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Chile: la caja de Pandora

Oct 21 2019

Editorial – La Jornada de México

Apesar de haber dado marcha atrás en su desatinada decisión de incrementar la tarifa del Metro, el gobierno de Sebastián Piñera se enfrenta a una insurgencia ciudadana sostenida que recorre el mapa chileno como síntoma de un fracaso mucho más amplio que el de las estrategias económicas neoliberales del presidente derechista.

Ni el revés en el aumento de precio del transporte, ni la militarización de las calles y el toque de queda impuesto en todo el territorio –sin precedente desde la brutal dictadura militar que llegó a su fin en 1990– han logrado acallar las protestas y ni siquiera atenuar su virulencia.

Por el contrario, la represión castrense parece haber evocado en amplios sectores de la ciudadanía el precedente de la tiranía pinochetista y exacerbado de esa forma el descontento.

A primera vista, la extensión y la intensidad de la insurrección civil podrá parecer inexplicable en lo que aparentaba ser una isla de paz social e institucional en el subcontinente y en un reducto apacible del modelo neoliberal que entró en crisis en casi todo el resto de la región.

Pero si se observa con atención, se verá que el estallido chileno viene precedido por oleadas de malestar que se han expresado, entre otros, en movimientos estudiantiles como la llamada revolución pingüina de 2006 y la primavera de Chile de 2011, ambos en contra de la privatización de la enseñanza, y la incansable lucha de resistencia del pueblo mapuche.

Así, bajo la delgada cáscara de una normalidad democrática cada vez más aislada de la sociedad y de un desarrollo económico engañoso que dejó fuera a importantes sectores de la población, en la nación austral ha ido creciendo un descontento que resultaba invisible para los medios y para la mayoría de la clase política y ahora se ha expresado en las calles y ha arrinconado a un régimen que se sentía inmune a las turbulencias políticas y sociales que han tenido lugar recientemente en otras naciones de Sudamérica.

Según lo que puede verse, la absurda medida de Piñera de subir los precios del transporte subterráneo fue el equivalente a abrir la caja de Pandora que contenía las múltiples rabias sociales por la desigualdad imperante, el alto costo de la vida, la falta de representatividad de las instituciones políticas –presidencia, Legislativo, partidos– y la insustancialidad de la formalidad democrática.

En suma, el modelo de la transición instaurado en Chile al fin de la dictadura –un pacto de gobernabilidad, alternancia y ortodoxia económica establecido entre las principales fuerzas partidistas, derecha y centroizquierda– parece haber llegado a su agotamiento y lo sorprendente no es tanto la eclosión del descontento sino lo mucho que ha tardado en manifestarse, habida cuenta que el paradigma económico impuesto en el país por la tiranía militar, y preservado por los gobiernos del ciclo democrático, es ya insostenible, tanto en el país austral como en el resto del mundo.

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Opinión de Atilio A. Boron*

El régimen de Piñera -e insisto en lo de “régimen” porque un gobierno que reprime con la brutalidad que todo el mundo ha visto no puede considerarse democrático- se enfrenta ante la más seria amenaza popular jamás enfrentada por gobierno alguno desde el derrocamiento de la Unidad Popular el 11 de septiembre de 1973. Las ridículas explicaciones oficiales no convencen ni a quienes las divulgan; se oyen denuncias sobre el vandalismo de los manifestantes, o su criminal desprecio por la propiedad privada, o por la paz y la tranquilidad para ni hablar de las oblicuas alusiones a la letal influencia del “castro-madurismo” en el desencadenamiento de las protestas que culminaron con la declaratoria del “estado de emergencia” por parte de La Moneda, argumento absurdo y falaz antes esgrimido por el corrupto que hoy gobierna al Ecuador y abrumadoramente desmentido por los hechos.

