Derechos Humanos, Extremismo radical, Fuerzas Armadas, Historia, Igualdad y justicia social, Justicia, Neoliberalismo, Violencia

Bolivia: la asonada de la derecha

Nov 11 2019

Editorial – La Jornada

Ayer se consumó en Bolivia un golpe de Estado cívico, policial y militar que sumió a ese país sudamericano en la incertidumbre, el caos y la violencia. Tras la dimisión del presidente Evo Morales y de todos los funcionarios en la línea de sucesión (el vicepresidente Álvaro García Linera, la presidenta del Senado, Adriana Salvatierra, el presidente de la Cámara de Diputados, Víctor Borda), la vida institucional boliviana se colapsó y hasta el cierre de esta edición imperaba la violencia descontrolada de los golpistas, cuyas hordas vandalizaron residencias de funcionarios –incluidas la del propio mandatario en Cochabamba y la de su hermana, en La Paz– e incendiaron sedes de varias organizaciones campesinas, obreras y sociales afines al oficialismo y oficinas del partido de Morales, el Movimiento al Socialismo (MAS), todo ello ante la pasividad cómplice del ejército y la policía. La barbarie golpista se manifestó también en la destrucción de la embajada venezolana en la capital de Bolivia y en amenazas en contra de las representaciones diplomáticas de Cuba y México.

En cuanto a la suerte del presidente, quien fue forzado a renunciar ante la ilegítima presión de las fuerzas armadas y la abierta sublevación de los mandos policiales, corrían versiones contradictorias acerca de una orden de captura en su contra.

La mejor síntesis de lo ocurrido en Bolivia la formuló el ex presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, quien apenas el viernes fue liberado de la cárcel en la que la oligarquía de su país lo tuvo preso 580 días por delitos fabricados: es lamentable que América Latina tenga una élite económica que no sabe convivir con la democracia y con la inclusión social de los más pobres.

En efecto, el golpe en contra de Evo fue un producto característico de los grupos adinerados que no toleran gobiernos independientes de sus designios y ajenos a sus intereses y que controlan, además de porciones principales de la economía, la masa de medios informativos. En el caso boliviano, éstos se empeñaron en presentar el asalto al orden constitucional como expresión de una insatisfacción por los resultados de la elección presidencial del pasado 20 de octubre, en la que el mandatario depuesto ayer obtuvo una ventaja mayor a 10 por ciento sobre su más cercano competidor, el ex presidente Carlos Mesa, suficiente para evitar una segunda vuelta.

Ante los alegatos de fraude y la organización de disturbios por parte de la oposición, Morales pidió un dictamen sobre la calidad de los comicios a la Organización de Estados Americanos (OEA), la cual aconsejó que se repitieran las elecciones. La idea fue aceptada por el mandatario, pero los golpistas no estaban interesados en procedimientos democráticos sino en acabar con el gobierno que colocó a la nación andina en una ruta de soberanía, desarrollo, reducción de las desigualdades y crecimiento económico excepcional. En cuanto a la OEA, quedó confirmado una vez más que sus intervenciones no están orientadas a preservar el orden constitucional y la armonía social ni a impedir el surgimiento de regímenes dictatoriales, sino dar cobertura diplomática a la desestabilización y los cuartelazos en las naciones gobernadas por proyectos políticos progresistas, soberanistas y populares.

En suma, lo ocurrido en Bolivia el pasado fin de semana constituye la aplicación de un modelo de sobra conocido en Latinoamérica y sus implicaciones políticas para la región son por demás alarmantes: las oligarquías delsubcontinente y el poder neocolonialista de Washington mantienen vigente entre sus recursos el golpe de Estado.

Los acontecimientos en la nación sudame-ricana se desarrollan con fluidez y en los próximos días será necesario sin duda reflexionar sobre las circunstancias que han hecho posible la destrucción de la institucionalidad boliviana y el arrasamiento de un proyecto político que abatió la pobreza y la miseria a mínimos históricos y logró tasas de crecimiento sin parangón en el continente. En lo inmediato, cabe exigir a los cabecillas golpistas que cesen la persecución y la barbarie, que respeten la vida y la integridad de todos los funcionarios del gobierno depuesto y que se abstengan de cometer nuevas agresiones en contra de las sedes diplomáticas que han recibido amenazas.

Anexo 1: Frente a la renuncia del presidente Evo Morales y al golpe de estado en Bolivia

Por José Gabriel Feres* – Agencia Internacional de Noticias Pressenza

La renuncia de Evo Morales, Presidente de Bolivia y del Vicepresidente Álvaro García Lineras es sin duda un hecho lamentable, no sólo para Bolivia, sino que para todos los procesos democráticos del continente y del mundo. El rechazo internacional ha sido categórico al Golpe de Estado que se ha consumado este lunes 10 de noviembre en nuestro hermano país.

