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Evo prometió una paliza al neoliberalismo y al FMI

Oct 18 2019

Por Gustavo Veiga – Página12, Argentina

A horas de las elecciones presidenciales del domingo en Bolivia

La Ceja es el centro neurálgico de El Alto, la ciudad más joven de Bolivia. Fue el epicentro de la llamada Guerra del Gas en 2003, con su secuela de represión y muerte. Por el peso simbólico que tiene, Evo Morales siempre elige ese lugar para cerrar sus campañas. No fue la excepción esta vez, cuando va por su cuarto mandato. A 4.090 metros sobre el nivel del mar, el presidente convocó a una multitud que escuchó uno por uno a sus logros de gobierno. Los cinco mil kilómetros de caminos construidos. El sistema de Teleféricos que cambió la fisonomía de La Paz. La nacionalización de los hidrocarburos. La proyectada industrialización a partir de un insumo clave: el litio (la mayor reserva mundial está en el salar de Uyuni, el más extenso de la Tierra de casi 10.000 kilómetros cuadrados). El líder del MAS enfatizó en los progresos más visibles de su gestión, pero además criticó con dureza a una oposición inconexa.

 “Estamos convencidos de que en estas elecciones nuevamente vamos a darles una paliza a los vendepatrias, a los neoliberales, a quienes privatizaron nuestros recursos naturales», dijo encendido.»Bolivia tiene su programa rumbo a su bicentenario (2025), debatido con los movimientos sociales y el aporte de empresarios, intelectuales y profesionales; no importamos políticas del Fondo Monetario Internacional (…), nos hemos liberado gracias a la conciencia y el voto del pueblo, hemos recuperado la patria.»

Lo hizo como a él le gusta: en contacto directo con su pueblo, pero no solo en La Ceja donde se levanta una inmensa mole de metal que es la estatua en homenaje al Che Guevara. Viajó en un periplo electoral que lo llevó por los nueve departamentos de Bolivia, incluso por ciudades hostiles a su gobierno como Santa Cruz de la Sierra. Evo se mostró como lo hizo en el distrito boliviano que más creció demográficamente. El Alto es la segunda ciudad detrás de Santa Cruz; también la puerta de entrada a Bolivia desde su principal aeropuerto. Resulta casi inevitable sufrir cierto sofocón apenas se posa el avión a esas alturas. La falta de oxígeno se irá aplacando con el correr de las horas gracias a varios tés de coca.

Mientras tanto, Evo estaba en pleno desarrollo de su discurso. Jugaba de local aunque no parezca tanto. En El Alto gobierna una alcaldesa opositora: Soledad Chapetón, de Unidad Nacional, la fuerza política del empresario Samuel Doria Medina. En ese distrito fundado el 6 de marzo de 1985, Morales se mostró fortalecido como se percibe en las encuestas y más allá de que esta será la elección más difícil de todas en las que compitió: en 2005 ganó por el 54 por ciento, en 2009 por el 64,22 y en 2014 por el 61,36 por ciento.

Los colores del MAS, el azul y el negro, le daban uniformidad a los alrededores del palco levantado en La Ceja donde el presidente cerró su campaña. Una banda de sikuris hizo su aporte musical y otro grupo de bailarines de tinku (un ritmo potosino tradicional) le dieron un clima festivo al encuentro. Justamente tinku, en quechua, significa eso: encuentro.

Evo bailó sobre el escenario con la candidata a diputada de su partido Bertha Acarapi, una mujer joven que es licenciada en Trabajo Social y ha trabajado en medios de comunicación. Suele vérsela vestida de cholita con sus coloridas polleras y es una referente en El Alto. También estaba Valeria Silva, de Generación Evo, una joven diputada que define al presidente con estas palabras: “Un Evo Morales no nace cada día. Fue él quien situó a Bolivia en los principales puestos de crecimiento económico de la región en los últimos años, fue él quien garantizó la participación de las mujeres en política con paridad obligatoria, fue él quien nacionalizó los recursos naturales”.

Tanto en El Alto como en La Paz, a Carlos Mesa, el principal candidato opositor, se le recuerda en pintadas o carteles improvisados su papel en la Masacre de Octubre, que dejó más de 70 muertos en El Alto allá por 2003 durante la llamada Guerra del Gas. El ex vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada es el mismo que lo sucedió en el gobierno de Bolivia cuando aquel se escapaba a Estados Unidos. Dejó un país incendiado y hoy se lo señalan en las calles serpenteantes que bajan desde El Alto a La Paz, donde se consigue un pequeñísimo alivio al descender a sus 3.640 metros. Entre esas dos ciudades que están casi pegadas se concentra un alto porcentaje de la población boliviana. Mesa se defiende de las imputaciones como lo hizo en su libro Presidencia sitiada, que son sus memorias como primer mandatario.

El miércoles se cerraron las campañas. Los principales rivales de Evo lo hicieron en Santa Cruz. Mesa, Oscar Ortiz de Bolivia dice No y el coreano-boliviano Chi Hyun Chung, un pastor evangélico al que en el país se lo compara con el estilo político de Jair Bolsonaro. Bolivia elegirá además de a su fórmula presidencial -Evo repite con Álvaro García Linera de compañero-, 130 diputados del Estado Plurinacional y 36 senadores a razón de cuatro por cada uno de los nueve departamentos. Once mil integrantes de las fuerzas armadas custodiarán los comicios donde están en condiciones de votar 7.315.364 electores.