El estupor oficial y el de los sectores de la oposición solidarios con el modelo económico-político heredado de la dictadura carece por completo de fundamento, a no ser por el anacronismo de la opulenta partidocracia dominante (una de las mejor remuneradas del mundo), su incurable ceguera o su completo aislamiento de las condiciones en que viven -o sobreviven- millones de chilenas y chilenos. Para un ojo bien entrenado si hay algo que sorprende es la eficacia de la propaganda que por décadas convenció a propios y ajenos de las excelsas virtudes del modelo chileno. Este fue ensalzado hasta el hartazgo por los principales publicistas del imperio en estas latitudes: politólogos y académicos del buen pensar, operadores y lobistas disfrazados de periodistas, o intelectuales coloniales, como Mario Vargas Llosa, quien en un reciente artículo fustigaba sin piedad a los “populismos” existentes o en ciernes que atribulan a la región a la vez que exaltaba el progreso “a pasos de gigante” de Chile. 

 Este país es para los opinólogos bienpensantes la feliz culminación de un doble tránsito: de la dictadura a la democracia y de la economía intervencionista a una de mercado. Lo primero no es cierto, lo segundo sí, con un agravante: en poquísimos países el capitalismo ha arrasado con los derechos fundamentales de la persona como en Chile, convirtiéndolos en costosas mercancías sólo al alcance de una minoría. El agua, la salud, la educación, la seguridad social, el transporte, la vivienda, la riqueza minera, los bosques y el litoral marino fueron vorazmente apropiados por los amigos del régimen, durante la dictadura de Pinochet y con renovados ímpetus en la supuesta “democracia” que le sucedió. Este cruel e inhumano fundamentalismo de mercado tuvo como consecuencia que Chile se convirtiera en el país con el mayor endeudamiento de hogares de América Latina, producto de la infinita privatización ya mencionada que obliga a chilenas y chilenos pagar por todo y a endeudarse hasta el infinito con el dinero que les expropian de sus sueldos y salarios las pirañas financieras que manejan los fondos de pensión. Según un estudio de la Fundación Sol “más de la mitad de los trabajadores asalariados no puede sacar a una familia promedio de la pobreza” y la distribución del ingreso, dice un estudio reciente del Banco Mundial, sitúa a Chile junto a Ruanda como uno de los ocho países más desiguales del mundo. Por último, digamos que la CEPAL comprobó en su último estudio sobre la cuestión social en Latinoamérica que el 1 por ciento más rico de Chile se apropia del 26,5 por ciento del ingreso nacional mientras que el 50 por ciento de los hogares más pobres sólo accede al 2.1 por ciento del mismo. ¿Este es el modelo a imitar?

En suma: en Chile se sintetizan una explosiva combinación de libre mercado sin anestesia y una democracia completamente deslegitimizada, que de ella sólo conserva el nombre. Degeneró en una plutocracia que, hasta hace pocos días -pero ya no más- medraba ante la resignación, desmoralización y apatía de la ciudadanía, engañada hábilmente por la oligarquía mediática socia de la clase dominante.

Una señal de alerta del descontento social fue que más de la mitad de la población (el 53.3 por ciento) en edad de votar ni siquiera se molestó en acudir a las urnas en la primera vuelta de la elección presidencial del 2017. Si bien en el ballottage la abstención se redujo al 51 por ciento Sebastián Piñera fue electo con apenas el 26.4 por ciento de los electores inscriptos. En pocas palabras, sólo uno de cada cuatro ciudadanos se sintió representado por él. Hoy esa cifra debe ser bastante menor y en un clima en donde por doquier el neoliberalismo se encuentra acosado por las protestas sociales. Ha cambiado el clima de época, y no sólo en Latinoamérica. Sus falsas promesas ya no son más creíbles y los pueblos se rebelan: algunos, como en Argentina, desalojando a sus voceros del gobierno a través del mecanismo electoral, y otros intentando con sus enormes movilizaciones –Chile, Ecuador, Haití, Honduras- poner fin a un proyecto insanablemente injusto, inhumano y predatorio. Es cierto: hay un “fin de ciclo” en la región. Pero no, como postulaban algunos, el del progresismo sino el del neoliberalismo, que sólo podrá ser sostenido, y no por mucho tiempo, a fuerza de brutales represiones.

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* Atilio A. Boron es Profesor Titular Consulto, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. Coordinador del Ciclo de Complementación Curricular en Historia Latinoamericana, Universidad Nacional de Avellaneda. Investigador Superior del Conicet y Director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales, PLED. En Página12, Argentina, 21.10.2019

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