Esto ocurre después de la decisión de Evo Morales y de su gobierno, de llamar a nuevas elecciones como forma de resolver la crisis que se estaba gestando. Una respuesta decidida que no aceptaba cálculos, sino que privilegiaba lo mejor para su pueblo. Una respuesta que surge sin duda de la profunda sensibilidad humanista de Evo Morales, al igual que su forzada renuncia de estos momentos, que responde a evitar el derramamiento de sangre de su pueblo, el cual ya estaba siendo víctima de la persecusión y asesinato de sectores de la policía y de bandas paramilitares impulsadas y financiadas por grupos facistas del oriente boliviano.

Varias de las conductas políticas del Presidente pueden haber sido objeto de discusión, incluso por parte de sus propios adherentes y estar su apoyo sufriendo el desgaste propio de 13 años de gobierno, pero su decisión de llamar a nuevas elecciones sin duda lo engrandecía y sirve como referente ejemplar en cuanto a mostrar que conflictos de esta magnitud sólo se resuelven con más democracia.

El hecho de consumarse el Golpe de Estado, aún después del llamado a nuevas elecciones que había realizado Evo Morales, sólo se explica por la clara intención de terminar con su gobierno y no estar dispuestos a arriesgar poder hacer esto democráticamente. ¡Como no aprovechar el momento para asegurarse su derrocamiento por vía de la fuerza!

Lamentablemente una vez más nos toca vivir en Latinoamérica la violencia de sectores antihumanistas que no están dispuestos a abandonar sus privilegios y a los cuales no les basta procedimientos como la mentira, el boicot, la compra de políticos y dirigentes sociales, la complicidad del poder judicial, etc. y recurren por último a sectores de las Fuerzas Armadas para promover golpes de estado e impedir el avance de la democracia.

Tengo la certeza que estas situaciones, que sin duda tendrán un alto costo en sufrimiento, son los últimos estertores de un sistema moribundo antes de su desaparición total, ya que finalmente los pueblos recobraran su libertad arrebatada y tomarán el destino en sus manos habilitando un futuro mejor para todos.

Por último, es inexplicable la negativa del gobierno de Chile -al igual que la de los gobiernos de Perú, Argentina y Brasil- de no haber permitido el ingreso al espacio aéreo al avión en el que estaban Evo Morales y Alvaro García Lineras (según fuentes periodísticas de Bolivia), ya que al hacerlo han dificultado su derecho a pedir asilo y los han dejado expuestos a la violencia política que expresan hoy sus oponentes golpistas.

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*Vicepresidente del Partido Humanista, 11.11.2019 – Santiago de Chile.  Ir a la fuente: https://www.pressenza.com/es/2019/11/frente-a-la-renuncia-del-presidente-evo-morales-y-al-golpe-de-estado-en-bolivia/

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Anexo 2: Horas de rabia y tristeza por el golpe de Estado en Bolivia

Javier Tolcachier*

La cronología dirá que un 10 de noviembre de 2019, Evo Morales Ayma, presidente constitucional de Bolivia, renunció a su cargo.

La historia contada por los aparatos de fabricación de sentidos comunes de la derecha, los medios privados dominantes, no insistirá en el hecho que Evo debió abandonar la presidencia para intentar parar la masacre que hordas fascistas estaban ejecutando contra funcionarios de gobierno y sus parientes, militantes de su partido y mujeres con atuendo andino. 

El falso relato omitirá que, en verdad, el primer presidente indígena de Bolivia fue derrocado por un golpe de Estado. Un presidente que logró avances sociales imponentes, que permitió que los oprimidos de Bolivia, por primera vez en su larga historia, tuvieran dignidad de ciudadanos con igualdad de derechos. Golpe que no solamente se dirige a un dirigente sino a todo un movimiento social, al mejor estilo represivo de las dictaduras del siglo pasado. 

La historia distorsionada no dirá que Evo es un genuino representante de las organizaciones del campo, un hombre que todos los días desde tempranas horas de la mañana trabajó sin descanso, un dirigente a quien no pudieron endilgarle corrupción ni enriquecimiento personal. Los periodistas mercenarios contarán, por el contrario, que quería “eternizarse en el poder”. 

Estos tiranos de la comunicación darán voz a quienes denominan “fin de la tiranía” a un golpe de Estado consumado contra un gobierno institucional. En sus relatos emponzoñados glorificarán a los vándalos que quemaron urnas, tribunales, sedes partidarias, que atacaron a mujeres indefensas por su apariencia e identidad. 