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Lo que está en juego en esta elección

Opinión de Atilio A. Boron*

Este domingo el pueblo de Bolivia deberá tomar una decisión trascendental, que excede el significado de una elección presidencial. Sin restarle valor a ésta, lo que está en juego es una opción histórica, un desafío para las naciones que componen el Estado Plurinacional: consolidar los formidables avances realizados durante la presidencia de Evo Morales -que convirtió a la otrora atrasada, estancada y siempre convulsa economía boliviana- en la más dinámica de Latinoamérica o, en cambio, optar por un melancólico retorno al pasado.

Arnold Toynbee tenía razón cuando decía que la evolución de las sociedades (y las civilizaciones, en su caso) dependía de la respuesta que fuesen capaces de dar ante los grandes desafíos que de tiempo en tiempo las confrontan. Y el que hoy se le plantea a las naciones del Estado Plurinacional es saber si tienen la sabiduría y la valentía para proseguir por la senda que convirtió a ese país en el más luminoso ejemplo de progreso integral de la sociedad, no sólo en el ámbito de la vida económica sino también en el político y cultural; o si respondiendo a prejuicios ancestrales o temores atávicos se acobardan ante las implicaciones de las profundas transformaciones que tuvieron lugar en el país y retroceden, buscando refugio en un pasado borrosamente recordado y que la oligarquía mediática se encarga de idealizar. No sólo eso: también de ocultar el holocausto social y económico que produciría en Bolivia el retorno de sus antiguos gobernantes y sus gastadas políticas. Debería ser suficiente echar una mirada a la tragedia argentina o ecuatoriana para persuadir a la población de que la restauración de la hegemonía neoliberal que Bolivia padeció por décadas desataría una catástrofe de inconmensurables proporciones, más allá de ser en sí mismo un imperdonable error.

Los medios, punta de lanza del imperio en la guerra de quinta generación, obnubilan la visión de la realidad porque en esa “prehistoria” de Bolivia mal podrían esconder la crónica pobreza de la enorme mayoría de la población, el desprecio y maltrato a los pueblos originarios y los pobres en general, la absoluta debilidad de un estado incapaz siquiera de pagar a sus funcionarios, la indefensión popular ante la rapacidad de las oligarquías locales y el imperialismo, el saqueo de sus bienes comunes, la migración forzada de millones en busca de una vida mejor y la ferocidad con que los gobiernos de turno reprimían a quienes luchaban por una vida digna. Este maligno ejercicio de fomentar la desmemoria y ocultar los sufrimientos del pasado es una estrategia comunicacional cuyo es objeto adormecer las conciencias y fomentar la desconfianza o el temor ante la positiva evolución experimentada por Bolivia desde el 2006. 

Transformación que modificó arcaicas relaciones sociales, que puso fin al sometimiento y la humillación de las naciones originarias, que eliminó el analfabetismo, que sacó de la pobreza a millones de personas, que redistribuyó significativamente la riqueza, expandió la educación y la salud públicas y que recuperó las riquezas naturales para todos los bolivianos. Y que puso fin a lo que parecía ser la incurable maldición de la inestabilidad política con sus secuelas de violencia, caos social y estancamiento económico. Estas positivas mutaciones fueron reconocidas inclusive por personas e instituciones poco amigables con el socialismo comunitario, como el Financial Times por ejemplo, que en su edición del 27 de Octubre del 2015 publicó un voluminoso suplemento dedicado a “La Nueva Bolivia” y en donde se dijo, entre otras cosas, que dada la excepcional importancia del litio en las nuevas tecnologías de la información y comunicación este país bien podría ser la Arabia Saudita del siglo veintiuno. Es obvio que cambios de esta magnitud modifican esclerotizadas relaciones de fuerza y es por eso que la oposición a Evo, en un esfuerzo desesperado, apela a cualquier recurso con tal de que bolivianas y bolivianos decidan retornar al pasado. Disponen de enormes recursos para ello: dinero, bancos, empresas, el apoyo de “la embajada”, medios de comunicación con los que pueden difamar y mentir con total impunidad. Pero ¿se habrá olvidado el pueblo boliviano de las matanzas ocurridas bajo el gobierno de Sánchez de Lozada, o de los que cayeron durante las heroicas “guerras del gas” y “del agua”? No creo. Es difícil tapar el sol con un dedo. Pude comprobar hace pocos días el carácter vivaz y vibrante de la sociedad civil en Bolivia. Estoy seguro que ante del desafío de Toynbee optará por seguir avanzando por el camino trazado por Evo y los movimientos sociales en lugar de caer en la ilusión de creer que la fórmula que tantas veces fracasó (a manos de Sánchez de Lozada, Banzer, Quiroga, Mesa) y que tantos sufrimientos y penurias le ocasionaran en el pasado sería ahora milagrosamente exitosa si esos mismos personajes, o sus amigos, ahora la volvieran a aplicar.En Página12), 18.10.19.

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* Atilio A. Boron es Profesor Titular Consulto, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. Coordinador del Ciclo de Complementación Curricular en Historia Latinoamericana, Universidad Nacional de Avellaneda. Investigador Superior del Conicet y Director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales, PLED. 

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