó y privó de la libertad a Lula.

 

 

El día en que fue preso, Lula, en un discurso improvisado, pero que podría incluirse en cualquier antología de la oratoria, afirmó que sus enemigos podían llevarse preso a un hombre, pero no podrían aprisionar el sueño de un pueblo. El espectáculo de crueldades que hemos presenciado, con las descabelladas actitudes del más alto mandatario del país, que llegó al poder gracias a la supresión de Lula, nos llevan a dudar incluso de esta afirmación.

En el Brasil actual, el sueño se ha convertido en pesadilla: el pueblo pobre es se ve, cada vez más, privado de sus derechos; la censura, de maneras veladas o disimuladas, vuelve a cercenar la libertad de expresión; el miedo entorpece la capacidad de decisión de la gente de bien; el prejuicio y la estupidez agreden a la razón y a la ciencia; y, como consecuencia de todo esto, Brasil se convierte en objeto de vergüenza ante el mundo, en un verdadero paria internacional. Vivimos un ambiente de anormalidad que no tiene precedentes en nuestra historia.

Para que la normalidad vuelva al país y la esperanza sea devuelta a su pueblo, la libertad de Lula, así como la anulación del proceso mediante el cual se le condenó, es esencial. Dada la credibilidad de que goza entre la gran mayoría de la población, Lula —y sólo él— puede restablecer el diálogo entre todas las fuerzas de la sociedad, algo indispensable para que Brasil vuelva a su camino de paz y desarrollo.

Ya desde antes de que Lula fuera preso, el laureado Adolfo Pérez Esquivel encabezó un movimiento para que el expresidente recibiera el Premio Nobel de la Paz. Durante las próximas semanas, la comisión responsable por el galardón, en Noruega, tomará la decisión. Esperamos que se tenga en cuenta el trabajo de un líder obrero que ascendió a la presidencia, que libró a millones de brasileños del flagelo del hambre, que contribuyó a la paz en América del Sur y en el mundo, que adoptó medidas valerosas para proteger el medio ambiente, los derechos de los negros y de los indígenas, y que defendió la democracia en un país en vías de desarrollo de dimensiones continentales, cuyo destino no dejará de influir en la región y en el mundo como un todo.

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*Canciller de Brasil (1993 – 1994, gobierno del presidente Itamar Franco, (2003-2010, gobierno  de Luiz Inácio Lula da Silva) y de  Defensa (2011-2015, gobierno Dilma Rousseff.

Traducción en español del Coletivo Regina se Sena México-Brasil contra o golpe,  publicada  por diversos medios informativos en español, entre los cuales Página12 de Argentina, La Rpública de Uruguay y POLITIKA de Chile

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Anexo

Lula, 500 días frente a las adversidades

Por Juan Manuel Karg*

Se cumplen 500 días de la prisión de Luiz Inácio Lula da Silva, en medio de una crisis política-económica de dimensiones que vive Brasil. La revelaciones de Glenn Greenwald demostraron que el Lava Jato fue la herramienta judicial para una doble operación en formato de pinzas: la salida del Partido de los Trabajadores del gobierno, vía el impeachment a la entonces presidenta Dilma Rousseff, y la prisión y posterior inhabilitación de Lula, quien 500 días atrás encabezaba todas las encuestas en la carrera presidencial en su país. Producto de esa deformidad fue electo el ultraderechista Jair Messias Bolsonaro: fue el triste resultado del aniquilamiento de los resortes políticos en la idea de correr al PT del mapa.

Lula se constituyó sujeto frente a las adversidades: las de su niñez, con todas las postergaciones que uno pueda imaginar en un nordeste de exclusión; las de una viudez joven en San Pablo, allí donde luego conoció a Marisa Leticia, su histórica compañera; las de la prisión de la dictadura militar por encabezar huelgas en el ABC paulista; las de los poderosos frente a la conformación de la Central Única de los Trabajadores (CUT) primero, y el Partido de los Trabajadores (PT) después; las de ser derrotado en múltiples elecciones consecutivas a la presidencia de su país. Estos 500 días son otro tramo de esas adversidades, pero ahora ya en un capítulo avanzado de su biografía, donde además perdió a su mujer y a su nieto Arthur. Como sea, tiene la piel curtida: sabe que Bolsonaro es una coyuntura más en el zigzagueo político-ideológico de Brasil, como lo es Macri en Argentina.

La larga historia de despojos de nuestro continente guardará como una verdadera vergüenza este episodio que mantiene condenado y detenido sin pruebas al principal líder político-social de este continente. “No es raro, es lo que pasa siempre. ¿Qué pasó con San Martín? ¿Qué pasó con Artigas? ¿Qué pasó con todo lo que servía de América Latina? ¿Qué mierda pasó? ¡Ah! 50 años después, eran una cosa bárbara, ¿pero cómo la pasaron?” dijo José Mujica un mes atrás, desde su chacra de Rincón del Cerro, para graficar su perspectiva sobre la prisión de su amigo, quien fuera dos veces presidente de Brasil. No lo decía cualquiera: Mujica sufrió doce años y medio de despojos, detenido y confinado en las peores circunstancias que un ser humano pudiera atravesar. Luego rearmó su espacio, se sumó al Frente Amplio, ganó elecciones parlamentarias, ayudó a construir el triunfo de Tabaré Vázquez y finalmente fue electo presidente de su país.  Pero luego de cederle la banda a Tabaré no dejó la política: ahora hace campaña para que Ernesto Talvi, un heredero de la Escuela de Chicago, no termine con el ciclo del FA, cosa a la que también aspira Lacalle Pou.

«Luchar, vencer, caerse. Levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse. Hasta que se acabe la vida: ese es nuestro destino» dijo durante una visita a Argentina el vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Álvaro García Linera, dando cuenta de las privaciones que tienen aquellos que quieren modificar el status quo. El retroceso electoral del macrismo es una buena noticia para Lula y una muy mala para Bolsonaro: muestra los límites de los gobiernos que pretenden ajustar a la ciudadanía en nombre de una libertad de mercado cada vez más cuestionada a escala global. Una buena noticia, 500 días después de una de las injusticias más grandes que haya visto este continente. Lejos de voluntarismos abyectos, Lula sigue resistiendo. Y desde esa trinchera prepara su retorno a la política de Brasil, de la que lo quisieron borrar. «Luchar, vencer, caerse. Levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse» diría García Linera nuevamente. Es la historia de América Latina. Y la de Lula también.

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*Juan Manuel Karg es Politólogo ,  Universidad de Buenos Aires (UBA) – Facultad de Ciencias Sociales

 

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