Llamarán “valientes” a quienes por dinero o confusión hicieron de fuerza de choque en los episodios iniciales del golpe, cuando el recuento de votos aún no estaba terminado. Aunque luego, para cuidar las formas, al desatarse la caza de brujas posterior al golpe, denominarán “exceso” a lo que es planificada estrategia. 

Los medios golpistas alabarán la postura “conciliadora” de Mesa –quien será un débil títere de los Estados Unidos, si es que finalmente le otorgan el sitial presidencial– y la “firmeza”, el “valor” y la “integridad moral” de la versión santacruceña del Ku Klux Klan, Luis Fernando Camacho. Convocarán a la “unidad” y a la “pacificación”, para lo cual habrá que segregar a los actuales gobernantes de futuras contiendas electorales. Evitarán cuidadosamente hablar de “proscripción”, aunque éste sea el término adecuado a sus intenciones. 

Toda declaración anterior de tinte fascista y racista será borrada o matizada para ocultar el carácter manifiesto del golpe. Los lobos vestirán piel de cordero, para agradar a los ojos del señor. O de los señores de las multinacionales, siempre prestos a desguazar las empresas de recursos naturales nacionalizadas para provecho de ignotos accionistas. 

La manipulación informativa puntualizará el enorme “aporte” de la Organización de Estados Americanos (OEA) por “denunciar el fraude electoral”. Nadie osará valorar que el informe emitido por esta institución –financiada en un 60% por los Estados Unidos– ni siquiera habla de fraude, pero que ciertamente y según era previsible, tiende un manto de sospecha señalando “irregularidades”. 

Nadie opinará en estos medios que fue un descuido (quizás forzado) del gobierno poner a esta organización conspirativa como garante de la democracia. Una organización que si gana quien no es funcional a los designios geopolíticos del mal vecino del Norte, coopera públicamente para derrocar al justo vencedor y encumbrar al perdedor. 

Ningún editorialista de los medios concentrados criticará el silencio de los gobiernos de derecha habitualmente “preocupados” por los derechos humanos y la democracia. A lo sumo, alguna cancillería exhortará a retomar las buenas costumbres republicanas, es decir, aquellas que favorecen al poder establecido. 

La prensa canalla endiosará a policías y militares por ponerse del lado de la “justa causa del pueblo oprimido”. Prensa que acallará cualquier intento de investigación sobre los móviles de los altos mandos de las fuerzas de seguridad para faltar a su deber de protección ciudadana y de salvaguardar a un gobierno elegido por la voluntad popular. Abundarán en su defecto las crónicas que eliminarán toda referencia al espíritu golpista de su accionar. 

Sin duda que ninguno de estos medios osará colocar entre sus textos alguna referencia a posibles planes e intrigas con injerencia externa anteriores a la elección, que colocaron al derrocamiento de Evo Morales como su objetivo preciso. 

Nadie relacionará la guerra por las redes sociales, el incendio intencional en sectores de la Chiquitanía, el recorte informativo sesgado de los mismos medios sobre las políticas del gobierno. 

Lejos de contextualizar el golpe como una movida geopolítica para socavar la soberanía y la posibilidad de integración de los pueblos de América Latina y el Caribe, algún cronista exaltado, –con deseos de ascenso y aumento en su salario– hablará de haber dado un paso importante para quebrar la “nefasta influencia” de Cuba y Venezuela en la región. 

Como es usual, la historia verdadera develará, muy poco tiempo después, como han sido las cosas en realidad. 

Lo cierto es que hoy los poderosos, las derechas, los fascistas, los retrógrados y los violentos se frotan las manos y celebran la caída de un gobierno popular. 

Los pobres de la tierra lloran de angustia y de rabia. Y nosotros con ellos.

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*Investigador del Centro de Estudios Humanistas de Córdoba, Argentina y comunicador en agencia internacional de noticias Pressenza. https://www.alainet.org/es/articulo/203154

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Anexo 3 – Datos adicionales (fuente: SURySUR):

Durante la última década Bolivia creció a un ritmo anual de 4,9 por ciento, el más alto del subcontinente. Y en ese lapso, el índice de pobreza se redujo en 25 por ciento y la pobreza extrema bajó 23 por ciento desde 2006 hasta ahora.

El gobierno de Evo Morales garantizó la soberanía alimentaria para toda la población, redujo el analfabetismo (de 13,3 por ciento en 2006 a 2,4% en 2018); hubo una mayor participación de la mujer en las actividades políticas, económicas y laborales, y el reconocimiento y revalorización cultural de las poblaciones indígenas.

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